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Relatos Ardientes

La ex de mi marido encendió algo que yo no sabía

Pensé que mi obsesión empezaba y terminaba en una sospecha. Tardé meses en entender que no eran celos. Era otra cosa. Algo que todavía no tenía nombre.

Conocí a Mauricio cuando me faltaban dos materias para terminar la carrera. Era el típico chico al que mis amigas miraban con desconfianza y al que yo no podía dejar de mirar. Moreno, alto, con esos ojos claros que no terminaban de combinar con su piel oscura. Los tatuajes le subían por los antebrazos y le bajaban por el pecho, dibujándole un mapa que yo recorría con la lengua cada noche. En la cama era rudo cuando hacía falta y delicado cuando se lo pedía. Me gustaba sentirlo encima, sentir su peso, sentir que no podía moverme.

Durante el primer año pensé que la suerte se había equivocado conmigo. Que un chico así no debería haberse fijado en una mujer como yo. No soy fea, eso lo sé, pero hay mujeres y hay mujeres, y por amigas en común me enteré de que sus ex pertenecían a la segunda categoría. Una en particular volvía siempre en las conversaciones, como un fantasma que él no había terminado de espantar.

Se llamaba Mariana.

Mauri había estado con ella cinco años antes de que yo apareciera. Cinco años son muchos. Empecé a preguntarme qué tenía Mariana que yo no, y al principio lo preguntaba en voz baja, casi sin querer escuchar la respuesta. Después lo preguntaba todo el tiempo. Lo preguntaba mientras él se duchaba, mientras manejaba al trabajo, mientras me servía café por la mañana sin saber que yo estaba haciendo cuentas en mi cabeza.

La primera vez que abrí su computadora fue por accidente. Buscaba un archivo de mi tesis que se había guardado mal. Terminé buscando otra cosa.

La carpeta se llamaba «mi vida 2014» y estaba dentro de otra que se llamaba «viejo». No tenía contraseña. Tampoco hacía falta esconderla, porque yo no debería haber estado mirando. Pero miré.

Mariana en la playa, con un bikini blanco que se le marcaba contra la piel. Mariana en una cocina que no era esta, riéndose con una copa de vino en la mano. Mariana de espaldas, con el pelo larguísimo, negro, recogido a un costado para mostrar el hombro. Tenía pecas en los hombros. Pequitas marrones, como si alguien le hubiera tirado granos de café encima.

Cerré la computadora. Esa noche no pude dormir.

***

Volví a abrir esa carpeta tantas veces que perdí la cuenta. Lo hacía cuando Mauri salía a entrenar, cuando se iba a alguna obra, cuando se demoraba comprando algo en el mercado. Llegué a calcular cuántos minutos me daban sus pausas para meterme en su escritorio y volver a la cocina antes de que se notara.

Había más fotos. Mariana en una cama que no reconocí, en ropa interior negra, mirando a la cámara con esa media sonrisa que no parecía posar para nadie. Mariana con una minifalda que dejaba ver muslos blancos, larguísimos, sin marcas. Mariana desnuda, completamente, recostada de costado sobre una alfombra de pelo largo, tapándose un seno con el brazo y nada más.

Las descargué todas a una carpeta en mi propia laptop. La llamé «documentos universidad» y la enterré entre apuntes viejos.

Al principio sentía rabia. Una rabia caliente y sucia, como si me hubieran robado algo. Después sentí algo distinto. Algo que se confundía con la rabia pero no era. Empezó a gustarme abrir esas fotos. Empezó a gustarme mirarlas mucho.

Me corté el pelo como ella. Me lo pinté del mismo negro azulado. Compré un conjunto de lencería que se parecía al de la foto de la cama y me lo puse una noche para Mauri. Él me dijo que estaba preciosa, me agarró del pelo, me cogió contra la pared del baño, y mientras él gemía mi nombre yo cerré los ojos y pensé en otra persona.

Esa fue la primera señal. La ignoré.

***

La encontré en Instagram una madrugada de domingo, con tres copas de vino en el cuerpo y el pulso temblando sobre el teléfono. Su perfil estaba abierto. Cualquiera podía entrar.

