La pastilla y el desconocido del sexshop
Siempre me gustó el sexo más de lo que se considera normal. Lo supe desde muy joven, cuando descubrí que pensaba en ello con una frecuencia que ninguna de mis amigas admitía. Conocí a Rodrigo a los veintidós años en la universidad, y antes de que terminara el primer mes de noviazgo ya estaba pensando en cómo cruzar esa línea con él.
No tardé mucho. A los dos meses lo convencí de pasar un fin de semana en el apartamento de un amigo, y lo que empezamos ahí no paró durante años. Me casé con él porque lo amaba, pero también porque el sexo entre nosotros era exactamente lo que yo necesitaba: sin inhibiciones, sin horarios fijos, sin límites reales.
Con los años y la rutina, eso cambia. No desaparece, pero cambia. Las tardes del domingo se volvieron predecibles. Las posiciones, conocidas. El ritual, cómodo. Rodrigo todavía me ponía, pero me faltaba algo que no sabía nombrar bien.
Cuando abrieron el sexshop a media cuadra de casa, fue él quien propuso que entráramos. Yo lo seguí con curiosidad y salí con una lista mental de cosas que quería probar. Rodrigo salió con una cajita pequeña que guardó en el bolsillo del saco sin decirme qué era.
Esa noche, mientras yo me desmaquillaba, apareció en el baño con la cajita abierta.
—Esto es para ti —dijo—. Te la tomas cuando tengas ganas y dicen que hace que todo se sienta el doble.
Era una pastilla. Pequeña, redonda, sin nombre de marca visible. La miré, la olí sin saber por qué, y la dejé en el cajón de mi mesita de noche.
—¿La pruebo ahora? —pregunté.
—Acabamos de hacerlo hace dos horas. Mañana la aprovechamos mejor.
Sonreí. Mañana.
***
A la mañana siguiente, Rodrigo salió temprano a la oficina y acordamos que volvería a las dos para comer juntos. Le mandé un mensaje a las once diciéndole lo que pensaba hacer cuando llegara, con suficiente detalle como para que no tuviera dudas.
Me bañé con calma. Me puse el conjunto de lencería que guardaba para ocasiones específicas: sujetador de encaje negro, tanga a juego, nada más. Luego me preparé un café y me senté a esperar. A las doce saqué la pastilla del cajón.
Para que todo se sienta el doble.
La tomé con un sorbo de agua y seguí con mis cosas.
A la una, empecé a notar algo. Una especie de calor que no venía del café ni de la temperatura del apartamento. Era interno. Difuso al principio, luego más concreto. Cada vez que me movía, el encaje de la tanga rozaba de una manera que normalmente no habría notado. Me levanté para ir a la cocina y el simple peso de mis pasos en el suelo ya era demasiado.
A la una y media, el calor era imposible de ignorar. Caminé de un lado a otro del salón sin saber qué hacer con esa energía que no tenía dónde ir. Me apoyé en el marco de la ventana y me di cuenta de que si seguía esperando sin hacer nada iba a volverme loca.
Agarré el teléfono y le escribí a Rodrigo.
La respuesta llegó cinco minutos después:
—Reunión de emergencia. No sé a qué hora salgo. Lo siento mucho.
Puse el teléfono boca abajo en la cama y respiré. Luego lo volví a agarrar.
***
Llamé al sexshop. No sabía exactamente qué esperaba que me dijeran, pero necesitaba hablar con alguien que entendiera el problema.
Contestó un hombre. Voz tranquila, profesional.
—Buenas tardes, ¿en qué le puedo ayudar?
—Tomé una pastilla que compré ahí ayer —dije, intentando sonar normal—. Necesito saber si hay algo para contrarrestar el efecto.
Hubo una pausa corta.
—¿Cuánto tiempo lleva tomada?
—Casi dos horas.
—Esas pastillas duran entre seis y ocho horas. No hay antídoto como tal.
Cerré los ojos.
—¿Y qué se supone que debo hacer?
—Lo mejor es acelerar el proceso —dijo—. Hay productos que ayudan a que el cuerpo libere la tensión más rápido. Si quiere, puedo llevarle una selección a domicilio y le explico cómo usarlos.
No lo pensé.
—Sí. Por favor. Soy de la calle Magnolia, número 18, piso segundo.
—En quince minutos estoy ahí.
Tardó ocho.
***
Cuando sonó el timbre ya no me importaba mucho la lógica de lo que estaba haciendo. Abrí la puerta tal como estaba: el conjunto de encaje negro, descalza, el pelo suelto. El calor en el cuerpo a esas alturas era casi visible.
