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Relatos Ardientes

La noche que Tomás dejó entrar al vecino a su sala

Fue Tomás quien lo propuso. No con palabras, no de frente, sino a su manera: callado y calculado, dejando caer las cosas en el lugar exacto donde tenían que caer. Llevaba semanas armando esa noche sin nombrarla, como quien acomoda piezas sobre una mesa y espera a que alguien más decida moverlas.

El jueves, Esteban bajó del piso de arriba al terminar la jornada y salieron los tres a la calle con esa naturalidad casual que ya se había vuelto su idioma. Compraron vino en la tienda de la esquina; Esteban eligió la botella, Tomás pagó. En el apartamento, Marina puso música baja y los tres se acomodaron como siempre: Tomás en el sofá, Esteban en el sillón, Marina en el suelo con la espalda contra el sofá y las piernas cruzadas.

Dos botellas después, la conversación se había vuelto lenta y honesta, de esas que solo produce el vino bueno pasadas las once. Esteban hablaba menos que los otros dos, como de costumbre, pero escuchaba con una atención que a veces resultaba más presente que cualquier frase. En algún momento la charla se fue apagando sola y quedaron únicamente la música, el vino y el peso de todo lo que ninguno se atrevía a decir.

Fue entonces cuando Tomás se levantó.

Fue al baño sin anunciar nada. Tardó más de lo necesario. Cuando volvió no se sentó en el sofá, sino en el sillón que había dejado Esteban, que se había corrido al sofá mientras él no estaba. Tomás lo miró un instante. Después miró a Marina. Después volvió a su copa.

—Sigan —dijo, en voz baja.

Lo dijo como si los hubiera interrumpido en algo, como si supiera exactamente lo que iba a pasar y hubiera decidido de antemano dónde quería estar cuando pasara. Marina lo miró. Él no apartó los ojos del vaso.

Esteban la miró a ella. Marina le sostuvo la mirada un momento y luego se subió al sofá, a su lado. Le puso la mano en el muslo, despacio, sin apuro. Esteban no la quitó. Tomás, desde el sillón, observaba la pantalla apagada del televisor con una concentración que no tenía ningún objeto real.

Marina lo besó. Esteban le puso una mano en la cintura y la otra en el cuello, y le devolvió el beso con una calma que a esas alturas ella ya sabía leer como una forma de dominio. Tomás no se movió. Pero tampoco miró hacia otro lado. De reojo, sin volver evidente que miraba, seguía cada gesto con una expresión que Marina no alcanzaba a descifrar del todo desde donde estaba, pero que no era rabia. Era algo más parecido a la concentración de quien procesa algo nuevo en tiempo real.

Esteban le desabrochó la blusa despacio. Tomás giró apenas la cabeza, un centímetro, lo suficiente para ver mejor sin parecer que lo hacía. Cuando la blusa cayó por los hombros de Marina y sus pechos quedaron al aire, Tomás tomó un sorbo largo de vino.

Esteban la recostó sobre el sofá. Se arrodilló frente a ella, le bajó el pantalón y, cuando tuvo la cara entre sus piernas, Marina giró la cabeza hacia Tomás por instinto. Él la miraba directamente ahora, sin disimulo, con la copa quieta en la mano. Sus ojos se encontraron. Ninguno dijo nada.

Marina no apartó la vista de la de él cuando Esteban empezó a lamerla, cuando la lengua encontró el ritmo que ella misma le había enseñado y su cuerpo comenzó a responder. Siguió mirando a Tomás mientras sus caderas se movían solas, mientras sus dedos se enterraban en el pelo de Esteban, mientras los sonidos que siempre había contenido en la cama del cuarto, al otro lado de la pared, salían ahora sin filtro en plena sala.

Tomás dejó el vaso sobre la mesa. Despacio. Con mucho cuidado.

Marina vio que su mano bajaba hacia su propio pantalón. Lo vio desabrocharse sin levantarse del sillón, con movimientos lentos y casi mecánicos, como si su cuerpo estuviera tomando decisiones que su cabeza todavía evaluaba. Lo vio sacarse la verga, dura ya, y empezar a tocarse despacio sin apartar los ojos del sofá.

Era una imagen que no supo dónde archivar.

Su novio de dos años, el hombre con quien compartía el café de las mañanas y el bombillo del baño que llevaban un mes sin cambiar, tocándose en el sillón mientras otro hombre le comía la concha en el sofá. No fue culpa lo que sintió. Fue algo más cercano al poder.

Esteban se incorporó, se colocó entre las piernas de Marina y se sacó la verga. Tomás la vio desde el sillón y algo en su cabeza se detuvo un segundo. Era la primera vez que la veía así, de frente, con luz, en toda su dimensión: larga y gruesa, las venas marcadas, un tamaño que respondía preguntas que él no había formulado en voz alta pero que llevaba días haciéndose en silencio.

