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Relatos Ardientes

La casa nueva despertó algo que jamás imaginé

Por fin firmamos las escrituras. Lucía y yo llevábamos casi un año recorriendo inmobiliarias hasta que dimos con la casa indicada: un adosado de dos plantas en una urbanización tranquila, con un jardín diminuto en la parte trasera y una piscina comunitaria al final de la calle. Yo tengo treinta y cinco; ella, veintiocho. Llevamos juntos desde una clase de fotografía que compartimos en la facultad y nos casamos hace cuatro veranos. Lucía es morena, de pelo largo, con una sonrisa que siempre fue la razón por la que la gente la miraba dos veces. Tiene un cuerpo que no se esfuerza en disimular: pecho generoso, cintura estrecha, caderas que mueven cualquier vestido como si tuviera vida propia.

Yo siempre fui de los que se sentían afortunados. También de los que, en los últimos meses, notaban que algo se había vuelto rutinario en la cama. No es que faltara deseo. Es que el deseo había encontrado un cauce demasiado tranquilo, y ella, sin decirlo del todo, empezaba a buscar las orillas.

El día de la mudanza fue puro caos. Cajas hasta el techo, sudor pegado a la espalda, el camión bloqueando media calle. Los vecinos salieron a curiosear, como pasa siempre que llega gente nueva. La pareja del número siete se acercó con una botella de vino tinto y un plato de empanadas caseras. Él se llamaba Andrés, rondaba los cincuenta y tantos, alto, canoso en las sienes, con el porte de alguien que en su juventud había jugado al rugby o al baloncesto. Carolina, su mujer, era unos años más joven, rubia teñida, simpática, de las que hablan rápido y no esperan respuesta.

Al otro lado, en el número cinco, vivía don Mateo. Viudo desde hacía unos años, jubilado de una empresa de ingeniería, lo encontramos podando un rosal cuando bajamos las primeras cajas. Tenía cincuenta y ocho, gafas finas, manos grandes y esa forma calmada de mirar de quien ya no tiene prisa por nada. Nos saludó sin entrometerse y, sin que se lo pidiéramos, agarró una de las cajas más pesadas y la subió por las escaleras como si nada.

Lucía iba en pantalón corto vaquero y una camiseta blanca que el sudor le pegaba al cuerpo. No llevaba sujetador. Yo no necesité mucha imaginación para notar la línea de sus pezones marcándose contra la tela. Tampoco la necesitaron Andrés ni don Mateo, cada uno a su manera. Andrés disimulaba peor: una mirada de un segundo más de la cuenta cuando ella se agachaba a recoger algo. Don Mateo, en cambio, miraba como mira un fotógrafo: sin apuro, registrando, casi con respeto.

Lo extraño fue mi reacción. No me molestó. Sentí algo en el estómago, una corriente eléctrica, una mezcla de orgullo y de algo más oscuro que no quise nombrar todavía.

Cuando cerramos la puerta esa noche, las cajas seguían apiladas en el salón. Lucía me pasó los brazos por la cintura y me besó el cuello.

—Estoy reventada —dijo—. Y pegajosa.

—Yo también.

—¿Ducha y cama?

Ella se duchó primero. Cuando salió, envuelta en una toalla que apenas le tapaba los muslos, el pelo todavía mojado le caía sobre los hombros. Se metió desnuda entre las sábanas nuevas, todavía con el olor a pintura fresca en las paredes, y yo entré después con la piel templada por el agua tibia.

La besé despacio. Empecé por la boca, bajé por el cuello hasta el hueco entre las clavículas. Tenía la piel un poco salada todavía. Le mordisqueé el pezón izquierdo y ella suspiró, arqueando la espalda. Bajé más, recorriendo el vientre con los labios, hasta llegar a la cara interna de los muslos. Ella ya estaba mojada antes de que la tocara.

Me podría pasar horas entre sus piernas. Empecé en círculos lentos sobre el clítoris, alternando la punta de la lengua con toda la boca. Ella se removía, soltaba quejidos cortos, agarraba las sábanas. Subí el ritmo poco a poco, hasta que noté cómo sus muslos empezaban a temblar. Cuando se corrió, me agarró del pelo con las dos manos y soltó un gemido largo, ronco, que no se molestó en disimular para los vecinos que probablemente todavía no se habían dormido.

Subí besando, despacio. Le pasé la polla, dura como una piedra, por la entrada empapada. La metí poco a poco, mirándola a los ojos. Era nuestra manera favorita, la que nos gusta a los dos: lento, profundo, hablando.

—Has gritado —le dije al oído.

—¿Crees que se ha oído fuera?

—Seguro que sí.

Ella sonrió, una sonrisa pícara, y movió las caderas para encontrarse con cada empuje.

—¿Y eso te pone? Que me hayan oído.

—Más de lo que debería.

—¿Cuánto más?

No supe contestar. Solo bombeé más fuerte. Ella se rio bajito, una risa que era una invitación y una trampa al mismo tiempo.

—Andrés y Carolina nos han invitado a una barbacoa mañana —dijo, como quien comenta el tiempo—. Va don Mateo también. Y un par más del bloque de enfrente.

—Genial —contesté, intentando sonar normal y fracasando.

—Andrés no paraba de mirarme las tetas mientras cargábamos cajas. ¿Lo viste?

