La estanquera casada que esperaba mi moto cada tarde
Me llamo Andrés, tengo cuarenta y nueve años y llevo casi veinte casado. No soy un hombre interesante. Instalo equipos de climatización por todo Toledo, vuelvo a casa, ceno con mi mujer, vemos una serie y al día siguiente empiezo otra vez. Mi vida se parece a la de mucha gente de mi edad.
Mi mujer, Marta, y yo vivimos en el mismo barrio desde hace más de una década. No diría que mi matrimonio sea infeliz: nos llevamos bien y casi nunca discutimos. Pero con los años la pasión de los primeros tiempos se vuelve costumbre, y la costumbre acaba pareciéndose demasiado a la rutina.
Fumo desde joven, aunque cada vez menos. Compro el tabaco en el mismo estanco, en la calle de la Plata, a dos manzanas de casa. Es un local pequeño donde desde hace un año siempre atiende la misma mujer. Durante mucho tiempo, para mí no fue más que eso: el sitio donde compraba tabaco.
Pero hay momentos que empiezan como algo normal y, sin que te des cuenta, terminan cambiándolo todo. En mi caso empezó una tarde cualquiera, cuando entré y Lucía me miró de una manera un poco distinta a las otras veces.
Durante bastante tiempo, Lucía fue simplemente la mujer del estanco. Morena, de ojos grandes color miel y una sonrisa fácil que repartía con casi todos. Tendría unos cuarenta y dos años. Era de esas mujeres que llaman la atención sin esforzarse, siempre con una blusa ligera que dejaba adivinar unas curvas generosas detrás del mostrador.
Al principio nuestras conversaciones no pasaban de lo típico.
—¿Un paquete de Ducados?
—Sí, gracias.
Un par de frases sobre el tiempo y poco más. Pero ves tantas veces a la misma persona que acabas cruzando más palabras de las previstas. Así fui sabiendo que estaba casada, que tenía un hijo de dieciséis años y que vivían cerca de allí.
La primera vez que hablamos de verdad fue una tarde en la que entró con mala cara, como si hubiera dormido poco. Le pedí el tabaco y, casi sin pensar, le dije:
—Parece que hoy no tienes muy buen día.
Ella levantó la mirada, dudando, y luego soltó un suspiro.
—He discutido con mi marido esta mañana —dijo bajando la voz—. Bueno… en realidad llevamos semanas discutiendo. Bebe demasiado. Y cada vez llega más tarde. Hay noches que no sé dónde está hasta pasada la medianoche.
No lo decía con rabia, sino con ese cansancio que se le queda a uno cuando un problema se repite demasiadas veces.
—A veces pienso que vamos a acabar separándonos —murmuró.
Fue la primera vez que me contó algo personal. A partir de ahí, la relación dejó de ser la de cliente y dependienta.
***
Y entonces ocurrió lo de la moto.
Una tarde aparqué justo delante de la puerta porque no había sitio más cerca. Compré lo de siempre y salí. No habían pasado ni treinta segundos cuando oí la puerta abrirse detrás de mí.
—¿Esa moto es tuya? —preguntó.
Me giré y la vi en el umbral, mirándola con una mezcla de curiosidad y entusiasmo.
—Sí. ¿Te gustan?
—Mucho. Siempre me han gustado… pero nunca he subido en una.
Se acercó y pasó la mano por el asiento. Y fue entonces cuando me di cuenta de que Lucía no me hablaba como hablaba con los demás. Había algo distinto en su mirada.
Desde aquel día, cada vez que llegaba con la moto, ella parecía notarlo antes incluso de que entrara. Una tarde apenas había apagado el motor cuando salió a la acera.
—Sabía que eras tú. Ese ruido lo reconozco desde lejos. —Se inclinó sobre el depósito, la camiseta pegada al cuerpo por el calor, y no pude evitar fijarme en sus curvas—. No será lo mismo verla que montarla —añadió con media sonrisa.
Aquellas escenas empezaron a repetirse. Cuando la calle estaba tranquila, Lucía encontraba cualquier excusa para salir, y siempre terminábamos hablando junto a la moto. Y siempre, tarde o temprano, salía el tema de su marido.
—Anoche volvió a llegar tarde —dijo una de esas tardes, apoyada en el asiento—. Cuando bebe se vuelve insoportable. A veces siento que vivimos en la misma casa, pero nada más. —Me miró suavizando la voz—. Contigo da gusto hablar. Un día de estos tienes que darme una vuelta en la moto. ¿Me lo prometes?
Lo dijo como quien hace una broma. Pero no parecía exactamente una broma.
—Prometido —respondí casi por compromiso.
