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Relatos Ardientes

Lo que nadie supo de aquella noche de Halloween

Valeria llegó al departamento en septiembre, transferida desde otra sucursal. Morena, bajita, con caderas anchas y una sonrisa que podías notar desde el otro extremo de la oficina. Era de esas personas que llenan el espacio sin proponérselo, y los hombres lo sabíamos desde el primer día.

Me obsesioné con sus pies casi de inmediato. Llegaba con sandalias en verano, con botas en invierno, siempre perfectamente cuidados. Subía fotos a Instagram bailando en clases de contemporáneo, con medias de red o en zapatillas, y yo me quedaba mirando más de lo que debía.

Al principio nos hablábamos lo justo. Era extrovertida con todo el mundo pero selectiva de verdad, y yo no entraba todavía en ese círculo. Lo que cambió fue descubrir que los dos escuchábamos el mismo tipo de metal. Un día pusieron música en la sala de descanso y yo cambié la canción. Ella levantó la cabeza y dijo: «ese grupo los vi en vivo el año pasado». A partir de ahí nos empezamos a buscar.

El problema era que siempre aparecía alguien. Cada vez que nos quedábamos solos en la cocina o en la sala de juntas llegaba un compañero a cortarnos el momento. Y yo ya sabía que Valeria era casada, aunque no lo pareciera: le daba entrada a los hombres que le caían bien, hablaba con soltura, reía fuerte. No llevaba casi nunca el anillo al trabajo.

***

La primera vez que estuvimos realmente solos fue en un viaje a Monterrey para un curso de certificación. Fuimos en mi coche. En el camino platicamos de cosas que no se hablan en la oficina: su familia, sus años de universidad, cómo se había casado a los veintidós porque era lo que tocaba en ese momento. Yo escuchaba y pensaba que esa mujer era más complicada de lo que aparentaba.

De regreso paramos a cenar en un lugar de carretera. Compartimos una tabla de antojitos y vino barato. En un momento tomé un trozo y se lo acerqué a la boca; ella hizo lo mismo conmigo.

—Tienes salsa en la comisura —le dije.

—¿Cuál? —respondió, buscándosela con el dedo.

—Esta —me acerqué y le di un beso en la comisura de los labios. No en la boca. Casi.

Se quedó quieta un segundo y luego soltó una carcajada nerviosa. Diez minutos después, ya en el coche, me besó ella a mí. Sin aviso, inclinándose desde el asiento del copiloto. Fue un beso largo, con presión, con intención. Sonó su teléfono y se separó.

El resto del viaje fue en silencio, pero un silencio que pesaba de otra manera. Cuando la dejé frente a su edificio se quedó un momento sin bajar del coche.

—Me la pasé muy bien —dijo al fin.

—Yo también —respondí.

Me besó de nuevo, más despacio esta vez, con la mano apoyada en mi hombro. Luego abrió la puerta y bajó sin volver a mirarme.

—Que nadie sepa esto —dijo desde afuera, antes de cerrar.

—Confía en mí —le dije.

***

Lo que siguió después fueron semanas de esa tensión específica que solo existe cuando dos personas saben que van a terminar juntas pero todavía no han dado el paso. Nos buscábamos en la oficina. Si llegaba alguien, Valeria cambiaba el tema o directamente les cortaba el paso. Nos besábamos en el pasillo de la bodega cuando todos estaban en sus mesas. Una vez me empujó contra la pared del cuarto de impresoras y me dio un beso que me duró todo el día.

Un compañero me dijo que no era la primera vez que ella hacía esto, que había visto cosas. Yo no le pregunté más. Sabía en qué me estaba metiendo y de todas formas no me importó.

***

La fiesta de Halloween la organizaron Valeria y Mónica, del área de finanzas. Iban a hacerla en el apartamento de Mónica, un piso amplio cerca del centro. Al principio no tenía muchas ganas de ir, pero Valeria empezó a subir historias probándose disfraces y me cambió el plan por completo.

El que eligió al final era de reina vampiresa: un vestido ajustado en negro y rojo que le marcaba cada curva, escote pronunciado, y en los pies unas sandalias de tacón con tiras finas que dejaban ver casi todo. Se había pintado los labios de un rojo oscuro que hacía juego con el disfraz. Cuando la vi llegar me costó no quedarme mirando fijo.

—Te ves increíble —le dije tomándola de la cintura.

—Ya lo sé —respondió, y me besó en la mejilla dejando un rastro de labial.

Bebimos. Bailamos un rato con el grupo. Después de varias cervezas y un par de rondas de mezcal, la fiesta se fue poniendo ruidosa y Valeria se sentó a mi lado en un sofá apartado del salón principal.

—¿Va a venir Roberto? —pregunté. Roberto era su marido.

—No, él tiene una reunión con unos amigos.

Le puse las piernas encima de mi regazo. Lentamente le deslicé la sandalia del pie derecho y empecé a acariciarle el empeine con el pulgar.

—Oye —dijo. Pero no retiró el pie.

—Los tienes perfectos —le dije.

—Me gusta cuidarme.

Seguí acariciándole el pie, luego el tobillo, luego la pantorrilla. Fui subiendo despacio, sin apuros. Cuando llegué al borde de la falda ella respiró diferente.

—Alguien nos puede ver —susurró.

—Vamos arriba.

Tomé sus sandalias del suelo y la guié hacia las escaleras. Encontramos una habitación al final del pasillo con la puerta entreabierta y entramos.

