La noche en que mi mejor amiga me dijo la verdad
—¿Desde cuándo? —repito, esta vez más alto, intentando hacerme oír por encima del silencio brutal que ha provocado mi pregunta.
—¿Desde… cuándo… qué?
La voz de Daniel sale a trompicones, como si tantease en la oscuridad. Su seguridad de siempre se ha esfumado y el espectáculo resulta lamentable: lo veo con una rodilla en el suelo y la otra mano agarrada al marco de la puerta, igual que si estuviera ensayando la pedida de matrimonio de un octogenario.
El cosquilleo del vino y de los porros se ha evaporado del aire, dejando un vacío denso, doloroso. Lo envidio. Si de algo tengo ganas es de salir de esta casa con un portazo sonoro.
Una frialdad nueva se adueña de mi cuerpo, como si me hubieran metido bajo una ducha helada sin avisar.
—¿Desde cuándo te follas a mi mejor amiga? ¿Desde cuándo le metes la polla a Bárbara?
La cara de Daniel pasa del blanco al rojo intenso sin escalas intermedias. Se levanta de golpe, movido por un resorte que no le conozco, y queda erguido como un soldadito de plomo recién pintado. Solo le falta bajar la cabeza a modo de saludo militar.
En lugar de eso, lo veo envararse.
—¡Lucía! ¿Qué tonterías estás diciendo? Entiendo que te haya molestado la broma de antes, pero eso no te da derecho a soltar semejante barbaridad. Soy tu marido, y ella —señala con la barbilla a Bárbara— es tu mejor amiga.
Hay algo en su tono condescendiente que reconozco como una vieja melodía. Lleva años hablándome así, y nunca lo había escuchado tan claro como ahora.
—¿Derecho? ¿Que no tengo derecho, dices? —grito.
Daniel toma aire de forma ruidosa antes de volver a hablar.
—Lucía, tranquilízate —susurra, conciliador—. Has bebido demasiado y los porros te han sentado mal. Vamos al salón y hablamos esto como adultos.
Por un segundo, sus palabras me hacen dudar. Pero el efecto dura lo que tarda mi cabeza en procesarlas. La rabia de que me trate como a una niña descontrolada me empuja a acortar la distancia que nos separa y darle un empujón con todas mis fuerzas.
El cuerpo de Daniel, que en cualquier otra ocasión apenas habría retrocedido, choca contra la pared opuesta del estrecho pasillo. Lo he pillado con la guardia baja.
—¡Contesta, joder! ¿Desde cuándo os estáis follando? ¿Desde cuándo se la metes en el coño a mi amiga?
Veo en sus ojos un destello primario, animal, un instante de querer revolverse. Es la primera vez en quince años que se lo noto. El destello se apaga rápido y alza las manos con las palmas abiertas hacia mí.
—Cariño…
—¡Cariño, una mierda, Daniel! —arranco la mirada de él y la clavo en mi «querida» mejor amiga—. ¡Contestadme!
Mentarle a la madre, esa víbora con perlas y rebeca de cachemira, no le sienta nada bien. Cambia el tono y se le tensan los hombros.
—Estás actuando como una loca —dice con enfado—. La maría te ha provocado un brote. Lo que estás diciendo no tiene ningún sentido. Si no podemos hablar como personas civilizadas…
—Nos hemos acostado una vez, Lucía.
La voz de Bárbara corta el discurso de Daniel como una guillotina. Él se gira hacia ella tan rápido que casi le oigo crujir el cuello, sin dar crédito a lo que acaba de escuchar.
—¿Pero qué mierda dices? —espeta, con los ojos a punto de salirse de las órbitas.
—La verdad —responde ella con una calma que me hiela—. Nos hemos acostado una vez. Hemos follado dos veces y me he corrido cuatro. Una de ellas con un cunnilingus glorioso en el que tu marido puso todo su empeño.
—Y no era mi cumpleaños, ni nuestro jodido aniversario, ni un domingo de luna llena —añade, mirándome directamente—. Fue un jueves por la tarde, en el sofá de mi salón, con la persiana medio bajada. Me arrancó las bragas con los dientes. Me abrió las piernas como quien abre un libro y me chupó el coño hasta que me corrí a chorros en su boca. Después me follaste, Danielito. Boca abajo, agarrándome de las caderas, gimiendo como un cerdo. Y cuando terminamos, aún no habías salido de mí y ya me estabas diciendo que te la chupara para que se te volviera a poner dura. Y te la chupé. Y te empalmaste. Y me follaste otra vez.
Me toca a mí abrir la boca y dejarla colgando. El golpe ha sido tan preciso que casi escucho el eco de los cristales rotos tras la detonación de una bomba de calibre pesado.
