Saltar al contenido
Relatos Ardientes

Mi amiga me besó esa mañana y mi marido nunca lo supo

Me llamo Marisol y llevo siete años casada. Tengo treinta y cuatro, un hijo de cuatro y una vida que cualquiera diría que está completa. Mi marido me adora, mi casa está ordenada, mi familia es feliz. Y, sin embargo, esa mañana de jueves, cuando Camila se inclinó a darme un beso de despedida en la puerta, todo el orden que había construido durante una década se vino abajo en cuestión de segundos.

A Camila la conozco desde el último año de la secundaria. Crecimos juntas, fuimos a la misma universidad, compartimos el primer concierto, la primera borrachera y, a los dieciocho, el primer beso. Aquel primero fue casi un juego, una curiosidad nacida del aburrimiento y de la frustración de no tener novio. Pasaron cuatro años hasta que volvimos a besarnos, esta vez en serio, en mi departamento de estudiante, recién salidas de dos rupturas paralelas. Fuimos novias a escondidas durante casi dos años. Nadie en la facultad lo supo nunca.

Después yo me casé. Camila no. Ella encontró que las mujeres le gustaban demasiado como para fingir lo contrario, y se quedó soltera, buscando algo que no terminaba de aparecer. Nuestra amistad sobrevivió a todo. Ella respetaba mi matrimonio, yo respetaba su silencio. Pero las dos sabíamos lo que la otra callaba.

Esa mañana vino a desayunar a casa, como hacía cada quince días. Me contó, entre lágrimas tibias, que un hombre con el que llevaba meses saliendo había desaparecido sin explicaciones. La abracé. La escuché. Le serví otro café. Cuando se levantó para irse y la acompañé a la puerta, le di un beso en la mejilla como siempre. Pero Camila se quedó quieta, mirándome, y antes de que pudiera apartarme, sus labios estaban sobre los míos.

—Camila, no —murmuré, intentando separarme.

Ella no me soltó. Me sostuvo la nuca con una mano firme y el beso se volvió más profundo, más insistente. Mis manos, sin pensar, terminaron contra sus pechos, no para apartarla sino para sentirla. Después de unos segundos dejé de oponerme. Dejé de buscar excusas. Abrí la boca y dejé que su lengua entrara, y fue como si todos esos años de matrimonio se borraran del cuerpo.

—Te extrañé tanto —le dije, hablando contra su boca.

—Sabía que seguías siendo mía —respondió ella.

Mis manos bajaron por su cintura hasta su falda y la apretaron por debajo de la tela. Camila siempre había tenido un cuerpo que me volvía loca: el abdomen plano, las caderas anchas, esa piel tibia que olía a algo dulce que no sabía nombrar. La empujé contra la puerta cerrada y nos besamos como si tuviéramos otra vez veintitrés años y todo el tiempo del mundo.

***

Esa misma noche, Camila ya no estaba. Camila era un secreto guardado en mi piel, un olor que había quedado en mi cuello y que me apuré a borrar con perfume antes de buscar a mi hijo en el colegio. La rutina volvió. Llegué a casa. Hice la cena. Acosté al niño. Me senté en el sofá a esperar a mi marido con un vestido negro corto que él me había regalado el año anterior.

Joaquín llegó pasadas las nueve. Cansado, con el saco al brazo, pero con esa sonrisa que todavía me gustaba. Me besó en los labios, breve, como siempre, y se sorprendió cuando le devolví un beso largo, con lengua, con hambre. Sus manos no tardaron en bajar a mi cintura, después a mis caderas, después debajo del vestido.

—Qué recibimiento —dijo riendo contra mi boca.

—Te extrañé —mentí. O quizás no era mentira. Quizás extrañaba algo, aunque no fuera exactamente a él.

Me apretó contra el respaldo del sofá y siguió besándome. Le solté la corbata, le saqué el cinturón. Él me tomó del muslo y me hizo subirme encima de él. No estoy pensando en Camila, me dije. No estoy pensando en Camila. Pero a cada beso de Joaquín se le superponía otro, y cada vez que sus manos me agarraban las nalgas, las que sentía eran las manos suaves y frías de ella, esa misma mañana, contra la puerta.

