Lo que hacía con mi vecino mientras mi marido viajaba
Mi marido y yo vivíamos en un conjunto residencial a una hora de la capital, en una de esas urbanizaciones nuevas donde todas las fachadas se parecen y los vecinos terminan conociéndose a la fuerza. Tengo treinta y un años, dos hijas pequeñas y un matrimonio que, hasta ese verano, jamás había tenido un problema en lo sexual. Daniel —así se llama mi esposo— trabajaba en una empresa de logística en el centro y el tráfico de la autopista era tan brutal que llevábamos casi dos años con el mismo arreglo: él dormía entre semana en un departamento cerca del trabajo y volvía los viernes a la noche. Los lunes salía antes del amanecer.
Nuestros viernes y sábados eran intensos. Daniel llegaba cansado pero con muchas ganas, y yo lo esperaba peinada, depilada y con la ropa interior que él había aprendido a reconocer como una invitación. Hacíamos el amor dos veces por noche, a veces tres, y cada lunes a la madrugada me quedaba sola en la cama con un ardor que no se iba con ducha tibia ni con ejercicio.
Para el miércoles ya no aguantaba. Me masturbaba pensando en él, mirando alguna foto vieja, escuchando algún audio que me había mandado. Pero la masturbación nunca rendía lo mismo. Yo necesitaba peso encima, manos que apretaran, una boca que mordiera, una respiración ajena en el cuello. Eso fue exactamente lo que me volvió vulnerable cuando empezaron los saludos con Sebastián.
Sebastián vivía dos pisos arriba. Veintiséis años, casi un metro noventa, hombros de nadador y unos ojos color caramelo que se demoraban un segundo más de la cuenta cuando me hablaba. Era amable con todos en el conjunto, pero conmigo había algo distinto desde el principio. Nos cruzábamos en el ascensor, en el pasillo, en el parqueadero, y siempre encontraba la manera de despedirse con un beso en la mejilla. Al principio era un beso normal, de vecindad. Después empezó a apoyar la mano en mi cintura cuando se inclinaba. Más adelante, su nariz me rozaba la sien y se quedaba ahí un instante, respirándome.
Yo me empapaba. Literalmente. Cada vez que me cruzaba con él en la mañana, llegaba al apartamento con la ropa interior arruinada. Y él lo sabía. Lo sabía por la forma en que yo dejaba de hablar a mitad de una frase, por cómo se me ponía la voz dos tonos más grave cuando le respondía, por las miradas que se me iban directo a la entrepierna del pantalón cuando subía las escaleras delante de mí.
Un jueves por la tarde bajé a sacar la basura. Sebastián venía entrando del trabajo con una bolsa del supermercado y una flor en la mano. Una rosa blanca, fuera de toda lógica. Y un helado de pistacho con almendras, que era exactamente el sabor que yo me compraba siempre en el kiosco de la esquina.
—Para la mujer más linda del edificio —dijo, y me lo extendió como si fuera lo más natural del mundo.
—¿Cómo sabías que es mi sabor favorito? —pregunté, con la voz que ya no me obedecía.
—El sabor del helado tiene que parecerse a la mujer. Algo dulce, algo intenso, algo que no se olvida aunque pase el tiempo.
No supe qué responder. Él se inclinó para despedirse con el beso de siempre, pero esta vez se desvió. La mitad de su boca aterrizó sobre la mitad de la mía. No hubo lengua, no hubo presión, pero hubo intención. Se separó con cara de circunstancia, murmuró un «perdón» que no sonaba a perdón, y salió casi corriendo hacia el ascensor.
Yo subí al apartamento con la rosa, el helado y un temblor en las piernas que apenas me dejaba caminar. Dejé las cosas en la cocina, me encerré en el baño y me bajé el pantalón con la mano todavía pegajosa del helado derretido. Me masturbé pensando en él, en cómo sería su sexo, en cómo me lo pondría en la boca. Me corrí en menos de dos minutos. No tenía vuelta atrás.
