Espié a la novia de mi mejor amigo con otra mujer
Soy latina, tengo sangre cubana por parte de mi abuela, y aun así nunca encajé con la idea que la gente se hace de nosotras. Las rumbas, las discotecas, los bares con reguetón rebotando en las paredes nunca fueron mi terreno. Prefería una cena larga con dos o tres amigos, o bajar a la playa de noche y armar una fogata para hablar de cualquier cosa hasta el amanecer. La música a todo volumen me cansaba antes de empezar.
A Mateo lo conocí en la secundaria. Fue mi mejor amigo durante los últimos años de colegio y, como yo siempre me llevé mejor con los hombres que con las mujeres, terminé adoptando también a sus compinches de toda la vida: Tomás, Hernán y Bruno. Mateo era guapo y lo sabía. Alto, ancho de espaldas, moreno, con unos ojos café que parecían escuchar mientras te miraban. Tenía además esa pose de chico difícil que volvía locas a las niñas del barrio. Se rumoreaba que estaba muy bien dotado y que en la cama era un semental. Yo me reía y le encubría las infidelidades, porque en aquel entonces creía que esa lealtad torcida era lo que se le debía a un amigo.
Poco antes de graduarnos llegó al colegio Camila. Tenía dinero y nadie entendía cómo había ido a parar a una institución pública en una comuna de mala fama. No se parecía a nosotras. Piel muy blanca, cabello largo y rubio, ojos café que cortaban el aire. Y un cuerpo casi escultural. En las clases de educación física se sentía el silencio cuando ella salía al patio: la pantaloneta corta marcaba la línea de sus muslos, la redondez de su trasero, el vientre plano y un poco bronceado. Más de un profesor fue cazado mirándola más tiempo del decente.
Como era de esperar, le robó el trono a Renata, que hasta entonces era la reina del salón. La rivalidad fue inmediata y duró meses. Lo curioso fue que Mateo nunca la buscó. La saludaba en el pasillo y seguía de largo, como si Camila fuera una broma que él no entendía. Cuando terminamos el colegio cada uno tomó su rumbo. Supe que Mateo se fue al ejército a prestar servicio. Un año y poco después me llegó por chismes que había logrado conquistar a la famosa Camila. Y también, por los mismos chismes, que Renata y Camila ahora eran amigas, casi inseparables, como si esa vieja guerra se hubiera evaporado.
El siete de noviembre del año pasado recibí una llamada de Hernán. Mateo había vuelto a la ciudad hacía unos meses y su familia le iba a celebrar el cumpleaños en grande. Fiesta en la casa, música hasta el amanecer, todos invitados. Le dije que sí casi por instinto, aunque mil veces ya había jurado no volver a meterme en una rumba. Quería ver a Mateo. Quería abrazarlo y revisar con mis propios ojos en qué se había convertido aquel chico con el que crecí. Me arreglé lo mejor que pude, me puse un vestido negro corto que tenía guardado y salí.
***
Llegué cerca de las diez. Mateo ya estaba algo tomado cuando me recibió en la puerta. Me abrazó fuerte, olía a ron y a un perfume que no era el suyo. Por dentro la casa era un ruido sólido: reguetón en lo más alto del volumen, salsa, merengue, gente bailando en cualquier rincón. Reconocí enseguida a Tomás, a Bruno, a un par de vecinos del barrio. Y, por supuesto, a Camila. Estaba en la cocina sirviéndose un trago, con un vestido blanco que más bien parecía pintado encima. A su lado, riendo con la cabeza echada hacia atrás, estaba Renata.
Me extrañó verla ahí. Cuando logré apartar a Mateo un minuto y le pregunté, él hizo un gesto raro, como si la pregunta le molestara.
—No me cae —me dijo bajito—. Pero Camila se la trajo. Dice que ahora son uña y mugre.
