Saltar al contenido
Relatos Ardientes

El amante que la esperaba cada mediodía

Era martes y el calor de julio pegaba la ropa al cuerpo con solo asomarse a la calle. El sol caía a plomo sobre el barrio de casas adosadas, todas iguales, con sus jardines recortados y sus coches familiares aparcados en la entrada. Mateo caminaba por la acera con los auriculares puestos, fingiendo escuchar música para no llamar la atención, aunque en realidad solo oía el latido furioso de su propia sangre en las sienes.

Tenía veinte años, la piel morena de quien pasa horas al sol y los hombros anchos de levantar pesas en el garaje de su casa. Llevaba una mochila pequeña colgada de un hombro, con un destornillador y unas tijeras de podar que nunca usaba. La excusa perfecta: el chico que venía a arreglar cosas. Nadie sospechaba de un chico que venía a arreglar cosas.

Llegó a la puerta a las doce y media en punto, la hora que ella le había marcado en el último mensaje borrado nada más leerlo. No llegues tarde, decía. Tocó el timbre con dos golpes cortos y secos —la señal de siempre— y esperó, sintiendo el sudor resbalarle por la nuca.

La puerta se abrió en menos de tres segundos.

Lorena apareció en el umbral como una aparición sacada de un sueño. Cuarenta y cuatro años llevados con descaro, el pelo castaño en ondas sueltas sobre los hombros, unas gafas de montura fina ligeramente empañadas por el calor de la casa. Llevaba un vestido de algodón blanco con flores diminutas que se le pegaba al cuerpo como una segunda piel, el escote en uve insinuando el inicio del canalillo. No llevaba sostén, y los pezones se marcaban contra la tela fina. El delantal estaba atado flojo a la cintura, más adorno que otra cosa, y sus pies descalzos pisaban el felpudo con las uñas pintadas de un rojo intenso.

—Entra ya —susurró con la voz ronca—. Llevo desde las once pensando en esto.

Cerró la puerta de un empujón, echó el cerrojo con mano experta y, sin darle tiempo a quitarse la mochila, se pegó a él contra la pared del recibidor. Lo besó con urgencia, la lengua buscando la suya, saboreando el chicle de menta que él siempre masticaba antes de llegar porque sabía que a ella le gustaba ese contraste fresco. Una de sus manos bajó directa a la entrepierna del chico, apretando a través del pantalón.

—Mira cómo estás —murmuró contra su boca—. Así, solo de verme. Mi marido ni se entera de que existo.

Mateo gruñó y le mordió el labio inferior hasta hacerla gemir, mientras sus manos subían por debajo del vestido sin encontrar resistencia. Ninguna prenda. Solo piel caliente y húmeda. Ella se arqueó contra su mano, frotándose sin pudor.

—Estás empapada —dijo él—. ¿Tu marido te deja así por las mañanas o solo lo consigo yo?

Lorena soltó una risa baja y sucia mientras le desabrochaba el botón del pantalón.

—Él me toca los sábados, si no está cansado del golf. Cinco minutos, se da la vuelta y ronca. Tú me haces temblar antes de quitarme nada.

Lo empujó hacia la cocina caminando de espaldas, guiándolo de la mano como si fuera su posesión más preciada.

***

La cocina estaba inundada de luz natural que entraba a raudales por el ventanal sobre el fregadero, reflejándose en los electrodomésticos de acero y en la mesa de madera maciza donde cada noche la familia cenaba como en una postal perfecta de felicidad doméstica. Lorena se giró de golpe, apoyó las dos manos en el borde de la mesa y arqueó la espalda, levantando el culo hacia él. El vestido se subió lo justo para dejar al descubierto las nalgas firmes y un hilo brillante de humedad bajándole por el interior del muslo.

—Primero quiero saborearte —dijo, girando la cabeza para mirarlo por encima del hombro—. Aquí mismo, sobre esta mesa donde él cena todas las noches sin saber nada.