***
El viernes me levanté antes de las siete. Las niñas estaban en el colegio hasta el mediodía. Daniel no llegaba hasta la noche. Me bañé despacio, me afeité entera, me puse un short de algodón sin ropa interior debajo y una camiseta vieja sin sostén. A las ocho y media en punto, como si estuviera coordinado, sonó el timbre.
Abrí. Era él, con la camisa del trabajo y la cara de quien viene a disculparse por algo que en el fondo no lamenta. No lo dejé hablar. Lo tomé del cuello de la camisa, lo metí dentro del apartamento, cerré la puerta con el pie y le comí la boca. Esta vez sí con lengua, con mordiscos, con todo lo que llevaba acumulado desde el lunes a la madrugada.
Sebastián reaccionó en segundos. Me apretó las nalgas con las dos manos, me levantó hasta sentarme en la mesa del recibidor y me arrancó la camiseta de un tirón. Mis pechos quedaron al aire y él se inclinó sin preámbulo a chupármelos. No los acariciaba, los mordía. Me apretaba los pezones entre los dientes hasta que yo le pedía que parara y entonces me los lamía despacio, como pidiendo perdón.
Le bajé el cierre del pantalón con torpeza. Cuando le metí la mano dentro del bóxer y sentí lo que tenía, casi me río de los nervios. Era una verga gruesa, caliente, con un pulso propio que palpitaba contra mi palma. Me arrodillé ahí mismo, en el recibidor, sin pensarlo dos veces.
Le bajé el pantalón hasta las rodillas y, cuando salió erecta, me quedé un segundo mirándola. Veinte centímetros largos, gruesa, recta, con una vena gorda que la recorría por debajo. La cabeza ya tenía una gota brillante. Saqué la lengua y la lamí con la punta antes de metérmela entera en la boca.
Lo mamé con una urgencia que ni yo me reconocía. Le tomaba los testículos con una mano y con la otra le agarraba la base. Subía y bajaba con la boca, le pasaba la lengua por la vena de abajo, me lo metía hasta el fondo de la garganta hasta que se me llenaban los ojos de lágrimas. Sebastián se sostenía contra la pared con una mano y con la otra me agarraba el pelo, sin tirar, solo guiando.
—Me voy a venir —avisó con la voz ronca.
No me aparté. Apreté más fuerte, succioné con todo y sentí en la lengua el primer disparo caliente. Después otro. Otro más. Cinco en total, espesos, salados, que tragué sin pensarlo. Le dejé el sexo limpio y todavía duro, y me levanté con una sonrisa.
—Ven —le dije, tomándolo de la mano—. Esto recién empieza.
Lo llevé al dormitorio. Mi cama, la cama que compartía con Daniel los fines de semana. Lo terminé de desnudar empujándolo hacia atrás, hasta que cayó sobre las sábanas. Me saqué el short despacio, mirándolo, y me trepé sobre él al revés, con mi sexo encima de su cara y su verga otra vez frente a mi boca.
El sesenta y nueve duró lo que duró mi resistencia. Sebastián me comió como si no hubiera comido en meses. Me pasaba la lengua entera por la raja, me chupaba el clítoris hasta hacerme temblar, me metía dos dedos a la vez que mordía. Y en algún momento, sin que yo lo viera venir, sentí un dedo más bajando hasta el ano y entrando despacio.
Me corrí encima de su boca con un grito que seguro escucharon dos pisos abajo. Las piernas me empezaron a temblar solas. Antes de que terminara de recuperar el aliento, él me volteó, se acomodó entre mis muslos y me la metió de una sola estocada. Toda. Hasta el fondo.
—Carajo —se me escapó.
