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Relatos Ardientes

La compañera que me vio cerrar la biblioteca

La tarde anterior había sido una imprudencia, y yo lo sabía mientras subía las escaleras del edificio con el café en la mano. Trabajo en la biblioteca del segundo piso, esa que casi nadie pisa después de las dos, y el día anterior había cometido la estupidez de cerrar la puerta con llave para estar a solas con Camila. Apagué las luces, corrí las cortinas del fondo y me convencí de que nadie se había dado cuenta. Esa misma convicción la cargaba conmigo al entrar al pasillo de oficinas esa mañana.

Me equivocaba.

Renata me esperaba en el cruce de las dos pasarelas, con una carpeta apretada contra el pecho y esa sonrisa lateral que le había visto solo dos o tres veces, siempre dirigida a otros. Tiene veintinueve años, es de las más altas del piso, y tiene una manera de pararse —con un pie ligeramente adelantado, los hombros echados hacia atrás— que obliga a mirarla aunque uno no quiera. Esa mañana se inclinó para darme un beso en la mejilla, demasiado lenta para ser un simple saludo, y antes de retirarse me habló al oído.

—Espero que a mí también me toques un buen pedazo de esa polla tuya, eh.

Lo dijo sin alterar la voz, casi con ternura, y se fue caminando hacia su escritorio como si me hubiera comentado el clima. Yo me quedé pegado al piso, con el café enfriándose entre los dedos, intentando procesar lo que acababa de escuchar. Lo había visto todo. Tenía que ser eso.

Tardé veinte minutos en sentarme frente a mi computadora sin temblar. Justo cuando empezaba a respirar, sonó el teléfono interno. El número que aparecía en la pantalla era el suyo.

—Mateo, soy Renata. ¿Tenés un minuto?

—Sí, decime —contesté, intentando que la voz no se me quebrara.

—Ayer vi cómo cerrabas la puerta de la biblioteca. Vi quién entró antes y a la hora que salió. Sé perfectamente que te la cogiste ahí adentro, sé cómo la tenías arqueada contra el mostrador, y sé también que si lo cuento, mañana ya no trabajás más acá. ¿Estamos?

El silencio que siguió fue uno de esos en los que uno escucha el zumbido de los tubos fluorescentes. Apreté el auricular contra la oreja como si pudiera filtrarse alguien más en la conversación.

—Estamos —dije.

—Bueno, no te preocupes. Yo no soy de las que arruinan vidas por gusto. Pero quiero algo a cambio.

—¿Qué querés?

—Lo mismo que le metiste a ella. Quiero tu verga adentro, Mateo. Quiero que me cojas hasta que no pueda caminar.

Lo soltó con la misma naturalidad con la que se pide un café. Después se rió bajito, una risa contenida, y agregó algo más antes de cortar.

—A las dos en punto bajo con la excusa de pedirte un libro. Para esa hora la biblioteca tiene que estar vacía. Vos cerrás la puerta como ayer, apagás las luces y hacés exactamente lo que te pida. Ni una palabra más, ni una menos.

—Bueno —alcancé a decir antes de que colgara.

Me quedé mirando el teléfono como si me hubiera mordido. Era un chantaje en regla, y al mismo tiempo era la propuesta de una mujer que el resto del piso miraba de reojo desde hacía dos años. Renata era esa clase de persona a la que uno saluda con corrección sin pretender nunca que el saludo se transforme en otra cosa. Tenía dueño, según el rumor, y a juzgar por su trato con los hombres del edificio nadie habría apostado un peso a que se interesaría en alguno de nosotros. Y ahí estaba: amenazándome con destruirme y proponiéndome lo mismo que yo había buscado tantas veces sin atreverme.

No tengo salida. Y, además, no quiero tenerla. Ya se me estaba poniendo dura debajo del escritorio de solo imaginarla arrodillada.

***

El reloj de la sala de lectura tiene un tic-tac que normalmente no escucho. Esa tarde se me metió en la cabeza desde la una y media. A las trece cuarenta y cinco todavía había seis personas leyendo: dos estudiantes con apuntes desplegados, una señora con un libro de jardinería y tres pibes haciendo un trabajo en grupo. Me acerqué al mostrador, golpeé suavemente el timbre y me planté frente a la sala con la voz más firme que pude armar.

—Disculpen, vamos a cerrar el sector unos minutos para mantenimiento del sistema. Reabrimos a las tres y media. Si pueden ir guardando, se los agradezco.

