Mi secretaria tocó el timbre en el peor momento
Para entender lo que pasó aquella tarde conviene empezar por el principio. Leila tenía veintisiete años y una de esas bellezas que paran el tráfico: melena negra hasta los hombros, ojos color miel y una manera de moverse que parecía ensayada para volver loco a cualquiera. Venía de una familia muy tradicional, tenía un prometido elegido por los suyos y, en la oficina, era la criatura más formal y recatada que uno pueda imaginar.
Pero entre reunión y reunión, cuando se cerraba la puerta de mi casa, se transformaba en otra persona. Habíamos hecho de todo menos una cosa, y esa cosa era justamente la que la tenía obsesionada. Se entregaba con una intensidad que me dejaba sin aliento, dispuesta a probar cada límite menos el último.
Su juego favorito me torturaba. Se ponía a horcajadas sobre mí, se rozaba apenas con la punta y se dejaba caer un par de centímetros, lo justo para sentirme antes de apartarse. Se castigaba ella y me castigaba a mí, mientras yo apretaba los dientes para no empujar hacia arriba y terminar lo que ninguno de los dos nos atrevíamos a empezar.
Aquel día algo cambió en su mirada. Me observó desde arriba con una determinación nueva.
—Me da igual —susurró—. Ya está bien. Quiero que me hagas tu mujer.
Reaccioné rápido. La sujeté de las caderas y la levanté antes de que se hundiera ella sola sobre mí. Fue un instante tenso, casi un accidente. Para bajarle la calentura la doblé sobre el sillón y la tomé por el único sitio que ya conocía, con fuerza, hasta dejarla temblando y sin palabras. Después volvimos a la oficina como si nada, ella en lo suyo y yo en lo mío.
Esa misma tarde entró en mi despacho con cara de peligro, dejó una nota sobre la mesa y salió sin decir nada. Dos reuniones del día siguiente se habían aplazado. Solo lo sabíamos ella y yo. Sentí cómo se me aceleraba el pulso: por fin tendríamos tiempo de sobra.
***
Al día siguiente íbamos camino de mi casa y Leila estaba encendida. Cuando se ponía así, su lenguaje se volvía directo, descarado, sin un solo filtro. Llegamos y nos quedamos desnudos en cuestión de segundos. Estábamos en la cama, enredados en un sesenta y nueve, cuando empezó a sonar el timbre.
No era un timbre cualquiera: sonaba como una orquesta entera, imposible de ignorar. Pensé en quedarme quieto y esperar a que se fueran, pero entonces recordé que, con las prisas, había dejado el coche aparcado a la vista. Me puse un pantalón sin nada debajo y fui a abrir.
Era Marlene, mi secretaria. Una mujer de cuarenta y cuatro años, casada, con una melena rubia que le rozaba los hombros y un cuerpo que parecía dibujado con compás. Siempre me había dado la impresión de ser una mujer profundamente insatisfecha, de esas que esconden mucho debajo de la falda de tubo.
No me dio tiempo a preguntar nada. Entró decidida.
—Damián, estás loco —me soltó con tono vehemente—. Si esto se sabe, te hunden. No tienes ni idea de quién es esa chica.
—No sé de qué me hablas —contesté, poniéndome en plan jefe—. Y no te permito que me hables así. Me he venido a casa porque no me encontraba bien, y no tengo por qué darte explicaciones.
—Sabes perfectamente de qué hablo. Leila está aquí contigo, y te lo repito: como salga a la luz, se organiza una buena.
Iba a volver a negarlo cuando apareció Leila en el pasillo, con una camisa mía puesta y nada debajo.
—¿Qué pasa? Te gustaría tenerlo tú para ti sola, ¿verdad? —disparó.
—Tú qué vas a saber, niña —replicó Marlene, sin achicarse.
Las dos se enzarzaron mientras yo intentaba poner orden. A Marlene se le marcaban los pezones a través de la blusa de una forma imposible de disimular. Las hice sentarse, serví unas copas —alcohol para Marlene y para mí, algo suave para Leila— y me coloqué entre ellas. Como seguían lanzándose pullas, perdí la paciencia.
—¡Basta! —grité, y me salió tan fuerte que las dos se callaron de golpe.
Besé a Leila en la boca y le pedí que se calmara. Luego me giré hacia Marlene para decirle lo mismo, pero su mirada ya no era de reproche. Era una invitación, casi una súplica. Y la besé igual que había besado a Leila.
