El chofer de mi marido volvió cuando me quedé sola
Después de mi primera aventura fuera del matrimonio, ya nada volvió a su sitio. Con Mauricio vivíamos en pleitos constantes: él volvía tarde, con los ojos rojos y la boca pastosa, y yo lo recibía con reclamos que se enredaban en mil rencores acumulados. Cada noche éramos un poco menos lo que habíamos sido y, en el medio de esa grieta, mi cuerpo se acostumbraba a pedir lo que él ya no me daba.
Lo peor no era el pleito, lo peor era recordar. Andrés, Felipe, sus manos, su forma de empujarme contra la pared del cuarto del hotel aquella tarde. Tres semanas y todavía me hervía la piel pensando en ellos. Tres semanas, también, durmiendo al lado de un hombre que solo usaba la cama para roncar.
Ese sábado por la mañana sonó el teléfono mientras yo me duchaba. Mauricio contestó. Salí del baño envuelta en la toalla, me senté en el borde del colchón y empecé a secarme el pelo. No lo escuché entrar. Sentí primero el aliento en la nuca y después los labios.
—Qué buena estás esta mañana —me susurró pasando la mano por debajo de la toalla.
Solté la tela y dejé que cayera al piso. Lo miré con ganas, las que llevaba semanas guardando. Se acercó, me besó como hacía mucho no me besaba, bajó por el cuello, atrapó un pezón entre los dientes y me empujó suavemente hacia atrás sobre la cama. Su mano resbaló entre mis muslos.
—Te necesito, así, ya —le pedí pasándole la palma por encima del pantalón.
Se desabrochó torpemente, me abrió las piernas, hizo un par de lengüetazos rápidos sobre mi sexo y enseguida se acomodó encima. Tres embestidas, cuatro, y lo sentí derramarse dentro de mí con un gruñido. Lo miré con los ojos abiertos como si no entendiera.
—Perdón, mi amor, no aguantaba.
Casi le pego. Le grité que solo pensaba en él, que hacía meses que no me hacía sentir nada, que cómo era posible. Se levantó, se metió a la ducha y me dejó allí, temblando de rabia, con su semen escurriendo entre las piernas y los muslos abiertos como un reproche.
Me vestí con la furia todavía en las manos. Hacía calor. Reflexioné un rato y decidí jugar mi última carta: lo seduciría como en los primeros años, sin ropa interior, perfumada, descalza por la cocina. Elegí un vestido azul muy corto, tan fino que se transparentaba contra la luz, y me dejé el pelo suelto.
Cuando bajé, Mauricio se estaba arreglando para salir.
—Solo un jugo, tengo que irme —dijo sin mirarme.
—¿No te quedas?
—Hoy vamos a supervisar una obra.
Sonó el timbre del portón. Yo todavía sostenía el vaso. Fui a abrir, descalza, con el vestido pegado al cuerpo.
—Buenos días, señora. Vengo por el ingeniero.
Era Joaquín, uno de los choferes de la constructora. Lo había visto otras veces, siempre desde lejos, siempre apurado al volante. Esa mañana, sin el coche en medio, lo miré como nunca: alto, ancho de espaldas, moreno por el sol, con los brazos cubiertos de un vello oscuro que se le perdía dentro de la camisa abierta. Sentí una corriente en el estómago.
—¿Se van todos juntos? —pregunté, jugando con la sonrisa.
—No, señora. Bernardo lleva al ingeniero y a su esposo. Yo me quedo libre el resto del día.
—Qué pena. Yo pensaba pasar el sábado con mi marido y ya ve, otra vez sola.
—Falta de confianza, señora. Eso se arregla, si usted quiere.
Lo dijo mirándome el escote. No bajé la vista. Sentí el calor subiéndome al cuello.
—Estás loco —le contesté, y le di la espalda moviendo las caderas con toda la intención que cabía en cinco pasos.
Por el reflejo del vidrio lo vi acomodarse el bulto del pantalón. Cuando Mauricio salió y se subieron al auto, yo me despedí desde la puerta. Joaquín me dio la mano un segundo más de lo debido.
—Hasta luego, señora.
—Hasta luego.
***
El resto de la mañana se me hizo eterno. Limpié la casa, me dormí frente a la televisión, sonó dos veces el teléfono y dos veces colgaron. Vino la vecina, charló cinco minutos y se fue. Me bañé, me cambié de ropa, elegí esta vez un vestido rojo igual de corto y, de nuevo, sin nada debajo. Me perfumé con la vainilla que me gusta, me calcé las sandalias de tacón y me miré al espejo. Llevaba en la cara una expresión que sé reconocer: la de alguien que ya no piensa en frenar.
Sonó el timbre.
—Hola. ¿Qué tal si me invitas a pasar?
Joaquín estaba parado del otro lado de la reja, sin uniforme, con una camisa blanca remangada hasta los codos y los ojos clavados en mí.