Aceleré sin darme cuenta.

—Lo vi.

—¿Y no te molesta?

—No.

—¿Seguro?

—Tienes un cuerpo que cualquiera mira.

—¿Y si mañana me pongo el bikini blanco? El nuevo.

El bikini blanco era prácticamente un hilo. Lo habíamos comprado en Ibiza el verano pasado y solo se lo había puesto una vez, en una cala desierta, conmigo de público.

—Póntelo —le dije.

—¿Aunque todos me miren?

—Sobre todo si todos te miran.

Lucía gimió cuando dije eso. No fue un gemido fingido. Fue un gemido nuevo, uno que no había escuchado antes, y se le escapó como se le escapa a alguien una verdad.

Cambiamos de postura. Ella se puso a cuatro y yo me coloqué detrás. No usamos anticonceptivos hormonales y, esa noche, ninguno de los dos quería interrumpir el momento para buscar algo en una caja sin desempacar. La penetré entera, hasta el fondo. Ella enterró la cara en la almohada y se tocó con la mano libre, marcando su propio ritmo mientras yo marcaba el mío.

—Imagínate —le susurré, atreviéndome—. Imagínate que Andrés te ve mañana en el bikini.

—Sigue.

—Imagínate que se acerca a hablarte. Que te ofrece una cerveza fría y se queda demasiado cerca.

—Sigue, joder.

—Y que tú dejas que se quede.

Ella se corrió en cuanto solté esa frase. Un orgasmo intenso, sin freno, con un grito que sonó a desahogo de algo guardado durante mucho tiempo. Yo aguanté unos segundos más, salí justo a tiempo y me corrí sobre sus nalgas, sobre la curva baja de su espalda, manchando las sábanas nuevas.

Nos quedamos los dos boca arriba, jadeando, mirando el techo blanco que todavía tenía marcas del rodillo.

—¿Qué ha sido eso? —preguntó ella.

—No lo sé.

—¿Te ha gustado decirlo?

—Demasiado.

Ella se giró de lado y me miró fijamente. Tenía los ojos brillantes, el pelo revuelto, las mejillas todavía rojas.

—¿Y si yo digo que también me ha gustado escucharlo?

Tragué saliva.

—Entonces tenemos un problema.

—¿O una posibilidad?

No contesté. Ella se levantó, se puso una camiseta mía vieja sin nada debajo y bajó a la cocina a buscar agua. La oí abrir la nevera. La oí volver. Se metió entre mis brazos y se quedó dormida en cuestión de minutos.

Yo no me dormí enseguida. Me quedé escuchando los ruidos de la casa nueva: el zumbido de la nevera, las cañerías acomodándose, alguna risa lejana de otra ventana. Pensé en Andrés mirándola. Pensé en don Mateo cargando la caja por las escaleras y en cómo había sostenido la mirada un instante de más cuando Lucía le ofreció un vaso de agua al terminar.

Una posibilidad.

***

Por la mañana me levanté antes que ella. Bajé entre cajas sin abrir, me preparé un café fuerte y salí al jardín en pijama. Don Mateo estaba al otro lado de la valla, regando los rosales con una manguera vieja. Me saludó con la mano libre.

—¿Primera noche? —preguntó.

—Sí. Hemos dormido como troncos.

Sonrió, una sonrisa amable, sin malicia aparente.

—La casa es buena. Mi mujer y yo vivimos aquí treinta años. Va a ser feliz aquí, su mujer. Tiene cara de saber disfrutar.

Lo dijo con tono neutro, sin segundas. Y, sin embargo, algo en la frase me dejó un cosquilleo en la nuca.

—Gracias.

—La barbacoa es a las dos. Traigan apetito.

Volví adentro. Lucía bajaba las escaleras en ese momento, con la camiseta mía y los pies descalzos. Se acercó, me besó en la boca con sabor a sueño y a pasta de dientes, y me preguntó por el café.

—¿Sigue en pie lo del bikini blanco? —dijo después del primer sorbo.

La miré. Tenía un cerco rojo en el cuello que yo le había dejado la noche anterior.

—Sigue en pie.

—¿Y lo que hablamos? —añadió, sin mirarme.

No le contesté con palabras. Apoyé la taza en la encimera, la abracé por detrás y le susurré al oído algo que ninguno de los dos volvió a repetir esa mañana, pero que los dos teníamos clarísimo.

Mientras subía a vestirse, escuché a Carolina en la calle saludando a alguien. Escuché a Andrés sacar el coche del garaje. Escuché a don Mateo cerrar la verja del jardín y dejar la manguera enrollada con la calma de quien tiene todo el día por delante.

La casa era nueva. El barrio era nuevo. Y algo me decía, mientras enjuagaba las dos tazas en el fregadero, que nosotros también estábamos a punto de serlo.

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Comentarios (5)

Lucrecia_BA

Buenisimo!!! de los mejores que lei ultimamente en esta categoria

Tomi_Capital

Por favor seguí, quedé con ganas de saber como terminó todo...

NocheViajera

me recordó algo parecido que me paso cuando me mudé hace unos años. estas cosas pasan mas seguido de lo que uno cree jajaja

AlexMdp27

tremendo, muy bien narrado

CeroMiedoCba

Me enganchó desde el primer párrafo. Sigue escribiendo!!

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