—Vení, vamos arriba —me dijo Joaquín al oído.

Lo seguí. Subimos a la habitación, cerré la puerta con cuidado para no despertar al niño y me senté al borde de la cama. Joaquín se desnudó delante de mí sin prisa. Yo me quité el vestido y me quedé en ropa interior. Me miró de arriba abajo y silbó bajito, como hacía cuando estábamos por casarnos. A veces todavía me sorprendía que me deseara igual que entonces.

—Vení acá —dijo, y me tendió la mano.

***

Cuando me acostó en la cama y se puso encima, lo que me invadió no fue el deseo por él. Fue el recuerdo intacto, todavía caliente, de la mañana. La memoria me llegó de a oleadas, sin que yo pudiera contenerla, mientras los labios de mi marido me recorrían el cuello.

Camila contra la pared del pasillo, riéndose entre besos, preguntándome dónde estaba la habitación. Yo arrastrándola por el corredor hasta el cuarto de invitados, ese que casi no usábamos, porque acostarla en mi propia cama matrimonial me parecía un límite que todavía no quería cruzar. Las dos cayendo sobre la colcha azul, las dos sacándonos la ropa con la misma desesperación. Sus pechos, un poco más llenos que los míos, libres por fin. Su boca buscando los míos.

—Seguís siendo igual de hermosa —me dijo recorriéndome con los dedos.

—Vos también.

—¿Nunca dejaste de ser de las nuestras, no?

—No, mi amor. Nunca.

Joaquín, encima de mí, me bajó los breteles del corpiño y me besó los pechos. Yo cerré los ojos y dejé que el recuerdo se mezclara con la sensación presente. La boca de Joaquín era cálida, hábil, conocida. La de Camila había sido otra cosa: más blanda, más curiosa, más mía. Me arqueé contra él, y él lo interpretó como entusiasmo. En parte lo era. Pero también era una manera de no quedarme quieta, de no traicionarme con la cara.

—Estás mojadísima —murmuró.

Asentí. No iba a decirle que ya lo estaba desde el desayuno.

***

Camila se había arrodillado delante de mí, esa mañana, con esa sonrisa que todavía me hacía perder el equilibrio. Me había abierto las piernas con las dos manos, sin pedir permiso, y había puesto su boca donde mi marido ponía la suya esa noche. La sensación era distinta. La boca de una mujer es distinta. No es solo la suavidad. Es la paciencia. Camila no tenía prisa, no quería terminar, quería quedarse ahí horas, lamiendo despacio, mirándome desde abajo cada tanto para comprobar que la estaba mirando.

Cuando empezó a hundir la lengua en mí, yo le hundí los dedos en el pelo y me dejé llevar. Me corrí por primera vez sin avisar, sin avisarme yo misma, sacudida por algo que no sentía hacía años. Ella levantó la cara, brillante, y se rió.

—Te dije que seguías siendo mía.

—Cállate, vení acá.

***

—Te voy a comer entera —me dijo Joaquín bajándome el calzón.

Volví al presente de golpe. Lo miré. Era él, mi marido, el padre de mi hijo, el hombre que había elegido y que volvería a elegir mañana. Lo amaba. Lo amaba de verdad. Y, sin embargo, mientras su lengua se hundía donde la de Camila había estado horas antes, lo único que podía hacer era cerrar los ojos y volver a verla a ella.

El recuerdo siguiente fue Camila boca abajo en la colcha azul, mirándome por encima del hombro. Era una imagen que había llevado conmigo durante años, sin atreverme a pensarla del todo. Ahora la tenía otra vez, real, frente a mí. Me hinqué entre sus piernas, le bajé la falda hasta los tobillos y le besé la base de la espalda. Después seguí bajando.

—Me acuerdo de esto —le dije.

—Yo también.

—Decime que no se te olvidó.

—No se me olvidó nada.

La besé despacio, primero en la piel suave de las caderas, después más adentro, con una paciencia que en la universidad no había tenido. Camila gimió contra la almohada y dijo mi nombre. Yo le sostuve las caderas y la sentí temblar bajo mis manos durante un rato largo, larguísimo, hasta que terminó con un grito ahogado en la tela.

