La esposa embarazada de mi amigo bajó a verme
Hacía dos años que no veía a Bruno en persona. Después de la boda se había mudado a Valencia con Yamila, y entre los dos hijos y los turnos eternos en la naviera, nuestras conversaciones se habían reducido a audios de WhatsApp que respondíamos cuando podíamos. Cuando por fin conseguí encadenar tres días libres, le avisé que iba a pasarlos en su casa. Me contestó con un mensaje lleno de signos de exclamación y la dirección.
El tren me dejó en la estación a las siete de la tarde. Tomé un taxi, dejé la mochila a los pies del portal y toqué el timbre con la sonrisa preparada para él. La que abrió la puerta fue Yamila.
Llevaba un short azul y una camiseta blanca demasiado fina, que dejaba ver la curva firme del embarazo y la sombra oscura de los pezones contra la tela. Tenía el pelo recogido en un moño flojo y las pestañas todavía húmedas, como recién salida de la ducha. Los ojos verdes más raros que había visto, casi un acento contra la piel cobriza.
—Pasa, pasa —dijo, abrazándome con cuidado—. Bruno todavía está en el puerto. Me dijo que llegaba sobre las once.
Le hice el saludo educado y dejé la mochila contra la pared, intentando que la mirada no se me fuera a donde no debía. Los niños llegaron corriendo por el pasillo: Tobías, el mayor, de cinco años; Lina, la pequeña, de tres. Me ablandaron en cuanto saqué los regalos de la mochila. Yamila volvió a la cocina mientras yo me sentaba en el suelo del salón a construir una pista de coches.
Cada vez que ella se inclinaba para abrir el horno, levantaba la cabeza sin querer. Cada vez que se giraba para alcanzar el aceite, la veía de perfil. No era idea mía: el cuerpo de esa mujer estaba hecho para no ignorarse.
Cenamos los tres con los niños. Arroz con cordero, especias que me hicieron toser, pan caliente, vino para mí. Le ayudé a darle de cenar a Tobías, que andaba en plan rebelde. Cuando terminamos, ella insistió en recoger sola y yo insistí en fregar. Al rato la sentí detrás. Apoyó el pecho contra mi brazo, me dio las gracias al oído, y cuando se alejó yo seguía con las manos en el agua fingiendo que no se me había puesto dura contra el mueble.
Bruno llegó pasada la medianoche. Brindamos con cerveza, me contó que le habían cargado guardias extras toda la semana y se disculpó porque solo iba a poder estar libre la noche del día siguiente. Le dije que no pasaba nada. Lo pensaba en serio cuando se lo dije.
***
Al día siguiente se había ido al puerto antes de que yo abriera los ojos. Desayuné con Yamila y los niños, y le propuse llevarlos al parque para que ella tuviera la mañana libre. Acabamos los cuatro: yo empujando el columpio, ella tomando café en un banco, los niños subiendo y bajando una pirámide de cuerdas. Después fuimos a comer a una terraza, y mientras los pequeños perseguían palomas por el patio, le pregunté por Bruno.
Se le escapó una lágrima sin avisar.
—Trabaja demasiado —dijo, mirando el plato—. Lo entiendo, claro que lo entiendo. Pero hay semanas en las que apenas nos cruzamos. Me echa de menos, lo sé, pero a veces creo que mi vida se ha reducido a ser madre.
La abracé sin pensarlo. Cuando me separé, ella se quedó con la frente apoyada en mi mejilla unos segundos más de lo razonable. Luego me besó. Un beso corto, sin lengua, pero con la intención clara de un beso que se llevaba pensando demasiado tiempo. Se apartó al instante, asustada, con la mano en la boca, y antes de que pudiera decir nada Tobías llegó corriendo a enseñarnos una pluma.
Por la tarde fuimos a un centro comercial. Cuando los niños lamían el helado en un banco, ella deslizó la mano hasta encontrar la mía y entrelazó los dedos. No dijimos nada. Apoyó la cabeza en mi hombro y yo me sentí, durante un minuto entero, en la vida que mi amigo se estaba perdiendo.
