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Relatos Ardientes

Fui a su cama mientras ella jugaba lejos

Esto pasó hace un par de años. Lo escribo ahora porque hay cosas que uno no olvida aunque quiera, y esta en particular merece cada detalle. Me gusta ser precisa cuando cuento algo. Quiero que quien lee lo sienta, que esté ahí.

Marcos, el esposo de Sonia, mi mejor amiga, me mandó un mensaje un martes por la tarde. Que ella tenía un torneo deportivo del sindicato de su empresa ese jueves, que se iría a otra ciudad desde temprano y regresaría entrada la noche. Que si no quería hacerle compañía. Ya habíamos estado juntos un mes antes, en otras circunstancias, y los dos sabíamos que eso no había sido un accidente.

Le dije que no quería volver a ser infiel a mi marido. Que lo que había pasado la primera vez fue un desliz y que no estaba bien. Él insistió durante dos días, con mensajes que llegaban a horas distintas, pacientes, sin presión. Yo me hice del rogar porque en el fondo sabía que iba a ceder. Finalmente le dije que sí, con dos condiciones que los dos ya conocíamos: discreción absoluta y mensajes borrados.

Pedí permiso en mi trabajo para ese jueves. Saqué una cita en el dentista para tener un comprobante en caso de que Rodrigo, mi marido, preguntara. No pensaba ir al dentista. El jueves por la mañana, cuando Rodrigo salió y me avisó que había llegado, me metí al cuarto y me preparé despacio. Me puse una tanga de encaje negro, mis jeans más ajustados, una blusa con escote. Tacones. Metí en la bolsa lo que siempre cargo para esas ocasiones: un par de juguetes y un babydoll blanco que todavía no había usado. Salí veinte minutos después.

La casa de Marcos estaba al final de un camino de terracería apartado, de esos que solo conoce la familia. Entré al camino como él me indicó. El portón estaba abierto. Metí el coche y él salió a cerrarlo detrás de mí.

Bajé antes de que terminara de cerrarlo. Entré sola a la casa y lo esperé en la sala.

Cuando entró, me levanté del sillón. Se acercó sin decir nada y me besó.

—¿Cómo estás? —preguntó luego, separándose apenas.

—Nerviosa —dije.

—Yo más —admitió. Me dijo que estaba más nervioso que la primera vez. Le dije que era normal, que a mí también me temblaban un poco las manos, y que eso era parte de todo. Sin más palabras, nos acercamos y volvimos a besarnos, ahí de pie en el centro de su sala.

Me apretaba la cintura, las caderas. Me recorría la espalda con las manos mientras me besaba el cuello y la oreja. Sentí cómo me encendía sin prisas. Nos fuimos desplazando solos hacia el pasillo, hasta la puerta del cuarto. El cuarto donde él y Sonia dormían juntos.

Le dije que se pusiera cómodo, que yo entraba al baño un momento.

Saqué de la bolsa el liguero, el babydoll y las medias. Me quité la ropa, me puse todo despacio, me acomodé frente al espejo. Cuando salí, él ya estaba desnudo sobre la cama. Había sacado del cajón de la mesita de noche varios juguetes. Los de Sonia.

Me miró de arriba abajo sin decir nada. Luego señaló el tocador.

—Ponte su perfume.

Estaba ahí, en su lugar habitual. Lo tomé, lo olí un segundo, y me lo apliqué por el cuello, los hombros, el escote. Me quedé de pie frente a él con ese aroma que conocía desde hacía años, desde mil veces que había abrazado a mi amiga. Sentí algo extraño en el estómago. No era culpa exactamente. Era otra cosa.

Me subí a la cama. Empecé besándole el pecho, bajé por el estómago, volví a subir hasta la boca. Me preguntó si se la iba a chupar. Le dije que si él quería. Me dijo que se la mamara como se la hacía a Rodrigo, su amigo, el que jugaba fútbol con él cada domingo. Eso me encendió más de lo que esperaba.

Me recogí el cabello, tomé su pene entre las manos y empecé despacio: primero los testículos, con la lengua, sin apurarme. Subí por el tronco, lo tomé con la mano derecha y lo metí en la boca. Él puso las palmas en mi cabeza, empujó suave al principio, luego con más fuerza. Yo le daba lo que pedía y algo más.

