Mi marido viajó y dejó a su primo cuidándome
Mariela estaba en su sexto mes de embarazo. La panza redonda y firme se le marcaba bajo la bata liviana que usaba en casa, y los pechos le habían crecido tanto que le dolían con el solo roce de la tela. Damián, su marido, tenía que viajar una semana entera a otra ciudad por un asunto de familia que no podía postergar.
Antes de salir, llamó a su primo Rodrigo y le pidió el favor sin vueltas.
—Quedate en casa, cuidala, no la dejes sola ni un minuto —le dijo—. Ya sabés cómo está con las hormonas.
Rodrigo aceptó sin dudarlo. Llegó esa misma tarde con un bolso pequeño y se instaló en el cuarto de huéspedes. Mariela lo recibió con un abrazo cordial, pero algo en la forma en que él la miró de arriba abajo le quedó dando vueltas el resto del día.
La primera noche se sentaron a la mesa del comedor. Ella había preparado algo sencillo: milanesas, ensalada y una copa de vino para él. Mariela solo tomaba agua. La charla empezó tranquila, pero Rodrigo la miraba de reojo, atento a cómo la panza le tensaba la bata y a cómo los pezones se le marcaban duros contra la tela.
—Contame cómo te sentís con todo esto —preguntó él, sirviéndose más vino.
Ella suspiró y apoyó las manos sobre la panza. La voz le salió más baja de lo que pretendía.
—Mal, Rodrigo. Las hormonas me tienen al borde todo el día. Una calentura que no se me pasa con nada. Damián se fue esta mañana y ya lo extraño, pero ni él me seguía el ritmo estos meses. La panza me pesa, los pechos me arden de lo hinchados que están, y lo único que pienso es en que alguien me coja hasta el fondo.
Rodrigo se quedó con el tenedor en el aire. Sintió que la pija empezaba a hinchársele dentro del pantalón.
—No sabía que andabas así —dijo, tratando de sonar tranquilo—. Contame más.
Mariela se mordió el labio. La bata se le había abierto en el escote, dejando ver el nacimiento de los pechos pesados.
—No sé si debería decírtelo, pero estoy desesperada. Desde que él salió por esa puerta no paro de pensar en lo mismo. Me toqué debajo de la mesa mientras cocinaba y ya estaba empapada. Las hormonas me dispararon todo. Quiero que me cojan fuerte, que me chupen los pechos hasta que goteen, que me hagan de todo. ¿Me entendés?
***
Rodrigo tragó saliva. Ya estaba duro, marcándose contra la tela. Se levantó despacio, rodeó la mesa y se paró frente a ella.
—Mirá, Mariela… si querés, te muestro lo que tengo. Porque yo también estoy caliente desde que te vi entrar con esa panza.
Sin esperar respuesta, se bajó el cierre y sacó la verga. Era gruesa y venosa, con la cabeza roja e hinchada apuntando directo a la cara de ella. Mariela abrió los ojos grandes y se quedó mirándola como si fuera un hallazgo.
—Dios, qué pija tenés, primo —murmuró—. Mucho más que la de Damián. Vení, dejame tocarla.
Extendió la mano y la agarró con firmeza. La palma caliente envolvió el tronco y empezó a moverse despacio, arriba y abajo. Rodrigo gimió bajito. Ella se acercó, todavía sentada, y respiró hondo sobre la piel.
—Huele a macho —dijo, y se la metió en la boca sin aviso.
Chupó con ganas, haciendo ruidos húmedos, tragando hasta la mitad mientras la lengua giraba alrededor del glande. Rodrigo le puso una mano en la nuca y empujó apenas.
—Así, Mariela… qué boca tenés.
Ella la sacó un segundo, jadeando, con un hilo de saliva en la barbilla.
—Quiero que me cojas esta noche. Ya. Mirá cómo estoy.
Se levantó la bata, abrió las piernas y le mostró el sexo depilado, los labios hinchados y rojos, un hilo de humedad bajándole por el muslo. La panza redonda se levantaba encima, tensa y hermosa.
Rodrigo se arrodilló entre sus piernas. Le separó los muslos y acercó la cara. La lamió de abajo hacia arriba, lento, y ella echó la cabeza atrás con un gemido largo.
—Ahí… no pares.
Él metió la lengua lo más profundo que pudo mientras le apretaba los pechos por encima de la bata. Mariela se la abrió del todo y los sacó: enormes, los pezones oscuros y duros, húmedos.