Mateo se desabrochó el cinturón con dedos impacientes y se bajó el pantalón. Ella se arrodilló de inmediato sobre las baldosas frías, las gafas empañadas por el calor que desprendía su propio cuerpo, y lo tomó con una mano mientras la otra acariciaba lo demás.

—Mírame a los ojos mientras lo hago —susurró ella.

Lo lamió despacio, de la base a la punta, con movimientos lentos y deliberados, saboreando, dando vueltas alrededor como si fuera un caramelo caro. Luego abrió la boca al máximo y lo engulló de una sola vez, hasta que la nariz rozó la piel de él y la garganta se cerró un instante. El sonido fue inmediato, húmedo, obsceno. La saliva empezó a chorrearle por la barbilla en hilos espesos, goteando sobre las tetas que rebotaban con cada movimiento, manchando el vestido blanco.

Mateo enterró los dedos en su pelo, tirando para mantenerla quieta mientras empujaba más profundo.

—Sigue —jadeó—. Así, hasta el fondo.

Ella gimió alrededor de él, un sonido vibrante que lo recorrió entero, las lágrimas formándose en las comisuras por el esfuerzo, pero sin retroceder ni un centímetro. Al contrario: aceleró, succionando con las mejillas hundidas, una mano colándose entre sus propios muslos abiertos. Pequeños chorros transparentes salpicaban las baldosas bajo sus rodillas mientras se tocaba al mismo ritmo.

De repente se detuvo. Lo sacó con un sonido húmedo que resonó en la cocina silenciosa, un hilo de saliva conectando todavía sus labios. Jadeaba con la boca abierta, intentando recuperar el aliento.

—Dios, me encanta cómo me haces sentir —dijo, levantando lentamente la mano izquierda y mostrando la alianza de oro blanco con el diamante—. Con este anillo todavía en el dedo. Mañana le serviré el café enseñándole la mano y pensaré en este momento.

Besó el anillo con una reverencia teatral y volvió a inclinarse sobre él.

***

Mateo soltó una risa oscura, casi un gruñido, y tiró de ella hacia arriba por el pelo con un movimiento brusco pero controlado. La besó con fuerza, buscando su propio sabor en los labios hinchados de ella.

—Eres lo mejor que me ha pasado —dijo contra su boca.

La giró de golpe, empujándola contra la mesa hasta que el vientre le quedó pegado a la madera. Le subió el vestido por completo, arrugándolo alrededor de la cintura. El culo de Lorena quedó expuesto: redondo, firme, con una ligera marca rosada que aún no se había borrado del todo. Entre las nalgas separadas, todo brillaba, un hilillo continuo de humedad bajándole por el muslo hasta la rodilla.

Él se arrodilló detrás de ella un instante, el tiempo justo para admirar la vista, y luego hundió la cara entre sus piernas sin previo aviso. La lengua recorrió todo el largo en una lamida lenta y deliberada. Lorena se arqueó violentamente y soltó un grito que intentó contener mordiéndose el labio.

—Sí… eso… lo que él nunca se molesta en probar.

Mateo obedeció con avidez, las manos grandes abriéndole más las nalgas, la lengua entrando y saliendo mientras ella empujaba hacia atrás, restregándose contra su cara, empapándole la barbilla.

Pero el hambre era mutua y no podía esperar más. Se levantó de golpe, se alineó con la entrada empapada y empujó de una sola vez: profundo, sin pausa. Lorena gritó, las manos aferradas al borde de la mesa, las uñas clavándose en la madera.

—Sí… métemela toda.

Mateo no se contuvo. Empezó a bombear con fuerza, cada embestida haciendo que las caderas chocaran contra ella con un ritmo sonoro y húmedo que llenaba toda la cocina. Las tetas de Lorena rebotaban libres bajo el vestido arrugado, golpeando la mesa con cada empujón, los pezones rozando la madera fría.

Él se inclinó sobre su espalda, cubriéndola con su cuerpo sudoroso. Una mano subió a agarrarle un pecho, apretándolo, pellizcando el pezón entre el pulgar y el índice. La otra bajó directa al punto exacto, frotando en círculos rápidos mientras seguía sin bajar el ritmo.

