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Relatos Ardientes

La estanquera casada que esperaba mi moto cada tarde

Me llamo Andrés, tengo cuarenta y nueve años y llevo casi veinte casado. No soy un hombre interesante. Instalo equipos de climatización por todo Toledo, vuelvo a casa, ceno con mi mujer, vemos una serie y al día siguiente empiezo otra vez. Mi vida se parece a la de mucha gente de mi edad.

Mi mujer, Marta, y yo vivimos en el mismo barrio desde hace más de una década. No diría que mi matrimonio sea infeliz: nos llevamos bien y casi nunca discutimos. Pero con los años la pasión de los primeros tiempos se vuelve costumbre, y la costumbre acaba pareciéndose demasiado a la rutina. Hace meses que no follamos, y las pocas veces que lo intentamos es un trámite corto, con la luz apagada y sin mirarnos.

Fumo desde joven, aunque cada vez menos. Compro el tabaco en el mismo estanco, en la calle de la Plata, a dos manzanas de casa. Es un local pequeño donde desde hace un año siempre atiende la misma mujer. Durante mucho tiempo, para mí no fue más que eso: el sitio donde compraba tabaco.

Pero hay momentos que empiezan como algo normal y, sin que te des cuenta, terminan cambiándolo todo. En mi caso empezó una tarde cualquiera, cuando entré y Lucía me miró de una manera un poco distinta a las otras veces.

Durante bastante tiempo, Lucía fue simplemente la mujer del estanco. Morena, de ojos grandes color miel y una sonrisa fácil que repartía con casi todos. Tendría unos cuarenta y dos años. Era de esas mujeres que llaman la atención sin esforzarse, siempre con una blusa ligera que dejaba adivinar unas tetas grandes y pesadas detrás del mostrador, y un culo redondo que se marcaba cada vez que se agachaba a buscar algo en los cajones bajos.

Al principio nuestras conversaciones no pasaban de lo típico.

—¿Un paquete de Ducados?

—Sí, gracias.

Un par de frases sobre el tiempo y poco más. Pero ves tantas veces a la misma persona que acabas cruzando más palabras de las previstas. Así fui sabiendo que estaba casada, que tenía un hijo de dieciséis años y que vivían cerca de allí.

La primera vez que hablamos de verdad fue una tarde en la que entró con mala cara, como si hubiera dormido poco. Le pedí el tabaco y, casi sin pensar, le dije:

—Parece que hoy no tienes muy buen día.

Ella levantó la mirada, dudando, y luego soltó un suspiro.

—He discutido con mi marido esta mañana —dijo bajando la voz—. Bueno… en realidad llevamos semanas discutiendo. Bebe demasiado. Y cada vez llega más tarde. Hay noches que no sé dónde está hasta pasada la medianoche.

No lo decía con rabia, sino con ese cansancio que se le queda a uno cuando un problema se repite demasiadas veces.

—A veces pienso que vamos a acabar separándonos —murmuró.

Fue la primera vez que me contó algo personal. A partir de ahí, la relación dejó de ser la de cliente y dependienta.

***

Y entonces ocurrió lo de la moto.

Una tarde aparqué justo delante de la puerta porque no había sitio más cerca. Compré lo de siempre y salí. No habían pasado ni treinta segundos cuando oí la puerta abrirse detrás de mí.

—¿Esa moto es tuya? —preguntó.

Me giré y la vi en el umbral, mirándola con una mezcla de curiosidad y entusiasmo.

—Sí. ¿Te gustan?

—Mucho. Siempre me han gustado… pero nunca he subido en una.

Se acercó y pasó la mano por el asiento. Y fue entonces cuando me di cuenta de que Lucía no me hablaba como hablaba con los demás. Había algo distinto en su mirada.

Desde aquel día, cada vez que llegaba con la moto, ella parecía notarlo antes incluso de que entrara. Una tarde apenas había apagado el motor cuando salió a la acera.

—Sabía que eras tú. Ese ruido lo reconozco desde lejos. —Se inclinó sobre el depósito, la camiseta pegada al cuerpo por el calor, marcándole los pezones duros a través de la tela fina, y no pude evitar fijarme en sus tetas colgando delante de mí—. No será lo mismo verla que montarla —añadió con media sonrisa.

Aquellas escenas empezaron a repetirse. Cuando la calle estaba tranquila, Lucía encontraba cualquier excusa para salir, y siempre terminábamos hablando junto a la moto. Y siempre, tarde o temprano, salía el tema de su marido.