Lo primero que siento es una victoria absurda: no estaba loca. Lo que llevaba meses oliendo, lo que mis tripas me gritaban cada vez que interceptaba una mirada entre ellos, era cierto. Pero la victoria dura un latido. Después llega el vacío.
El detalle del cunnilingus es la firma del pintor. Bárbara y yo lo hablábamos todo. Cuando digo todo, incluyo que Daniel se negaba al sexo oral salvo en ocasiones señaladas: una efeméride, un cumpleaños, alguna vez en que se sintiera muy generoso. Lo presentaba como un regalo, como una limosna. Me abría las piernas con desgana, me lamía dos veces el clítoris con la punta de la lengua, subía la cabeza y decía «¿ves qué buen marido tienes?». Que yo se la chupase a él, en cambio, no tenía calendario. Se corría en mi boca, en mi cara, en mis tetas cada vez que le apetecía, sin preguntar, sin dar las gracias.
Una cosa que con el paso de los años había dejado de importarme, ahora se enciende delante de mis ojos como un cartel de neón. Bárbara ha tenido lo que a mí me negaba. La lengua entera hundida en el coño. El empeño. Las ganas. La boca abierta de par en par comiéndosela, chupándole los labios, metiéndole los dedos mientras la lamía. Todo eso a mí no. A ella sí.
—Eres una hija de puta —insulta Daniel, más por sorpresa que por convicción.
Bárbara, con una calma que me alucina, se saca un paquete de tabaco del bolsillo lateral del pantalón y enciende un cigarrillo. La primera calada parece saberle a gloria bendita.
—En algún momento —responde, expulsando el humo— os teníais que enterar.
La frialdad de sus palabras me descoloca. Me doy cuenta de que no los conozco. De que estoy sola en este pasillo con dos desconocidos.
—¿Por qué, Bárbara? —me sale un hilo de voz que me cuesta sacar.
La decepción es tan grande que dudo si podré seguir hilando palabras con sentido. La traición de él es el golpe brutal. La de ella es el dolor inmenso que viene después.
Bárbara mira el cigarrillo entre sus dedos y sonríe con una tristeza profunda. Después levanta la vista del humo y la posa en mí.
—Porque no había otra manera.
—¡No te creas ni una palabra de lo que dice! —salta Daniel, intentando avanzar hacia mí—. ¡Te juro que está mintiendo! No sé qué pretende, pero…
—No jures, anda —respondo, apartándome de su alcance—. No me humilles más.
En sus ojos veo terror. Por primera vez, terror de verdad.
—¡Joder, Lucía! ¿Vas a creerla a ella antes que a tu marido? Te lo repito, es mentira. Qué…
—¿Quieres que le describa la polla, Daniel? —lo interrumpe Bárbara, con una sonrisa cínica—. ¿Le cuento que tienes un lunar en el huevo izquierdo? ¿Que se te pone rojo el glande cuando estás a punto de correrte? ¿Que gritas «me corro, joder, me corro» tres segundos antes y que empujas hasta el fondo para vaciarte dentro? ¿O prefieres que te tape yo la boca, como te la tapé a ti aquella tarde para que los vecinos no te oyeran gemir?
Daniel se queda blanco. La descripción es demasiado precisa. Yo la escucho sin poder cerrar la boca, porque cada detalle es una punzada. El lunar. El glande rojo. El «me corro, joder». Las mismas palabras que llevo quince años oyéndole en la oreja. Idénticas.
—Como también es mentira que el banco se va a quedar con la casa de la sierra —aporta Bárbara con otra calada parsimoniosa—. ¿A que sí, Danielito?
La cara de mi marido se transforma. Si abre un poco más los ojos, terminan en el suelo.
—Ah, vaya —comenta ella, sarcástica—. Ese detalle también se te ha olvidado contárselo.
Entonces todo sucede como a cámara rápida.
Daniel se gira hacia Bárbara con la rabia desbordándose por todo su ser. En dos pasos acorta la distancia y se planta delante de ella con el pecho hinchado.
—¡Zorra mentirosa! —escupe, fuera de sí.
Daniel le saca a Bárbara una cabeza larga. En cualquier otra circunstancia parecería suicida que ella se atreviera a plantarle cara. Pero, en un parpadeo, Bárbara deja caer el cigarrillo, retrasa una pierna, le agarra con el brazo contrario el cuello y lanza la pierna que había movido hasta clavarle la rodilla en el estómago.
Me llevo las manos a la cara mientras Daniel se desploma encogido, dando bocanadas para llenar de aire unos pulmones que se niegan a colaborar.
