Lo que mi jefe me ofreció esa tarde lo cambió todo
Perdimos la casa el invierno en que Esteban se metió en el negocio equivocado. Un préstamo grande, un socio que resultó ser un estafador y, de un día para otro, el banco cerrando la puerta y nosotros con la ropa en maletas en la vereda. Vendimos lo que se pudo, regalamos lo que no, y nos subimos a un bus rumbo a Tarapoto. No al centro, sino a las afueras, a una parcela de yuca y plátano donde su padre vivía desde hacía décadas.
Empezar de cero a los treinta y dos años, con una hija de seis y un marido callado, no fue fácil. Esteban salía con el primer sol y volvía cuando ya no se veía. Yo me quedaba en la casa de tablas, lavando, cocinando, jugando con mi hija, pensando en todo lo que habíamos perdido. Me había sacado el dispositivo meses antes, cuando todavía soñábamos con tener otro hijo. Después de la quiebra, ese sueño quedó archivado, pero el dispositivo no volvió.
Conocí a Yolanda en el mercado, comprando arroz a granel. Era vecina de la chacra de al lado y trabajaba en la casa del señor Damián, un hacendado de la zona que tenía cuadrillas de peones cortando café en una hectárea propia. Yolanda hacía la limpieza, cocinaba el almuerzo de los trabajadores y se lo llevaba al campo. Cuando le diagnosticaron una hernia y tuvo que viajar a la capital para operarse, me ofreció el puesto.
—Es buena paga —me dijo—. Y don Damián no se mete con nadie.
Lo último no era del todo cierto, pero eso lo descubrí después.
Hablé con Esteban esa noche, mientras él se sacaba las botas en el patio. Le costó decir que sí. No le gustaba la idea de que yo trabajara en casa ajena, pero los números no daban. Mi hija quedaría con su abuela durante el día, que se encargaría de llevarla al jardín. Empecé el lunes siguiente.
***
Don Damián tenía cuarenta y ocho años y un cuerpo de hombre que todavía cargaba sacos. Era alto, de barba entrecana y manos grandes, manos que hablaban de campo y de pala. Vivía solo en una casa de dos plantas con piso de madera lustrada, en lo alto de una loma desde la que se veía el río. Me trataba con respeto, me pagaba puntual y, los viernes, me daba un sobre con un extra «por el esfuerzo».
Pero miraba.
Yo me daba cuenta de cómo se le iban los ojos cuando me agachaba a limpiar la mesa baja del salón, cuando me ponía en cuclillas para sacar polvo bajo los muebles, cuando subía la escalera delante de él con la canasta de ropa. No es vanidad: tengo un cuerpo que la gente mira. Buenas caderas, buen trasero, y a los treinta y dos todavía firme. Damián miraba como miran los hombres que llevan mucho tiempo sin tocar a una mujer.
La primera vez que pensé en hacer algo fue una tarde de marzo. Él se duchaba en el baño del fondo y había dejado la puerta entreabierta, no sé si a propósito o por descuido. Pasé con el trapeador y, por el resquicio, le vi el sexo bajo el chorro. No era enorme, pero estaba erguido, denso, con la forma franca de los hombres que no se andan con vueltas. Me quedé un segundo de más mirándolo. Pasé de largo, fui a la cocina y me senté en el banco a tomar aire.
Y me acordé del tío de Esteban, de aquel verano, de aquella aventura que nunca confesé. Me había prometido que no volvería a pasar. Pero el cuerpo tiene memoria y la memoria tiene voluntad propia.
Durante una semana cargué la idea como una piedra en el bolsillo. La tocaba en silencio, la dejaba estar. Hasta que un jueves, sabiendo que Damián volvía a la hora del baño, decidí ducharme yo. En su ducha. Con la puerta entornada.
Me lavé despacio, contorneando el cuerpo hacia la rendija, dejando que mis caderas dibujaran lo que sabía que dibujaban. Lo escuché entrar a la casa, dejar el sombrero, subir la escalera. Sus pasos se detuvieron en el pasillo. Me hice la distraída. Por el reflejo del azulejo vi su silueta apoyada en el marco de la puerta.
Cerré la llave y me envolví en la toalla. Él tocó la madera con los nudillos.
—¿Puedo pasar? —preguntó, con esa voz baja que no levantaba.
—Espere —dije, y dejé pasar un segundo de más antes de abrir.
Entró. Cerró la puerta detrás de él. Yo me agarré la toalla con las dos manos, fingiendo susto, y él avanzó dos pasos.
