La última noche en casa de mi padrastro
Esto tenía que terminar. Iba a romper con Carolina y a cortar el contacto con Ricardo, mi padrastro, pero antes debía separarlos. Aunque yo desapareciera de sus vidas, ellos iban a seguir encontrándose. Encajaban demasiado bien como para alejarse por su cuenta.
La semana entera fue un infierno. Por más enojado que estuviera, no podía dejar de masturbarme con los videos que había descubierto en el teléfono de Ricardo. Adelantaba las partes que más me obsesionaban, le ponía pausa a la imagen cuando Carolina aparecía con la cara empapada de semen, y después, ya entrada la madrugada, me imaginaba que en ese mismo instante los dos estaban juntos en algún lugar.
Carolina me trataba con una distancia que confirmaba todo. Mensajes secos, ninguna llamada, nada de noches largas frente a la pantalla. Diez mensajes al día y, a veces, ni eso. Yo no sabía si se veían en su casa o en la de Ricardo, pero estaba seguro de que algo seguía pasando. Aunque solo fueran videollamadas o fotos, daba igual. La idea me daba ganas de vomitar y, al mismo tiempo, una excitación insoportable.
Habíamos quedado en visitar a mi padrastro el sábado, como tantas otras veces. Lo aceptamos cuando yo todavía no sabía nada. Ahora me aterraba estar en la misma sala que los dos. Pensé en mil maneras de enfrentarlos: gritar, exponerlos, contárselo a mi madre, hacer una escena. Ninguna me dejaba conforme. Si pedían perdón y prometían parar, ¿con qué garantía? Iban a seguir viéndose en cuanto yo bajara la guardia.
Pasaron los días entre la rabia y la calentura, hasta que llegó el sábado. Le mandé un mensaje a Carolina por la mañana, igual que cualquier otro fin de semana. Pasé por su casa y nos comportamos como una pareja que ya solo se ve por obligación. Yo me dediqué a mirarle el trasero a una chica que cruzó la vereda, así, con descaro, para ver qué hacía.
Carolina explotó al instante. Me reclamó, me dijo cosas. Yo la dejé hablar mientras pensaba en lo absurdo de la situación. ¿Cómo se atrevía a celarme alguien que tenía pruebas de su infidelidad? Pero también me sirvió: si era capaz de un ataque de celos conmigo, quizá esos mismos celos podían usarse en contra de Ricardo. Si yo le ponía delante las pruebas de las otras chicas con las que él intercambiaba mensajes —y eran muchas—, capaz reaccionaba. Capaz.
La dinámica entre ellos no era la nuestra. Lo de ellos era un juego de amo y sumisa. Tenía miedo de que Carolina aceptara cualquier cosa con tal de no perderlo a él. Pensé también en denunciarlo, pero los dos eran adultos. Recordé que Ricardo siempre pedía una identificación antes de mandar nada, así que tampoco había nada turbio por ese lado. Algo se me ocurriría estando allá.
Llegamos. Ricardo nos abrió la puerta con la misma sonrisa de siempre, ese tono cómplice del padrastro que estuvo en mi vida desde los doce años. Si alguien me hubiera dicho que todo había sido un sueño, le habría creído. No hubo miradas con Carolina, no hubo roces, nada. Era un actor impecable.
Carolina, en cambio, estaba transparente. Tenía la cara pálida, la mandíbula tensa, las manos en el regazo. No me miraba a mí ni a él. Por momentos parecía a punto de levantarse y salir corriendo. Y eso me confundía. ¿No le gustaba esto? ¿No había sido ella la que había propuesto venir?
Ricardo pidió hamburguesas por teléfono y nos dejó solos un minuto en la sala. Le pregunté a Carolina si estaba bien. Dijo que sí, que tenía algo en el estómago. Mentía. O quizá la culpa la estaba comiendo viva. O quizá estaba excitada y trataba de contenerse delante de mí.
Comimos hablando de tonterías. Una película que habían estrenado, el último escándalo de un político, la marca de cerveza más barata del supermercado. Después pasamos a la sala a ver una película que ninguno miraba. Carolina, esta vez, no se acomodó para que Ricardo le viera el trasero. Al contrario: se sentó encogida en una esquina del sillón, casi pegada a mí, como si quisiera esconderse. Yo no entendía nada.