***
Durante varios días esa frase se me quedó dando vueltas. Los dos estábamos casados y, aunque entre nosotros había surgido una complicidad extraña, ninguno había hecho nada inapropiado. Hasta aquella tarde.
Llegué más tarde de lo habitual. El sol ya bajaba y la calle estaba casi vacía. Vi a Lucía dentro, atendiendo a una señora mayor. Cuando la mujer se marchó, miró el reloj de la pared.
—Hoy voy a cerrar un poco antes. No hay nadie… y me apetece salir un rato.
Pagué y salí a la acera. Un par de minutos después la persiana bajó hasta la mitad y Lucía echó la llave. Llevaba el bolso al hombro y el pelo revuelto por el calor del día. Se quedó mirando la moto.
—¿Te acuerdas de lo que te dije? Siempre me he quedado con ganas de subir en una moto grande. —Me miró directa, con una mezcla de timidez y decisión—. ¿Me das una vuelta?
No era una propuesta escandalosa. Solo una vuelta. Pero los dos sabíamos que no era tan simple. No era la moto. Era que había cerrado antes. Era la forma en que me miraba.
—¿Y tu marido? —pregunté.
—No llega hasta muy tarde… ya sabes.
Pensé en Marta, en casa, viendo la serie. Nada de aquello era grave. Pero tampoco era inocente. Abrí el asiento y saqué el casco de Marta.
—Está bien.
Lucía sonrió de una manera que no le había visto antes. Se colocó el casco y, antes de subir, preguntó:
—¿Dónde me agarro?
Cuando apoyó las manos en mi cintura, tuve la sensación de que aquel paseo iba a cambiar más cosas de las que imaginábamos.
***
Arranqué despacio. A esa hora había poco tráfico, así que tomé las calles tranquilas que salen del barrio. A los pocos minutos Lucía se pegó un poco más a mi espalda.
—Ahora entiendo por qué te gusta —dijo cerca de mi oído.
Conduje sin prisa y subí por las cuestas estrechas que llevan al Mirador del Valle, al otro lado del río. La ciudad empezaba a encender sus luces y el aire que subía desde el Tajo refrescaba después del calor. En cada curva su cuerpo se inclinaba con el mío, sus pechos apretados contra mi espalda.
Cuando llegamos, aparqué junto al borde de la plaza. Lucía se quitó el casco despacio. Enfrente, el casco antiguo de Toledo se recortaba contra el cielo oscuro: la catedral y el Alcázar iluminados sobre la colina, y abajo el Tajo rodeándolo todo.
—Madre mía… —dijo apoyando los codos en el muro de piedra. El viento le movía el pelo, y durante unos segundos ninguno habló—. Hacía años que no venía aquí. Antes venía con mi marido, cuando salíamos más. —Se giró hacia mí—. Creo que llevaba mucho sin hacer algo solo porque me apetecía. Y la culpa es tuya. Apareces con esa moto, te quedas charlando como si nos conociéramos de toda la vida… y al final me escapo del trabajo contigo como una colegiala.
Se quedó muy cerca. Durante un segundo ninguno se movió. Los dos estábamos casados, los dos teníamos una vida fuera de aquel momento, y aun así allí estábamos, solos en el mirador, mirándonos de una manera que ya no tenía nada que ver con una dependienta y un cliente.
—Deberíamos volver —dijo, aunque no sonaba convencida. Y no se movió.
Entonces se inclinó hacia delante y me dio un beso rápido, casi un roce. Me quedé inmóvil una fracción de segundo. Pero antes de que pudiera pensarlo, la rodeé por la cintura y le devolví el beso. Esta vez ya no fue tímido. Sus manos buscaron mi cuello y el beso se volvió largo, intenso, como si los dos lleváramos demasiado tiempo conteniéndonos.
Nos separamos casi al mismo tiempo, como si de golpe recordáramos dónde estábamos.
—Perdona, Lucía… —dije en voz baja—. No sé qué me ha pasado.
Ella me sostuvo la mirada. No parecía enfadada. Más bien lo contrario. Volvió a acercarse, me pasó los brazos por el cuello y me besó de nuevo, con mucha más decisión. Sentí cómo se apretaba contra mí, sin ninguna duda. Cuando por fin se separó, respiraba deprisa.
—Me tienes loca desde hace tiempo —murmuró.
Y los dos supimos que aquello había dejado de ser un simple paseo en moto.
***
—Aquí no —susurré—. Hay demasiada gente.
Ella no contestó con palabras. Bajó la mano hasta mi entrepierna y apretó.
—Entonces sácame de aquí, Andrés. Ahora.