—Anoche volvió a llegar tarde —dijo una de esas tardes, apoyada en el asiento—. Cuando bebe se vuelve insoportable. A veces siento que vivimos en la misma casa, pero nada más. Ni me toca. Hace meses que no me toca. —Me miró suavizando la voz—. Contigo da gusto hablar. Un día de estos tienes que darme una vuelta en la moto. ¿Me lo prometes?

Lo dijo como quien hace una broma. Pero no parecía exactamente una broma.

—Prometido —respondí casi por compromiso.

***

Durante varios días esa frase se me quedó dando vueltas. Los dos estábamos casados y, aunque entre nosotros había surgido una complicidad extraña, ninguno había hecho nada inapropiado. Hasta aquella tarde.

Llegué más tarde de lo habitual. El sol ya bajaba y la calle estaba casi vacía. Vi a Lucía dentro, atendiendo a una señora mayor. Cuando la mujer se marchó, miró el reloj de la pared.

—Hoy voy a cerrar un poco antes. No hay nadie… y me apetece salir un rato.

Pagué y salí a la acera. Un par de minutos después la persiana bajó hasta la mitad y Lucía echó la llave. Llevaba el bolso al hombro y el pelo revuelto por el calor del día. Se quedó mirando la moto.

—¿Te acuerdas de lo que te dije? Siempre me he quedado con ganas de subir en una moto grande. —Me miró directa, con una mezcla de timidez y decisión—. ¿Me das una vuelta?

No era una propuesta escandalosa. Solo una vuelta. Pero los dos sabíamos que no era tan simple. No era la moto. Era que había cerrado antes. Era la forma en que me miraba.

—¿Y tu marido? —pregunté.

—No llega hasta muy tarde… ya sabes.

Pensé en Marta, en casa, viendo la serie. Nada de aquello era grave. Pero tampoco era inocente. Abrí el asiento y saqué el casco de Marta.

—Está bien.

Lucía sonrió de una manera que no le había visto antes. Se colocó el casco y, antes de subir, preguntó:

—¿Dónde me agarro?

Cuando apoyó las manos en mi cintura, tuve la sensación de que aquel paseo iba a cambiar más cosas de las que imaginábamos.

***

Arranqué despacio. A esa hora había poco tráfico, así que tomé las calles tranquilas que salen del barrio. A los pocos minutos Lucía se pegó un poco más a mi espalda.

—Ahora entiendo por qué te gusta —dijo cerca de mi oído.

Conduje sin prisa y subí por las cuestas estrechas que llevan al Mirador del Valle, al otro lado del río. La ciudad empezaba a encender sus luces y el aire que subía desde el Tajo refrescaba después del calor. En cada curva su cuerpo se inclinaba con el mío, sus tetas apretadas contra mi espalda, y en una recta bajó las manos de mi cintura y me las plantó directamente sobre la entrepierna. Me la apretó por encima del vaquero mientras yo aceleraba, y sentí que la polla se me ponía dura contra la tela.

Cuando llegamos, aparqué junto al borde de la plaza. Lucía se quitó el casco despacio. Enfrente, el casco antiguo de Toledo se recortaba contra el cielo oscuro: la catedral y el Alcázar iluminados sobre la colina, y abajo el Tajo rodeándolo todo.

—Madre mía… —dijo apoyando los codos en el muro de piedra. El viento le movía el pelo, y durante unos segundos ninguno habló—. Hacía años que no venía aquí. Antes venía con mi marido, cuando salíamos más. —Se giró hacia mí—. Creo que llevaba mucho sin hacer algo solo porque me apetecía. Y la culpa es tuya. Apareces con esa moto, te quedas charlando como si nos conociéramos de toda la vida… y al final me escapo del trabajo contigo como una colegiala.

Se quedó muy cerca. Durante un segundo ninguno se movió. Los dos estábamos casados, los dos teníamos una vida fuera de aquel momento, y aun así allí estábamos, solos en el mirador, mirándonos de una manera que ya no tenía nada que ver con una dependienta y un cliente.

—Deberíamos volver —dijo, aunque no sonaba convencida. Y no se movió.

Entonces se inclinó hacia delante y me dio un beso rápido, casi un roce. Me quedé inmóvil una fracción de segundo. Pero antes de que pudiera pensarlo, la rodeé por la cintura y le devolví el beso. Esta vez ya no fue tímido. Sus manos buscaron mi cuello y el beso se volvió largo, intenso, con lengua, mientras yo bajaba las manos hasta su culo y se lo apretaba con las dos manos. Ella soltó un gemido corto dentro de mi boca.

