Cubrí a mi cuñada y terminé en brazos de su amante
Hace casi tres años que cargo con esto en silencio y por fin me decido a contarlo. No espero comprensión ni perdón; solo necesito sacarlo de adentro, porque cada vez que cierro los ojos vuelvo a esa noche.
Tengo veintisiete años y una hija de cuatro que es lo más sagrado que tengo. Soy de piel morena clara, pelo negro hasta media espalda, ojos color miel y apenas mido un metro sesenta. A pesar del embarazo, conservo el cuerpo que tenía a los veinte: pechos medianos y firmes, cintura estrecha, piernas torneadas y un trasero respingón que mi marido siempre presumía cuando salíamos.
Mi marido se llama Diego. Es dos años mayor que yo y, hasta el día de hoy, sigo creyendo que es el amor de mi vida. Por trabajo y por falta de oportunidades en nuestra ciudad, hace cinco años cruzó la frontera y se fue a Estados Unidos. Nos dejó viviendo en la casa familiar, con mi suegra y con su hermana menor, Camila. Manda dinero todos los meses, llama todos los días, y sin embargo, las llamadas no abrazan, no rozan, no encienden.
Cinco años son muchos años. Más de los que cualquiera se imagina cuando promete esperar.
***
Camila tenía veintidós años y una vida amorosa complicada. Su novio formal, Bruno, trabajaba en otra provincia y volvía solo los fines de semana largos. Eso le dejaba mucho tiempo libre y, como yo descubriría más tarde, muchas oportunidades. Yo nunca le pregunté nada; cada quien sabe lo suyo.
Aquella tarde de octubre llegó a mi cuarto con cara de favor pendiente.
—Cuñis, necesito que me acompañes esta noche.
—¿A dónde?
—Hay un baile en el centro. Voy con un chico que conocí hace poco y necesito una excusa por si alguien me ve. Si vas conmigo, parece que salí con la familia.
Le dije que no tres veces. A la cuarta cedí, más por aburrimiento que por convicción. Llevaba meses encerrada entre la rutina de la nena, las videollamadas con Diego y las novelas que mi suegra ponía a todo volumen. Salir, aunque fuera de chaperona, sonaba a oxígeno.
Dejé a la nena dormida con mi suegra, me puse un vestido negro corto que no usaba desde antes del embarazo y me solté el pelo. Cuando me vi en el espejo, casi no me reconocí.
***
El bar quedaba en una calle empedrada del centro viejo. Música cumbia, luces moradas, gente bailando pegada. Camila me presentó a Tomás apenas cruzamos la puerta.
—Mucho gusto —me dijo él, y la sonrisa que me dedicó me obligó a bajar la mirada.
Era alto, de hombros anchos, piel tostada y una barba corta que le marcaba la mandíbula. Vestía una camisa abierta dos botones y la cadena de plata que asomaba debajo brillaba con cada movimiento. Si Camila no me hubiera contado, en susurros y entre risas, lo que él hacía en la cama, quizá lo habría visto distinto. Pero ahora cada cosa que él decía me llegaba con un eco que no me convenía.
Me senté en una mesa lateral mientras ellos se iban a la pista. Pedí una limonada y me dediqué a mirar parejas que no conocía. El sueño me ganaba cuando Camila apareció corriendo, agarrándome del brazo y arrastrándome hacia el baño.
—Cuñis, Bruno está aquí.
—¿Cómo que está aquí?
—Acaba de mandarme un mensaje. Le dije que tenía ganas de venir y se vino de sorpresa. Ya está afuera. Por favor, hazme un último favor: distrae a Tomás media hora. Yo me llevo a Bruno a cenar a otro lado, lo desaparezco. Te juro que en treinta minutos volvemos por ti.
Le dije que sí entre los dientes. No me gustaba mentir, no me gustaba quedarme sola con un desconocido y, sobre todo, no me gustaba la manera en la que el corazón se me apuraba pensando en Tomás.
Camila me besó la mejilla y se fue como si nada. Yo volví a la mesa con la excusa lista: un primo hospitalizado, una llamada urgente, lo de siempre.
