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Relatos Ardientes

La fantasía que mi marido sembró se hizo real esa noche

Aquel año había sido el más largo de mi matrimonio. Sebastián trabajaba demasiado, llegaba tarde y, cuando llegaba, traía la mente todavía en la oficina. Yo me sentía invisible. Una compañera del gimnasio me había dicho que las mujeres que pasamos los treinta empezamos a desaparecer un poco para nuestros maridos y, en mi caso, parecía cierto.

Por eso empecé a escribirle a Mateo, un viejo conocido de la universidad. Nunca pasó nada físico. Eran mensajes a deshora, un coqueteo torpe, una manera de sentir que alguien todavía me miraba. Nada más. Hasta que Sebastián tomó mi celular para mirar una receta y, entre la mantequilla y la harina, encontró las conversaciones.

La pelea fue larga. No hubo gritos, hubo silencios, que duelen más. Le juré que no había habido nada y era verdad. Él lo aceptó a regañadientes y, una semana más tarde, en una noche de cócteles que se nos fue de las manos, me confesó que él sí había estado con otra. Una compañera. Tres veces. En un hotel cerca del trabajo.

Lloré, me reí, lo insulté, lo besé. Todo en el mismo minuto. Estábamos borrachos los dos. Terminamos en la cama, desordenados, llorando todavía, y mientras él se hundía en mí con una rabia distinta a la de siempre, le pregunté con la voz rota:

—¿Así te la cogías a ella?

Pensé que se iba a apartar. No lo hizo. Me la metió más fuerte y empezó a contármelo. Cómo la levantaba contra el escritorio. Lo que ella le pedía al oído. Lo lento que se desnudaba para que él la viera. Y yo, en lugar de quebrarme, me prendí. Le clavé las uñas en la espalda y le pedí más detalles. Acabé tan fuerte que se me empañaron los ojos.

—¿Quieres vengarte? —me preguntó cuando recuperó el aire.

—Sí —dije, sorprendida de mi propia voz—. Te voy a hacer cornudo.

Aquella frase, dicha al final de un orgasmo, debería haberse evaporado por la mañana. No se evaporó. Se quedó en mi cabeza y en la suya. Desde esa noche, el sexo entre nosotros cambió. Él me hablaba como si yo fuera otra mujer. Una mujer que se acuesta con quien quiere. Yo le contestaba con la misma moneda y, cuanto más cerda me ponía con las palabras, más fuerte me la metía. Era nuestro juego. Un juego con el que cerrábamos, sin admitirlo del todo, la herida de su engaño.

***

Una noche me preguntó si había alguien real. Alguien que pudiera ponerle cara a la fantasía. Le dije que no, que prefería que siguiera siendo un fantasma. Él insistió. Quería un nombre. Un rostro. Algo concreto que imaginar mientras estaba dentro de mí.

Me propuso a Mateo. Le dije que no, que con Mateo había sido solo curiosidad y que no me atraía físicamente. Insistió. Repasé mentalmente la oficina entera. Mis compañeros directos eran o casados con hijos o de una edad incómoda. Mencioné, casi por descarte, a un chico nuevo de otra área. Damián. Veinticinco años. Yo tengo treinta y cuatro.

—Mejor —dijo Sebastián—. Tú eres la que se lo cogería a él, no al revés. Tú mandas.

Le di el nombre como quien entrega una llave inofensiva. Era un juego. Yo no pensaba hacer nada. Solo quería que volviéramos a mirarnos como antes. Y, debo admitirlo, me funcionaba. Las noches en que mi marido me susurraba lo que Damián me haría, yo acababa dos veces.

***

Algo cambió en mí, sin embargo. Sin darme cuenta, empecé a vestirme distinto. Faldas un poco más cortas, escotes un poco menos prudentes, perfume en lugares donde antes no me lo ponía. Sentía las miradas en el metro, en el ascensor, en la fila del café. Siempre las había tenido, supongo, pero ahora las recibía. Las devolvía con una sonrisa pequeña.

Una mañana, en el corredor, mis ojos se cruzaron con los de Damián. Yo venía pensando en la última noche con Sebastián, y en mi cabeza ese chico era ya un personaje. Le sonreí sin querer. Él entendió otra cosa. Desde ese día, cada vez que coincidíamos, me miraba con un peso distinto. Y yo, peor todavía, le devolvía la mirada.

