La cita secreta tras el intercambio de parejas
Damián se observó en el espejo del ascensor mientras subía al quinto piso. Tenía la camisa medio metida en el pantalón y la mandíbula apretada. Las puertas se abrieron con un chirrido seco y salió al rellano con el móvil en la mano, mirando los números de las puertas como si fuera la primera vez que pisaba ese edificio.
La puerta del fondo se entreabrió apenas. Carla lo miraba por la mirilla y, al reconocerlo, hizo un gesto rápido para que entrara sin hacer ruido.
—Shhh… por aquí —susurró.
Damián entró y ella cerró de inmediato, apoyando la oreja contra la madera durante unos segundos.
—¿No te cruzaste con nadie en el portal?
—Tranquila. No me vio nadie.
—¿Seguro? Estoy temblando, te lo juro.
—Ya veo —dijo él, y la calló con un beso.
Carla se dejó llevar. Una de sus manos se enredó en el pelo de Damián y la otra le buscó la espalda casi por instinto. Él la sujetó por la cintura, deslizó las palmas hasta el inicio de las nalgas y le dio una palmada que sonó suave pero firme.
—Uf… estoy a mil —dijo ella separándose un segundo—. ¿Lo hacemos en la habitación o aquí? Es la primera vez que hago algo así sin mi marido cerca. No sé cómo se hace.
—Donde tú quieras, Carla.
—No me digas eso, que soy un desastre. No entiendo ni cómo terminamos en esto.
—Fuiste tú la que insistió. Hasta me mandaste fotos.
—Lo sé.
Damián la besó de nuevo, esta vez más despacio. Retrocedieron juntos hasta que la espalda de Carla chocó contra la pared del recibidor. Al sentir el contacto frío, ella se desató. Sus manos empezaron a recorrer el cuerpo de él, tirando del borde de la camiseta con torpeza.
Damián se la quitó de un movimiento. Carla hizo lo mismo con la suya y se quedó frente a él con el sujetador todavía puesto. Ella le pasó la mano por el pecho y se relamió sin disimulo. Él fue más directo: le bajó las copas con un solo gesto, le tomó los pechos con ambas manos y empezó a chupárselos.
Su lengua trazó el contorno de los pezones. Los chupaba con la boca abierta, abarcando todo lo que podía, mientras apretaba con los dedos. Carla apoyó la nuca contra la pared y cerró los ojos. Un suspiro se le escapó entre los dientes.
Se miraron durante unos segundos largos. Después, Damián se arrodilló y le bajó el pantalón y la ropa interior de una sola tirada. Carla no le quitaba los ojos de encima, tensa, expectante. Sabía perfectamente lo que venía y lo esperaba con una mezcla de deseo y nerviosismo.
Él le repartió besos por el vientre, por los costados del abdomen, y empezó a bajar hacia el pubis muy despacio.
—¡Para, para, para!
—¿Qué pasa? ¿Quieres dejarlo?
—¡No, nada de eso! Quiero que me lo hagas en la cama. Ya estoy demasiado encendida.
—Pero si no empezamos. Esto no es nada.
—Es que llevaba mucho tiempo sin sentir algo así.
Damián se quedó sin saber qué responder. Carla tomó la iniciativa y caminó por el pasillo hacia el dormitorio del fondo. Él se quedó quieto, mirándola alejarse. Tenía un cuerpo prieto, de piel clara, con la marca tenue de un bikini en las nalgas. Caminaba con un balanceo que parecía intencional.
—¿Vienes o no? —preguntó ella desde el marco de la puerta.
—Sí, claro. Me distraje mirándote el culo.
—¿De verdad te gusta? —Se sujetó las nalgas por debajo y las agitó dos veces con los dedos.
—Mucho. Le haría de todo —respondió Damián, y le acomodó una palmada al pasar.
—Uf, lo que yo me dejaría hacer.
—Ponte de rodillas ahí —dijo él, empujándola un poco por la espalda—. Así. Separa las rodillas. Saca el culo hacia atrás.