Nos separamos casi al mismo tiempo, como si de golpe recordáramos dónde estábamos.

—Perdona, Lucía… —dije en voz baja—. No sé qué me ha pasado.

Ella me sostuvo la mirada. No parecía enfadada. Más bien lo contrario. Volvió a acercarse, me pasó los brazos por el cuello y me besó de nuevo, con mucha más decisión. Sentí cómo se apretaba contra mí, sin ninguna duda, refregando el vientre contra la erección que ya no podía disimular. Cuando por fin se separó, respiraba deprisa.

—Me tienes loca desde hace tiempo —murmuró—. Estoy empapada, Andrés. Métete la mano en el pantalón si no me crees.

Y los dos supimos que aquello había dejado de ser un simple paseo en moto.

***

—Aquí no —susurré—. Hay demasiada gente.

Ella no contestó con palabras. Bajó la mano hasta mi entrepierna y apretó la polla dura por encima de la tela, sin ninguna vergüenza, midiéndola con la palma abierta.

—Joder, la tienes gorda. La quiero dentro. Entonces sácame de aquí, Andrés. Ahora.

Bajamos por las cuestas evitando las calles iluminadas. Conocía un callejón apartado de la ruta turística, donde las paredes de piedra tapaban la luz de las farolas y el suelo empedrado ahogaba cualquier ruido. Detuve la moto contra la pared y, antes de que se quitara el casco, ya la tenía contra el muro.

La besé con ganas mientras mis manos subían bajo su blusa. Su piel quemaba. No llevaba sujetador; mis dedos encontraron sus tetas pesadas y unos pezones duros como piedras que parecían querer atravesar la tela. Se los pellizqué a la vez, tirando un poco, y ella arqueó la espalda contra la piedra y ahogó un gemido en mi cuello. Le subí la blusa hasta el cuello y me agaché a chupárselas. Me metí una teta entera en la boca, lamiendo la aureola en círculos, mordisqueando el pezón, mientras con la otra mano le seguía apretando la otra. La punta se le puso todavía más dura contra mi lengua.

—No hables… —jadeó—. Llevo semanas mojándome las bragas solo de verte bajar de la moto. Chúpamelas, sí, mira cómo se me ponen…

Se las mamé un buen rato, pasando de una a la otra, hasta que las tenía brillando de saliva. Bajé una mano por su vientre y le desabroché el vaquero. Metí la mano por dentro de las bragas. Estaba empapada, las bragas encharcadas, pegadas al coño. Los pelos del pubis mojados. Rocé su clítoris con el pulgar, en círculos lentos, y ella dio un respingo clavándome las uñas en los hombros.

—Así… más despacio al principio —pidió.

Le bajé el vaquero y las bragas hasta la mitad del muslo para tener mejor acceso. Metí un dedo en el coño. Estaba ardiendo, apretada, chorreando. Lo moví despacio, curvándolo hacia arriba, buscando ese punto rugoso por dentro, mientras el pulgar seguía rodeando su clítoris hinchado. Lucía se retorcía contra el muro, las caderas moviéndose solas, buscándome más adentro.

—Méteme otro. Dos. Los que quieras —susurró.

Introduje el segundo. Los movía juntos, entrando y saliendo con un ritmo constante, los nudillos golpeando contra sus labios mojados. En el silencio del callejón se oía el sonido húmedo, pornográfico, de mis dedos entrando y saliendo de su coño. Ella apretaba los muslos alrededor de mi mano, atrapándola, y su respiración se volvió irregular.

—Más rápido… no pares, no pares, así, hijo de puta, así… —gimió contra mi cuello, tapándose ella misma la boca con la otra mano para no gritar.

Aceleré. La mano se me empapó hasta la muñeca. Sentía cómo su interior se contraía cada vez más, cómo las paredes del coño me apretaban los dedos como si no quisieran soltarlos. Le clavé el pulgar contra el clítoris con más fuerza y le curvé los dedos dentro hacia el punto que la volvía loca. De repente todo su cuerpo se tensó, arqueó la espalda contra la piedra y ahogó un gemido largo contra mi hombro mientras se corría en espasmos sobre mi mano. Le sentí el coño palpitando, apretando y soltando, mientras un chorro caliente de flujo me resbalaba por los dedos hasta la palma. Tardó varios segundos en aflojar, colgada de mi cuello, temblando, con las piernas flojas.