Se preguntó si ya había pasado antes. La respuesta llegó sola, sin que nadie la dijera, en la manera en que Esteban se posicionó sin dudar y en la manera en que Marina abrió las piernas con una anticipación que no era de la primera vez. La familiaridad de ambos lo confirmó todo.

Esteban presionó contra ella despacio y Marina exhaló de inmediato, ese sonido específico que Tomás reconoció aunque nunca lo había escuchado así, tan cerca, tan sin filtro. Avanzó centímetro a centímetro y ella abrió un poco más las piernas por instinto, recibiéndolo, adaptándose a esa dimensión con una fluidez que le dijo a Tomás, sin lugar a dudas, que su cuerpo ya sabía exactamente lo que estaba recibiendo. Cuando Esteban estuvo completamente adentro, los dos se quedaron quietos un momento; Marina arqueó la espalda apenas, los ojos cerrados, los labios abiertos.

Tomás miraba desde el sillón sin pestañear.

Empezaron a moverse.

Marina miraba a Tomás. Tomás la miraba a ella.

Esteban empujaba con un ritmo que fue creciendo de a poco, las manos en las caderas de ella, el cuerpo tapando parcialmente la vista desde el sillón, aunque no del todo. Tomás se tocaba al mismo compás, casi sin darse cuenta, siguiendo el pulso de algo que no controlaba. Su cara era la de alguien al borde de una cosa que todavía no tenía nombre.

Cuando Marina se corrió, lo hizo mirándolo a él directamente, los ojos abiertos, dejando salir el sonido entero sin taparlo con nada. Tomás apretó la mandíbula. Su mano se movió más rápido un instante y luego se detuvo, como si hubiera decidido no terminar, como si quisiera que aquello durara más.

***

Esteban la cambió de posición. La puso boca abajo sobre el sofá y entró de nuevo desde atrás. Marina hundió la cara en el cojín, pero giró la cabeza hacia un lado, hacia Tomás, y lo encontró inclinado hacia adelante en el sillón, los codos en las rodillas, mirándolo todo con una atención total. La verga todavía en la mano, todavía dura, todavía sin terminar.

Sus ojos se encontraron otra vez.

Marina estiró el brazo hacia él desde el sofá. La mano abierta, la palma hacia arriba, una invitación que no decía nada y lo decía todo.

Tomás la miró un momento largo.

Se levantó del sillón.

Cruzó los tres metros que los separaban con el pantalón desabrochado y se arrodilló frente al sofá, frente a la cara de Marina. Ella lo tomó con la mano, lo miró un segundo y se lo metió en la boca. Tomás cerró los ojos. Esteban siguió empujando desde atrás sin cambiar el ritmo, como si aquello fuera la continuación natural de algo que ya estaba en marcha.

Y lo era.

Marina tenía a Esteban adentro y a Tomás en la boca, y el apartamento pequeño contenía todo eso sin romperse: la música de fondo, el vino a medias en la mesa, el bombillo del baño todavía sin cambiar.

Tomás no duró mucho. Dos años de conocer a Marina le habían enseñado su ritmo, pero esta versión de ella —la que se movía con Esteban desde atrás y lo recibía a él en la boca con los ojos abiertos— era una versión que no conocía. Se vino rápido y en silencio, una mano en su propio cuello y la otra aferrada al respaldo del sofá. Marina lo recibió todo y tragó sin apartar los ojos de los suyos.

Tomás lo notó con una claridad que le llegó directo al pecho: en dos años, eso nunca había pasado. Siempre había sido de otra manera, un gesto de distancia que él había aceptado sin cuestionarlo y que ahora, viendo cómo ella lo hacía sin pensarlo, como si fuera lo más natural del mundo, entendió que no había sido distancia sino la ausencia de algo que Esteban le había enseñado a querer.

Cuando Tomás se apartó y se sentó en el suelo con la espalda contra el sofá, Esteban terminó poco después, las manos firmes en las caderas de Marina, profundo y sin ceremonias. Ella lo recibió adentro esta vez, sintiendo los pulsos calientes mientras se quedaba quieta contra el cojín.

Silencio.

Los tres en el suelo, eventualmente, cada uno llegando ahí a su manera. La música seguía. El vino en la mesa, casi terminado. Tomás miraba el techo con una expresión que no era culpa ni confusión, sino algo más parecido a la calma específica de quien acaba de cruzar una línea que llevaba semanas mirando desde el otro lado.

Marina tenía la cabeza apoyada en el sofá y los pies en el suelo. Esteban estaba a su lado, el brazo sobre los ojos.

Nadie habló durante un rato largo.

Fue Tomás el que habló primero. Sin moverse, mirando todavía el techo.

—¿Queda vino? —preguntó.

Esteban se rió primero. Marina después. Y Tomás al final, ese sonido suyo que casi nunca salía del todo, pero que cuando salía llenaba el cuarto entero.

El apartamento siguió siendo el mismo apartamento. Solo que ahora los tres sabían exactamente en qué tipo de apartamento vivían.

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