Ricardo nos ofreció quedarnos a dormir. Era costumbre cuando se hacía tarde. Aceptamos. Subimos al cuarto que él me había armado de adolescente y que todavía conservaba intacto. Carolina sacó de su bolso un pijama doblado. Sabía que íbamos a quedarnos. Lo había planeado.
Nos cepillamos los dientes en silencio. Nos metimos en la cama y, después de un rato así, sin decir nada, ella me abrazó por la espalda. Era lo último que esperaba esa noche. La dejé hacerlo. Le devolví el abrazo a medias, por instinto, sin saber bien qué decir.
Tocaron la puerta. Era Ricardo.
—Vengan a mi cuarto. Necesito hablar con ustedes dos.
Carolina me apretó el brazo con tanta fuerza que me dejó las marcas de los dedos. Nos levantamos. Cruzamos el pasillo. Ricardo estaba sentado en su cama, frente a un sillón pequeño que había arrastrado contra la pared. Nos hizo seña de sentarnos. Tenía la cara de cuando se peleaba con mi madre años atrás. Serio. Como si ya hubiera decidido algo.
—Tenemos que hablar de lo que está pasando —dijo—. Carolina, Andrés merece saber lo que estás haciendo.
Algo en su brusquedad me dio coraje. La voz me tembló igual, pero salió.
—¿Sobre el hecho de que ustedes dos llevan meses acostándose a mis espaldas?
La cara de los dos fue impagable. Ricardo no esperaba que yo supiera. Carolina, no sé por qué, me miró con algo parecido al alivio. Como si hubiera estado esperando ese momento desde hacía días.
—¿Cómo te enteraste? —preguntó él.
—Eso no importa. Quiero que me digan los dos qué está pasando entre ustedes y por qué decidiste sacarlo a la luz ahora.
—Díselo —saltó Carolina—. A ver si ahora sigues siendo tan valiente, Ricardo.
—¿De qué hablan?
—Tu padrastro me amenazó con contarles a mis padres lo que hicimos en la cama de mi madre —dijo Carolina.
—Espera, Carolina. Vamos por partes. Andrés, toma. Mira esto.
Me extendió el teléfono. Era una conversación del martes pasado entre ellos dos. El mismo tono de amo y sumisa, las mismas fotos, los mismos juegos. No me detuve en eso, ya lo había visto antes. Bajé hasta donde supuse que él quería que llegara.
Carolina le agradecía haberla iniciado en el sexo anal. Le decía que le había gustado, aunque tuvo miedo de que doliera. Ricardo respondía con los insultos de costumbre y ella veneraba cada uno. Tenía las manos frías leyendo eso, pero seguí.
El miércoles había habido una pelea. Ricardo amenazaba con contarles a los padres de Carolina la verdad. No entendí el contexto hasta que bajé un poco más. Aparentemente habían usado un consolador de la madre de Carolina para prepararla y, para colmo, él había terminado sobre una blusa de la mujer. Carolina aseguraba haber lavado todo. No parecía tan grave. No entendía dónde estaba la amenaza real.
Cuando terminé de leer, levanté la vista. Ricardo me clavó los ojos.
—Tengo un video de tu novia masturbándose con el consolador de su madre. Y otro donde dice frente a cámara que te dejaría a ti por mí.
—Espera. Ignoremos por un momento que no entiendo cómo eso le hace daño a Carolina más allá de un escándalo con su vieja. ¿Con qué cara me dices eso a mí? Vi sus conversaciones. Vi sus videos. Vi una videollamada. ¿Cómo te atreves a hablarme así?
La sorpresa esa vez fue total. Hasta el espanto.
—Mi madre tiene la cabeza podrida —dijo Carolina—. Es capaz de echarme de la casa si sabe que estuve con un hombre mucho mayor.
—¿En serio me estás diciendo eso?
—Sí. Y tu padrastro quiere hundirme porque ahora se acordó de que eres su hijo. Cuando se me escapó decirle que yo, desde el principio, quería probar la infidelidad y que me alegraba que fuera con él, le pegó en el ego.