***
El aire de la casa se volvió denso, eléctrico, una mezcla de adrenalina y deseo. El grito había surtido efecto. Las dos me miraban con la respiración agitada, ahora bajo mi control. El silencio pesaba, cargado de lo que acababa de pasar y de lo que estaba a punto de ocurrir.
—Tranquilas —repetí, esta vez en voz baja pero igual de firme.
Miré primero a Leila. Sus ojos brillaban con un fuego salvaje. Le acaricié la mejilla.
—Todo está bien.
Luego me giré hacia Marlene. Su mirada era un torbellino: rabiosa, ahogada y, sobre todo, hambrienta. El beso la había delatado por completo. Le pasé el pulgar despacio por encima de la blusa, sobre uno de aquellos pezones duros, y contuvo la respiración con un temblor recorriéndole la espalda.
—Tú también, Marlene. Relájate. Creo que esto nos gusta a los tres más de lo que queremos admitir.
Me levanté y me planté frente a ellas, que seguían sentadas en el sofá, una a cada lado. Me deshice del pantalón de un tirón. Las dos bajaron la vista a la vez, hipnotizadas. A Leila se le entreabrieron los labios; Marlene tragó saliva sin apartar los ojos.
—Venid aquí —ordené.
Se levantaron con una lentitud casi reverencial. Las atraje hacia mí, una a cada lado, y mis manos bajaron por sus espaldas hasta sus traseros: el de Leila, pequeño y firme; el de Marlene, más lleno, el de una mujer en plena madurez. Las apreté contra mi cuerpo.
—Leila, tú me enseñaste lo que es el fuego —dije, y me volví hacia la otra—. Y tú, Marlene, lo que es el deseo contenido durante años. Hoy vamos a juntar las dos cosas.
Me arrodillé. La altura era perfecta. Sin más preámbulos me incliné hacia Leila, la abrí con cuidado y hundí la cara entre sus piernas. Ya estaba empapada. La recorrí entera de abajo arriba, buscando su clítoris, succionándolo despacio mientras ella se agarraba a mi pelo.
—Joder, Damián... así... no pares —jadeó.
Mientras la atendía, mi mano subió por el muslo de Marlene. La sentí temblar. Le desabroché el pantalón, bajé la cremallera y metí los dedos por encima de una ropa interior que estaba completamente mojada.
—No... no podemos —susurró ella, pero su cuerpo decía justo lo contrario.
Le bajé el pantalón de un tirón. No me pude resistir: dejé a Leila un instante y me lancé sobre Marlene. El primer roce de mi lengua la hizo gemir alto. Sabía distinto, más intenso, el sabor de una mujer que llevaba demasiado tiempo esperando. La devoré con la misma ansia, alternando entre las dos, una caricia para la joven y un mordisco suave para la madura.
Sus gemidos llenaban la sala, un coro que iba subiendo de tono.
—Me corro... —avisó Leila, y su cuerpo se tensó en un espasmo, deshaciéndose en mi boca.
—Yo también... joder —sollozó Marlene, sujetándose a mis hombros mientras le fallaban las piernas.
***
Cuando se recuperaron, las llevé a la habitación y las tumbé en la cama, una al lado de la otra. Me coloqué entre las piernas de Leila y la miré a los ojos.
—¿Estás segura? ¿Quieres ser mía del todo?
Asintió, con la mirada llena de deseo. Pero, en lugar de tomarla por donde ella imaginaba, le pasé la punta por todo el sexo y me hundí en el lugar que ya conocía. Estaba hecho para mí: caliente, estrecho, perfecto. Me quedé quieto un segundo, disfrutándolo, y empecé a moverme, lento primero, después más fuerte. Cada embestida era una afirmación. Era mía.
Marlene nos miraba con los ojos muy abiertos, una mano en el pecho y la otra entre las piernas, tocándose sin disimulo mientras nos observaba.
—Ven aquí —le ordené—. Ponte sobre mi cara.
Leila lo entendió al instante. Sin salir de ella, la giré para que me ofreciera su sexo a la boca mientras se inclinaba a besarme. Así la tenía: la tomaba desde abajo y la saboreaba desde arriba.
—Ahora tú, Marlene. Siéntate. Quiero sentirte.
No dudó. Se colocó de espaldas a mí y se dejó caer despacio. Un gemido grave escapó de su garganta. Era distinta a Leila: más ancha, más profunda, una mujer que sabía exactamente lo que quería y me apretaba con una destreza aprendida.