Algo se me retorció por dentro. Yo conocía a Mateo y conocía esa expresión: era la de un hombre que ya sospecha y todavía no se anima a confirmar. Empecé a darle vueltas a la situación. Pensé dos cosas. Una, que Renata se estaba acostando en secreto con alguno de los amigos de Mateo y necesitaba la coartada. Dos, que estaba cubriendo a Camila mientras esta se acostaba con alguien del grupo. Ninguna de las dos posibilidades me dejaba tranquila.
Casi no tomé. Me quedé sentada en un sofá, observando. Los chicos se iban poniendo más borrachos a medida que avanzaba la noche, las botellas de ron iban cayendo una tras otra, y las mujeres, en cambio, apenas tocaban sus copas. Las vi cuchichear varias veces. Vi a Camila apoyar la cabeza en el hombro de Renata como si nada. Vi a Renata acomodarle un mechón detrás de la oreja. Y vi a Mateo, en una esquina, con esa mirada melancólica que iba ganando cada vez que la botella bajaba.
A eso de las doce ya solo quedábamos tres mujeres y cinco hombres. Dos de los chicos roncaban en el sofá grande. Mateo cabeceaba en una silla. Tomás y Bruno discutían algo a media voz en el balcón. Camila y Renata se levantaron y empezaron a bailar en el centro del salón. Yo, adormilada, las miraba sin verlas. Hasta que sonó una canción que conozco de memoria, una de Eddie Santiago: Mía. Esa canción es mía desde hace años. Abrí los ojos.
Las dos bailaban demasiado juntas. La distancia que se permite entre dos amigas se había evaporado. La mano de Renata estaba apoyada en la base de la espalda de Camila, justo donde empieza la curva del trasero, y Camila la abrazaba por el cuello como si llevaran toda la vida bailando así. Se acercaron, sin querer, a donde yo estaba. Y entonces vi a Renata acercar los labios al oído de Camila y susurrarle, en el momento exacto en que el coro lo decía: mía, aunque estés con él tú sabes que eres mía. Camila sonrió. No se rió. Sonrió, con los ojos cerrados.
Me tragué la saliva como si fuera una piedra. La rabia me subió hasta la garganta, pero no quise armar nada delante de los demás. Cuando terminó la canción me levanté, le di un beso a Mateo en la frente, le dije que estaba muerta y subí al cuarto de huéspedes en el segundo piso, donde dormiría esa noche.
***
Eran las dos y media de la madrugada cuando me despertó la sed. No la sed normal, esa sed seca de fiesta que se mete en la lengua y no deja dormir. Encendí la lámpara, me senté en la cama y, entonces, lo escuché. No muy lejos, del otro lado de la pared. Un gemido apagado. Un silencio. Otro gemido, más largo, más bajo, como si alguien se mordiera el puño para no gritar. Me reí sola en la oscuridad, todavía media dormida: algún par de borrachos se metió a coger acá adentro. Pero ¿quiénes?
Apoyé la oreja contra la puerta que comunicaba mi cuarto con el de al lado. Sellada. No se abría desde mi lado. El sonido se filtraba igual. Era nítido, denso, lleno de aire. Una voz de mujer dijo, en un susurro entrecortado, «sigue así mi amor, no pares». Me erizó la piel entera. Sentí, con vergüenza, que mi propio cuerpo respondía antes que mi cabeza. Una humedad rápida entre las piernas, un latido en otra parte. Me asusté de mí misma.
Salí descalza al pasillo. No quería alertar a nadie. La puerta del cuarto contiguo estaba entreabierta, una rendija de no más de tres dedos. La luz adentro venía de una sola lámpara apoyada en el piso, baja, amarilla. Me acerqué con el corazón golpeándome la garganta y miré.
Eran ellas. Por supuesto eran ellas.
Renata y Camila estaban desnudas sobre la cama, y ya no había nada que sospechar ni nada que adivinar. Se besaban con una pasión que me dejó clavada al marco de la puerta. No era un beso de borracheras, no era un beso jugado. Era el beso de dos personas que se conocían cada esquina de la boca. Las lenguas se buscaban con paciencia y con hambre al mismo tiempo. Camila tenía los ojos cerrados, las cejas apretadas. Renata, en cambio, los abría apenas para mirarla, como queriendo grabársela.