Pero la mujer de las fotos viejas ya no estaba. La Mariana de ahora tenía la mitad de la cabeza rapada y la otra mitad caída sobre el ojo en un mechón lacio. Llevaba mechas azules entre el negro. Un aro le atravesaba la nariz. Los brazos estaban llenos de tatuajes finos, distintos a los de Mauri, más limpios, más pensados. Vestía camisas amplias, chalecos sueltos, jeans rotos. En una foto la abrazaba por detrás una chica de pelo cortísimo. En otra estaba en un bar con tres mujeres más y todas se reían como si compartieran un chiste que yo nunca iba a entender.

Le puse corazón a todas sus fotos. A todas. Una atrás de la otra, hundiendo el dedo en la pantalla con una desesperación que no me reconocía. Después, asustada, desbloqueé los corazones uno por uno y los volví a poner más despacio. Que pensara que estaba leyendo su perfil con calma. Que no se notara que llevaba dos horas mirándola.

Empecé a guardarme capturas. Las que se sacaba en ropa de gimnasio, las que subía desde la cama envuelta en una sábana, las del verano en la pileta de alguna amiga. Tenía una carpeta nueva ahora. Esta la llamé «trabajo» y la escondí más profundo todavía.

A Mauri lo seguía queriendo. Pero cuando él me hacía el amor, yo no estaba ahí. Estaba arriba de Mariana, debajo de Mariana, abriéndole las piernas a Mariana en una cama que no existía.

***

Empezó ella. O empecé yo. La frontera se borró rápido.

Comenté una historia suya con un emoji y me contestó. Sabía perfectamente quién era yo, no hacía falta explicarlo. Me preguntó cómo estaba Mauri, con una ironía suave, sin maldad. Le dije que bien. Le dije que ella se veía hermosa con ese nuevo estilo. Le dije muchas cosas que no debí decir.

Hablamos durante semanas. Ella era cuidadosa, educada, casi galante. No se abalanzó nunca. La que mandaba mensajes largos a las dos de la mañana era yo. La que respondía a la mañana siguiente, despacio, sin urgencia, era ella. Sabía lo que hacía. Yo no.

Cuando Mauri me dijo que iba a estar dos semanas en otra ciudad por una obra grande, le escribí antes de que cerrara la puerta de casa.

—¿Querés venir una noche? —tipeé, y borré, y volví a tipear.

Tardó dos horas en contestar. Me dijo que sí.

Llegó el viernes a las nueve. Llevaba una camisa blanca abierta sobre una musculosa negra, jeans oscuros y unos borcegos que crujían al caminar. Olía a algo amaderado. Cuando me abrazó al saludarme, hundí la nariz en su cuello y me costó soltarla.

Compré vino, puse una película que ninguna de las dos miró, hablamos hasta las tres de la mañana sentadas en el mismo sillón. Cada vez más cerca. Cada vez tocándonos un poco más, como sin querer. Una mano en la rodilla cuando alguna se reía. Un mechón corrido detrás de la oreja. La pierna que se quedaba apoyada contra la otra y nadie movía.

Esa noche durmió en el cuarto de huéspedes.

Al día siguiente le dije que si quería podíamos charlar un rato en mi cuarto antes de dormir. Le dije que tenía la cama grande. Le dije que solo a charlar.

Nadie quería charlar.

***

Nos quedamos en la misma cama esa noche y la siguiente y la siguiente. Cada noche más cerca. Cada noche con menos ropa. Cada noche fingiendo que no pasaba nada.

La primera vez fue una cucharita. Yo de espaldas a ella, ella con su brazo izquierdo extendido bajo mi cabeza y el derecho rodeándome la cintura. Sentía su respiración en la nuca. Sentía el latido lento de su pecho contra mi espalda. A media noche, todavía dormidas o fingiendo estarlo, su pelvis empezó a moverse. Despacio, apenas, como si pensara que yo no me daba cuenta. Yo me daba cuenta. Le devolví la presión con las nalgas. Su mano subió un poco. Mi respiración se cortó. Las dos seguimos haciendo como que dormíamos.