Bajamos por las cuestas evitando las calles iluminadas. Conocía un callejón apartado de la ruta turística, donde las paredes de piedra tapaban la luz de las farolas. Detuve la moto y, antes de que se quitara el casco, ya la tenía contra el muro.
La besé con ganas mientras mis manos subían bajo su blusa. Su piel quemaba. No llevaba sujetador; mis dedos encontraron sus pechos pesados y unos pezones duros que parecían querer atravesar la tela. Los acaricié sin prisa mientras ella arqueaba la espalda contra la piedra.
—No hables… —jadeó—. Llevo semanas mojándome solo de verte bajar de la moto.
Bajé una mano por su vientre y la metí por dentro del vaquero. Estaba empapada, las bragas pegadas a la piel. Rocé su clítoris con el pulgar, en círculos lentos, y ella dio un respingo clavándome las uñas en los hombros.
—Así… más despacio al principio —pidió.
Metí un dedo. Estaba ardiendo, apretada. Lo moví despacio, curvándolo hacia arriba, mientras el pulgar seguía rodeando su clítoris. Lucía se retorcía contra el muro, las caderas moviéndose solas.
—Méteme otro —susurró.
Introduje el segundo. Los movía juntos, entrando y saliendo con un ritmo constante. En el silencio del callejón se oía el sonido húmedo de mis dedos. Ella apretaba los muslos alrededor de mi mano, atrapándola, y su respiración se volvió irregular.
—Más rápido… no pares —gimió contra mi cuello.
Aceleré. Sentía cómo su interior se contraía cada vez más. De repente todo su cuerpo se tensó, arqueó la espalda y ahogó un gemido largo contra mi hombro mientras se corría en espasmos sobre mi mano. Tardó varios segundos en aflojar, colgada de mi cuello, temblando.
—Hacía años que no me corría así —susurró—. Ahora te toca a ti.
Sin darme tiempo, se agachó detrás del bulto de la moto, oculta de cualquier mirada. Oí la cremallera abrirse. Su mano caliente me sacó la polla y se la llevó a la boca sin dudar. La lengua le danzaba en la punta mientras su mano apretaba la base, y tuve que agarrarme al manillar para no caerme.
Me miraba desde abajo, con el pelo cayéndole por la cara y los ojos llenos de deseo. Cada ruido lejano me ponía a mil; el riesgo de que alguien pasara lo hacía más intenso.
—Para, o me corro ya —le advertí entre dientes. No paró. Al contrario, succionó más fuerte, y el orgasmo me golpeó de golpe. Ella lo tragó todo, sin perder una gota.
Se levantó despacio, limpiándose la comisura con una sonrisa traviesa. Me besó, compartiendo el sabor, y susurró:
—Esto es solo el aperitivo. No sé cuándo ni dónde, pero me tienes que follar un día de estos.
***
La llevé hasta una callejuela a dos manzanas de su casa. Ella se bajó rápido y me tendió el casco casi sin mirarme.
—Gracias por… todo. Nos vemos —dijo, con esa sonrisa corta que usaba con los clientes.
La vi doblar la esquina hasta desaparecer. Arranqué de nuevo, sin prisa, como si no pasara nada. El viento de la noche me secaba el sudor, pero no borraba su olor: perfume mezclado con el tabaco que se le pegaba a la ropa todo el día.
Cuando aparqué frente a casa, la luz del salón estaba encendida. Entré con la llave de siempre. Marta levantó la vista del sofá.
—Llegas tarde —dijo, sin reproche.
—Di una vuelta larga. Me apetecía despejarme.
Fui al baño, me lavé la cara con agua fría y me eché un poco de colonia para tapar su olor. En el espejo seguía el mismo Andrés de siempre, el marido desde hace casi veinte años. Pero los ojos estaban distintos. Más vivos. Y más culpables.
Volví al salón y me senté al lado de Marta. Ella apoyó la cabeza en mi hombro y la abracé por instinto, como todas las noches. Y mientras la serie sonaba de fondo, pensé en Lucía al día siguiente, en cómo me miraría cuando entrara a comprar tabaco, en esa promesa colgando entre nosotros como una bomba de relojería. Y supe que no iba a ser capaz de no cumplirla.
***
Me quedé en la esquina hasta que el ruido de la moto se perdió del todo. Me llevé una mano al cuello, donde aún sentía el mordisco de Andrés, y otra al vientre, donde el calor seguía latiendo. Mis bragas estaban empapadas, y cada paso me recordaba lo que acababa de hacer.
Lucía, ¿qué estás haciendo?, me dije casi riendo de nervios. No era risa de arrepentimiento, sino de vértigo, de esa sensación de estar viva que hacía años que no sentía.