***

El cóctel de fin de trimestre fue la primera prueba. Lo organizó la empresa en un salón sobrio, con copas largas y bandejas pequeñas. Yo iba con un vestido negro que no era el más discreto. Damián se me acercó dos veces. Hablamos de tonterías, del trabajo, de un curso. Pero su mirada empezó a no preguntar, a afirmar. En un momento me incomodé. Sentí que el juego salía de mi cabeza y se materializaba en sus ojos. Me alejé. Pasé el resto de la noche del lado opuesto del salón.

Llegué a casa todavía tensa. Le conté a Sebastián. Él se rio, me besó, me llevó al sillón, me bajó la ropa interior. Cuando me estaba lamiendo, levanté la cabeza y le dije que tenía miedo. Que esto se estaba volviendo real. Que yo no quería ser infiel. Él se detuvo, me miró desde abajo, y me dijo algo que se me quedó:

—Lo consentido no traiciona, mi amor. Pero si no quieres, no hace falta. Yo te tengo igual.

Lo dijo y siguió. Yo le creí. Y, al mismo tiempo, lo odié un poquito por dejarme la puerta abierta.

***

El viernes siguiente había una reunión informal en casa de Camila, mi compañera y, hasta cierto punto, amiga. Uno de esos departamentos chicos con balcón al que se sale a fumar. Sebastián trabajaba hasta tarde. Quedó en pasar a buscarme cuando saliera de la oficina.

Empezamos a beber antes de irnos, a escondidas, en los cubículos. Whisky en vasos de café. Risas bajas. Cuando llegamos a casa de Camila, yo ya tenía el cuerpo cálido. La música subía, la sala se transformaba en pista, los muebles se corrían contra las paredes. Algunos se iban temprano. Otros, los menos prudentes, nos quedamos.

Damián no me había hablado en toda la noche. Eso, curiosamente, me molestó. Ahí me di cuenta de cuánto había estado esperando que me hablara. Cuando por fin se acercó, fue para invitarme a bailar. Yo dije que sí con la cabeza, sin pensar.

Sonaba reguetón. Las chicas casadas que tenía alrededor bailaban con los compañeros como si los maridos fueran un detalle administrativo. Me dije que un baile no era nada. Damián me puso una mano en la cintura. Después la otra. Después me acercó. Sentí su pierna entre las mías y, debajo del pantalón, algo que ya no era inocente.

—Estás guapísima hoy —me dijo al oído—. Y qué bueno que viniste sola.

Me reí, porque no supe qué otra cosa hacer. Mi cuerpo, en cambio, contestó por mí. Se apoyó. Me pidió que me girara. Le di la espalda. Él se pegó a mí desde atrás y, al ritmo de la música, empecé a mover las caderas. Era la primera vez en doce años que sentía el sexo de otro hombre en las nalgas. Estaba duro. Yo estaba mojada. Pensé en Sebastián y, por un segundo, pensé que esto era exactamente lo que él había imaginado en voz alta tantas noches.

Crucé una mirada con Camila. Me sonrió con esa complicidad que se tienen las amigas que saben callarse. Entendí que nada de lo que pasara esa noche saldría de su departamento. Esa certeza, en lugar de calmarme, me prendió más.

***

Me giré otra vez. Él me apretó contra él. Buscó mi boca. La esquivé dos, tres veces, hasta que se la di. No con un beso corto. Con la lengua. Con las manos en su nuca. Con la cabeza vacía.

Algo en mí gritó. Me solté, me disculpé con una sonrisa estúpida y me escapé hacia el fondo del departamento. Probé puertas. Todas cerradas. El baño ocupado. Terminé en la pequeña cocina, bebiendo un vaso de agua con la mano temblando. Pensé en llamar a Sebastián, decirle que viniera ya. No lo hice.

No habían pasado cinco minutos cuando sentí dos manos en mi cintura desde atrás. Otra vez ese cuerpo. Me giré de golpe.

—Damián, no. Estoy casada. No quiero que esto pase. Suéltame.

Sonrió. Me buscó la boca de nuevo. Y yo, traidora, contesté. Lo besé como si llevara meses besándolo en la cabeza. Porque la verdad es que llevaba meses haciéndolo, solo que nadie lo sabía. Él me llevó, paso a paso, hacia una puerta que yo no había visto. El cuarto de lavado. Una habitación angosta, con olor a suavizante, donde solo entraba la luz de la cocina.

Cerró la puerta detrás de nosotros. Me desabotonó la blusa. No del todo. Lo justo para sacar mis pechos por encima del sostén. Bajó la cabeza y empezó a chupármelos como si tuviera hambre de meses. Yo le metí los dedos en el pelo y aguanté un gemido apretando los dientes. La música, del otro lado, era cómplice.