—¿Pero qué vas a hacer? —preguntó ella con un dejo de alarma—. ¡Por el culo no, eh!
—Solo es comer.
—¿Cómo que comer?
—Comerte el culo. Ya sé que así de entrada no se folla. ¿No te gusta?
—No te sé decir. Nunca me lo hicieron.
Damián se acomodó detrás de ella, le abrió las nalgas con las dos manos y se hundió entre ellas. Su lengua tocó primero la entrada de la vagina, que ya estaba mojada, y subió hasta el ano. Lo recorrió con la punta, despacio al principio, después con más fuerza. El culo de Carla se contrajo varias veces, y eso lo encendió aún más. Empezó a morder, a chupar, a empujar con la lengua sin medirse.
Carla intentó volver a decir que por el culo no, pero los gemidos le tragaron la frase. Sin palabras, los dos cayeron en el mismo ritmo.
Damián siguió devorándola mientras le buscaba el clítoris con los dedos de la otra mano. Ella movía las caderas, agitaba la espalda, no sabía si pedir piedad o entregarse del todo.
—Déjame que yo me toco —dijo entrecortada, apartándole la mano—. Tú céntrate en lo otro.
Damián obedeció. Se chupó dos dedos y la penetró por la vagina. Carla rotó la cadera para abrirse más. Él movió los dedos despacio al principio, luego más fuerte.
—¡Mételos! ¡Métemelos ya!
—¿No me decías de no gritar? —dijo él con sorna, y le empujó los dedos hasta el fondo.
—¡Que te den! —resopló ella.
Damián usó otro dedo para penetrarla por el culo a la vez, sincronizando los dos movimientos. Carla soltó un gemido largo y ronco.
—¡Mi culo… oh, oh!
—Suéltate. Soltá todo —dijo él apretando los dientes.
—Dios… esto es lo que le haces a Lucía… —murmuró ella entre jadeos. Lucía era la pareja de Damián.
—A ella se lo hago peor —respondió él, y le pegó un mordisco en la nalga.
Los gemidos se mezclaron con el sonido húmedo de los dedos. Carla mordió la almohada para no gritar, pero igual se le escapaba el ruido. La espalda le brillaba de sudor. Las nalgas blancas se le habían puesto de un rosa intenso. El clítoris asomaba hinchado entre los pliegues.
Algunas gotas salpicaban entre sus muslos. Sus pies se movían sin parar. Todo el cuerpo se le tensó al mismo tiempo y un grito sordo escapó entre las sábanas. Damián tenía los antebrazos marcados, las venas hinchadas. Carla cayó sobre la cama con temblores. Él se sentó en el borde, derrotado, y le sonrió con media boca.
—Joder. Aguantaste bien —dijo todavía sin aliento.
—Esto es lo que quería. Que me usaras como a Lucía. No como me lo hace mi chico.
—Pues que aprenda Mateo. Le doy clases si quiere.
—Ya viste en el cuarteto. A Lucía le duró una mamada y ya te tuve que compartir.
***
Pasaron unos minutos tirados sobre la cama, evitando la zona húmeda del centro. Carla se incorporó apoyada en un codo y contempló el cuerpo de Damián. Suspiró y le pasó las yemas de los dedos desde el pecho hasta la mitad de los muslos. Se detuvo en la polla, todavía a medias.
—Es una alegría. Hasta así relajada da gusto verla.
—Gracias, supongo.
—No te hablaba a ti, le hablaba a ella.
—Pues dale besos si tan amigas son ahora.
Carla se arrastró por el colchón hasta acercarse. Le sujetó la polla con dos dedos, se la apartó hacia un lado y empezó a darle besos desde la base hasta la punta. La introdujo en su boca y la fue hundiendo hasta tragársela entera. Mientras la sacaba, él ya estaba duro otra vez. Ella le recorrió el frenillo con la lengua, marcando el resalto del cuerpo. Damián la acompañó con la mano en la nuca.
—Mmmh… méjor déjamea a mim manéraah —dijo ella sin sacarse la polla.