—No entiendo. ¿Te molestó por eso, Ricardo?
—Eres mi hijo al final del día. Y ella te estaba lastimando.
—¿Y tú? Yo no los quiero ver más a ninguno de los dos. Son personas malas.
—Escúchame antes de decir cualquier cosa. Sé que me equivoqué. Fue solo lujuria. Tu novia era perfecta para eso.
—¿Eso es lo que se te ocurre como defensa?
—Te voy a ser sincero. No me gustó saber que ella estaba conmigo porque ya planeaba algo así. Me gusta sentir que yo causo la infidelidad. No ser el premio que alguien ya tenía pensado.
—Te escuchas como un imbécil.
—Lo sé. Pero la culpa no es solo mía. Ella te engañó, y lo disfrutaba. Lo viste.
—Sí, pero ya no —dijo ella.
—Cállense los dos —los corté—. No me importa qué pasó. Quiero que dejen de verse. Ya.
—No tienes ni que pedirlo —disparó Ricardo—. No le hablo más a una cualquiera.
—¿Y tú qué eres? ¿Crees que por ser su padrastro no eres un cualquiera? Seducirte fue lo más fácil del mundo.
—Basta. A los dos. Tampoco los quiero volver a ver yo.
—No puedes cortar conmigo así. Te crie media vida.
—Y por eso me cuesta todavía más mirarte a la cara después de esto.
Seguimos así un rato más, insultándonos, hasta que noté que Ricardo había cambiado el tono. Tenía la mandíbula tensa, los puños cerrados encima de las rodillas. Estaba humillado y sabía que perdía a los dos. Entonces lo hizo.
—Bueno. Si esta es tu decisión, no te la voy a hacer fácil. Antes de que cruces esa puerta, voy a coger con tu novia acá, ahora, delante de ti. Para que aprendas a ser hombre y para que sepas, además, que ella fue mía por más tiempo del que va a ser tuya.
Sentí que se me iba la sangre. Me senté en el sillón porque las piernas no me respondían. Ricardo se giró hacia Carolina.
—Quítate la ropa.
Ella obedeció. Tenía la cara pálida y, al mismo tiempo, esa mirada de sumisión que yo le conocía solo de los videos. Se desnudó delante de mí. Los pechos perfectos, marcados por mordidas que no eran mías. Yo era espectador del final de algo que ya no podía detener.
—Arrodíllate y chúpamela.
Carolina se agachó. Empezó por la cabeza, con lentitud, con un detalle que conmigo nunca había puesto. Subió y bajó por todo el largo, le chupó los testículos, le pasó la lengua hasta debajo. Cuando ya lo tenía mojado entero, intentó metérselo todo en la boca. Ricardo le agarró la nuca y empujó. Ella se ahogó un instante y siguió. Vi, sin querer, que el sexo de Carolina ya estaba mojado.
Yo tenía el pene durísimo apretado contra el pantalón. No quería darles el gusto. Pero la mano se me iba sola por encima de la tela.
—Lámeme los pies —ordenó Ricardo, sacándosela de la boca.
Carolina lo hizo. Él se sentó en el borde de la cama para tener mejor ángulo. Mientras ella le pasaba la lengua por las plantas, él le apoyaba el otro pie en un pecho o le golpeaba la mejilla, lo justo para humillarla sin hacerle daño. Carolina se masturbaba con el pie de él, frotándose contra el empeine. Yo apretaba el pantalón cada vez más fuerte.
Cuando se cansó, Ricardo se acostó boca arriba y le pidió que le lamiera el ano. Pensé que iba a vomitar. Carolina lo hizo. Y lo hizo con un gusto que conmigo no me había mostrado jamás. Iba del ano a los testículos, después volvía, se metía el pecho entre las piernas de él para que se frotara contra ella, todo eso mientras él le decía puta una y otra vez, le decía que solo servía para eso, y ella respondía con un «sí, papi» que me partía algo por dentro y, al mismo tiempo, me ponía durísimo.
—Una rusa —dijo Ricardo después.