***
Tomás me escuchó sin decir nada y aceptó la mentira sin discutir. Me invitó a bailar y le dije que no, que solo me quedaba un rato y que prefería sentarme. Se levantó molesto, casi sin disimularlo, y se fue a buscar a alguien en la pista. Lo vi pegado a una rubia que se reía con la boca abierta y, sin saber por qué, sentí una punzada de celos absurda.
Pensé en irme. Tomé la cartera, me paré, y cuando me acerqué a la puerta una mano me sujetó la muñeca. Era un hombre mayor, con la camisa manchada y el aliento a alcohol barato. Me jaló hacia él diciendo cosas que no se entendían entre la música.
—Suéltame —le pedí, intentando soltarme.
No me soltaba. Me clavó los dedos en el brazo y miré alrededor: nadie se daba cuenta. La música tapaba todo, las luces escondían las caras. Sentí miedo de verdad, ese miedo frío que paraliza, y justo cuando estaba por gritar apareció Tomás detrás. Le dio un empujón al borracho que lo mandó contra una mesa y, sin mirar atrás, me tomó por los hombros y me sacó del bar.
Afuera me eché a llorar como una nena. Él me cubrió con su chamarra de cuero y me abrazó sin decir nada, esperando a que se me pasara el temblor. Olía a tabaco y a una colonia maderosa que se me quedó pegada al cuello.
—Vamos a otro lugar —dijo cuando recuperé el aire.
***
Caminamos dos cuadras hasta un restorán pequeño que todavía estaba abierto. Pedimos cervezas. Yo no tomo casi nunca, pero esa noche necesitaba algo que me bajara la adrenalina. La primera fue un sorbo cauteloso; la segunda, un alivio; la tercera ya entraba sola.
Tomás resultó ser de esos hombres que conversan. No de los que hablan de sí mismos, sino de los que escuchan y devuelven preguntas. Me contó que había estudiado arquitectura, que ahora trabajaba en una constructora, que extrañaba a su madre que vivía lejos. Yo le hablé de la nena, le hablé de Diego sin nombrarlo, le hablé de la espera y del cansancio que te da esperar.
Después de la quinta cerveza, todo se volvió borroso. Las luces del restorán parecían bailar. Me levanté para ir al baño y, en el pasillo, me apoyé en la pared para no caerme. Saqué el teléfono y marqué a Camila.
—Cuñis —contestó en un susurro—. ¿Qué pasa?
—¿Dónde estás? ¿No vas a pasar por mí?
—No puedo. Bruno no se quería ir y tuve que llevarlo al departamento. Ya sabes, le estoy haciendo el favorcito. No me esperes. Invéntale algo a Tomás. Mañana le explico yo.
Colgué con un nudo en el estómago. Volví a la mesa, tomé mi cartera y le dije a Tomás que me iba.
—Yo te llevo —respondió, y no me dio tiempo a discutir.
***
No recuerdo el trayecto en su auto. Recuerdo, sí, que en algún semáforo me incliné sobre el volante y lo besé. No sé quién empezó. Sé que cuando llegamos a la puerta de la casa de mi suegra, ya teníamos las manos por todas partes y yo tenía la falda subida hasta la cintura.
Busqué la llave en la cartera y no estaba. Camila debía haberla dejado adentro. Lo tomé de la mano y lo guie hacia la puerta trasera, la del patio, la que mi suegra dejaba abierta cuando regaba las plantas tarde.
Entramos en silencio. Cruzamos la sala a oscuras y subimos a mi habitación, cuidando cada escalón. Cerré la puerta detrás de nosotros y, en cuanto el cerrojo hizo clic, Tomás me empujó contra la pared y me besó con una urgencia que me dobló las rodillas.
Me bajó los tirantes del vestido y la tela cayó hasta mi cintura. Sus manos buscaron mis pechos y su boca bajó por mi cuello hasta morderme un hombro. Yo respiraba contra su pelo, intentando no hacer ruido. La casa entera dormía. Mi hija dormía. Mi suegra dormía a tres puertas de distancia.
Esto es una locura, pensé. Y no me detuve.