Caminé las dos manzanas hasta mi portal mirando al suelo. El barrio estaba tranquilo, nadie que se fijara en mi pelo revuelto ni en la sonrisa que no podía quitarme. El pasillo estaba a oscuras: mi hijo dormía, y mi marido no llegaría hasta las tantas, como casi todas las noches. Mejor así. Hoy no quería verlo llegar oliendo a alcohol.
En el baño me miré en el espejo: los ojos más brillantes, los labios hinchados. Me metí en la cama sin apagar la luz, recordando cada detalle: cómo sus manos olían a jabón y a gasolina, no a cerveza rancia; cómo me había mirado en el mirador, con un hambre limpia. Por primera vez en años me había sentido deseada de verdad.
El coño todavía me palpitaba, sensible, pidiendo más. Metí una mano bajo las sábanas y me toqué despacio, imaginando que era la suya. Me corrí rápido, ahogando el gemido en la almohada, y luego me quedé quieta, con el corazón en los oídos.
***
Pasaron las horas. El reloj marcó las dos. Estaba en ese limbo entre el sueño y la vigilia cuando oí la llave fallando en la cerradura: una, dos, tres veces. Luego un golpe sordo contra la madera y un juramento arrastrado.
Era él. Rubén, mi marido.
Me incorporé en la cama, el corazón acelerándose. No era la primera vez que llegaba así, pero esta noche me pareció distinta; o quizás era yo, más alerta, más expuesta. La puerta se abrió con un chirrido. Pasos pesados, un tropiezo, las llaves cayendo al suelo. Contuve la respiración: si el chaval se despertaba, todo sería peor.
Rubén apareció en el umbral, recortado contra la luz del pasillo. Olía a cerveza, a tabaco negro, a sudor de bar. La camisa fuera, el pelo revuelto, los ojos vidriosos.
—¿Ya estás en la cama? —balbuceó, apoyándose en el marco—. Qué madrugadora.
Encendí la lamparita. Ahí estaba lo de siempre: la barba de tres días, las ojeras, esa expresión entre agresiva y perdida que ponía al beber.
—Son las dos y media, Rubén. El niño tiene clase mañana.
Soltó una risa corta, sin gracia.
—El niño, el niño… siempre el niño. ¿Y yo qué? ¿Yo no cuento?
Se dejó caer en el borde de la cama. Me aparté un poco, instintivamente, y él lo notó.
—Hoy me invitaron a unas copas donde Emilio. No podía decir que no. Pero tú nunca sales conmigo. Estás rara últimamente —dijo entrecerrando los ojos—. Más contenta. ¿Te has echado un novio o qué?
Sentí un frío en el estómago. Por un segundo pensé que lo sabía. Pero no, era solo la paranoia del borracho.
—No seas idiota —respondí con voz neutra—. Estoy cansada. El estanco abre temprano.
Me miró un momento largo y luego soltó una carcajada ronca.
—Claro, el estanco. Ahí metida todo el día, vendiéndole tabaco a viejos y a moteros de mierda.
Las palabras me cayeron como un puñetazo, pero apreté los puños bajo la sábana y no dije nada. Se levantó tambaleante, fue al baño, volvió quitándose la camisa.
—Ven aquí —dijo dejándose caer boca arriba—. Hazme un masaje. Estoy muerto.
Lo miré. El cuerpo que una vez me había parecido fuerte ahora era blando, hinchado por la cerveza y el tiempo. Sentí una oleada de asco mezclada con lástima.
—No tengo ganas, Rubén. Duérmete.
Gruñó, se giró dándome la espalda y al rato empezó a roncar.
***
Me quedé despierta mucho rato más, mirando el techo. El olor a alcohol llenaba la habitación. Pensé en Andrés, en cómo me había mirado en el callejón, en cómo, por primera vez en años, alguien me había deseado de verdad, no por costumbre ni por deber.
Y mientras Rubén roncaba a mi lado, deslicé otra vez la mano bajo las sábanas. Me toqué en silencio, imaginando que era él quien bajaba por mi vientre, quien me abría con los dedos, quien me llevaba al borde de nuevo. Me corrí mordiéndome el labio hasta hacerme daño, ahogando el gemido en la almohada.
Después me quedé quieta, respirando hondo. Mañana abriría el estanco como siempre. Y cuando Andrés entrara pidiendo sus Ducados, le sonreiría de esa forma que solo él entendía. Porque ya lo sabía con certeza: no iba a parar. No podía. Aunque Rubén durmiera al lado, aunque el niño estuviera en la habitación de al lado, aunque el barrio entero pudiera enterarse algún día.
Quería más. Quería todo. Y por primera vez en mucho tiempo, no me importaba el precio.