Las dos se encontraron por encima de mí. Y entonces, por primera vez, la tensión entre ellas se convirtió en otra cosa. Marlene se inclinó y besó a Leila. No fue un beso de rivales, sino de puro deseo. Una mano bajó a apretar un pecho ajeno. Se estaban deseando a través de mí.
No aguanté más.
—Me corro —gruñí.
—¡Dentro! —suplicó Marlene.
Exploté con un ramalazo que me sacudió entero, derramándome en ella mientras se contraía en su propio orgasmo. Me retiré a tiempo para que los últimos espasmos cayeran sobre el cuerpo de Leila, que también se vino al sentir el calor sobre su piel. La habitación olía a sexo, a sudor, a dos mujeres por fin satisfechas.
***
Nos quedamos un rato en silencio, escuchando nuestras respiraciones. Marlene fue la primera en hablar, apoyada en un codo.
—No sé si eres un sinvergüenza sin escrúpulos o el mejor hombre que he conocido en mi vida.
—Las dos cosas —rio Leila—. Por eso me gusta.
Se giró hacia Marlene y le acarició el pelo rubio con una audacia que me sorprendió.
—Y tú eres muy buena haciéndote la formal en la oficina.
Marlene sonrió, esta vez de verdad.
—Y tú una descarada. Me gustas.
Se inclinaron y se besaron. No fue un beso tímido. Sus manos se buscaron, explorando cuerpos que minutos antes eran de bando contrario. Y, para mi asombro, lo que creía agotado para el resto de la tarde empezó a responder de nuevo.
—Es increíble lo que hemos hecho —murmuró Marlene, casi para sí misma—. Pero hay algo que vosotros dos tenéis y yo no.
—¿A qué te refieres? —preguntó Leila.
Marlene se sonrojó, un gesto inesperado en alguien tan seguro.
—A eso. A que te tome por detrás. No lo entiendo. Mi marido jamás se atrevería; dice que es una guarrada.
—Tu marido es un tonto que no sabe lo que se pierde —la interrumpí.
—Duele un segundo, solo la primera vez —le susurró Leila al oído, lo bastante alto para que yo oyera—. Después es otra cosa. Te llena de una forma distinta. Y Damián sabe hacerlo.
La mirada de Marlene se volvió hacia mí, llena de un desafío nuevo.
***
Pero Leila ya estaba tomando el control de la situación. Su voz cambió, se puso seria, y se clavó en la mía.
—De hecho, ya que hablamos de primeras veces... estoy harta.
—¿Harta de qué? —pregunté.
—¡De todo! —y por primera vez vi en ella una frustración auténtica—. De este juego. De ser la chica buena en la oficina y otra cosa aquí. De que se me moje el sexo solo de pensar en ti y no poder tenerte como quiero. Estoy harta de ser virgen.
Se incorporó de un salto, desnuda, magnífica y furiosa.
—Me da igual mi prometido. Es un aburrido que solo piensa en negocios y en quedar bien con su familia. Me dan igual las reglas, lo que esperan de mí, todo. Quiero perderla aquí y ahora. Contigo. Quiero que no quede ni rastro de esa chica recatada.
La habitación se quedó muda. Marlene la miraba boquiabierta, impresionada por la fuerza de la joven. Yo sentía una oleada de deseo casi mareante.
Leila se giró hacia ella, su rabia convertida en una invitación perversa.
—Y tú vas a ser la primera en verlo. Vas a ver cómo me hace suya. Y, de paso, aprendes para cuando te toque a ti.
Marlene tragó saliva y asintió, incapaz de articular palabra.
Leila se montó sobre mí y me besó con una urgencia desesperada.
—Hazlo. Por favor.
La tumbé boca arriba y le abrí las piernas. Marlene se arrodilló a nuestro lado, los ojos fijos en el punto exacto donde iba a empezar todo.
—Mira bien —dijo Leila con la voz ronca.
Alineé la punta con su entrada. Estaba estrechísima, mucho más de lo que había imaginado. Empujé con suavidad. Leila gimió, una mezcla de dolor y placer, y sentí una resistencia fina pero tenaz.
—Espera... —susurró—. Ahora.
Con un movimiento firme la atravesé. Un grito agudo escapó de sus labios y sus uñas se clavaron en mi espalda. Me quedé inmóvil dentro de ella, dejando que se acostumbrara, mientras una lágrima le resbalaba por la sien.
—¿Estás bien? —pregunté.
Sonrió, radiante.
—Nunca he estado mejor. Muévete. Fóllame como si no hubiera un mañana.