***

Joaquín me dio vuelta. Me puso en cuatro. Me apretó la cintura con esas manos suyas, grandes y firmes, y me besó la base de la columna como había aprendido a hacer a fuerza de saber lo que me gustaba.

—Así, mi amor —le pedí.

—¿Te gusta? —dijo entrando despacio.

—Me encanta.

Era cierto. El sexo con Joaquín siempre había sido bueno. Nunca tuve que fingir con él, nunca tuve que mentir sobre el placer. Pero esa noche había algo más, una capa extra de excitación que no era por él, y que él no podía adivinar. Mientras me embestía contra la cama, yo seguía viendo a Camila, seguía sintiendo su olor en mis dedos, seguía oyendo lo que me había dicho antes de irse.

—Te espero el martes —había susurrado contra mi boca en la puerta—. Vení sola. Vamos a terminar lo que empezamos.

—Voy.

—Prometelo.

—Te lo prometo.

Y ahora, mientras mi marido se hundía en mí y yo le respondía con gemidos cada vez más sentidos, lo único en lo que pensaba era en el martes. En tocar el timbre de Camila. En que abriera la puerta con esa sonrisa suya. En todo lo que íbamos a hacer cuando el reloj no me corriera detrás del horario escolar de mi hijo.

—Marisol, estás distinta esta noche —dijo Joaquín, sin dejar de moverse.

Me sobresalté. Por un segundo pensé que me había leído algo en la cara.

—¿Distinta cómo? —pregunté tratando de sonar tranquila.

—No sé. Más viva.

Sonreí contra la sábana. Más viva. Quizás era cierto. Quizás había hecho falta que volviera ella para que volviera yo también, la que era antes de los pañales, antes de las cenas con la suegra, antes de las facturas y la lista del supermercado. La que había bailado descalza en una cocina ajena a los veintitrés años, completamente desnuda, riéndose con otra mujer.

—Será que te extrañé —volví a decirle, y esta vez tampoco era del todo mentira.

Joaquín se rió y aceleró el ritmo. Yo le dije lo que él quería oír, todo lo que él quería oír, y al mismo tiempo, dentro de mí, en un lugar al que él nunca había llegado, le hablaba a Camila. Le decía que sí, que iba a ir el martes. Le decía que no había dejado de pensarla en diez años. Le decía que estaba dispuesta a vivir partida en dos, una mitad para mi familia y otra mitad para ella, si esa era la única forma de tenerla.

Cuando terminamos, Joaquín se quedó tendido a mi lado, sudado, satisfecho, con esa cara de hombre que cree haber leído correctamente a su mujer. Me besó el hombro y me preguntó si estaba bien. Le dije que sí, que estaba muy bien, que había sido increíble. Él se durmió en menos de cinco minutos, como hacía siempre.

Yo me quedé despierta, mirando el techo, con el corazón todavía a destiempo. Pensaba en lo que acababa de pasar y en lo que iba a pasar el martes. Pensaba en Camila, en sus manos, en cómo me había mirado en la puerta antes de irse. Pensaba en que no iba a decir nada en casa, que iba a seguir comprando comida y llevando al niño al colegio y poniendo la mesa los domingos en lo de mis suegros. Pensaba en que esa doble vida era exactamente lo que yo había jurado no querer nunca.

Y también pensaba, sin poder evitarlo, que hacía años no me sentía tan despierta. Que el martes faltaba demasiado. Que el cuerpo a mi lado me importaba mucho, pero que el que me esperaba en otra casa, en otra cama, me importaba de una manera distinta, más antigua, más mía.

Me di vuelta hacia Joaquín, le acaricié la cara dormida y le susurré algo que él no escuchó. Algo que era verdad y también era mentira, según cómo se mirara. Algo que tenía la forma de una promesa y la textura de una traición.

Después cerré los ojos y dejé que ella volviera, una vez más, antes de dormirme.

Valora este relato

Comentarios (4)

NuriaMG

Increible... me dejaste sin palabras

valentina_noc

Necesito la segunda parte!! Se cortó justo en lo mejor

NoraLect

Me recordó a una situacion parecida que viví hace muchos años, esas cosas que uno entierra y de repente vuelven. Qué bien capturado.

MarcelaT

ufff que historia!! me tenía atrapada desde el primer párrafo

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.