Cuando bajó las manos a mi falda, se la dejé subir. Llevaba puestas medias y una tanga negra que había elegido esa mañana sin pensar demasiado, o pensando demasiado. Sus dedos pasaron la tela a un costado y me tocaron donde nadie, además de Sebastián, había tocado nunca. Estaba empapada. Lo escuché reírse en voz baja.

—Eres un escándalo —dijo.

Le encontré la verga por encima del pantalón. Más fina que la de mi marido, un poco más larga, durísima. Se la liberé sin pedir permiso. Se la apreté en la mano. Empecé a masturbarlo. Estaba siendo infiel y me daba cuenta segundo a segundo, y aun así no podía parar.

Levantó una de mis piernas y la apoyó en la pared. Su glande empujó contra mi entrada, apenas separado por la tela corrida de la tanga. Un milímetro más y me la metía. Algo en mí, lo último que quedaba en pie, habló.

—Sin condón no —dije.

No tenía. Vi pasarle por la cara la frustración, después la astucia. Bajó la pierna. Volvió a besarme. Buscó otra forma. Yo aproveché para apretar los muslos. Él entendió y empezó a deslizar la verga entre mis piernas, entre mis labios, sobre el clítoris, una y otra vez, sin entrar. Yo movía las caderas para devolverle el roce. Era un masaje obsceno. Era una infidelidad a medias y, en mi cabeza, todavía la podía llamar baile.

La tanga se corrió sola. Después se cayó al suelo. La pateé sin mirar. Su verga seguía resbalando entre mis muslos, mojada por mí, caliente como un hierro. Y yo, que me había prometido tantas cosas, dejé de prometer.

—Empuja, hijo de puta —le dije, y le tomé la verga con la mano y se la puse en la entrada yo misma.

Sonrió. Empujó. Centímetro a centímetro, como si quisiera memorizar cada parte de mí. Sentí culpa, calor, una verga nueva abriéndome, y todo al mismo tiempo. Se me escapó un sonido que no me reconocí. Empecé a mover las caderas yo, a buscarlo, a pedirle profundidad sin palabras. Él me agarró del pelo, suave, y me la metió hasta el fondo.

—Sigue —le pedí.

Lo hizo. Con golpes secos. Con los muslos chocando contra los míos. La música tapaba todo. Yo gemía contra su hombro, mordiéndole la camisa para no aullar. Y entendí algo terrible: estaba acabando como hacía meses no acababa. Más fuerte que con mi marido, no por él, no por el chico, sino por la mezcla de culpa y placer y revancha y juego. Por todo a la vez.

Lo sentí palpitarme dentro. Su semen me llenó caliente. Me apreté contra él, le mordí el cuello, y me vine yo, sacudida, con la espalda contra la pared del lavadero. Nuestras bocas se encontraron otra vez. Lentas. Casi tiernas.

Sonó mi celular.

Volví. Volví como se vuelve de un sueño donde uno mató a alguien. Era Sebastián. Estaba afuera. Me había llamado tres veces y yo no había escuchado. Le contesté con la voz más natural que pude. Le dije que ya bajaba.

Me bajé la falda. Me acomodé el sostén, los pechos, la blusa. Damián me miró desde la puerta, con la verga todavía afuera, y por primera vez me pareció un chico. Un chico al que le había regalado algo que no le pertenecía.

Salí casi sin despedirme. Camila me lanzó una mirada y un beso al aire. Bajé las escaleras tratando de respirar normal.

Ya en el coche, mientras Sebastián me preguntaba cómo había estado la fiesta, me di cuenta de dos cosas. La primera, que tenía semen ajeno corriendo por la cara interna del muslo. La segunda, que la tanga se había quedado en el lavadero de Camila.

—Bien —le mentí a mi marido, y le sonreí—. Tranquilo todo.

Él me apretó la rodilla y arrancó. Yo miré por la ventanilla. La fantasía que él había sembrado mes a mes ya no era una fantasía. Y todavía no sabía si se lo iba a contar.

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Comentarios (4)

MarcelaH

Que historia!! me enganchó desde la primera linea

Dani_88

Por favor que haya una segunda parte, no puedo quedarme sin saber como termina esto jajaja

SebastianLR

Increible como lo contás, se siente muy real. La tension que construiste esta perfecta

GaboNocturno

El giro al final no me lo esperaba para nada jaja tremendo

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