—Tranquilito, vaquero —recomienda Bárbara con la respiración acelerada—. Esa pose de macho no te va a servir conmigo. Mientras estás ahí abajo, piensa muy bien lo que vas a decir cuando recuperes el aliento. Puedo ser la bicicleta del barrio, pero como me vuelvas a llamar mentirosa, la siguiente patada va a tus huevos. Y ya sé lo que te gusta usarlos conmigo, con tu mujer y con todas las otras tías a las que te has follado desde que estás con ella.
—Cuéntaselo tú, Daniel —sigue Bárbara, sin apartar el pie del suelo—. Cuéntale lo de la becaria del despacho a la que te tirabas los viernes en el archivo. Cuéntale que la ponías de rodillas y le corrías en la cara. O lo de la comercial de la editorial, esa a la que te follaste en el baño del hotel de Málaga mientras Lucía te esperaba en la habitación con el vestido nuevo. ¿Sigo? Porque puedo seguir. Tengo la lista entera. Me la dio ella misma, dos copas de vino y un tercer whisky, y me la enumeró con nombres, apellidos y posturas.
Los ojos se me llenan de lágrimas que no puedo contener. Bárbara me mira. Su expresión va más allá del disgusto de la traición. Cuenta una historia entera sin necesidad de palabras. Son los retales que rellenan unos huecos que ni siquiera sabía que tenía.
Recuerdo cuando, de pequeña, me pusieron las gafas por primera vez. La sensación casi mágica de nitidez, de descubrir que el mundo tenía contornos definidos y no esa bruma que yo creía normal. Lloré de alegría cuando vi las hojas individuales de un árbol.
Ahora, con los cristales nuevos que Bárbara me ha encajado a martillazos, vuelvo a ver un mundo distinto. También lloro. Esta vez de tristeza. De entender que he estado viviendo una vida difuminada, creyéndome una versión maquillada de la realidad que no he sabido —o no he querido— ver.
—¿Por qué has hecho todo esto? —pregunto, con la voz quebrada de llanto y dolor—. ¿Por qué así? ¿Por qué dejando que te metiera la polla?
Bárbara se encoge de hombros con ese gesto suyo que ha usado mil veces desde que la conozco, ese que reemplaza la frase estoica «las cosas son así».
—Porque estás ciega, Lucía —responde, tranquila—. Y porque necesitaba una prueba que no se pudiera desmontar. Una foto se retoca. Un mensaje se borra. Pero mi coño, con su corrida dentro, no lo puede negar. Que le pregunte al condón que tiré en la papelera de mi baño. Y a las sábanas, que aún deben oler a él.
Me golpea la coincidencia de palabras con mi pensamiento sobre las gafas. Una chispa más de la conexión que siempre hemos tenido las dos. El miedo a perderla como amiga me muerde el alma y me arranca otro latigazo de dolor.
—¿Y no había otra forma de decírmelo que acostándote con… ese? ¿Que abriéndole las piernas y dejando que se corriera dentro de ti?
Sin querer, mi mirada se va al despojo que sigue intentando recuperar el aliento en el suelo. El hombre al que hasta esta noche había considerado lo más importante de mi vida. Solo me produce asco.
—Siempre, de una forma u otra, se dispara al mensajero —dice ella, resignada—. El amor ciega y ensordece a quien lo padece. Y tú, Lucía, lo estabas con todas tus fibras. Lo hubieras perdonado.
—Eso es una tontería. Si me lo hubieras dicho, simplemente…
Bárbara niega con la cabeza.
—Es un manipulador nato. Te tiene comiendo de su mano desde el día uno. Te conozco. Eres como la hermana que nunca tuve. Lo habrías perdonado. Eso es así. Pero, como también te conozco, sé que jamás vas a poder perdonarlo después de haberse acostado conmigo. Ni a mí tampoco.
—Lo sé, y tú lo vas a saber en cuanto pienses en ello a partir de hoy. Habría hecho lo que siempre hace: te habría engatusado con milongas de arrepentimiento, con frases de bolero, con que sus deslices no significaron nada. Pero acostándose conmigo, sabiendo el daño que eso te haría, esa carta ya no la puede jugar. Y tú tampoco. No hay forma de reparar esto. Era el único modo de romper el hechizo de mierda en el que te tenía.
—Y te aseguro una cosa, Lucía —añade, mirándome fijamente—. No lo disfruté. No como te crees. Se la chupé pensando en ti, en la cara que se te iba a poner cuando te lo contara. Le abrí las piernas mordiéndome la lengua para no gritarle a la cara lo poco hombre que es. Me hizo correrme dos veces con la boca y otras dos con la polla, sí, pero cada gemido fue una traición a mí misma. Cada vez que empujó dentro de mí, me repetía: es por ella, es por ella, es por ella. Y cuando terminamos, me metí en la ducha y estuve media hora frotándome hasta que la piel me quedó roja. Porque, aunque su semen se fuera por el desagüe, la culpa no.