—Hacía años que no me corría así —susurró, todavía jadeando—. Hacía años, Andrés, joder. Ahora te toca a ti.

Sin darme tiempo, me giró contra el muro cambiándome el sitio y se agachó de rodillas detrás del bulto de la moto, oculta de cualquier mirada que asomara por la boca del callejón. Oí la cremallera abrirse. Su mano caliente me buscó dentro del calzoncillo y me sacó la polla dura y goteando. Se la quedó mirando un segundo, la sopesó en la mano y sonrió.

—Menuda polla tienes escondida, cabrón.

Y sin más se la metió entera en la boca de una sola vez, hasta el fondo, hasta que noté la punta chocarle contra la garganta. Ahogó una arcada breve, retrocedió y volvió a tragármela. La lengua le danzaba en el glande cada vez que subía a la punta, chupando fuerte, y la mano me apretaba la base y me la retorcía suavemente al ritmo de la boca. Tuve que agarrarme al manillar de la moto para no caerme de rodillas.

Me miraba desde abajo, con el pelo cayéndole por la cara y los ojos llenos de deseo, la boca llena de mi polla estirándole los labios. Con la otra mano se metió los dedos entre las piernas, todavía con el vaquero por los muslos, y empezó a tocarse mientras me la chupaba. Cada ruido lejano me ponía a mil; el riesgo de que alguien pasara por la esquina y nos viera —una mujer arrodillada en un callejón mamándole la polla a un desconocido con casco puesto todavía— lo hacía mil veces más intenso.

La sacó un momento para recuperar aire, escupió sobre el glande y me la restregó con la mano de arriba abajo, mirándome fijo.

—Córrete en mi boca. Quiero que te corras en mi boca, Andrés. Quiero tragármelo todo.

Se la volvió a meter y ahora se movía frenética, la mano y la boca coordinadas, chupando con las mejillas hundidas, la lengua apretada contra la parte de abajo del glande.

—Para, o me corro ya —le advertí entre dientes. No paró. Al contrario, succionó más fuerte y me hundió la polla en la garganta hasta que la nariz le tocó el pubis. El orgasmo me golpeó de golpe, brutal. Le empecé a soltar chorros de semen en la boca, uno detrás de otro, y sentí cómo tragaba, la garganta apretándome la punta con cada trago. No perdió una gota. Cuando por fin la sacó, todavía con la lengua me limpió las últimas gotas del agujerito.

Se levantó despacio, limpiándose la comisura con el dorso de la mano y con una sonrisa traviesa. Me besó, compartiendo el sabor salado en la lengua, y susurró:

—Esto es solo el aperitivo. La próxima vez me la metes hasta el fondo. Por delante, por detrás, donde quieras. No sé cuándo ni dónde, pero me tienes que follar un día de estos.

Se subió las bragas y el vaquero, se colocó la blusa, y con un dedo se recogió una gota de semen que le había quedado en la barbilla y se la chupó despacio, mirándome.

***

La llevé hasta una callejuela a dos manzanas de su casa. Ella se bajó rápido y me tendió el casco casi sin mirarme.

—Gracias por… todo. Nos vemos —dijo, con esa sonrisa corta que usaba con los clientes.

La vi doblar la esquina hasta desaparecer. Arranqué de nuevo, sin prisa, como si no pasara nada. El viento de la noche me secaba el sudor, pero no borraba su olor: perfume mezclado con el tabaco que se le pegaba a la ropa todo el día, y ese olor a coño mojado que todavía tenía pegado en los dedos.

Cuando aparqué frente a casa, la luz del salón estaba encendida. Entré con la llave de siempre. Marta levantó la vista del sofá.

—Llegas tarde —dijo, sin reproche.

—Di una vuelta larga. Me apetecía despejarme.

Fui al baño, me lavé la cara con agua fría y me froté los dedos con jabón hasta que dejaron de oler a coño. Me eché un poco de colonia para tapar su olor. En el espejo seguía el mismo Andrés de siempre, el marido desde hace casi veinte años. Pero los ojos estaban distintos. Más vivos. Y más culpables.

Volví al salón y me senté al lado de Marta. Ella apoyó la cabeza en mi hombro y la abracé por instinto, como todas las noches. Y mientras la serie sonaba de fondo, pensé en Lucía al día siguiente, en cómo me miraría cuando entrara a comprar tabaco, en esa promesa colgando entre nosotros como una bomba de relojería. Y supe que no iba a ser capaz de no cumplirla.