A la quinta noche dejé el pijama en el cajón. Me acosté con un conjunto de encaje rojo, una bombacha pequeña que me dejaba el trasero casi al aire y un corpiño que apenas sostenía nada. Ella vino con un camisón de seda, sin nada debajo. Lo supe enseguida porque cuando se apoyó contra mí no había nada entre su piel y mi piel más que esa seda fina.

Esa noche el roce ya no fingió ser inocente. Su mano se metió bajo el encaje, en mi cadera, y se quedó ahí como pidiendo permiso. El otro brazo subió y me abarcó un seno completo, por debajo del corpiño. Empujó la pelvis contra mí con fuerza, una vez, dos, tres. Yo le devolví cada movimiento. Estábamos las dos despiertas. Las dos lo sabíamos. Ninguna abrió la boca.

***

Por la mañana giré la cabeza y la encontré mirándome.

—Hola —dijo en voz muy baja.

—Hola.

Me besó sin pedir permiso. Y yo no se lo iba a pedir tampoco.

Nos besamos como si hubiéramos estado conteniéndonos años, no semanas. Su lengua, sus dientes contra mi labio, sus manos en mi cara, en mi cuello, bajando. Me arrancó el corpiño sin desabrocharlo. La oí decir «mierda» cuando vio cuánto la deseaba.

Bajó por mi pecho con la boca abierta, mordiéndome despacio, besándome los pezones uno por uno hasta que me dolían y los seguía pidiendo. Me arrancó la bombacha de encaje rojo con los dedos. Vio que estaba empapada. Sonrió.

—Te estuve esperando —me dijo. No sé si me lo dijo a mí o a sí misma.

Se sacó el camisón en un movimiento. Por primera vez la vi entera y no en una foto. Más linda que en cualquier foto. Las pecas todavía en los hombros, el cuerpo más firme ahora, los tatuajes nuevos que yo había aprendido de memoria desde el celular.

Se subió encima de mí y empezó a moverse. Su sexo contra el mío, las dos mojadas, las dos calientes, las dos riéndonos y diciéndonos cosas al oído. No era solo sexo. Era una conversación que veníamos teniendo desde hacía meses y que por fin estaba en un idioma que las dos entendíamos.

Me dio vuelta. Me puso de rodillas. Me lamió desde abajo hacia arriba con una paciencia que me hizo llorar de placer. Cuando saqué la cara de la almohada para mirarla, ella ya estaba abriendo un bolso al costado de la cama. Sacó un arnés. Sacó un consolador. Me miró pidiendo permiso con los ojos.

Dije que sí sin hablar.

Me penetró despacio al principio y después no tan despacio. Tenía las manos en mis caderas, fuertes, marcándome los huesos. Yo apretaba las sábanas, mordía la almohada, le decía que no parara. Perdí la cuenta. Perdí la cabeza. Perdí lo poco que me quedaba de la chica que se había casado con Mauri.

***

Lo dejé un mes después.

Mauri no entendió. Le dije una verdad a medias, le dije que ya no estaba enamorada, que necesitaba estar sola. No le dije con quién. Eso lo va a descubrir solo, si todavía no lo descubrió.

Mariana y yo nos vemos casi todos los días ahora. A veces pienso en la chica que abrió aquella carpeta vieja en una computadora ajena y no entiendo cómo no se dio cuenta antes. Cómo tardó tanto en saber qué estaba buscando en realidad.

A veces creo que entre admirar a una mujer y desearla hay una distancia muy corta. Apenas un par de fotos. Apenas un par de noches en la misma cama.

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Comentarios (4)

VeroLectora

No esperaba que fuera tan emotivo. Me atrapó desde el primer párrafo, bravaaaa!!

ClaraK_91

Por favor que haya segunda parte, así no puede quedar jajaja quede con mil dudas

Marta_Ndv

Me recordo a algo que viví hace tiempo, esa mezcla de culpa y curiosidad que se describe es muy real. Uno de los mejores que lei acá.

Dante_lector

tremendo relato, me dejo sin palabras

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