Era joven. No tanto como yo esperaba. Veintiocho, quizás treinta. Llevaba una bolsa de tela con el logo del negocio y tuvo la cortesía de no mirarme de arriba abajo más de lo necesario.
—Pase —dije.
Entró, puso la bolsa sobre la mesa del comedor y empezó a sacar cosas con la calma de quien hace una presentación de trabajo: un vibrador compacto, un estimulador de succión y un frasco de aceite.
—Traje tres opciones —dijo—. Dependiendo de lo que prefiera...
—¿Cómo se llama usted?
—Lucas.
—Lucas —repetí—. ¿Puede enseñarme cómo funciona el vibrador?
Lo encendió. La vibración era suave al principio, luego más intensa cuando giró el anillo de control. Me lo extendió. Lo tomé y lo apoyé en la cara interna de la muñeca, como hacen los médicos con los termómetros.
—No es exactamente así —dijo.
—Ya sé —contesté—. Pero quería ver si usted me lo mostraba.
Lucas me miró a los ojos. Luego bajó la vista un momento, como evaluando algo. Y con una calma que me desconcertó, se acercó y apoyó el vibrador justo sobre el encaje de la tanga, sin presionar, sin insistir. Solo la vibración a través de la tela.
Tuve que apoyarme en el respaldo de la silla para no perder el equilibrio.
—¿Tiene el efecto deseado? —preguntó.
—Sí —dije—. Pero creo que voy a necesitar más ayuda que eso.
***
Lo que pasó después fue claro para los dos desde el primer momento. No hubo fingimientos ni preámbulos largos. Lucas no era un personaje sin criterio: era un hombre que entendía exactamente qué estaba pasando y que tomó sus decisiones con los ojos abiertos.
Me arrodillé en el sofá, apoyada de cara al respaldo, y cuando sentí sus manos meterse bajo la tanga y apartar la tela de un tirón lento, el aire se me quedó atorado en la garganta. Sus dedos encontraron mi coño ya empapado, caliente, listo, y no tuvo que preguntar nada para entender que yo lo quería ahí, duro, sin delicadezas. El calor de la pastilla me hacía temblar entera, como si me hubiese metido dentro de la piel una corriente eléctrica.
Lucas empezó con dos dedos, separándome bien, abriéndome para mirarme y tocarme mejor. Cuando pasó el pulgar por el clítoris sentí que las piernas se me aflojaban al instante. No era una caricia suave; era una presión directa, exacta, que me arrancó un gemido largo, de esos que salen sin permiso. Me clavé en el borde del sofá, respirando fuerte, mientras él seguía, lento solo lo justo para volverme loca.
—Así —murmuré—. No pares así.
Él respondió con un movimiento de muñeca que me hizo arquear la espalda. Luego tomó el vibrador y lo dejó apoyar sobre el mismo punto, sumando la vibración a la presión de los dedos. La sensación fue obscena de tan intensa. Mi coño palpitaba, los labios húmedos, resbalando, y cada vez que él hundía un poco más los dedos yo sentía que me abría del todo, como si el cuerpo ya no distinguiera entre placer y necesidad.
—Joder —dije, más como una exhalación que como una palabra.
Lucas no perdió el ritmo. Bajó la cabeza y me besó la parte interna del muslo, primero a un lado y luego al otro, antes de volver a meterme la lengua entre los labios de abajo. El cambio de temperatura me hizo estremecerme. Chupó con paciencia, lamiendo desde la abertura hasta el clítoris, y el sonido húmedo de su boca me llegó con una claridad brutal. Yo tenía las manos hundidas en el respaldo del sofá, los dedos blancos de apretar, mientras el cuerpo se me iba desarmando a empujones.
Le pasé el vibrador y él entendió sin que tuviera que explicar nada. Lo puso contra mi coño de forma fija, sin vacilar, mientras su boca seguía trabajando abajo. La combinación fue demasiado limpia, demasiado exacta. El primer orgasmo me explotó entero, sin aviso, con una contracción violenta que me dobló sobre el sofá y me hizo gritarle el nombre como si fuese una orden y una súplica al mismo tiempo.
Cuando me recuperé, me di vuelta y me recosté sobre el sofá. Sin que tuviera que pedírselo, Lucas se arrodilló entre mis piernas y volvió a abrirme con las manos. Esta vez fue más lento, más profundo en la forma de tocar, como si quisiera aprovechar cada reacción de mi cuerpo. Me sostuvo las caderas y se inclinó para lamerme otra vez, metiendo la lengua despacio, bordeando el clítoris, chupándolo hasta hacerme jadear. Yo le agarré el pelo con fuerza y le empujé la cara contra mi coño, no para dominarlo, sino para pedirle más, más fuerte, más sucio, sin esa cortesía que ya me estaba sobrando.