***

Me quedé en la esquina hasta que el ruido de la moto se perdió del todo. Me llevé una mano al cuello, donde aún sentía el mordisco de Andrés, y otra al vientre, donde el calor seguía latiendo. Mis bragas estaban empapadas, pegadas al coño, y cada paso me recordaba lo que acababa de hacer. Sentía su semen todavía en la garganta, ese sabor salado que no se me iba.

Lucía, ¿qué estás haciendo?, me dije casi riendo de nervios. No era risa de arrepentimiento, sino de vértigo, de esa sensación de estar viva que hacía años que no sentía.

Caminé las dos manzanas hasta mi portal mirando al suelo. El barrio estaba tranquilo, nadie que se fijara en mi pelo revuelto ni en la sonrisa que no podía quitarme. El pasillo estaba a oscuras: mi hijo dormía, y mi marido no llegaría hasta las tantas, como casi todas las noches. Mejor así. Hoy no quería verlo llegar oliendo a alcohol.

En el baño me miré en el espejo: los ojos más brillantes, los labios hinchados de tanto besar y chupar. Me bajé el vaquero y las bragas hasta los tobillos. La tela estaba oscurecida de humedad, con un hilillo de flujo pegado. Me olí los dedos: olían a él, a su polla, y me olí las bragas, olían a mí. Me quedé un momento así, medio desnuda delante del espejo, tocándome las tetas todavía sensibles, con los pezones marcados y rojos de tanto que me los había chupado.

Me metí en la cama sin apagar la luz, desnuda de cintura para abajo, recordando cada detalle: cómo sus manos olían a jabón y a gasolina, no a cerveza rancia; cómo me había mirado en el mirador, con un hambre limpia; cómo me había metido los dedos hasta el fondo en aquel callejón; cómo me la había metido en la boca hasta la garganta y yo había disfrutado ahogándome con ella. Por primera vez en años me había sentido deseada de verdad, follada de verdad.

El coño todavía me palpitaba, sensible, hinchado, pidiendo más. Metí una mano bajo las sábanas y me abrí los labios con dos dedos. Estaba chorreando otra vez. Empecé a frotarme el clítoris despacio, imaginando que era la lengua de Andrés la que me lamía ahí. Con la otra mano me metí dos dedos en el coño y los moví como me los había movido él, curvándolos hacia arriba, mientras seguía con el pulgar en el clítoris. Me imaginé su polla, ese grosor caliente que había tenido en la boca, entrando y saliendo de mí, empujándome contra el muro. Me corrí rápido, ahogando el gemido en la almohada, mordiéndola para no despertar al niño, y me quedé quieta, con el corazón en los oídos y la mano todavía dentro.

***

Pasaron las horas. El reloj marcó las dos. Estaba en ese limbo entre el sueño y la vigilia cuando oí la llave fallando en la cerradura: una, dos, tres veces. Luego un golpe sordo contra la madera y un juramento arrastrado.

Era él. Rubén, mi marido.

Me incorporé en la cama, el corazón acelerándose. No era la primera vez que llegaba así, pero esta noche me pareció distinta; o quizás era yo, más alerta, más expuesta. La puerta se abrió con un chirrido. Pasos pesados, un tropiezo, las llaves cayendo al suelo. Contuve la respiración: si el chaval se despertaba, todo sería peor.

Rubén apareció en el umbral, recortado contra la luz del pasillo. Olía a cerveza, a tabaco negro, a sudor de bar. La camisa fuera, el pelo revuelto, los ojos vidriosos.

—¿Ya estás en la cama? —balbuceó, apoyándose en el marco—. Qué madrugadora.

Encendí la lamparita. Ahí estaba lo de siempre: la barba de tres días, las ojeras, esa expresión entre agresiva y perdida que ponía al beber.

—Son las dos y media, Rubén. El niño tiene clase mañana.

Soltó una risa corta, sin gracia.

—El niño, el niño… siempre el niño. ¿Y yo qué? ¿Yo no cuento?

Se dejó caer en el borde de la cama. Me aparté un poco, instintivamente, y él lo notó.

—Hoy me invitaron a unas copas donde Emilio. No podía decir que no. Pero tú nunca sales conmigo. Estás rara últimamente —dijo entrecerrando los ojos—. Más contenta. ¿Te has echado un novio o qué?

Sentí un frío en el estómago. Por un segundo pensé que lo sabía. Que olía a otro hombre en mí, en la cama. Pero no, era solo la paranoia del borracho.

—No seas idiota —respondí con voz neutra—. Estoy cansada. El estanco abre temprano.