—Chupámelos también. Están llenos.
Rodrigo subió y se prendió de uno. Chupó fuerte y un chorrito tibio le llenó la boca. Ella gritó de placer y le pidió más. Mientras chupaba, le metió dos dedos, que entraban y salían con un chapoteo húmedo. Mariela movía la cadera contra su mano.
—Quiero tu verga ya. Cogeme, Rodrigo. Como un animal.
***
Él la ayudó a ponerse de pie y la llevó hasta el sofá del living. La acostó de costado, con la panza apoyada en un almohadón para que estuviera cómoda. Le levantó una pierna y frotó la cabeza de la pija contra los labios mojados.
—Decime que querés que te coja —pidió, con la voz ronca.
—Quiero que me cojas. Metémela toda, pero cuidando la panza.
Entró de un solo empujón. Estaba tan mojada que se hundió hasta el fondo sin resistencia. Los dos gimieron al mismo tiempo. Rodrigo empezó despacio, entrando y saliendo entero, sintiendo cómo ella lo apretaba.
—Qué apretada estás, aun embarazada —dijo entre dientes.
Mariela empujaba la cadera hacia atrás.
—Más rápido. Más fuerte. Quiero sentirte adentro de verdad.
Él aceleró. El sonido de la piel contra la piel llenó la habitación. Le agarró un pecho colgante y lo apretó, y otra vez salió un poco de leche.
—Mirá cómo te goteás mientras te cojo.
Ella se rió entre gemidos.
—Esta semana soy tuya. Cogeme todos los días que él no esté. Usame entera.
Rodrigo la giró un poco más y le apuntó al culo. La preparó con saliva y con un dedo, después dos, mientras ella jadeaba. Cuando entró, lo hizo con cuidado, despacio, hasta hundirse del todo. La cogió ahí, más lento, metiéndole los dedos por delante al mismo tiempo.
—Estoy llena por todos lados. No pares.
Los gemidos de Mariela subieron de tono. Rodrigo sintió que estaba por explotar.
—Voy a acabar. ¿Dónde querés?
—Adentro. Llename.
Salió, la volvió a poner de costado y la penetró otra vez por delante. Cogió con fuerza, rápido, hasta que el orgasmo lo desbordó. Empujó hasta el fondo y descargó chorros espesos y calientes. Ella tembló y se corrió al mismo tiempo, apretándolo con espasmos.
***
Mariela seguía temblando, contrayéndose alrededor de la verga gruesa de Rodrigo. Él permanecía enterrado, sintiendo cómo ella lo ordeñaba hasta las últimas gotas. Ninguno se movía, pero los cuerpos seguían unidos, sudados y palpitantes.
—Qué macho que sos —susurró ella, girando apenas la cabeza para mirarlo a los ojos—. Siempre me gustó coger, desde muy joven. Tenía fama de fácil en el barrio, y la verdad es que me la ganaba. Damián nunca supo lo desbocada que fui de soltera. Vos me estás despertando todo eso de nuevo.
Rodrigo sonrió con malicia, todavía dentro de ella. Movió las caderas en un vaivén corto y profundo que le arrancó otro gemido.
—¿Ah, sí? Mirá vos. Yo también tengo lo mío, prima —dijo, la voz cargada—. Siempre me cogí a las novias de Damián. A todas. Llegaban a mí insatisfechas, mojadas pero sin que nadie las atendiera como se merecían. Yo las agarraba, se las metía hasta el fondo y las hacía gritar. Después volvían a buscarme a escondidas, porque él nunca las cogía como yo. Y ahora te toca a vos.
Mariela lo apretó al escuchar eso, sacándole un gemido ronco. Los ojos le brillaban de excitación renovada.
—Eso me pone más caliente todavía —jadeó—. Saber que sos el que le robaba las minas a tu primo. Quiero lo mismo. Quiero que me uses esta semana. Cuando quieras, donde quieras. Hacé de mí tu amante en secreto, Rodrigo. Y cuando él vuelva, yo voy a seguir mojada pensando en vos.
Rodrigo empezó a moverse otra vez, saliendo casi entero y volviendo a hundirse con fuerza controlada, cuidando la panza pero cogiendo con intención.
—Entonces decímelo claro. Decime que sos mía ahora.
—Soy tuya —gimió ella, empujando el culo hacia atrás para recibir cada embestida—. Cogeme más fuerte. Hacé conmigo lo que hacías con las otras.