—Así me gusta —le dije, con la voz rota—. Así, cabrón.
Él soltó un resoplido casi divertido y obedeció. Me hizo abrir más las piernas y se metió entre ellas con una insistencia que no tenía nada de tímida. Sus dedos entraban y salían con una facilidad obscena, y cuando añadió el vibrador otra vez, apoyándolo justo donde mi cuerpo lo estaba pidiendo, el segundo orgasmo me subió desde el vientre hasta la garganta como una ola enorme. Sentí las piernas convulsionar, el estómago apretarse, y por un segundo se me fue el aire del todo. Me quedé temblando, con la piel ardiendo y el coño latiéndome como una herida viva.
Pero el efecto de la pastilla seguía ahí. Reducido, más manejable, pero presente.
—Todavía no ha terminado —dijo Lucas, observándome.
—No —admití.
Entonces se quitó la ropa con una rapidez seca, sin espectáculo, y la sola visión de su polla ya dura me dio otra sacudida en el cuerpo. No era exagerada, pero sí firme, pesada, lista. Me la mostró un segundo, como si estuviera preguntando sin palabras, y yo respondí abriendo más las piernas y jalándolo hacia mí por la cintura.
—Ven —le dije—. Métela.
No hubo titubeo. Se acomodó entre mis muslos y frotó la punta de la verga contra mi entrada, despacio al principio, sintiendo la humedad que ya me corría entre las piernas. Yo lo noté respirar hondo cuando empezó a empujar. Entró de a poco, llenándome centímetro a centímetro, y cuando estuvo dentro del todo sentí esa presión deliciosa que te deja la cabeza vacía. Me quedé mirándolo, mordiéndome el labio, mientras él se detenía apenas para dejarme acostumbrarme.
—Muévete —le pedí.
Y entonces sí. Empezó a follarme con un ritmo firme, sin adornos, con la polla saliendo y volviendo a entrar en mi coño empapado hasta hacer un ruido húmedo que llenó el salón. Cada embestida me sacudía las caderas contra el respaldo, y yo levantaba la pelvis para recibirlo mejor, para que entrara más hondo, para sentirle el pubis golpeándome con más fuerza. Lucas me agarró de la cintura y me sujetó ahí, clavándome bajo él, mientras la cama del sofá crujía con cada empuje.
Le rodeé la espalda con las piernas y le arañé los hombros, sintiendo cómo el sudor le bajaba por la piel. Él no se apuró; fue subiendo la intensidad poco a poco, hasta que cada choque me hacía retorcerme y gemir sin control. Cuando cambió el ángulo y me levantó una pierna sobre su hombro, el golpe de su polla contra mi punto más sensible me arrancó un chillido vergonzosamente alto.
—Eso —dijo él, con la voz tensa—. Así, joder.
Me gustó que no fingiera ser elegante. Me gustó que me lo dijera claro, sucio, sin intentar sonar bonito. La pastilla me tenía el cuerpo abierto como un instrumento, y la polla de Lucas lo estaba afinando todo de nuevo. Sentí el orgasmo venir otra vez, más lento pero más bestia, construyéndose desde abajo mientras él seguía entrando y saliendo con una precisión cada vez más feroz.
Cuando estallé, no pude hacer otra cosa que apretarlo con las piernas y llorar un poco del esfuerzo, del placer, de la sobrecarga. Él siguió unos segundos más, empujando todavía más hondo hasta que el propio temblor del cuerpo me dejó vacía. Entonces salió, me giró con una mano en la cadera y me puso de rodillas sobre el sofá.
—Ahora vos —murmuró.
Yo no iba a quedarme quieta. Le tomé la verga con la mano, la recorrí desde la base hasta la punta, sintiendo el pulso caliente en la piel. Estaba húmeda de mí, pesada, y cuando me la metí en la boca el sabor me resultó salado, íntimo, animal. Lo chupé con ganas, sin ceremonia, marcando con la lengua la parte de abajo, masajeando con la mano lo que mi boca no alcanzaba. Lucas soltó un gemido bajo y apoyó una mano en la nuca, no para empujarme, sino para sostenerse.
—Mierda —dijo—. Así, así.
Yo seguí, tragándomelo más profundo cada vez, sintiendo cómo la punta rozaba el fondo de la garganta y cómo su respiración se desordenaba. Le lamí la base, le chupé los huevos con cuidado pero sin suavidad de más, y el temblor que le empezó en el muslo me confirmó que estaba haciendo exactamente lo que quería. Después volvió a acostarme sobre el sofá y me hizo abrir las piernas otra vez, como si el cuerpo no hubiese tenido suficiente.