—Quinientos soles —dijo, sin preámbulo—. Por una sola tarde.
Me quedé callada. No por dignidad, sino porque la cifra era el doble de lo que ganaba en una semana.
—Mi marido no puede saber.
—No va a saber.
***
Me llevó a su cuarto y cerró la cortina de la ventana. La cama era de madera dura, con un cubrecama color crudo. Me sacó la toalla con una sola mano, despacio, y se quedó mirándome de pie en medio de la habitación. Después se desnudó él, sin teatro, como quien se quita la ropa para entrar al río.
Lo primero fue su boca en mi cuello. Después el peso de su cuerpo sobre el mío, las manos abriéndome los muslos, la entrada brusca de la primera embestida. Solté un sonido que no supe si era de placer o de sorpresa. Damián me tomaba como un hombre que ha esperado mucho. No era brutal, pero tampoco delicado. Cada empujón me hacía deslizar contra el cubrecama, y yo me agarraba de sus brazos para no perderme.
Se vino dentro la primera vez sin avisarme. Lo empujé del pecho.
—No me cuido —le dije.
—Te lavas después con limón y agua —respondió, sin moverse—. Sale todo.
Le creí porque quise creerle. Él me dio vuelta, me puso de rodillas y entró de nuevo por detrás, agarrándome de las caderas como si yo fuera algo suyo de toda la vida. En algún momento, sin previo aviso, se cambió de hueco. El dolor me partió en dos. Grité, le di con la palma abierta en el muslo y caí de bruces sobre la cama, llorando como una niña. Él se quedó quieto, jadeando, y me acarició la espalda hasta que paré.
—Eres un bruto —le dije con la cara contra el colchón.
—Perdóname —dijo bajito. Pero no se bajó de la cama.
Volvió a entrarme por delante, despacio esta vez, y se vino una vez más. Quedé tirada, hecha agua, con la respiración entrecortada. Él me besó la nuca y me dijo al oído:
—Tienes un culo precioso. Creo que te lo rompí.
—Eres malo —contesté, fingiendo enojo, dejando que entendiera lo que quería que entendiera.
—Ya está roto —dijo—. La próxima entra suave.
Le dije que no. Me ofreció quinientos más. Acepté antes de pensarlo.
Esa segunda vez, en la misma tarde, me senté yo encima de él para llevar el ritmo. Me dolía, claro que me dolía, pero exageré el quejido. Lloriqueaba un poco, le clavaba las uñas en el pecho, hacía teatro de víctima mientras por dentro me iba abriendo a otra cosa. Cuando se vino otra vez, yo ya había decidido que esto no iba a ser una sola tarde.
Corrí al baño, me lavé con el agua y el limón que él me trajo en un balde, me vestí. Antes de salir él intentó verme «cómo había quedado». Le dije que no, que llegaba tarde.
***
Esteban no estaba en casa cuando llegué. Le gustaba quedarse jugando fútbol con los vecinos después de la jornada. Llegó una hora después, con la camiseta empapada, y me reclamó por la demora. Le dije que el trabajo se había alargado. Escondí los mil soles dentro de una caja de galletas vacía, arriba del estante. Esa noche él quiso. Le dije que no, que estaba molesta por los gritos, y me puse a llorar para cerrar el tema. Me dejó en paz.
La rutina se instaló sola. Todos los días, antes de salir del trabajo, Damián y yo estábamos juntos. A veces en su cuarto, a veces sobre la mesa de la cocina, una vez en el galpón donde guardaba el café. Él me pagaba aparte del sueldo, siempre. Yo escondía cada billete y mi pequeña caja de galletas empezó a estar llena. La explicación oficial entre nosotros era que él «me había roto el culo», así que tenía derecho a usarlo. La verdad era otra: yo había encontrado algo que no había sentido nunca, ni siquiera con el tío aquel del verano, y no estaba dispuesta a soltarlo.
Hasta que un mediodía apareció ella.
Su pareja. No sabía que la tenía, o elegí no saberlo. Entró por la puerta del frente sin avisar, con una bolsa del mercado y un perro chico atrás. Damián y yo estábamos en el cuarto. Nos cambiamos como dos niños asustados. Yo corrí al baño, me metí bajo la ducha y abrí el agua para fingir que limpiaba el azulejo. Ella encontró mi calzón sobre la sábana antes de que él pudiera esconderlo. Vino al baño hecha una furia, abrió la cortina y me empujó contra los azulejos. Damián la agarró por detrás, la sacó, me defendió a los gritos.