***

La empujé suavemente contra la puerta. La besé despacio al principio, luego con más fuerza. Le metí las manos debajo de la falda y apoyé las palmas en sus nalgas. Tenía la respiración acelerada.

Se apartó, me miró un segundo y se arrodilló frente a mí. Me desabrochó el pantalón con una calma que me puso más ansioso que cualquier prisa. Cuando me liberó empezó a besarme la punta, luego fue bajando, tomándose su tiempo, mirándome de vez en cuando desde abajo.

Se levantó y caminó hacia la cama. Se tumbó sin quitarse el disfraz y me esperó.

Le quité la ropa interior —una tanga negra muy pequeña— y me agaché entre sus piernas. Estaba caliente y húmeda. La saboreé despacio, escuchando cómo cambiaba su respiración con cada movimiento.

—¿Ya sabías a lo que venías, cabroncito? —preguntó entre dientes.

—Desde hace semanas —le dije.

—Se nota.

Saqué un condón, se lo di y dejé que me lo pusiera ella. La preparé un poco más con los dedos. Luego me coloqué encima y entré despacio. Estaba estrecha y caliente.

—Una sola palabra de esto y te arrepientes —me dijo apretándome el cuello con una mano y aferrando mi espalda con la otra.

—Nadie va a saber nada —respondí.

Tomé sus pies. Le quité la sandalia que le quedaba y acerqué su planta a mi cara. Tenían el calor acumulado de toda la noche, ese olor mezclado con cuero y piel limpia. Los lamí desde el talón hasta los dedos, metí la lengua entre cada uno lentamente. Ella tensó las caderas y contrajo algo adentro que me apretó entero.

—¡Así! —dijo en voz baja, conteniendo el grito—. No pares.

Aumenté el ritmo. Le tomé el tobillo con una mano y con la otra le sujeté la cadera. Ella se mordía el labio para no gritar, con el vestido revuelto y el labial corrido por un lado de la boca.

—Acuéstate —me ordenó de repente.

Rodé sobre la espalda. Ella se incorporó, abrió otro condón —los había traído en su bolso, había venido preparada— y me lo puso ella misma. Se subió encima, se tomó su tiempo para acomodarse, frotando la punta contra ella antes de dejar que entrara del todo.

Empezó a moverse con un ritmo lento y deliberado que fue acelerando. Le apreté las caderas, luego le tomé los pechos por encima del vestido. Inclinó la cabeza hacia atrás. Me enterró las uñas en el pecho cuando sintió que se acercaba.

—No pares —repitió.

Me mordió en el cuello cuando llegó. Yo llegué casi al mismo tiempo, apretando sus caderas contra mí hasta el fondo. Se quedó unos segundos quieta encima, recuperando el aire. Le acaricié la espalda en silencio.

***

La puse en cuatro. Le besé las nalgas, le pasé la lengua por los pliegues, le di una mordida suave que la hizo tensarse y aflojar al mismo tiempo. Le volví a poner las sandalias —ese contraste entre el cuero y su piel morena me alteraba más de lo que podía explicar— y me arrodillé detrás de ella.

—¿Te gustan mucho mis pies? —preguntó, mirándome por encima del hombro.

—Más de lo que debería —admití.

—Bésalos entonces.

Los besé por la planta, por encima de las correas de cuero, entre los dedos. Ella bajó la cabeza y apoyó la frente en las manos, esperando.

Abrí otro condón. La tomé de las caderas y entré lentamente, después fui aumentando la velocidad. Le jalé el cabello con una mano. Con la otra le di una nalgada que dejó un sonido limpio en la habitación.

—Más —dijo.

Le di más. Sus nalgas empezaron a enrojecerse y sus gemidos eran cada vez menos contenidos. Se aferró a la sábana con ambas manos.

—Más fuerte —pidió.

—Pide bien —le dije.

—Por favor —dijo, y eso fue suficiente.

Cuando sentí que ya no aguantaba la jalé del cabello para levantarle la cabeza y le dije al oído que estaba llegando. Ella me pidió que no fuera en la cara, que había tardado mucho en maquillarse. Me reí y lo hice de todas formas: me retiré, le giré la cabeza hacia mí y lo solté encima de su mejilla y su labio. Lo que cayó en su boca lo recogió con la lengua, sin aspavientos.

Se dejó caer de lado sobre la cama. Sonó su teléfono.

—Tenemos que bajar —dijo.

—Todavía no.

—Sí. Antes de que alguien suba a buscarnos.

—Dame tus sandalias.

—¿Qué?

—De recuerdo.

Se rió. Me dijo que no se iba a ir descalza pero que el lunes me las daba. Nos arreglamos en silencio. Le di un último beso en el pasillo antes de bajar por separado.

—Recuerda lo que te dije —me advirtió en voz baja.

—Confía en mí. Y también quiero la tanga.

—Qué pervertido.

—Solo lo justo.

El lunes llegó con una bolsa pequeña y me la deslizó en el cajón del escritorio sin decir nada. Las sandalias y la tanga negra. Cumplió su palabra.

Seguimos trabajando juntos. Los besos robados en los pasillos no han parado. Y yo ya sé muy bien lo que quiero lograr a continuación.

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Comentarios (3)

GonzaLect

tremendo relato!! me engancho desde el principio y no pude parar de leer

Matias_Sur

Buenisimo, espero que haya segunda parte. quede con ganas de saber mas

Lucho_cba

jajaja Halloween nunca fue tan entretenido je

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