Hubo algún resoplido, alguna mirada incómoda, pero en cinco minutos la sala estaba vacía. Cerré con llave la puerta del corredor, dejé entornada solo la principal y volví detrás del mostrador. Me lavé las manos en la pileta del fondo, me acomodé la camisa y me miré dos segundos en el reflejo del vidrio del armario. Estaba pálido. Tenía la verga hinchada apretándome contra la tela del pantalón, marcándose de costado como una vergüenza que no podía disimular. Las dos cosas a la vez.

Renata apareció a las dos en punto, puntual hasta la exageración. Llevaba una falda corta, gris, que le tapaba apenas medio muslo, y una blusa blanca con la trama lo suficientemente fina como para dejar adivinar el corpiño de encaje y la sombra oscura de los pezones. Cuando se acercó al mostrador me sonrió como si viniera de verdad a consultar el catálogo, y cuando me incliné para saludarla, me besó en la comisura de los labios y me metió la punta de la lengua un segundo en la boca.

—Cerrá —dijo, sin perder la sonrisa.

Fui hasta la puerta, hice girar la llave dos veces y volví. Apagué los plafones del techo y el sector quedó iluminado solo por la lámpara baja del acervo, esa luz amarilla que vuelve cualquier cosa más íntima de lo que debería ser. Quise apagarla también, por reflejo, pero ella me detuvo con la voz antes de que llegara al interruptor.

—Esa no. Quiero verte la cara cuando te la mame.

Me quedé quieto a mitad de camino. Renata avanzó dos pasos, apoyó la carpeta sobre la mesa de lectura y caminó hacia mí con la calma de quien sabe exactamente cuánto tiempo tiene. Cuando estuvo a mi altura me puso una mano abierta sobre el pecho, me apoyó contra el costado del estante y me buscó el bulto con la palma. Apretó despacio, midiéndome por encima de la tela, y sonrió cuando sintió lo que tenía adentro.

—Mirá cómo estás. Ni te tuve que tocar.

Me desabrochó el botón del pantalón con dos dedos y me bajó el cierre con una sola maniobra, sin dejar de mirarme a los ojos. Me sacó el cinturón, me bajó el pantalón hasta la mitad de los muslos, y después el bóxer. La verga saltó afuera dura, apuntándole a la cara, con la punta ya brillante de una gota que se había escapado sola. Ella me la agarró con la mano izquierda, la sopesó, la apretó despacio en la base y me dedicó un silbido bajo.

—Ahora entiendo por qué te seguía Camila —murmuró—. Con razón.

Se arrodilló sin apuro sobre el piso frío de la biblioteca. No hizo ningún comentario teatral, ningún gemido para impresionar. Me pasó la lengua ancha por la base, la fue subiendo despacio por todo el largo, y me dio un beso húmedo en la punta antes de abrirme la boca y tragarme entera de una sola vez. Sentí cómo me chocaba contra el fondo de su garganta y me quedé sin aire. Con la mano derecha se desabotonaba sola la blusa, botón por botón, sin apuro, mientras seguía moviendo la cabeza adelante y atrás. Yo apoyé las dos manos contra el estante porque las rodillas no me sostenían del todo.

Su boca era exigente y precisa, alternaba el ritmo, se detenía a propósito cuando sentía que yo estaba por perder el control. Me sacaba la verga, la escupía, se la restregaba por la cara y por las mejillas, se la volvía a meter hasta el fondo y me miraba desde abajo con los ojos vidriosos para que yo la viera atragantándose. Con la lengua me trabajaba la punta en círculos, me pasaba los labios apretados por todo el largo, y con la mano libre me agarraba los huevos y me los amasaba despacio, calibrándolos como si midiera cuánto le iba a dejar adentro. En un momento dejó de mirarme y se concentró en tragar. Le bajé el corpiño con cuidado y las tetas se le derramaron afuera, dos tetas firmes con los pezones parados y morenos que se me quedaron a la altura de la mano. Se separó solo lo justo para terminar de quitárselo, se pasó mi verga por en medio de las tetas apretándolas contra ella, y después volvió a su tarea sin pedirme permiso. Una de sus manos viajó entre sus propias piernas, por debajo de la falda. Me di cuenta cuando empezó a moverse en círculos contra ella misma, todavía arrodillada, los hombros tensos, la respiración cada vez más corta, gimiendo con la boca llena.

—Levantate —le pedí, apenas.