Bruno asomó en casa para cambiarse. Le habían pedido sustituir a un compañero esa noche también. Lo abrazamos, le preparó el termo y se fue otra vez. Cenamos los tres, vimos una película tonta, y a las once yo estaba en el sofá cama con la luz apagada, mirando el techo, escuchando el zumbido del frigorífico.
La puerta corredera se abrió a las doce y media.
Era Yamila, con la misma camiseta blanca de la primera noche y el short azul claro. Se acercó descalza, se sentó en el borde del sofá y me puso un dedo en los labios.
—Calla —susurró.
Me besó como si llevara meses esperando un permiso. La lengua, los dientes, la respiración entrecortada. Cuando me aparté para frenar lo inevitable, ella me cogió la mano y me la guió entre sus muslos. La tela del short estaba empapada.
—Hace mucho que no veo a mi marido mirarme como tú llevas dos días mirándome —dijo—. Olvídalo todo.
Eso fue lo último que dijo claro esa noche.
Le quité la camiseta en silencio. Sus pechos, pesados por el embarazo, cayeron libres con dos pezones grandes y oscuros que parecían pedir boca. Le mordí el cuello, le bajé el short con torpeza, y ella se sentó a horcajadas, todavía vestida, frotándose contra mí con un ritmo lento que me dejaba sin saliva. Cuando me agarré a uno de sus pechos y succioné, descubrí algo que no esperaba: un líquido tibio y dulce me llenó la boca. Ella me empujó la cabeza para que siguiera.
La tumbé en el sofá y bajé besando el vientre tenso hasta abrirla con la lengua. Tenía un sabor a sal, a leche y a algo más, algo que no sabía nombrar. Cuando ya no aguantaba más, subí, apoyé la punta contra ella y me detuve. La luz amarilla de las farolas le contorneaba la cintura.
—Méteme —murmuró—. Por favor.
Entré despacio. Sentí cada centímetro como si fuera la primera vez. Yamila se mordió el dorso de la mano para no gritar. Empecé a moverme con un ritmo contenido, cuidando del vientre, y ella se aferró a mí con las piernas. Cuando se corrió, me apretó tanto que casi me arrastra. Aguanté como pude. Ella se incorporó, se puso a cuatro patas en el sofá, y yo entré de nuevo, esta vez con menos cuidado. Cuando estaba a punto de retirarme, susurró sin girarse:
—Ya no me puedes preñar más de lo que estoy. Hazlo dentro.
Me corrí con un escalofrío que me dobló la espalda. Ella movió las caderas para no perder ni una gota. Después recogió la ropa del suelo, me dio un beso en la frente y se fue por el pasillo como un fantasma.
***
Me despertó la sensación de calor húmedo entre las piernas. Abrí los ojos: Yamila estaba arrodillada junto al sofá, con la boca llena, mirándome con los ojos verdes muy abiertos. Solo llevaba un top deportivo negro que apretaba los pechos y dejaba el vientre redondo desnudo bajo el sol que entraba por la persiana.
—Bruno se acaba de ir —dijo cuando me sacó de su boca un instante—. Los niños siguen dormidos. Tenemos media hora.
No supe responder otra cosa que dejarla seguir. Cuando me corrí, ella me limpió cada gota sin separarse, lamió las comisuras y se incorporó de rodillas.
—Mi marido me usó esta mañana antes de irse y no me terminó. ¿Me harías el favor?
La levanté por debajo de los muslos y la senté en el reposabrazos del sofá. La empujé contra el respaldo y la follé con un ritmo que ya no tenía nada de delicado. Me mordió el hombro para no despertar a los niños. Cuando le pasé los dedos por el clítoris, se vino con tanta fuerza que sentí las contracciones recorrerme también a mí.
Después nos quedamos abrazados unos minutos en silencio. Ella se levantó a preparar el café.
—El tuyo lleva leche condensada, como anoche te gustó —dijo, guiñando un ojo.
***
El tercer día fue una continuación disfrazada de paseo familiar. Llevamos a los niños al paseo marítimo y comimos en una terraza con jardín. Cuando los pequeños se fueron a la zona de juegos, deslicé la mano bajo la mesa, bajo la falda de Yamila, y le aparté la tela de las bragas sin que la señora de la mesa de al lado se enterara. Ella se mordía el labio inferior y me apretaba el muslo bajo el mantel.
