Cuarenta minutos antes de que llegara la clienta
Nunca planeábamos nada, y eso era justo lo que lo hacía adictivo.
Aquella mañana de marzo me había levantado convencida de que no lo vería. Era el día de la entrega del piso de Belgrano y me tocaba ir a recoger las muestras sobrantes, los catálogos, los retazos de tela que habían quedado en los rincones. Trabajo de cierre, sin más. Mi marido seguía durmiendo cuando salí, todavía con la respiración pesada de los domingos, y yo bajé las escaleras del edificio con una taza de café en una mano y la llave del piso vacío en la otra.
La cliente, Helena, me había confirmado por mensaje a las diez en punto. «Llego a las once para la entrega final». Cuarenta y cinco minutos por delante, calculé. Tiempo suficiente para meter las cajas en el coche y bajar la persiana del ventanal del salón antes de que ella subiera.
El portero del edificio ni siquiera levantó la vista cuando entré. Subí los tres pisos a pie, abrí la puerta y respiré ese olor a vivienda recién terminada que ya no me cansa: pintura todavía fresca, barniz, madera nueva. Dejé el café sobre la encimera de la cocina americana y empecé a recoger.
El mensaje llegó cuando estaba doblando una alfombra enrollada.
«Ábreme, estoy abajo».
Me quedé mirando la pantalla con esa sonrisa idiota que se me pone cada vez que veo su nombre. Mauricio. Ni un saludo, ni una explicación. Solo eso. Estoy abajo. Como si tuviéramos planes, como si me hubiera estado esperando, como si fuera la cosa más natural del mundo.
Bajé al portero automático y le abrí. Subí los dos primeros pisos de la escalera con el corazón ya latiéndome en las orejas y oí cerrar el portón. Cuando lo vi aparecer doblando el descansillo, con la camisa azul que sabe que me gusta y el pelo todavía mojado de la ducha, supe que no íbamos a tener tiempo para nada civilizado.
—¿Qué haces aquí? —pregunté en voz baja, dejándolo entrar.
—Pasaba —dijo él, y cerró la puerta detrás de sí.
El teléfono me vibró en el bolsillo. Helena, otra vez. «Disculpa, hubo un accidente en la avenida. Voy a tardar como cuarenta minutos más». Le mostré la pantalla. Él la leyó sin tocar el teléfono, con los ojos brillantes, y me miró como un gato que acaba de ver una grieta en la puerta del jardín.
—Entonces tenemos tiempo —murmuró.
—No tenemos tiempo, Mauricio. Tenemos un piso vacío y una cliente que viene en una hora.
—Eso, técnicamente, es tiempo.
Me reí sin querer. Y esa risa fue lo único que él necesitó.
***
Me agarró por la cintura y me empujó suavemente contra la encimera de mármol blanco. La piedra estaba fría a través de la tela del pantalón y se me cortó la respiración por el contraste. Mauricio me besó como si lleváramos meses sin vernos, aunque la última vez había sido el jueves pasado, en el coche, en el aparcamiento del estudio.
—Vamos a apurarnos —dijo entre besos—. Antes de que llegue.
—No vamos a apurarnos —contesté yo, mintiendo descaradamente, porque ya tenía los dedos enredados en su pelo y la otra mano abriéndole el primer botón de la camisa.
Era excitante hasta un punto que me costaba reconocer. La idea de que en cualquier momento pudiéramos oír el ascensor, las llaves de Helena, su voz cantarina en el descansillo, todo eso se mezclaba con el calor de su boca en mi cuello y con la manera en que sus manos me sostenían las nalgas por encima del pantalón, tanteándome, recordándome lo que ya sabía.
El piso estaba a medio amueblar. Habíamos dejado solo el sofá del salón, una lámpara de pie y, en el dormitorio principal, una cama de matrimonio sin ropa, con el colchón forrado en plástico todavía sin retirar del todo. No era el lugar más romántico del mundo, pero tampoco lo necesitábamos.
Me besaba sin prisa al principio, lo cual era una contradicción ridícula con su «vamos a apurarnos». Me abrió la blusa botón a botón, sin dejar de mirarme. Me desabrochó el sostén con una habilidad que me sigue impresionando después de tantos meses. Me bajó la blusa por los hombros y se quedó ahí, frente a mí, con la camisa todavía a medio abrir, respirando rápido, mirándome los pechos como si los viera por primera vez.
—Chiquita —dijo, en ese tono ronco que solo usa conmigo—. Mi reina.
—Mauricio…
—Diosa —insistió—. Eres mi diosa.
Le terminé de abrir la camisa y se la saqué de los hombros. Cuando rocé mis pechos contra su pecho desnudo lo sentí temblar, literalmente temblar, y eso siempre me ha desarmado. Que un tipo como él, con esa facha y esa seguridad, se ponga a temblar cuando lo toco.
—Siéntate —murmuró, señalando la cama del dormitorio.
***
Lo seguí. Me senté al borde del colchón forrado en plástico y él se arrodilló frente a mí, despacio, mirándome desde abajo. Me quitó el pantalón tirando de las trabillas hacia abajo, lentamente, como si no quisiera arruinar el momento yendo demasiado rápido a pesar del reloj. Me dejó con la tanga y se echó hacia atrás un instante, solo para mirarme.
—Así —dijo, casi para sí mismo.
Después me besó las piernas. Empezó por las rodillas y fue subiendo, sin tocar nada por dentro de los muslos todavía, jugando, haciéndome esperar lo justo. Pasó las manos por mis pantorrillas, me apretó las caderas, me besó el ombligo. Cuando finalmente me deslizó la tanga por las piernas, yo ya estaba mojada de pura anticipación.
—Ya no aguanto, Mauricio.
—Espera —dijo él, sonriendo contra mi piel.