Esta vez no hubo ternura alguna. Me penetró con fuerza, con el ritmo más rudo de la tarde, agarrándome por las caderas y follándome como si tuviera prisa por llevarme otra vez al borde. Yo recibía cada estocada con la boca abierta, gimiendo y diciendo obscenidades que ni siquiera recuerdo completas. El coño me goteaba, los muslos me ardían, y la mezcla de la pastilla con el cansancio me dejaba en una especie de trance sucio en el que solo existían su polla, mi respiración y el golpeteo seco de su cuerpo contra el mío.
Entonces me incorporé, tomé el vibrador de la mesa y le hice un gesto claro.
—Esto lo hago yo sola. Pero quédate.
—Claro.
Se sentó en el sillón mientras yo terminaba. No me miraba con morbo ni desviaba la vista con incomodidad. Me observaba con la misma atención tranquila con la que había escuchado mi problema por teléfono.
Apoyé el vibrador contra el clítoris y me acaricié el coño con la otra mano, abriéndome mejor, buscando el punto exacto que me hacía perder la cabeza. El tercer orgasmo fue el más largo: llegó despacio, me subió por los muslos, me cerró la barriga y me dejó temblando de arriba abajo. Cuando terminó, solté el aire y me quedé quieta, sintiendo cómo el cuerpo por fin cedía. El calor había bajado. No desaparecido del todo, pero bajado a un nivel que mi cabeza podía manejar.
Tomé el teléfono de la mesita. Había un mensaje de Rodrigo: Salgo en diez minutos. ¿Sigues de pie para comer?
Lo leí dos veces. Luego fui al baño, me lavé la cara con agua fría y me puse un poco de perfume.
***
Lucas recogió sus cosas, dejó el vibrador y el estimulador sobre la mesa con una discreción que agradecí, y me tendió la cuenta en un papel doblado.
—Si tiene alguna pregunta sobre el uso de los productos, puede llamar al negocio —dijo, como si nada de lo anterior hubiera ocurrido.
—Gracias —dije—. En serio.
Se fue. Yo cerré la puerta y me quedé un momento apoyada en ella, escuchando sus pasos alejarse por el pasillo.
Rodrigo llegó veinte minutos después. Yo seguía con el encaje, sin añadir nada encima. Cuando abrió la puerta y me vio, su cara hizo lo que esperaba que hiciera.
—¿Qué pasó? —preguntó.
—Te cuento después —dije—. Ahora siéntate.
Me senté encima de él sin más preámbulo. El efecto de la pastilla había bajado considerablemente, pero lo que quedaba era suficiente para que los siguientes cuarenta minutos fueran de los mejores que habíamos tenido en mucho tiempo. Rodrigo estuvo presente, atento, más encendido que de costumbre, aunque no sabía aún por qué.
A mitad de todo, empezó a preguntarme qué había pasado mientras él no estaba.
—Luego —dije—. Si te cuento ahora terminas antes de lo que quieres.
***
Después, mientras los dos recuperábamos el aliento con la luz apagada, le conté. Todo. Sin editar, sin suavizar, sin hacerlo más dramático ni más inocente de lo que había sido.
Rodrigo me escuchó en silencio. No dijo nada durante un momento que se hizo largo.
—¿Cómo se llamaba? —preguntó al final.
—Lucas.
Otro silencio.
—¿Y te ayudó?
—Sí.
Rodrigo asintió despacio. Y luego, sin que yo lo esperara, se giró hacia mí con una expresión que yo conocía bien y que no era exactamente enfado. Era algo diferente. Algo que yo reconocía.
—Cuéntamelo otra vez —dijo—. Desde el principio.
***
Desde entonces, el sexshop me manda los pedidos con un pequeño descuento de cliente frecuente. El vibrador y el estimulador que dejó Lucas están en el cajón de la mesita de noche, entre los que ya teníamos.
Y cuando Rodrigo necesita que la noche dure más de lo habitual, hay una historia que los dos ya sabemos cómo empezar.
Siempre empezamos por el mismo punto: la tarde que tomé la pastilla demasiado pronto y pedí ayuda al único sitio al que se me ocurrió llamar.
Rodrigo dice que lo mejor de la historia es que es verdad.
Yo creo que lo mejor es que él lo sabe y seguimos aquí.
¿Vivís en zona norte o vas de visita? Hay acompañantes en Escobar esperando tu mensaje.