Estaban una sobre la otra. Los cuerpos encajaban como si llevaran meses ensayando ese encaje. La mano derecha de Renata se movía entre las piernas de Camila, dos dedos entrando y saliendo con un ritmo lento que se podía oír por la humedad del sexo de la otra. Camila se mordía el labio inferior con tanta fuerza que parecía que se iba a hacer sangre. Cuando Renata empezó a bajar por su cuello, mordiéndoselo, chupándoselo, Camila levantó la cadera del colchón como si la corriente le pasara por dentro.
La boca de Renata bajó a los pechos. Los pezones de Camila desaparecieron entre sus labios, uno y después el otro, mientras la mano seguía trabajando abajo. Yo escuchaba mi propia respiración demasiado fuerte y rezaba para que no me oyeran. Renata bajó más, recorrió el vientre con una hilera lenta de besos y se hundió por fin entre los muslos de Camila. La novia de Mateo —porque eso era, la novia de mi mejor amigo— se llevó los dos puños a la boca para tragarse el grito cuando se vino.
No se quedaron ahí. Camila, todavía temblando, se dio la vuelta. Apoyó la cara contra la almohada y levantó las caderas, ofreciéndolas. Renata sonrió como sonríen los que saben que el otro ya pidió, y se inclinó. Lamió, mordió, dejó todo húmedo y brillante. Sigue, no pares, decía Camila contra la almohada, y la voz le salía rota.
Entonces Renata se levantó un segundo, abrió un cajón y sacó un arnés con un pene de silicona, marrón, grueso. Se lo ajustó a la cintura con una calma que no era de novata. Volvió a la cama y la penetró desde atrás, lento al principio, ganando ritmo después. La pelvis de Renata chocaba contra el trasero redondo de Camila con un sonido seco y obsceno que se mezclaba con los gritos contenidos de la otra. Yo seguía ahí, en el pasillo, con la mano metida debajo del camisón sin haberme dado cuenta del momento exacto en que la metí.
Cuando terminaron, Renata se desplomó sobre la espalda de Camila. Se quedaron así, pegadas, respirando contra la almohada. Yo volví al cuarto de huéspedes sin sentir los pies. Me acosté boca arriba, con los ojos abiertos en la oscuridad y la sangre golpeándome en sitios donde no había sangre golpeándome desde hacía años.
***
Pasaron los días. Pasaron las semanas. Una primera rabia se me instaló en el pecho como un huésped que no se va. Quería contarle a Mateo, y no podía. Quería confrontarlas, y no podía. Cada vez que levantaba el teléfono se me secaba la boca. ¿Quién era yo para meterme? ¿Qué sabía yo, en realidad, de lo que pasaba en esa casa cuando los hombres se quedaban dormidos?
Pero la rabia, con el tiempo, se fue transformando en otra cosa. Casi todas las noches, antes de dormir, me volvía la imagen. Camila levantando la cadera. Renata mordiéndole el cuello. El sonido del arnés contra el trasero de la otra. Empecé a tocarme pensando en ellas, casi sin proponérmelo, como quien busca un alivio que ya tiene preparado al lado de la cama. Y al principio me daba culpa, porque pensaba en Mateo. Después dejó de dármela.
Pensaba: qué rico hacían el amor estas dos. Pensaba: qué deliciosas estaban, estas mujeres. Y en algún punto, sin avisar, empecé a desearles cosas buenas. A querer que se siguieran viendo, que se siguieran corriendo juntas, que se siguieran tocando en cuartos prestados con la puerta entreabierta. Pensaba que Camila había encontrado en otra mujer un placer que mi amigo nunca le iba a poder dar, por mucho que se rumoreara de él, y que ese era un secreto que merecía ser cuidado. Pensaba que el deseo entre dos mujeres tiene una hondura que los hombres, los que conozco, todavía no aprendieron a alcanzar.
Y entonces me corría, sola en mi cama, susurrando sus nombres en la oscuridad como si fueran míos.