—Perdón. Es que tengo que tocarte. Es instintivo.
Carla se acomodó semitumbada sobre las piernas de él. Damián dejó caer las rodillas hacia los costados. Sin soltarlo, ella levantó los pies y se dio una palmada en una nalga, después un guiño. Él entendió enseguida. Estiró los brazos y empezó a darle azotes sonoros, de esos picantes.
—¡Pero sin pasarte! —protestó ella un segundo después.
—Tú me provocas. Esas nalgas, ese culito.
—Touduh llégarah —murmuró ella con la polla otra vez en la boca.
Él se reacomodó para llegar mejor a la entrepierna. Ahora ella tenía la cabeza casi encerrada entre los muslos de Damián. A Carla le gustaba sentir cómo la polla iba creciendo dentro de su boca hasta provocarle alguna arcada. Jugaba con el cuello para no soltarla nunca.
En ese momento sonó un móvil. Damián miró el reloj, restó importancia y dijo:
—Es Lucía. Nada importante. Le contesto luego.
Sus manos volvieron al culo de Carla. Le movía las nalgas en círculos, buscaba los orificios con las yemas. Todo seguía caliente, todo seguía mojado.
—Esto ya está. ¿Lo metemos y disfrutamos? —preguntó ella.
—Tus agujeros también están listos, diría yo.
—Uf, como para no estarlo. Ya ni se cierran. Solo me palpitan.
Los dos rieron.
—Hazme como el otro día, en el intercambio. Eso me volvió loca. Nunca me habían follado así. Qué suerte tiene Lucía.
—¿A cuatro patas?
—¡No! La otra. Hoy sin mi marido no me pienso contener. Voy a darlo todo. En todos los sentidos.
—Tomo nota de ese «todo» —dijo él con una media sonrisa.
—Dame goma, que la voy a fundir.
—Espera, Damián. ¿Tú solo follas con Lucía?
—Sí. Salvo alguna vez como la del otro día con vosotros. Pero es de muy de tarde en tarde.
—Yo también, solo con Mateo. El otro día no lo dije, pero ahora que ya sé cómo es esto… ¿te importa si lo hacemos sin goma? Quiero sentirlo todo dentro al máximo.
Damián se quedó con el envoltorio del condón sin abrir en la mano.
—Tomo la píldora, no hay problema. Te puedes correr fuera o dentro del culo. Si quieres usamos condón, era una propuesta. Una fantasía mía desde aquella noche.
—Lo que tú quieres es mucha leche.
—Toda la que se pueda.
Mientras hablaban, Carla ya se había acomodado encima de él para cabalgarlo cara a cara. Se dejó caer despacio y lo sintió entrar entero.
—Uf, qué bien se siente, Dami. Déjame así un momento y después me das más.
Damián se reclinó sobre los codos. Carla empezó a moverse en círculos, a botar suave. A veces se sujetaba los pechos, se pellizcaba los pezones. Él la alentaba mientras trasteaba con el reloj inteligente.
—¿Qué haces?
—Nada. Contestar a Lucía.
—¿No te intereso? —preguntó ella con un mohín.
—Mucho. Por eso mismo le contesto, para que no se le ocurra venir a buscarme.
Los huevos de Damián golpeaban al ritmo de los botes. Algunas gotas saltaban del punto de unión y bajaban por sus ingles hasta perderse en las sábanas.
Carla empezó a cansarse y bajó el ritmo. Damián tomó el control. Apoyó los pies en la cama, flexionó las rodillas y elevó la cadera con ella encima. Después le sujetó los tobillos y los abrió como si dirigiera el tráfico de un aeropuerto. La penetraba más profundo a cada movimiento. Carla quedó tumbada hacia atrás, como en una hamaca humana.
—¡Esto! ¡Esto es! ¡Vamos, Damián!
—¿Te gusta?
—Lo que más. No sé cómo lo haces. Nunca sentí ninguna tan dentro. No pares, no pares.