—Estás loco —susurró cuando me quité los dedos.
—Tú me vuelves loco.
—En casa te mato —dijo. Y se quedó con la mano apretada sobre la mía un rato largo, mirando a los niños jugar.
—Gracias por estos días —añadió, sin mirarme—. Bruno no tiene la culpa de nada. Pero hacía mucho que no me sentía deseada.
—No tienes nada que agradecer. Somos adultos. Guardémoslo como un recuerdo.
Esa tarde, después de bañar a los niños y acostarlos, nos sentamos en el sofá a esperar a Bruno con una película que ninguno de los dos miramos. Su mano entró en mi pantalón antes de los créditos. La mía entró por debajo del elástico de sus bragas a los pocos minutos. Estuvimos así, masturbándonos en silencio, sin mirarnos, hasta que ella se vino contra mis dedos con un grito ahogado en mi pecho.
Luego se arrodilló frente a mí en el suelo y me hizo la mamada más lenta y deliberada de toda mi vida. Cuando terminé, me limpió la cara con la camiseta y se acurrucó contra mis piernas.
Nos dormimos así. Me despertó el ruido de la cerradura. Bruno asomó la cabeza, vio a Yamila durmiendo sobre mí, levantó el pulgar y susurró que se iba directo a la cama. La puerta volvió a cerrarse y Yamila abrió los ojos.
—¿Ya está?
—Acaba de llegar. Se va a dormir.
Se levantó a beber agua a la cocina. La camiseta ancha se le subió por el trasero, dejándole una nalga al aire por debajo del short. Me levanté y la abracé por detrás, apretando lo que ya volvía a estar duro contra ella.
—Bruno está al fondo del pasillo —dijo, sin moverse.
—Quince minutos contigo valen una amistad entera.
Se giró y me miró fijo, durante demasiado tiempo. Esos ojos verdes pueden cortar a alguien por la mitad sin que se entere. Finalmente, sin sonreír, dijo:
—Al carajo. Fóllame aquí.
Se subió a la encimera, me arrancó las bragas y me apretó contra ella con las piernas. La cocina olía a café del día y a especias. Hicimos el amor sin prisa, alternando besos lentos con embestidas torpes, sin terminar, alargando todo lo posible un orgasmo que sabíamos que sería el último.
—Túmbate en el suelo —dijo al rato—. El sofá hace ruido.
La piedra estaba fría. Me dio igual. Yamila se quitó la camiseta, se sujetó el vientre con una mano y bajó sobre mí con el pelo cayéndole por los hombros. La luz del extractor le pintaba media cara de naranja. Sus pechos se balanceaban con cada movimiento. Cuando se corrió, se llevó la mano a la boca y me clavó las uñas en el pecho, y yo me vacié dentro de ella sin pensar.
Se tumbó sobre mí. Apoyó el vientre redondo contra el mío y me dio un beso largo.
—¿Sabes que dicen que una embarazada puede quedar embarazada otra vez? —murmuró—. Pasa una vez entre un millón.
—¿En serio?
—Me encantaría que hoy pasara.
Esa frase me devolvió las fuerzas que ya no creía tener. La levanté, la doblé sobre la encimera y la embestí desde atrás como si pudiera empujar el milagro a base de caderas. Ella se mordió el antebrazo. Yo me corrí por segunda vez en su interior y, cuando salí, un hilo blanco le escurrió por el muslo hasta la rodilla.
Se vistió en silencio y se fue por el pasillo. Tardé un rato en oír el crujido de los muelles de su cama: Bruno, al parecer, no estaba tan derrotado.
***
Por la mañana desayunamos los cuatro. Bruno por fin tenía el día libre, justo el día en que yo me iba. Yamila me sirvió el café guiñándome el ojo y diciendo que llevaba leche condensada. Abracé a Bruno largo rato en la puerta y prometí volver el próximo verano.
Un mes después me llegó un mensaje suyo. Contra todo pronóstico, Yamila estaba embarazada otra vez. Su médico le había explicado que en la historia había solo unos diez casos documentados.
Le respondí con la enhorabuena de manual. A los pocos minutos me llegó otro mensaje, esta vez de Yamila, en privado:
—Enhorabuena a ti también, papi.