Pasó la yema del pulgar entre mis labios, despacio, una sola vez, midiéndome. Después se levantó, se quitó el resto de la ropa en cuatro movimientos y se acostó en la cama, junto a mí.
—Ven —dijo, jalándome la mano.
Me subí encima. Era nuestra postura. Él lo sabía, yo lo sabía, ya no hacía falta decirlo. Bajé sobre él despacio, sin roce, dejándome caer milímetro a milímetro, y a él se le escapó un sonido bajo, profundo, casi como un gruñido.
—Así, como te gusta —dijo entre dientes.
Empecé a moverme sobre él. Lento al principio, apoyando las manos en su pecho, mirándolo. Me gustaba verlo desarmado, con la cabeza echada hacia atrás contra el colchón desnudo, la mandíbula tensa, las venas del cuello marcadas. Me gustaba sentir el calor de sus manos en mis caderas, guiándome, marcándome el ritmo.
El piso estaba tan vacío que cada sonido se amplificaba. El crujido del plástico bajo nosotros, mi respiración entrecortada, la suya, el golpe rítmico de la cama contra la pared. Y en algún rincón de mi cabeza, una alarma constante: en cualquier momento. En cualquier momento puede llegar.
Lejos de frenarme, esa alarma me empujaba. Aceleré, me incliné hacia delante para besarlo, me arqueé hacia atrás cuando sentí que estaba cerca. Mauricio me sostenía con una mano en la base de la espalda y con la otra me acariciaba un pecho, y los dos sabíamos que no íbamos a durar mucho más.
—Mauricio…
—Ya, mi vida, ya.
Llegué con un grito que normalmente me habría avergonzado, pero era un piso vacío, un edificio donde no conocía a nadie, y en ese momento solo importaba dejar salir todo lo que me había estado guardando desde hacía días. Él se salió rápido, apenas a tiempo, y terminó sobre mi vientre con la cara hundida contra mi cuello, jadeando.
Nos quedamos así unos segundos. Quietos. Respirando.
***
Y entonces oímos los pasos en la escalera.
Pasos. De alguien que subía. Tacones, además. Y voces.
Nunca en mi vida me he movido tan rápido. Saltamos de la cama como si nos hubieran electrocutado. Mauricio agarró la ropa del suelo en una sola brazada, yo cogí la mía, y los dos corrimos al baño, descalzos, en silencio total, con los corazones en la boca.
Cerramos la puerta.
—Shhh —le susurré, aunque él no había dicho nada.
—¿Es ella?
—Tiene que ser.
Me puse la tanga con la respiración cortada. Mauricio se subió el pantalón sin abrocharse el cinturón. Yo estaba a medio poner el sostén cuando oímos las llaves. Pero las llaves no entraron en nuestra puerta. Entraron en otra. Hubo un clic. Una conversación amortiguada, dos voces de mujer, una risa. Pasos hacia dentro de la vivienda de enfrente.
Mauricio y yo nos miramos. Él tenía el pelo levantado por un lado y la camisa al revés. Yo no podía dejar de temblar. Y empecé a reírme. Una risa silenciosa, contenida, con la mano en la boca, porque no podía evitarlo.
—Era la vecina —susurró él, y se contagió de la risa, una risa muda que le sacudía los hombros.
—Casi me muero, Mauricio. Casi me muero.
—Yo también.
Nos vestimos como pudimos, todavía riéndonos en susurros, todavía sin creerlo. Salimos del baño con cuidado, hicimos la cama, retiramos el plástico arrugado, abrí la ventana del dormitorio para airear, y me lavé deprisa en la pila de la cocina. Mauricio se peinó con los dedos frente al reflejo del espejo del recibidor.
Cuando volvimos al salón, faltaban veinte minutos para que llegara Helena. Nos sentamos en el sofá como dos profesionales perfectamente educados, con un catálogo sobre la mesa baja, hablando de detalles técnicos de la instalación de la cocina, repasando la lista de entrega. Hasta abrí la puerta de la entrada para que pareciera que el piso estaba listo para ser visitado.
Helena tocó el timbre exactamente a la hora que había prometido.
—¡Disculpa la tardanza! —dijo desde el rellano, con una sonrisa enorme—. Ay, qué lindo huele. Pintura nueva, ¿no?
—Pintura nueva —contesté, sin mirar a Mauricio—. Pasa, pasa.
Le mostramos el piso habitación por habitación. Le encantó la cocina, le encantaron las puertas, le encantó la luz del dormitorio principal. Yo, mientras tanto, evitaba mirar la cama, evitaba mirar el colchón cuyo plástico habíamos retirado a las apuradas, evitaba mirar a Mauricio. Él iba un paso detrás, asintiendo, agregando comentarios técnicos, perfectamente sereno.
Pero cada vez que Helena se daba la vuelta, él me miraba. Y yo lo miraba a él. Y los dos sabíamos lo que estábamos pensando.
Cuando Helena finalmente firmó la entrega, nos despedimos en la puerta con la cordialidad justa. Bajé las escaleras detrás de Mauricio, sin tocarlo, sin decir nada. Salimos a la calle. Hacía sol. Él se detuvo en la acera, encendió un cigarrillo con esa lentitud que tiene siempre cuando algo le ha gustado mucho, y me miró por encima de la llama.
—¿La semana que viene? —preguntó.
—La semana que viene —contesté.
Y mientras me alejaba hacia el coche, sentí su mirada en la nuca durante toda la cuadra. Esa noche, en casa, mi marido me preguntó cómo había ido la entrega. Le dije que sin novedades. Que todo había salido bien. Y por un momento, mientras le servía la cena con la sonrisa más natural del mundo, pensé en lo que estaba por venir, y en lo poco que me arrepentía.