Salí de la casa con la cara baja, con mi calzón metido en una bolsa de mercado que él me alcanzó en la puerta. Caminé hasta la chacra sin sentir las piernas. En casa, esa noche, me entregué a Esteban como nunca. Le hice de todo. Le di lo que él pedía y lo que no pedía. Después, llorando, le dije que tenía que dejar el trabajo, que la mujer del señor Damián había aparecido pensando que yo andaba con él, que casi me pega. Esteban me abrazó. Me dijo que no me preocupara, que él trabajaría por los dos, que yo era su gran amor.
Al día siguiente la mujer fue al campo y le contó a mi marido que su pareja me tenía de amante. Esteban me defendió, según me contó. Le dijo a la mujer que estaba loca, que su esposa era una santa, y volvió a casa orgulloso de haberme protegido.
***
Volvimos a tener intimidad todas las noches. Le pedí un hijo. Le dije que era el momento, que la vida nos había dado una segunda oportunidad acá en Tarapoto. Quedé embarazada en menos de un mes. Pero cuando fui al hospital, las cuentas no me daban con Esteban. Me daban con Damián.
Lo llamé. Quedamos en vernos en un hostal de la carretera. Le mostré la ecografía y le dije lo que sabía.
—Lo abortamos —dijo, blanco como una sábana.
—No. Lo tengo y tú me pasas una mensualidad. Esteban no se va a enterar.
—¿Estás segura?
—Sí.
Aceptó. Aceptó porque era la única manera de seguir teniéndome. Esa tarde misma cogimos en la cama del hostal con una intensidad que me hizo entender que esto iba a durar hasta que uno de los dos se rompiera. Me dejó dinero sobre la mesa de luz y se fue antes que yo.
Pasaron los meses. A los ocho de embarazo, una tarde de calor, Damián me llamó a su casa. Su mujer ya no estaba; se había ido a la capital después de aquel escándalo. Quería tenerme sobre la hamaca grande que había instalado en el patio cubierto. Decía que era una fantasía vieja. Me reí, le dije que estaba enorme, pero acepté.
La hamaca crujía con cada movimiento. Le pedí que fuera suave. Él intentó, pero la calentura le ganaba. Me puso boca abajo, sostenida en cuatro, y entró por detrás. El vientre me pesaba contra la tela. Sentí una punzada en la cintura. Le pedí que parara. No me oyó, o no quiso oírme. La hamaca dio un latigazo y se reventó por el centro. Caímos los dos al piso de cemento.
Empecé a perder líquido en el acto.
Damián se vistió con manos temblorosas, me cargó hasta la camioneta, me llevó al hospital del pueblo. Le pagó a una enfermera amiga para que me dejara en la sala y me cuidara, y se fue antes de que llegara nadie. Avisaron a Esteban. Llegó pálido, con la ropa de trabajo todavía puesta, y me preguntó qué había pasado.
—Vi a un señor comiendo chocolates en la bodega —le dije—. Tuve un antojo terrible y me agarró el dolor.
Me creyó. Me creyó porque quería creerme y porque la mentira era tan pequeña que no valía la pena dudarla.
Mi madre vino desde Trujillo a cuidarme. Después de unos días me convenció de irme con ella. Esteban se quedó en la selva trabajando. Yo me fui con mi hija, con la panza casi a término, con la promesa de que él subiría apenas pudiera. Pasaron tres meses antes de que viniera.
Mi hijo nació en Trujillo, un viernes a las cuatro de la mañana, después de doce horas de parto. Apenas lo vi supe lo que ya sabía. Los ojos de Damián. La barbilla de Damián. La forma de las manos. Esteban lo cargó esa misma noche y lloró de alegría. Le dijo a mi madre que era idéntico a su abuelo paterno. Mi madre asintió sin decir nada.
A veces pienso que fui una perra. Otras veces pienso que la vida me arrinconó y elegí no morir adentro. Las dos cosas son ciertas. Esteban es un buen padre. Damián manda lo que prometió, todos los meses, hasta hoy. Mi hijo va a la escuela en Trujillo y no se parece a nadie de la familia, pero a nadie le importa.
Y yo, cuando llueve fuerte y la casa queda en silencio, todavía pienso en aquella tarde en la ducha. En la puerta entreabierta. En la cifra dicha sin preámbulo. En todo lo que vino después y en todo lo que sigue viniendo.