***
Me llevó a la cama y se arrodilló entre mis piernas. Me bajó la ropa interior con los dientes, mordiendo el elástico, y se quedó mirándome unos segundos antes de tocarme. Cuando por fin lo hizo, fue con dos dedos y con una lentitud que me pareció cruel. Yo mordí la almohada para no gritar.
—Despacio —le pedí en un hilo de voz—. Hay gente en la casa.
Asintió sin dejar de mirarme y siguió. Su lengua reemplazó a sus dedos y entonces sí tuve que clavarme las uñas en los muslos para no despertar a nadie. Llevaba demasiado tiempo sin que alguien me tocara así. Mi cuerpo respondió de una manera que casi no reconocí.
Lo subí hacia mí y le quité la camisa. Tenía el pecho cubierto de vello oscuro y un tatuaje pequeño en el hombro que no llegué a leer. Lo desabroché y le bajé el pantalón. Lo que vi me hizo soltar una risita nerviosa: era más de lo que esperaba.
Me arrodillé delante de él. No por sumisión, sino por hambre. Llevaba años sin probar a un hombre. Lo tomé con las dos manos y me lo metí en la boca con una calma que él no me había dado a mí. Me agarró del pelo, me marcó el ritmo, y cuando sentí que ya no podía respirar me apartó y me tiró de vuelta sobre la cama.
***
Se acomodó encima y entró despacio, midiéndome, dándome tiempo a acostumbrarme. Cuando estuvo dentro hasta el fondo, se quedó quieto un momento, con la frente apoyada en la mía.
—Mírame —me dijo.
Lo miré.
Empezó a moverse con un vaivén lento que se me hizo eterno. Yo intentaba no gemir, intentaba contener todo, y cada vez se me escapaba más. Me besó la boca para taparme, me besó el cuello, me mordió el labio. Cuando aumentó el ritmo, tuve que morder su hombro para no gritar.
Cambiamos varias veces de postura. Bocabajo, con su pecho contra mi espalda y su mano tapándome la boca. De costado, con mi pierna sobre su cintura. Sentada sobre él, frente a un espejo enorme que tenía colgado al lado del armario, y verme ahí, con un desconocido entre los muslos y la cara enrojecida, fue lo que me empujó al final.
Acabé en silencio, con la cara enterrada en su cuello, temblando entera. Él aguantó un poco más y, cuando sentí que estaba por terminar, le susurré al oído que afuera. Salió justo a tiempo y se vació sobre mi vientre.
Nos quedamos abrazados, jadeando, los dos brillando de sudor. No hablamos. No había nada para decir.
***
Me quedé dormida sin darme cuenta. Me despertaron unos golpecitos en la puerta y la voz de Camila al otro lado.
—Cuñis, ¿ya estás?
Salté de la cama de un brinco. Tomás se incorporó confundido. Le hice señas para que no hablara y me asomé a la puerta sin abrirla del todo.
—Sí, Cami, ya llegué hace rato.
—Uy, qué bueno. Mañana te cuento todo. ¿Tomás no sospechó?
—Le creyó todo —mentí.
—Sos un sol. Te debo una vida. Dormí bien.
La escuché alejarse por el pasillo. Cerré los ojos, apoyé la frente contra la puerta y respiré por primera vez en horas.
Me di vuelta. Tomás estaba sentado en la cama, mirándome con una sonrisa torcida.
—Una vida —repitió en voz baja—. ¿Y vos qué le debés a ella?
No le contesté. Me acerqué, me subí encima y dejé que pasara otra vez, más despacio, más sucio, hasta que el cielo se puso gris detrás de la cortina.
***
Tomás se fue antes del amanecer, descalzo, con los zapatos en la mano. Camila nunca supo nada. Bruno tampoco. Diego volvió de Estados Unidos un año después y yo nunca le dije una palabra.
Aprendí dos cosas esa noche. Una, que cinco años son demasiados para esperar callada. Y dos, que el cuerpo guarda memoria, y a veces, cuando estoy con mi marido, cierro los ojos y siento que vuelvo a ese cuarto, con un desconocido encima y mi cuñada llamando a la puerta.
Si llegaste hasta acá, gracias por leerme. No sé si lo volvería a hacer. Pero sé que no me arrepiento.