Empezó a moverse con una cadencia que iba creciendo. Yo le abría las piernas hasta donde daban, le rodeaba la espalda con los talones, le pedía que me la metiera más fuerte y más adentro. Él me agarraba las muñecas contra la almohada, se inclinaba sobre mí y empujaba con todo el peso del cuerpo. Cada embestida me sacaba un gemido nuevo. Lo insultaba, le rogaba, le decía que me rompiera, que no parara nunca.
Cogimos así por más de media hora. Cuando finalmente se vino, sentí su corrida tibia mezclándose con la mía dentro de mí, y la sensación me arrancó un último orgasmo. Quedamos los dos boca arriba, jadeando, con las sábanas empapadas y el techo dándome vueltas.
Nos dormimos un rato. Cuando me desperté, él ya estaba jugando con mi cuerpo otra vez. Tenía la cara entre mis nalgas y la lengua trabajando en lugares donde nadie había estado antes, excepto Daniel. Me chupaba el ano con paciencia, lo humedecía, lo abría. Después se levantó, fue a la cocina y volvió con una botella de aceite de oliva. Me dedicó largos minutos a prepararme con los dedos. Uno, después dos, después tres.
—Te la voy a meter por acá —me anunció, con esa voz baja que ya conocía—. Avísame si te molesta.
Me puso en cuatro. Lo sentí apoyar la punta y empujar despacio, milímetro a milímetro, esperándome. Cuando estuvo todo adentro se quedó quieto un momento, dándome tiempo a que mi cuerpo lo absorbiera. Y después empezó a moverse.
Era distinto a cuando lo hacía con Daniel. Sebastián tenía menos práctica conmigo pero más paciencia. Salía despacio y entraba con fuerza, justo como yo lo necesitaba. Yo me frotaba el clítoris con la mano, le pedía que no parara, le abría las nalgas con la otra mano para que entrara aún más profundo. Veinte minutos así, hasta que se vino adentro mío y yo me corrí por tercera vez en la mañana.
Quedamos pegados, sudados, riéndonos como dos adolescentes a los que casi atrapan. Él se quedó un rato más en la cama, acariciándome la espalda, antes de bajar a su apartamento a ducharse y vestirse para no llegar tarde a una reunión.
***
Esa rutina duró seis meses exactos. Sebastián subía cada mañana entre las ocho y las diez, después de que las niñas se iban al colegio. Los lunes y los viernes lo hacíamos dos veces, una con él en la mañana y otra a la noche con Daniel. Los sábados y domingos eran de mi marido, sin culpa, sin distracciones, con la misma intensidad de siempre.
Daniel nunca sospechó nada. Yo lo seguía recibiendo los viernes con el pijama corto y la sonrisa de siempre, le seguía haciendo sexo oral en la ducha, le seguía pidiendo que me tomara por detrás en la madrugada. Mi vida sexual con él no decayó ni un día. Si acaso, mejoró: yo llegaba a los fines de semana con energía acumulada de una manera distinta, más segura de mi cuerpo, más atrevida en lo que pedía.
Lo que terminó la aventura no fue ni la culpa ni el descuido. Sebastián consiguió un traslado por trabajo a otra ciudad y se mudó en marzo. Nos despedimos una última vez en mi cama, sin dramatismo, agradeciéndonos lo que habíamos compartido. Le di un beso largo en la puerta, le deseé suerte y cerré.
Todavía pienso en él de vez en cuando, sobre todo los miércoles, cuando la cama vacía me pesa más. Pero nunca lo busqué, nunca le escribí, nunca dejé que ese capítulo se manchara con un capítulo de más. Fueron seis meses inolvidables y eso es lo que tienen que ser: seis meses, no siete, no un año.
Mi marido sigue siendo el amor de mi vida. Pero a veces, mientras él me toma fuerte un viernes a la noche y yo me corro debajo de él, se me cruza por la cabeza una imagen rapidísima del vecino del cuarto piso, de esa rosa blanca y de ese helado de pistacho derretido en el balcón.