—¿Qué hacés acá? —tartamudeé—. Te pueden ver. Puede volver mi marido.
—No, señora. Están en Cuernavaca, no vuelven antes de la noche. Y yo vine a darte lo que andás pidiendo a gritos.
Empujó la reja con suavidad, cerró tras de sí y, antes de que yo pudiera decir nada, me apretó por la cintura y me besó. La barba sin afeitar me raspó el mentón, su lengua me invadió la boca y una mano me apretó las nalgas a través del vestido. Intenté zafarme dos segundos, lo justo para perder el resto de la fuerza, y le respondí el beso con una ferocidad que me sorprendió a mí misma.
Me tomó de la mano y me arrastró al living. Allí me bajó el vestido hasta la cintura, me chupó los pechos sin pedir permiso, me apretó las nalgas con las dos manos y me habló al oído con la voz ronca.
—Me encantan las mujeres como vos, que andan sin nada debajo. Esta mañana, cuando vine por tu marido, te vi todo. Cabrona.
—No es cierto —mentí.
—¿Y ahora por qué no traés nada?
No le contesté. Le toqué el bulto por encima del pantalón y sentí lo que sería de mí esa tarde. Era grande. Era duro. Y era de él.
—Llevame a la cama —le pedí—. Quiero que me cojas como nadie.
Lo guie por el pasillo, pero él me hizo caminar adelante para mirarme. Me dio dos nalgadas suaves antes de cruzar la puerta del dormitorio.
—Linda cama. ¿Acá te coge tu marido?
Asentí con un movimiento mínimo.
—Imagino que no te llena. Se le notó esta mañana. Desvestite, mami. Mirá cómo la traigo.
Se bajó el pantalón y la vi. Gruesa, oscura, con venas marcadas como cordones. Tragué saliva sin querer. Mi cuerpo respondió antes que mi cabeza: se me contrajo todo, hasta el último músculo.
—Sacate todo. Dejate las sandalias. Me gustan las putas con tacos puestos.
Me arrodillé y le tomé el sexo con las dos manos. Me lo metí en la boca despacio, como me gusta hacerlo, mirándolo desde abajo. Olía a algo salado y limpio. Sentía cómo se le tensaba todo el abdomen.
—Mamala entera, ahogate con ella —murmuró.
La obedecí. Se la lamí desde la base hasta la punta, le ensalivé los testículos, se la dejé brillando. Me levantó del pelo, me tiró sobre la cama y me abrió las piernas con un movimiento seco.
—Qué rica panocha tenés, Renata.
Me besó entre los muslos con la misma rudeza con la que me había besado la boca. Su lengua entró rápida, busca y certera, y al segundo gemido yo ya estaba a punto de venirme.
—Cogeme ya, por favor, ya no aguanto.
—Te voy a partir en dos, hija de tu madre.
—Hacelo.
Me agarró de las nalgas, me alzó las caderas y entró de un solo empuje hasta el fondo. Grité. Fue rudo, casi violento, pero también fue exactamente lo que llevaba meses pidiendo en silencio. Empezó a moverse, primero rápido, después lento, después rápido otra vez, encontrando un ritmo que me robaba el aire.
Sus manos no me soltaban las nalgas. Cada embestida me las apretaba con tanta fuerza que al día siguiente tendría las marcas de sus dedos. Me subió las piernas a los hombros y la penetración se volvió más profunda, más cruel, más exacta. Yo sudaba, lo miraba y le devolvía el embate moviendo la pelvis hacia él, hambrienta de cada centímetro.
—Estás apretadísima, perra. Sos una mujer riquísima.
Me corrí así, con los ojos cerrados y los talones clavándose en su espalda. Un orgasmo largo, sucio, que me dejó temblando antes de que él parara siquiera. No paró. Siguió. Se acomodó encima de mí, me chupó los pezones hasta dejármelos enrojecidos, me mordió el cuello y me hizo correr una segunda vez antes de derramarse dentro con un gruñido sordo. Sentí cómo se vaciaba a borbotones y cómo, aun así, seguía moviéndose unos segundos más, como si no se animara a abandonarme todavía.
Se dejó caer a un lado, jadeante, sin salirse del todo. Lo miré y me sentí otra. Sentí que volvía a habitar mi cuerpo después de meses.
***
—Quiero tenerte otra vez —me dijo apoyando la frente en la mía.
—Esperá. Voy al baño.
Cuando volví, él estaba de pie en medio del cuarto, desnudo, la verga semiblanda colgando entre las piernas. Lo agarré de la mano.
—Vení. Vamos a otro lado.
Lo llevé hasta el estudio. La oficina de Mauricio. Me senté sobre su escritorio, entre planos, expedientes y carpetas con su nombre, y abrí las piernas.
—¿Querés probarme acá?
No respondió. Se arrodilló y me lamió entre los papeles de su jefe, con una lentitud que era ya pura provocación. Me hizo retorcerme contra la madera, me mordió la parte interna del muslo, me chupó el clítoris hasta que volví a temblar.