—Dime que soy el único que te llena así —jadeó él.

—Sí… solo tú… él nunca me ha follado así —sollozó ella, la voz rota—. Más fuerte… hazme temblar pensando en la mentira que le voy a contar esta noche cuando me pregunte por qué estoy tan cansada.

El ritmo se volvió salvaje. La mesa crujía bajo ellos como si fuera a partirse, los platos del desayuno tintineaban en el otro extremo, un vaso se tambaleó y cayó al suelo con un estruendo que ninguno de los dos oyó. Lorena se corrió primero, su cuerpo entero sacudiéndose, un temblor que le recorrió las piernas hasta hacérselas fallar. Mateo no paró; siguió embistiendo a través del orgasmo, prolongándolo hasta que ella sollozaba de puro placer.

Pero él aún no había terminado.

***

Lorena seguía temblando sobre la mesa, la frente apoyada contra la madera húmeda de sudor, el pelo castaño desordenado pegado a las mejillas sonrojadas. Las gafas le colgaban torcidas de una oreja, a punto de caerse. Su respiración era un jadeo ronco y entrecortado.

—No pares ahora —susurró con la voz quebrada, empujando las caderas hacia atrás para mantenerlo dentro—. No me dejes así. Quiero sentirte… quiero llevarte conmigo todo el día. Cuando prepare la cena. Cuando él me dé un beso en la mejilla al llegar. Cuando me meta en la cama a su lado y él ronque sin sospechar nada.

Cada palabra salía entre respiraciones agitadas, cargada de una urgencia cruda y desesperada que le hacía temblar la voz. Mateo soltó un gruñido bajo y una sonrisa posesiva le curvó los labios. Salió de ella de golpe, y antes de que pudiera protestar por el vacío, la giró con facilidad, como si su cuerpo no pesara nada. La sentó en el borde de la mesa, le abrió las piernas con las manos firmes en los muslos y se colocó entre ellas.

Ahora la veía de frente: el vestido blanco arrugado y manchado alrededor de la cintura, las tetas subiendo y bajando con cada respiración, el rostro sonrojado, los labios hinchados y brillantes, los ojos vidriosos, los surcos secos de las lágrimas en las mejillas.

—Vas a mirarme a los ojos todo el rato —dijo él con voz grave, agarrándole las caderas—. Quiero verte la cara. Aquí, en la misma mesa donde tu marido cena cada noche.

Se alineó y volvió a penetrarla, esta vez sin prisa, disfrutando cómo lo recibía centímetro a centímetro. El ángulo era más directo, más íntimo. Cada embestida enviaba una nueva descarga a través del cuerpo ya hipersensible de ella. Empezó lento, casi torturándola: entraba hasta el fondo, se quedaba quieto un segundo y luego salía casi del todo antes de hundirse otra vez. Lorena gemía con cada movimiento, las uñas pintadas de rojo clavándose en sus hombros anchos.

—Más rápido —suplicó, la voz quebrándose—. Quiero que me hagas gritar tan fuerte que los vecinos se pregunten qué pasa aquí dentro. Quiero que me folles como si fuera la última vez… aunque los dos sepamos que mañana vuelves.

Mateo obedeció sin piedad. Aceleró hasta convertirlo en algo casi violento. La mesa gemía bajo ellos. El sonido de carne contra carne llenaba la cocina, mezclado con los gemidos altos de ella y los gruñidos guturales de él. Una mano subió a rodearle la garganta sin apretar, solo sintiendo el pulso desbocado; la otra le retorcía los pezones, el filo del dolor mezclándose con el placer.

—Dime que piensas en mí cuando él te toca —exigió.

—Sí… joder, sí —sollozó ella, las lágrimas frescas rodando otra vez—. Siempre pienso en ti. En cómo me llenas hasta que no puedo más. Él ni siquiera lo intenta. Tú me haces temblar cada vez que vienes.

Las palabras salían entrecortadas, casi incoherentes, mientras un tercer orgasmo empezaba a construirse en su interior como una ola imparable. Mateo sintió el placer acumulándose en la base de la columna, una tormenta a punto de estallar.