—¿Quién lo hace mejor, ella o yo? —pregunté en un momento, separándome apenas.

Me dijo que Sonia casi no lo hacía, y que cuando lo hacía se notaba que le disgustaba. Le dije que cómo era posible. Se encogió de hombros.

Me senté encima de él. Empecé a moverme sin meterlo, dejando que rozara la entrada. Me pedía que lo metiera. Yo le decía que tenía que cuidarse. Insistió, dijo que si no éramos amigos de confianza. Me reí. Le dije que podía quedar embarazada. Me besó con fuerza y, mientras nos besábamos, aparté la tanga con la mano y lo metí de un solo movimiento.

Lo sentí todo. Me quedé quieta un segundo, luego empecé a moverme despacio, con las manos apoyadas en su pecho. Fui subiendo el ritmo hasta darme los sentones que él había disfrutado la primera vez. Me apretó los senos por encima del babydoll, me los sacó del escote y pellizcó los pezones. Me daba nalgadas abiertas que resonaban en el silencio del cuarto.

En algún momento me preguntó si era verdad lo del sexo anal, si Rodrigo me lo hacía seguido. Le dije que sí, que era algo que los dos disfrutábamos mucho, que él me había enseñado. Marcos me dijo que Sonia se negaba siempre. Que decía que esa parte era de salida y no de entrada.

—¿Quieres intentarlo? —le pregunté.

Dijo que sí en voz baja, como si lo sorprendiera el propio deseo.

Bajé de él. Me puse en cuatro sobre la cama con las caderas altas y le dije que tenía que ser muy cuidadoso, que lubricara bien. Me apliqué saliva con los dedos. Él hizo lo mismo y metió el pulgar poco a poco, siguiendo el ritmo de mi respiración. Cuando sintió que estaba lista, tomó uno de los vibradores de Sonia y lo usó para seguir abriéndome. Lo movía adentro y afuera despacio mientras yo mordía la almohada.

Le pedí que parara. Que era momento del suyo.

Entró con cuidado al principio. Luego fue tomando ritmo, embistiéndome con más ganas a medida que sentía que yo pedía más. Gemía de una manera que no había escuchado en el turno anterior, más profundo, más entregado. Se notaba que era algo que casi no había vivido. Le pedí que siguiera, que no parara.

Le pedí que se recostara. Me senté sobre él dándole la espalda, fui bajando despacio hasta tenerlo todo adentro. Apoyé las manos en sus rodillas y empecé a moverme. Luego me recliné hacia atrás hasta quedar apoyada en su pecho, con las piernas estiradas al frente. Sus manos aferraron mis caderas. Nos movíamos los dos al mismo tiempo.

No tardó mucho en esa posición. Se puso más duro, me tomó fuerte de la cintura y me preguntó si podía terminar ahí. Le dije que donde quisiera. Acabó con un gemido que no trató de callar.

Me quedé quieta unos segundos, luego me incorporé despacio y fui al baño.

***

Cuando salí, él ya tenía puesta la pijama y me extendió una bata. Era de Sonia, larga, de tela suave. Me la puse sin pensarlo. Fuimos juntos a la cocina.

Me dijo que me sentara, que él hacía el desayuno. Le dije que nada de eso. Mientras él ponía agua a calentar para el café, yo saqué huevos del refrigerador, encontré la sartén y empecé a cocinar. Lo hicimos así, en silencio cómodo, en la cocina de mi mejor amiga, con yo puesta su bata y su perfume todavía en la piel.

Comimos sentados en la barra. Me habló de su matrimonio con una calma que me pareció más triste que el enojo. Que llevaban semanas sin tocarse, que él se sentía invisible en su propia casa, que ella siempre estaba ocupada o distraída. Lo decía sin rencor. Solo con ese cansancio que no tiene remedio fácil.

Yo le conté que con Rodrigo nos llevábamos bien, que en lo sexual no me quejaba, que en casa nos repartíamos todo. Me escuchó con atención. Nos terminamos el café.

—¿Quieres el segundo? —le pregunté.

Me llamó golosa. Le sonreí. Me preguntó si así era siempre o solo con él. Le dije que siempre, y era verdad.

Me quité la bata despacio. El babydoll blanco apareció debajo. Él dejó la taza sobre la barra.