Él aceleró un poco, el sonido húmedo llenando el silencio. Le apretó un pecho y salió otro chorrito de leche que le mojó los dedos.
—Así me gusta. Esta semana te voy a coger hasta que no puedas pensar en otra cosa. Y cuando termine, vas a seguir siendo mía.
Mariela se corrió de nuevo solo con sus palabras, apretándolo con fuerza renovada mientras gemía largo y alto.
***
—La noche recién empieza —dijo ella cuando recuperó el aliento—. En un rato te quiero otra vez. Y mañana. Toda la semana vas a ser mi macho mientras Damián no esté.
Rodrigo sonrió, todavía dentro de ella.
—Contá con eso.
Se quedaron abrazados en el sofá, con la verga latiendo y desinflándose despacio. Mariela sentía cómo le chorreaba por los muslos, y la calentura de las hormonas no había bajado ni un poco. Sabía que esa primera noche terminaría con muchas más: en la cama, contra la mesa de la cocina, incluso en la ducha.
Subieron al dormitorio. Rodrigo la acostó de lado otra vez, le levantó la pierna y volvió a penetrarla. Empezó despacio mientras ella cerraba los ojos, gimiendo bajito. Las horas siguientes fueron un maratón: de lado, en cuatro patas con almohadones, sentada encima moviendo la cadera mientras él le chupaba los pechos. Cada vez que él acababa, ella pedía más.
Al amanecer los dos estaban exhaustos, con olor a sexo por toda la habitación. Mariela tenía el cuerpo marcado y todavía goteaba leche. Rodrigo le besó la panza.
—Esta semana va a ser la mejor de mi vida —susurró ella.
Y así fueron los siete días que Damián estuvo ausente. Rodrigo cumplió su rol de cuidador de la manera más carnal posible, convirtiendo la casa en un refugio de encuentros constantes. Mariela, impulsada por las hormonas, se volvió insaciable, ofreciéndose sin vergüenza.
***
Cuando Damián regresó al final de la semana, la casa olía a limpio y Mariela lo recibió con una sonrisa grande y un beso profundo. Se sentaron en el living a charlar. Él contó todo el viaje, lo cansado que había estado y lo mucho que la extrañó. Ella le dijo que había estado bien, que Rodrigo la cuidó perfecto.
—Estuve tranquila, amor —mintió con voz dulce—. Es un santo, me ayudó con todo.
Damián sonrió, la abrazó y le acarició la panza.
—Te extrañé mucho. Vamos a la cama, quiero sentirte.
Subieron al dormitorio. Mariela se sacó la bata despacio. Damián se quedó congelado al verla de espaldas: las nalgas marcadas con manchas rojizas, huellas de manos firmes. Se acercó y tocó con cuidado.
—¿Qué te pasó? —preguntó, alarmado—. ¿Te duele?
Ella se dio vuelta, lo miró con ojos inocentes y le acarició la cara.
—Tranquilo, amor. Es por el embarazo. Las hormonas me hinchan todo, la piel se me pone sensible y con cualquier roce me salen moretones. Además la panza pesa y me golpeo sola contra las cosas. El médico me dijo que es normal. No es nada.
Damián seguía mirando las marcas, todavía preocupado. Mariela se arrodilló despacio frente a él, le bajó el pantalón y le sacó la verga.
—Dejame calmarte —susurró, y se la metió en la boca de un solo movimiento.
Chupó con ganas, bajando hasta el fondo mientras la lengua giraba. Él gimió, olvidándose por un segundo de las marcas. Ella lo miró desde abajo y la sacó un instante.
—Es solo el embarazo, amor. Tu pija siempre me calma. Dejame mamártela hasta que te corras.
Volvió a chupar más rápido, apretándole con una mano mientras con la otra se tocaba disimuladamente. Damián echó la cabeza hacia atrás.
—Está bien… si el médico lo dice…
Ella aceleró hasta que él no aguantó más y descargó en su boca. Mariela tragó, limpió con la lengua y se levantó sonriendo.
—¿Ves? Ya estás más tranquilo. Vení, abrazame. Esta semana sin vos fue larga.
Damián la abrazó. Le quedaba una duda en el fondo, pero la calentura lo había serenado. No preguntó más. Mariela se durmió pegada a él, con un secreto latiendo en silencio: sabía que la próxima vez que él viajara, Rodrigo volvería a instalarse en el cuarto de huéspedes.