Me miró un momento largo y luego soltó una carcajada ronca.

—Claro, el estanco. Ahí metida todo el día, vendiéndole tabaco a viejos y a moteros de mierda.

Las palabras me cayeron como un puñetazo, pero apreté los puños bajo la sábana y no dije nada. Se levantó tambaleante, fue al baño, volvió quitándose la camisa.

—Ven aquí —dijo dejándose caer boca arriba—. Hazme un masaje. Estoy muerto.

Lo miré. El cuerpo que una vez me había parecido fuerte ahora era blando, hinchado por la cerveza y el tiempo. La barriga colgándole por encima del cinturón. Sentí una oleada de asco mezclada con lástima. Pensé en la polla dura de Andrés dentro de mi boca hacía apenas dos horas, y en la última vez que Rubén había conseguido tenerla dura conmigo, no me acordaba ni cuándo.

—No tengo ganas, Rubén. Duérmete.

Gruñó, se giró dándome la espalda y al rato empezó a roncar.

***

Me quedé despierta mucho rato más, mirando el techo. El olor a alcohol llenaba la habitación. Pensé en Andrés, en cómo me había mirado en el callejón, en cómo me había apretado las tetas contra la piedra, en el ruido húmedo de sus dedos entrando en mí, en cómo, por primera vez en años, alguien me había deseado de verdad, no por costumbre ni por deber.

Y mientras Rubén roncaba a mi lado, deslicé otra vez la mano bajo las sábanas. Me subí el camisón hasta la cintura, con cuidado de no mover el colchón, y me abrí las piernas despacio. Todavía estaba mojada de la última vez. Empecé a tocarme en silencio, imaginando que era Andrés quien bajaba por mi vientre, quien me abría los labios con los dedos, quien me metía dos, tres dedos gruesos hasta el fondo. Me metí los míos, imitándolo, curvándolos hacia arriba como él había hecho. Con la otra mano me pellizqué un pezón por debajo del camisón, tirando fuerte, como me lo había mordido él.

Me imaginé montándolo a él, en la moto, o en el suelo del estanco después de bajar la persiana, o de rodillas mamándosela otra vez, la polla llenándome la boca, el semen caliente cayéndome por la barbilla y las tetas. Me imaginé pidiéndoselo por detrás, algo que Rubén nunca me había hecho, la polla de Andrés forzándome el culo despacio hasta metérmela toda. Los dedos se me movían solos ahora, rápido, y yo apretaba los muslos contra mi propia mano para ahogar el ruido húmedo.

Me corrí mordiéndome el labio hasta hacerme daño, ahogando el gemido en la almohada, sintiendo el coño apretarme los dedos igual que antes le había apretado los suyos. Los saqué mojados y me los llevé a la boca sin pensar, chupándolos como si fuera algo de él.

Después me quedé quieta, respirando hondo, con los muslos pegajosos. Mañana abriría el estanco como siempre. Y cuando Andrés entrara pidiendo sus Ducados, le sonreiría de esa forma que solo él entendía. Porque ya lo sabía con certeza: no iba a parar. No podía. Aunque Rubén durmiera al lado, aunque el niño estuviera en la habitación de al lado, aunque el barrio entero pudiera enterarse algún día.

Quería más. Quería su polla dentro, entera, hasta el fondo. Quería que me follara en la trastienda, contra el mostrador, con la persiana medio bajada. Quería todo. Y por primera vez en mucho tiempo, no me importaba el precio.

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Comentarios(8)

NocheEnMadrid

Que relato tan bien contado, me atrapó desde la primera línea. Se nota que esto tiene algo de real!!

lector_oculto

Por favor seguí con esta historia, quede con muchisimas ganas de saber como terminó todo entre ellos dos

Pablox99

increible. De los mejores que lei en mucho tiempo por acá

GustaCuentos

Me recordó a una epoca de mi vida donde habia una tension parecida con alguien del barrio... esa mezcla de culpa y ganas es imposible de ignorar. Muy bien escrito.

AlejoCba

jajaja el titulo ya lo dice todo, que manera de esperar cada tarde!! tremendo

Valentina_sec

Me gusto mucho como transmite la tension sin volverse burdo. Eso es lo que diferencia un buen relato de uno del monton

SergioCba

Lo lei dos veces. El ambiente del estanco, la moto, los dos sabiendo lo que va a pasar sin decirlo... muy bien ambientado. Felicitaciones

Gonza_lector

Hay segunda parte?? Quede con ganas de mas, esto no puede quedarse ahi

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