Me abrí de piernas desde el banco alto donde estaba sentada. Se arrodilló frente a mí, corrió la tanga y empezó con la lengua. Apoyé una pierna en su hombro y le tomé la cabeza con las manos. Llevaba rato sin venirme en el turno anterior y tenía ganas acumuladas. Su lengua se movía despacio, con paciencia, sin saltar etapas.

Cuando se levantó y me penetró de pie, casi nos caímos los dos del banco. Me sostuvo fuerte. Me cargó así hasta la sala sin salir de mí y se sentó en el sillón con yo encima. Nos besamos de frente mientras yo me movía sobre él. Me apretaba los senos, me miraba a los ojos.

Cuando sentí que estaba muy cerca le pedí que no parara. Me puse en cuatro sobre el sillón. Me tomó de la cintura desde atrás y me cogió hasta que me vine con la cara hundida en el cojín, mordiéndolo para no gritar.

Él todavía no había terminado.

Lo volteé y le pedí que abriera las piernas. Le di la espalda, me apoyé en sus rodillas y me fui sentando sobre él en el ano, despacio. Mi cuerpo ya lo conocía. Me moví un rato así, me recosté sobre su pecho. Nos movimos juntos hasta que me dijo que quería seguir en el cuarto.

Me alzó sin esfuerzo y me dejó caer sobre la cama. Me dijo que quería verme con ropa de Sonia. Le advertí que yo tenía más cadera y más pecho que ella, que probablemente nada me quedaría. Lo intentamos igual. El sujetador no cerró. El babydoll de ella no llegaba a cubrirme el ombligo. Los dos nos reímos.

Encontramos una tanga que se amarraba a los costados. Esa sí me quedó. Me la puse y me paseé por el cuarto con las manos en la cintura. Me miró como si fuera la primera vez que me veía.

Se sentó al borde de la cama. Tomó uno de los vibradores de Sonia, lo encendió y lo introdujo despacio en mi vagina mientras me besaba los senos. Lo movía adentro y afuera. Yo gemía y pedía más. Después usó la tela de la tanga para rozarme el clítoris, abriéndola y cerrándola despacio, hasta que no aguanté.

Le pedí que me la metiera ya. Me dijo que primero se la mamara.

Me puse de rodillas frente a él. Lo tomé con la mano izquierda y lo metí en la boca. Me lo pasaba por la lengua, me lo frotaba en la mejilla, mirándome todo el tiempo. Cuando abrí la garganta y lo tragué hasta el fondo, puso la mano en mi nuca con firmeza. Sus caderas se movieron solas.

Lo saqué y me levanté. Me apoyé con las manos en el tocador de Sonia, frente al espejo. Sin quitarme la tanga, él la corrió y entró desde atrás. Nos veíamos en el espejo mientras se movía: yo doblada sobre el tocador, sus manos en mis caderas, las dos caras a centímetros la una de la otra. Me pidió que lo mirara a él en el espejo. Lo miré.

Cuando dijo que ya no aguantaba, lo llevé de la mano a la cama y me subí encima. Lo guié con la mano y empecé a moverme, primero despacio, luego más y más rápido. Sus manos apretaban mis muslos. Yo le pedía que no parara.

Acabó dentro. Lo sentí claramente, caliente y definitivo.

Bajé de él y fui al baño. Cuando volví, ya estaba recogiendo cosas de la cama.

Tendimos las sábanas juntos, acomodamos los juguetes en el cajón, abrimos las ventanas para que se ventilara el cuarto. Yo lavé los platos del desayuno mientras él limpiaba la barra. Lo dejamos todo como lo habíamos encontrado.

Me vestí en el baño. Le devolví la bata de Sonia. Él me acompañó al portón.

—¿Cuándo nos vemos? —preguntó cuando subí al coche.

—No lo sé —le dije. Y era verdad.

Nos despedimos con un beso en la mejilla. Salí por el camino de tierra y manejé de vuelta a mi casa con su olor todavía en la piel y la tanga de mi amiga doblada en el cajón de él, esperando.

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Comentarios (3)

CrisLectora

Increible!!! me quedé sin palabras al terminar de leerlo

JaviNocturno

Por favor seguí con esto, no me puedo quedar sin saber cómo termina. Segunda parte!!

NatyRBsAs

Uf, esa tension desde la primera línea me atrapó completamente. Muy bien escrito

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