Se incorporó despacio, con esa misma sonrisa torcida del pasillo, un hilo de saliva colgándole del mentón hasta el pezón izquierdo. La tomé por la cintura, la giré contra la mesa de lectura y la besé como si llevara meses esperándolo. Quizás los llevaba. Su boca tenía un gusto a café, a labial barato y a mí, y me terminó de derretir. Le bajé el cierre lateral de la falda y dejé que cayera sola sobre el suelo. Debajo no tenía casi nada: una tanga negra, también de encaje, empapada. Se la corrí a un costado con el pulgar sin sacársela y le pasé dos dedos por el coño. Estaba deshecha. Tan mojada que se me resbalaron los dedos hasta la muñeca de un solo movimiento.

—Puta madre —murmuró, mordiéndome el cuello—. Me tenés así desde que te vi tomando café.

Le arranqué la tanga de un tirón. Le importó tres carajos.

—Sentate acá —le dije, palmeando la madera.

Se sentó en el borde de la mesa, separó las rodillas y se inclinó hacia atrás apoyándose en los codos. Me arrodillé yo esta vez. La probé sin avisarle, con la lengua plana primero, arrastrándola de abajo hacia arriba por toda la raja hasta el clítoris. Estaba caliente y me llenó la boca de un gusto ácido, salado, absolutamente suyo. Me quedé chupándole el clítoris con los labios cerrados, tirándolo apenas, y después con la punta de la lengua, buscando el ritmo que hacía que respirara más fuerte. Le metí un dedo, después dos, curvándolos hacia adelante hasta encontrar el punto que la hacía saltar sobre la mesa. Ella se agarraba el pelo con una mano y con la otra se apretaba una teta, se pellizcaba el pezón, se lo torcía como si le quisiera hacer doler.

—Ahí, ahí, no pares, hijo de puta —jadeó bajito—. Ahí.

Le clavé la lengua adentro, la saqué, se la volví a poner en el clítoris. Mientras la chupaba sentí cómo le subía el primer espasmo por los muslos, cómo se le contraían las piernas alrededor de mi cabeza. Se mordió el dorso de la mano para no gritar y me apretó la cara contra el coño, corriéndose en mi boca con unos temblores largos que le sacudieron el vientre. Por la puerta del pasillo se escuchaban pasos lejanos. Le seguí lamiendo despacio hasta que se relajó, y después le di un beso húmedo en el hueso de la cadera.

—Vení —pidió, con la voz cortada, todavía temblando—. Ahora metémela.

Me incorporé. Le abrí más las piernas, me acomodé entre ellas y me pasé la punta de la verga por la raja empapada, arriba y abajo, hasta que ella misma me arqueó las caderas para tragárseme. Entré despacio, observando cómo se le cerraban los ojos cuando me sentía completo dentro suyo, cómo se le abría la boca sin sonido. Estaba tan mojada que me la chupaba entera de un envión. La tomé del cuello, sin apretar, y empecé un movimiento lento que ella respondió clavándome los talones en la parte baja de la espalda, tirando para adentro.

—Más —jadeó—. Metémela toda, cogeme fuerte, no me tengas lástima.

Le agarré las caderas con las dos manos y empecé a coger en serio. La mesa crujía un poco con cada empuje, las patas rayaban el piso. Le miraba las tetas rebotarle con cada envión, los pezones parados que se movían al ritmo, la boca abierta buscando aire. A mí me daba vértigo y placer en partes iguales. Le puse el pulgar en la boca y ella me lo chupó como si fuera otra verga, mirándome fijo con los ojos entrecerrados.

—Más fuerte —repitió, escupiendo el pulgar—. No tengas miedo, más fuerte, rompemela.

***

La levanté en peso sin sacársela, con las piernas todavía enroscadas en mi cintura, di tres pasos y la apoyé contra el borde de la estantería más alta. Le indiqué que se agarrara de los estantes superiores y se puso en punta de pie, con el culo respingado hacia mí. Le pasé la mano por la columna, se la fui bajando, le abrí las nalgas con las dos manos para verme entrando y saliendo de ella. Tenía el coño rojo, hinchado, brillante alrededor de mi verga cada vez que la sacaba hasta la mitad.