Tengo una bola en la garganta que no me deja respirar. Que no me deja pensar. El oxígeno se niega a llegarme al cerebro. Las piernas me tiemblan y me agarro al marco de la puerta para no caer de bruces.
—Todo en la vida tiene un precio —continúa—. Yo lo pago a gusto si con eso consigo que abras los ojos de una puta vez y los mantengas abiertos. Aunque eso signifique que me odies.
—Ni te voy a pedir perdón, ni lo espero. Porque no sería sincera, como siempre lo he intentado ser contigo. Para pedir perdón de verdad, primero hay que arrepentirse. Y yo no me arrepiento. Lo volvería a hacer sin pestañear. Volvería a abrirle las piernas a este hijo de puta las veces que hicieran falta con tal de sacarte del pozo.
—Siento el daño que te he hecho, eso por descontado. Te quiero, Lucía. Siempre lo haré. Pero precisamente por eso, tenía que hacerlo.
Sus palabras son losas que me emparedan.
—No escuches a esta loca, cariño —oigo a Daniel desde lo que parece otra dimensión—. Vámonos de aquí. Podemos arreglarlo. Solo déjame explicarte…
Por fin se ha levantado y hace otro intento de acercarse a mí.
—¡Cállate! ¡Cállate! —le aúllo, alejándome y tapándome los oídos en un intento infantil de despertarme de esta pesadilla.
—¡¿Ves lo que has conseguido?! —le grita Daniel a Bárbara—. ¡Puta loca!
La rabia le borra la memoria reciente y vuelve a olvidar la facilidad con la que Bárbara lo ha tumbado hace un minuto. Esta vez no es ella quien lo frena, sino Iván, que ha aparecido en el pasillo de no sé dónde, como un fotograma injertado.
—¡Quítate de en medio, que nadie te ha dado vela en este entierro! —gruñe Daniel entre dientes, intentando soltarse del agarre de su compañero—. Con una mujer no puedo responder, pero a ti te puedo partir la cara…
La risa de Bárbara está tan fuera de lugar que me eriza la piel.
—Suéltalo, a ver de qué es capaz el machito —escupe ella, acercándose otra vez—. El mismo machito que se corrió en mi boca en menos de tres minutos la segunda vez. Menudo semental.
—¡Parad! Los dos —corta Iván, interponiéndose entre ellos.
Le dedica a Bárbara una mirada de reproche absoluto sin soltar a Daniel, al que sujeta del brazo con una fuerza inesperada.
El pensamiento me llega como un trago de agua fría en un día caluroso. No puedo pensar más. Ni siquiera quiero intentarlo. Solo necesito una cosa, y la poca fuerza que me queda se concentra en pedirla.
—Sácame de aquí, Iván. Por favor.
No sé de dónde ha salido la frase ni por qué se la he dicho a él. Tal vez porque en un mundo en el que las dos personas en las que más confiaba acaban de desaparecer bajo mis pies, un casi desconocido me ofrece más certidumbre que cualquier rostro familiar. Tal vez porque, ahora mismo, Iván es el único tablón que ha quedado flotando tras el naufragio de mi vida.
—¿Qué coño dices? —se gira Daniel—. Nos vamos de aquí, sí. Pero los dos. Tenemos que hablar de todo esto cuando lleguemos a casa.
Sus palabras son otra bofetada de realidad. Soy yo ahora quien se planta delante de él, con la cara congestionada a centímetros de la suya.
—Tú no tienes casa —siseo—. Tú no tienes esposa. Y tú no tienes abogado. Así que te recomiendo que busques uno cuanto antes. Porque tú y yo ya no tenemos nada, grandísimo hijo de puta. Y tu polla, esa polla que llevas quince años metiéndome creyendo que me hacías un favor, te la vas a meter tú solo por el culo esta noche y todas las que te queden. Porque a mí no me la vuelves a acercar en tu puta vida.
La perplejidad de Daniel ante mi exabrupto es digna de Óscar. Como si no supiera de qué le estoy hablando. Como si acabase de aterrizar y no recordase nada.
—¿Iván? —vuelvo a dirigirme a él—. Por favor…
Iván echa otra mirada al cuerpo todavía a medias del suelo y luego a Bárbara. Su expresión es la misma de quien acaba de descubrir que han escupido en su sopa. De un empujón seco aparta a Daniel y abre paso con su cuerpo para que pueda salir de aquel infierno desatado.
—Vámonos —dice, simplemente.
Antes de encaminarme hacia las escaleras alcanzo a ver la cara de Bárbara. De sus ojos almendrados cae una lágrima que contrasta con su sonrisa resignada.
«Por fin», me parece leer en sus labios, aunque no haya sonado.