Y eso hice. Despacio al principio, luego más hondo, más rápido. Cada embestida era una conquista, la descarga de toda la tensión de los últimos meses. Ella levantaba la cadera para encontrarme, pidiendo más.
Marlene nos observaba hipnotizada, una mano entre las piernas, sin disimular ya nada.
—Así es como se folla de verdad... —murmuraba—. Qué bárbaro.
—¡Esto es lo que quería! —logró decir Leila entre gemidos.
La frase me disparó. La sujeté de los muslos y la tomé sin tregua hasta que su cuerpo se arqueó en un espasmo violento.
—¡Me corro! —gritó.
Verla así, deshaciéndose bajo mi cuerpo, acabó conmigo. Me hundí hasta el fondo y exploté dentro de ella, una descarga que parecía no terminar. La sentí temblar, sintiendo mi pulso en lo más profundo.
Nos derrumbamos los dos, agotados y unidos. Marlene, que también se había corrido mirándonos, se tumbó a nuestro lado.
—Gracias —susurró Leila, y me besó con una ternura que me desarmó.
***
El silencio duró poco. Leila se giró hacia Marlene con una sonrisa traviesa.
—¿Lo ves? Pero esto no ha sido más que el principio. Ahora te toca a ti, mi madura preferida.
Miré a Marlene. Su cuerpo me lo pedía a gritos.
—Ponte a cuatro patas —le dije con la voz ronca—. Quiero ese culo que me has estado tentando durante meses.
Obedeció sin dudarlo, las rodillas separadas, ofreciéndose en el centro de la cama. Me acerqué por detrás y la preparé con la lengua y con los dedos, despacio, mientras Leila se colocaba delante para distraerla con caricias.
—Relájate —le susurró la joven—. Deja que tu cuerpo lo pida.
Poco a poco Marlene fue cediendo, empujando hacia atrás contra mis dedos, gimiendo de una forma distinta. Cuando estuvo lista, me incliné, entré despacio y la sujeté con firmeza mientras la oía contener el aire.
—Para... no... —se quejó al principio, tensa.
—Tranquila —dije, sin moverme—. Respira.
Y entonces su cuerpo se abrió. El quejido se transformó en un gemido largo y grave.
—Madre mía... —jadeó—. Cómo lo siento.
Empecé a moverme, primero con cuidado, luego con ganas. Leila se colocó frente a ella y la atrajo hacia su sexo. La escena era pura perdición: yo tomando a mi secretaria por primera vez por detrás, mientras ella se entregaba a la boca a mi amante recién estrenada.
—¡Así! ¡No pares! —suplicaba Marlene, completamente perdida.
—Dale fuerte —animaba Leila, retorciéndose bajo su lengua.
El ritmo se hizo frenético. Los cuerpos chocaban, la cama crujía, los gemidos se mezclaban en una sola sinfonía. Sentí el orgasmo acercarse como una ola imparable, y Marlene también, con los gritos cada vez más agudos.
—¡Me corro! —chilló, y su cuerpo se contrajo a mi alrededor en un espasmo que me arrastró con ella.
Me vacié con un rugido, una segunda descarga casi tan brutal como la primera. Nos desplomamos los tres sobre la cama, un enredo de piel, sudor y respiración entrecortada.
***
El sol de la tarde se colaba por las persianas, dibujando rayas de luz sobre el desorden de la habitación. Marlene fue la primera en moverse. Se levantó con la lentitud de quien ha sido vapuleado de la mejor manera, se acercó a la mesa y se sirvió un whisky que apuró de un trago.
—Bueno —dijo, con una voz ronca y satisfecha—. Hemos roto unas cuantas reglas. ¿Y ahora qué?
Leila se estiró como una gata.
—¿Ahora qué? Ahora nos ponemos al día. Tenemos mucho tiempo perdido que recuperar.
Y mientras nos relajábamos, Marlene confesó algo que yo ya intuía: que nos había mentido, que no era la primera vez que estaba con una mujer, sino que había estado con unas cuantas. Leila soltó una carcajada y la besó.
—Lo sabía —dijo—. Eres una caja de sorpresas.
Marlene levantó su vaso hacia las persianas, como brindando con la tarde.
—A partir de hoy —dijo—, lo nuestro es entre los tres. Y si a alguien le molesta, que venga a buscarme.
Me miró a mí, después a Leila, y sonrió. Era la sonrisa de una mujer que acababa de encontrar su lugar. El mundo de afuera, con sus reglas y sus peligros, parecía muy lejos. Y los tres sabíamos, sin necesidad de decirlo, que aquella tarde no era más que el comienzo.