Desde esa posición la tomé por la cadera y la penetré de nuevo, ahora sin contemplación, hasta el fondo, con un envión que le sacó un gemido corto. Renata empezó a empujarse contra mí, hacia atrás, marcando ella el ritmo, meneándome el culo en la cara. Cada golpe hacía un ruido húmedo, obsceno, que rebotaba en las paredes vacías del sector. Los libros temblaban en sus baldas. En la oficina de arriba se escuchó una silla arrastrarse y los dos nos quedamos quietos un segundo, conteniendo la respiración, con la verga metida hasta el fondo y sin moverse, antes de seguir riéndonos en silencio.

—Mirame —le dije al oído, sin dejar de embestirla.

Giró la cabeza apenas, lo justo para que nuestras bocas se encontraran de costado. Me chupó los labios, la lengua, me mordió el labio de abajo. Le pasé la mano libre por el vientre, después más abajo, y le encontré el clítoris con dos dedos. La acaricié al mismo ritmo que la embestía, en círculos, apretándoselo. No le costó nada llegar otra vez. Esta vez no se mordió: dejó escapar un quejido grave, de garganta, que tuvo que sostener entre los dientes para que no escapara del sector. Le sentí el coño cerrarse alrededor de mi verga, apretarme, chuparme para adentro con espasmos pequeños que me hicieron ver estrellas.

—Esperá —jadeó, separándose un instante, agarrándome la verga con una mano para que no me le volviera a meter—. Quiero algo más. Quiero probar algo.

Se inclinó hacia adelante, apoyó los codos en una de las baldas inferiores y arqueó la espalda, ofreciéndome el culo. Sin dejar de mirarme por encima del hombro, se llevó dos dedos a la boca, los humedeció con saliva y se los pasó por el ojete, en círculos. Se metió uno, después el otro, se los sacó, se los volvió a meter, mirándome fijo.

—Acá. Despacio. Hace mucho que no me lo hacen.

Le obedecí. Me escupí la mano y me la pasé por la verga hasta que quedó bien resbaladiza. Después le escupí el ojete y le pasé los dedos por encima, calmándola. La preparé con la misma paciencia con que ella me había desarmado al principio, primero con un dedo, empujando hasta el nudillo y sacando, escuchando cómo cambiaba el ritmo de su respiración, después con dos, abriéndola de a poco. Ella respiraba largo, controlado, se relajaba a propósito.

—Ya —dijo—. Metémela.

Le apoyé la punta contra el orto y empujé apenas. Renata cerró los puños contra la balda, apoyó la frente en la madera y exhaló largo. Entré con cuidado, milímetro a milímetro, deteniéndome cada vez que sentía que se tensaba. Sentía cómo me apretaba, cómo el anillo se me cerraba alrededor de la verga, cómo cedía de a poco. Cuando por fin le entré hasta la base me quedé quieto, con las manos en su cintura, esperando que se acostumbrara.

—Puta madre, qué grande la tenés —susurró, con los ojos cerrados—. Movete. Despacio.

Después fue ella, otra vez, la que empezó a moverse hacia atrás, meneándose contra mí. Le sostuve la cintura con las dos manos y la dejé manejar el ritmo. Al principio apenas, un vaivén corto, y después con más ganas, tragándome entera y devolviéndomela. Cuando bajé una mano al frente y volví a acariciarle el clítoris mientras se lo cogía por atrás, le tembló todo el cuerpo. Le metí dos dedos en el coño al mismo tiempo, sintiendo mi propia verga a través de la pared, y se le escapó un gemido largo que esta vez no pudo callar del todo. Empecé a embestirla más fuerte, resbalándome dentro y fuera de su culo con un chapoteo húmedo, mientras con los dedos le trabajaba el coño en el mismo ritmo.

—Me voy a correr de nuevo —jadeó, casi enojada—. Puta madre, me voy a correr otra vez.

Y se corrió. Se corrió con el culo apretado como un puño alrededor de mi verga, chorreándome la mano de una humedad tibia que me bajó por la muñeca, mordiéndose el brazo para no gritar. Yo aguanté como pude, pero sentirla acabar así, con esas contracciones profundas ordeñándome, me hizo perder el control.

—Voy a terminar —le advertí, con los dientes apretados.

—En mi boca —dijo, sin pensarlo, todavía temblando—. Sacámela y meteméla en la boca. Quiero verte la cara.