—Sentate vos —le dije bajándome—. Quiero mamártela ahí, en el sillón de él.
Lo empujé al sillón ejecutivo y me arrodillé entre sus piernas. Lo lamí como si fuera mi jefe y yo su secretaria. Lo miré desde abajo, con saliva en la barbilla, mientras se la tragaba entera.
—Esperame acá un momento —le susurré soltándola con un beso.
Salí del estudio. En el dormitorio me puse un liguero negro, medias finas y un par de zapatillas con tiras. Encima me puse una falda recta y una blusa sin sostén. Me pinté los labios de un rojo agresivo. Me perfumé el cuello, el escote y entre las piernas. Cuando volví al estudio, Joaquín se mordió el labio.
—Siempre quise ser la secretaria que se cogen en la oficina —le dije apoyándome en el escritorio—. Hoy vos sos mi jefe.
—Sentate, entonces.
—¿Dónde, licenciado? No hay silla.
—Acá.
Se señaló el regazo y me alzó por las caderas. Me senté sobre él sin metérmela, sintiendo la verga firme contra el surco de las nalgas, moviéndome despacio para que se desesperara. Lo escuché gemir contra mi oreja.
—Qué culona sos, Renata. Tu marido es un imbécil.
—Y se lo voy a hacer saber.
—Te voy a coger todas las veces que él no pueda.
Le ofrecí el escote, los pezones duros, la boca. Me la dejé deslizar dentro y empecé a cabalgar despacio, después rápido, sintiendo cómo él me apretaba el ano con un dedo mojado en saliva. Apreté los ojos y los dientes. Me gustó. Me gustó mucho.
—¿Querés que te lo abra?
—Nunca me lo han hecho. Mi marido jamás se animó.
—Entonces te lo voy a estrenar.
Me bajé del escritorio y me apoyé en el sofá del estudio, de rodillas, ofreciéndole las nalgas separadas. Joaquín se humedeció bien la verga, me masajeó el ano con dos dedos y empezó a entrar despacio. Dolió. Dolió de un modo que me hizo morder el respaldo. Pero también ardió de otro modo, más profundo, más oscuro, y me oí a mí misma pidiéndole más.
—Dale, no pares.
—Te lo dije, perra. Te lo voy a abrir entero.
Me entró centímetro a centímetro. Cuando estuvo del todo dentro, me jaló del pelo y empezó a moverse con una lentitud cuidadosa. Después aceleró. Sentí que me partía y sentí que volaba al mismo tiempo. Me hizo correr así, con sus dedos dentro de mi sexo y su verga moviéndose en lo más adentro que un hombre había llegado nunca en mí. Me corrí gritando, mordiendo el cuero del sofá, y él se vino enseguida con un rugido que sacudió todo el cuarto.
Quedamos derrumbados sobre el respaldo, sudados, mudos. Me besó la espalda. Me dijo que llevaba meses imaginándome así. Yo le acaricié la mejilla raspada y le dije que volviera, que era mío todas las veces que él quisiera.
***
Nos bañamos juntos. Comimos algo en la cocina, con él vestido de chofer otra vez y yo en bata. Me sentí, durante un par de horas, casada con otro hombre. A las seis de la tarde lo acompañé al portón. Nos despedimos con un beso largo, prometiéndonos la próxima vez que Mauricio se fuera de viaje, y mientras él subía a su moto vi unas luces a lo lejos.
Diez minutos después estaba Mauricio en la sala. Olía a alcohol y a un perfume que no era el mío. Cuando me tomó por la cintura, le vi una mancha de labial roja debajo de la oreja.
—Por lo menos limpiate antes de tocarme —le dije sin moverme.
Se quedó duro. Fue al baño. Volvió. Pidió perdón con esa voz pegajosa que ya no me conmovía.
Y entonces, sin pensarlo dos veces, le dije la verdad. Le dije que mientras él se revolcaba con esa, otro hombre se había revolcado conmigo en su cama. En su escritorio. En su sofá. Le dije que acababa de irse, que si hubiera llegado antes lo habría encontrado adentro de mí. Le levanté la falda y le mostré las marcas que todavía me ardían en las nalgas.
Se quedó blanco. No dijo nada al principio. Después me dio una bofetada que me tiró al sillón. Después otra. Me arrastró del pelo hasta el centro de la sala, me rompió la blusa, me gritó cosas que no quiero repetir. Cuando se cansó, agarró las llaves del auto y se fue. Me dejó tirada sobre la alfombra, llorando.
Me levanté como pude. Me lavé la cara. Me miré al espejo: tenía un moretón en la barbilla y los ojos hinchados. Pensé que debía sentir miedo, vergüenza, arrepentimiento. Sentí algo distinto, algo que todavía no me animo a nombrar. Me serví un vaso de leche tibia, me senté en la cocina y esperé a ver qué venía después, sabiendo que lo que se había roto esa tarde ya no se podía remendar.