Carolina se acomodó los pechos alrededor del pene y empezó a moverse. Él la cacheteaba con la mano abierta. Le escupía en la cara. Le golpeaba los pechos y le repetía que eran «tetas de una puta barata». Ella respondía apretándolos con más fuerza. Yo no había vuelto a respirar tranquilo en quince minutos.
Después la mandó a la cama. La puso en cuatro. Sacó de un cajón un lubricante y empezó a prepararle el ano con el dedo. Carolina temblaba. Cuando él consideró que estaba lista, le dio una palmada y entró despacio. La penetró cada vez más rápido. Le pegaba con la palma abierta en las nalgas con tanta fuerza que dejaba la marca roja. «Eres mi puta», le decía. «Sí, papi, pártemelo», le contestaba ella.
Sin sacársela, la giró para tenerla boca arriba. Carolina abrió las piernas y se tocó el clítoris mientras él seguía. Él le amasaba los pechos, la cacheteaba, le escupía, le chupaba los pezones. Quería demostrar que era un juguete. Y ella se aceptaba como un juguete.
Después le pidió que lo montara. Carolina se sentó encima dándole la espalda y empezó a moverse. Él la nalgueaba desde abajo. No tenía un culo grande, pero al caer hacía esa pequeña ola que me había vuelto loco la primera vez que estuvimos juntos. Carolina se giró sin sacársela, lo miró, le dejó que la besara. Él le pedía que abriera la boca para escupirle adentro. Ella obedecía. Le pedía que dejara caer la saliva sobre sus propios pechos. Ella obedecía.
Cuando Ricardo estaba por terminar, la sacó de encima, la sentó en el piso con la espalda contra la cama y se puso de pie sobre ella. Le apoyó el ano en la cara, subió y bajó hasta hacérselo lamer de arriba abajo. Carolina obedecía con los ojos cerrados. Después él se giró, se masturbó frente a ella con la mano, y se vino sobre su cara y sus pechos. La cantidad era obscena. Carolina abrió la boca y tragó lo que entró. Después se llevó el resto a la boca con los dedos, igual que en uno de los videos que yo tenía guardados. Le chupó el pene una vez más para limpiarlo.
Yo me había venido sobre el pantalón sin tocarme.
Pensé que ya estaba. Pero Ricardo se paró de la cama y dijo:
—Ahora la voy a marcar para que no se le olvide. Vengan al baño.
A ella la agarró del pelo y la arrastró por el pasillo. A mí me lo dijo como una orden, y le hice caso porque ya no tenía fuerza para nada. En el baño la metió en la ducha. Carolina lo miró sin entender. Yo lo entendí antes que ella.
—Abre la boca, puta.
Empezó a orinarla. Le bañó la cara primero. Carolina, los ojos cerrados, la boca abierta, recibía todo. Después le orinó los pechos. Carolina se los acomodó como si esperara semen. Le orinó el estómago, las piernas, el pelo. Y ella, en algún momento entre todo eso, se masturbó hasta acabar.
Cuando Ricardo terminó, le puso la mano en la nuca y la empujó al suelo. Le hizo lamer la orina que no había caído sobre su cuerpo. Carolina obedeció. Le lamió los pies hasta dejarlos secos.
—Que se enjuague y se largan los dos de mi casa —me dijo sin mirarme.
Yo la ayudé. La sequé. Le puse la ropa encima como pude. Estaba llorando bajito mientras se vestía, no sé si de vergüenza o de algo más complicado que ella misma no terminaba de entender. Le acaricié el pelo, le dije que ya estaba, que ya había pasado. Bajamos por las cosas y pedí un Uber. No hablamos en todo el viaje.
La dejé en la puerta de su casa. Antes de que se diera la vuelta, nos lo dijimos todo en cuatro frases.
—Tu padrastro es un imbécil —dijo ella primero.
—Y tú eres una puta —le contesté.
—No quiero saber nada más de ninguno de los dos.
—Yo tampoco.
Cerró la puerta. Yo me fui a mi casa caminando. Había conseguido lo que quería: que dejaran de verse. A cambio, me quedé con los videos que tenía guardados y con uno nuevo, el que grabé esa noche en silencio, con el teléfono apoyado en el respaldo del sillón.