Me retiré justo a tiempo. Ella se giró, se dejó caer de rodillas otra vez frente a mí y abrió la boca con esa misma sonrisa torcida del principio, la lengua afuera, las tetas colgándole libres. Apenas me tocó con la lengua, apenas cerró los labios alrededor de la punta, y me largué. Le vacié la primera corrida directo en la boca, y ella la aguantó con la lengua estirada para que la viera bien. La segunda le cayó en la mejilla y le colgó del mentón. La tercera se la puse en las tetas, apretándome la verga con la mano y sacudiéndola contra ella. Después no me acuerdo bien de los detalles: solo de haberme apoyado con una mano contra el estante para no caerme, de haber sentido el vacío en las piernas, y de haber escuchado mi propia respiración rebotando en el techo bajo del sector.

Cuando recuperé el aire, ella seguía arrodillada, mirándome desde abajo con los ojos brillantes. Se pasó dos dedos por la cara recogiéndose la corrida de la mejilla, se los llevó a la boca, y se los chupó despacio, sin dejar de mirarme. Se pasó el dorso de la mano por los labios, se limpió las tetas con la palma y se lamió la mano. Se incorporó sin apuro y me besó en la boca. Sabía a mí. No me importó.

—Qué bien cogés —dijo, todavía con la respiración entrecortada—. Mejor de lo que imaginaba.

—Vos imaginabas, entonces —contesté, intentando sonreír.

—Hace meses. Cada vez que te veía subir con el café, pensaba en lo que acabás de hacerme.

***

Se vistió despacio, sin pudor, mientras yo me acomodaba la camisa frente al vidrio del armario. La tanga estaba rota, tirada al pie del estante. La recogió, la miró un segundo, la guardó en el bolsillo interno de su carpeta y se rió cuando me vio mirarla.

—Souvenir —dijo, encogiéndose de hombros.

Me terminé de subir el cinturón en silencio. Todavía intentaba ordenar lo que acababa de pasar: el chantaje, el riesgo, el placer ridículo que me había dejado las piernas inútiles y la verga sensible dentro del pantalón. Ella se acercó al mostrador, se acomodó el pelo en el reflejo y me habló sin mirarme.

—Mateo, esto no se repite acá. Una vez fue una vez. La próxima vez la pago yo. Hay un hotel a tres cuadras, sobre la avenida, donde nadie nos va a conocer. Sábado por la tarde, si tenés ganas. Si no tenés, también está bien: no voy a decir nada de ayer ni de hoy. No soy así.

—¿Y por qué hiciste todo esto, entonces? —pregunté—. ¿Por qué armarlo como un chantaje si después me dejás elegir?

Se giró para mirarme. Por primera vez desde la mañana, la sonrisa se le había borrado del todo.

—Porque vos no te ibas a animar a decirme que sí de otra forma. Y yo necesitaba que pasara. Aunque sea una vez.

Se llevó la carpeta al pecho como esa misma mañana, caminó hasta la puerta y esperó a que le abriera. Cuando giré la llave y le dejé el paso libre, me dio un beso rápido en la mejilla, como cualquier compañera de trabajo, y se fue por el pasillo con el mismo paso firme con el que había llegado.

Me quedé un rato apoyado contra el marco de la puerta, mirando el sector vacío. El reloj marcaba las tres menos cuarto. En cuarenta y cinco minutos volverían los estudiantes, la señora del libro de jardinería, los tres pibes del trabajo en grupo. La biblioteca olería a libros viejos y a desinfectante, como siempre. Nadie sabría nada. En la mesa de lectura quedaba una mancha húmeda que sequé con papel antes de que se notara.

Sábado a la tarde. Hotel sobre la avenida.

Encendí las luces del techo, abrí las cortinas del fondo y me senté detrás del mostrador a esperar la reapertura. Tenía la respiración todavía entrecortada, el gusto de ella en la boca, y una sospecha muy concreta de que esa no iba a ser la última vez que cerraría la puerta con llave en horario de trabajo.

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Comentarios(7)

Cata_Rosario

Buenisimo!!! me quede enganchada hasta el ultimo renglon

ElPlayero

Por favor que haya segunda parte, esto no puede quedar ahi asi nomas

MalenaDK

Esa tension del principio cuando cruzan la mirada... lo senti en el pecho. Muy bien narrado

Nestor_BA

Siempre me atrapan los relatos con ese morbo de quien sabe y quien no. Excelente!

RocioBaires

La dinamica entre los dos esta tan bien escrita, se siente real. Segui asi!

Rulox88

tremendo jaja, no me lo esperaba asi

Marta_Rios

Me hizo recordar situaciones donde alguien te tiene en un puño y vos no podes hacer nada... esas cosas te cambian. Genial relato, espero mas

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