Damián le sujetó los dos tobillos con una sola mano y se apoyó con la otra para levantar más la pelvis. La folló en el aire mientras buscaba que las nalgas de ella le rebotaran contra el vientre.
—Joder, Dami, oh, oh —gemía a cada empuje—. La noto en el estómago. Déjamela dentro un segundo, que la disfrute. Qué gustazo. Serías el único que se la metería a mi culo si la disfruto así.
—Eso sería más intenso —resopló él manteniendo la pelvis arriba.
—Uf, uf… si quieres usar mi culo, yo me dejo. Estoy desatada.
—¿Así sin preparar? Mejor no. Te lo rompo.
—Diosss, pártemelo. Ábremelo —dijo ella apretando los dientes.
Damián paró un segundo para recuperar el aire. Con la mano le indicó a Carla que se girara sin desmontarse. Ella obedeció torpe, en su cabeza ya empezaba el anal. Quedó de rodillas con los empeines apoyados en la cama, mirando hacia los pies de él. Movió la cadera despacio, se separó las nalgas con las manos.
Damián se rio, entre el morbo y el nervio. Le apartó las manos del culo y dejó que las nalgas se le movieran solas. La empujó por la espalda para que se tumbara sobre sus muslos. Carla esperó tensa, conteniendo la respiración. Su vagina y su ano se contraían a destiempo.
¡Plash! Un azote. Carla se sobresaltó pero deslizó la cadera hacia atrás pidiendo más. Damián le dio dos azotes más.
—¡Dame, dame! Es para ti. ¿No quieres estrenarlo? —dijo ella con ironía.
—¿Así? —respondió él, y le metió de golpe un dedo en el culo.
—¡Aahh, sí, así, así!
—Es solo un dedo.
—Lo sé, lo sé —resopló Carla.
Damián la empujó por la espalda otra vez y aprovechó para abrazarla con las piernas, juntando los pies en su nuca. Ella se relajó y dejó caer las piernas hasta los hombros de él. Damián movió el dedo dentro del culo de Carla y empezó a forzar un segundo. Con la mano libre le daba palmadas.
Eran palmadas que en teoría deberían relajarla, pero a ella la encendían más. Sus glúteos se tensaban y soltaban al compás del placer, cada vez más tiempo tensos. Damián, ante la imposibilidad de mover los dedos dentro, la folló con la polla con más intensidad. Las respiraciones se aceleraron hasta cubrirlo todo.
—¡Dios! ¡Me corro! No pares, no pares.
—¡Vamos! ¡Apriétame y me corro también!
—Sí, sí, dame por el culo, dame duro.
—¡Aarrgh!
—¡Lo noto! ¡Lo noto! Te explota la polla. Uf, me estás llenando —jadeó Carla.
Damián entró en una rigidez que solo le permitía estar apoyado en el coxis y las lumbares. Azotó el culo de Carla para liberar la tensión, apretó los ojos y abrió la boca. Fueron unos segundos eternos hasta el descenso.
—Uf, vaya corrida. Perdón por lo del culo, no me controlaba.
—Para nada. Me encantó sentirlo así. Yo también me corrí, por eso gritaba. Me pusiste a mil. Tan animal, tan instintivo. Cómo me sujetabas, cómo me explotaba la polla dentro, los dedos en el culo, los azotes. Hacía mucho que no tenía sexo así.
—¿Lo disfrutaste?
—¿Tú qué crees?
—No sé. Como querías algo más que dedos por el culo… —dijo él con ironía.
—Uf, la costumbre de acabar rápido y no dar tiempo a más. Ahora no sé si podré hacer anal contigo, pero necesito intentarlo. Probar si aguanto esa intensidad y llegar hasta el final. Nunca me lo llenaron de leche caliente. Ni me follaron como tú.
—Otro día con más tranquilidad probamos. El anal no es para hacer en cuartetos ni en calentones del momento. Eso se disfruta con calma.
—Por cierto. ¿Tienes más mensajes de Lucía? Porque yo tengo varios WhatsApp y dos llamadas perdidas de Mateo.