—Voy a terminar dentro de ti —jadeó—. Hasta que lo sientas el resto del día. Cuando le des un beso de buenas noches a tu marido. Cuando te metas en la cama oliendo a mí.

—Hazlo —gimió ella—. Lléname. Que sea tuyo aunque lleve su anillo en el dedo, aunque duerma a su lado todas las noches.

Con un gruñido que le salió de lo más hondo del pecho, Mateo empujó una última vez hasta el fondo, las caderas pegadas a las de ella, y se dejó ir con fuerza brutal. Lorena se corrió al mismo tiempo, un tercer clímax devastador que la hizo convulsionar entera, gritando su nombre con la voz rota, las piernas temblando sin control, las uñas dejándole surcos rojos en la espalda.

***

Se quedaron así largos segundos —quizá minutos—, jadeando, sudorosos, pegados el uno al otro. Lorena lo abrazó con fuerza desesperada, las piernas enredadas alrededor de su cintura, el rostro enterrado en su cuello, inhalando su olor a sudor como si fuera oxígeno.

Finalmente él se apartó despacio. Ella bajó la mirada un instante, exhausta y fascinada, y luego se inclinó para besarlo con suavidad —un beso casi tierno después de tanta brutalidad.

—Sabe a todo lo que no debería gustarme tanto —murmuró contra sus labios.

Mateo recogió la ropa del suelo mientras ella se bajaba de la mesa con las piernas temblorosas que apenas la sostenían. Se arregló el vestido lo mejor que pudo —arrugado, con manchas húmedas en el escote y la falda—, pero no se molestó en limpiarse. Quería sentirlo el resto del día, caminar por su propia casa con esa sensación recordándole quién era, en realidad, el dueño de su cuerpo.

—Mañana a la misma hora —murmuró, acompañándolo a la puerta trasera, la que daba al jardín y permitía salir sin que lo vieran los vecinos—. Y no llegues tarde.

Mateo le dio un último beso posesivo, una palmada en el culo que la hizo arquearse y gemir bajito, y salió. Cruzó el jardín con paso tranquilo, saltó la valla baja y desapareció por el callejón, con el sabor de ella todavía en la boca y la certeza absoluta de que volvería.

Dentro de la casa, Lorena cerró con llave y se apoyó un momento contra la puerta para que las piernas dejaran de temblarle. Luego fue al fregadero, se lavó las manos con jabón perfumado, se recompuso el pelo frente al espejo del pasillo y empezó a preparar la cena para su familia: pollo al horno con hierbas, puré de patatas, ensalada fresca. Como cada martes.

Cuando su marido llegara esa noche, la besaría en la mejilla como siempre y le preguntaría con su voz monótona de ejecutivo agotado cómo había ido el día. Y ella diría tranquilo, como siempre, cariño. Se sentaría a la mesa —la misma mesa— y serviría la comida con una sonrisa perfecta de esposa modelo, sintiendo todavía el rastro caliente de la tarde bajo la falda.

La alianza brillaría bajo la luz cálida de la lámpara del comedor, inocente y limpia. Pero en cada fibra de su cuerpo solo había una verdad: el martes siguiente, a las doce y media en punto, volvería a sonar el timbre dos veces.

Ver todos los relatos de Infieles

Valora este relato

Comentarios (6)

Caro_BsAs

Increible!!! me enganche desde la primera linea y no pude parar

FrancoTK

Por favor seguí escribiendo esto, quede con muchas ganas de saber como termina todo

DanielaRos

Me encanto como lo contaste, se siente muy real sin caer en lo burdo. De lo mejor que lei ultimamente

Tomas_VLP

Me recordó algo que viví hace unos años... ese doble juego entre la vida normal y lo secreto es lo que mas engancha de estos relatos

NicoMdq_lee

Me quede pensando si el marido algo sospechaba. Muy buen detalle ese de los mediodias, muy creible

SeguiEscribiendo99

Buenisimo!!! esperando la segunda parte

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.