Me pidió fuego en la playa y acabó en mi habitación
La vi por primera vez una tarde de finales de septiembre, cuando el sol empezaba a inclinarse sobre la línea del mar y la playa se vaciaba poco a poco. Yo estaba tumbado en mi toalla, con un libro que llevaba media hora sin avanzar, perdiéndome en la extensión de arena dorada que se rendía al agua. No esperaba nada de aquellos días. Nada salvo silencio.
A unos metros, una mujer dejó caer su bolsa sobre la arena y desplegó una toalla con un gesto cansado. Cuarenta y pocos, calculé. Rubia, con un mechón húmedo pegado a la sien. Lo que primero me llamó la atención no fue su pelo ni su sonrisa breve hacia el horizonte, sino esas tetas enormes que apenas cabían en el sujetador del bikini negro, con los pezones marcándose contra la tela mojada. La miré lo justo. Una mujer bonita más. Y habría seguido así, ignorándola, si unos minutos después no se hubiera levantado para acercarse.
—Perdona —dijo—. ¿Tienes fuego?
Llevaba un cigarrillo entre los dedos y esa expresión a medias entre la disculpa y el reto. Yo no fumaba, pero arrastraba conmigo un mechero por costumbre, de esos que aparecen en el fondo de cualquier bolsa sin saber muy bien por qué. Me agaché a buscarlo. Lo encontré entre la toalla y el bote de protector solar.
—Aquí lo tienes.
Me incorporé para encender el cigarrillo, pero el viento de la tarde tenía otros planes. La llama se apagó al primer intento. Y al segundo. Y al tercero. Empezamos a reírnos los dos, como dos críos torpes peleando contra algo absurdo. Ella se acercó más, sujetó la toalla en alto a modo de cortavientos y, por fin, prendió la brasa con una calada larga.
—Misión cumplida —dijo soltando el humo despacio.
—No sabía que encender un cigarrillo se hubiera convertido en deporte de equipo.
Se rio con ganas y se quedó. Así, sin preguntar, como si fuera lo natural. Se sentó en el borde de su toalla, ahora vestida con una camisola azul clara que no escondía nada de lo que ya había visto en el agua. Hablamos del calor, del libro que no leía, de lo bien que estaba el mar a esa hora. Era cómoda. Como esas personas que no fuerzan la conversación.
—¿Cómo te llamas? —pregunté.
—Renata. ¿Y tú?
—Damián.
Nos dimos los dos besos de rigor, esos que las manos no terminan de saber dónde poner. Olía a coco y a sal.
—¿Estás solo? —preguntó.
—Sí. Vine a desconectar unos días. Tengo un trabajo que me come la cabeza, y de vez en cuando necesito un sitio donde no me reconozca nadie. ¿Y tú?
—Yo igual. Pero el mío es distinto. —Hizo una pausa y miró el mar—. Estoy casada. Tengo dos niños. Me escapo una vez al año, dos o tres días, y vuelvo con la cabeza nueva. Esto —señaló la playa— es mi terapia.
Lo dijo sin culpa, sin justificación, como quien anuncia una rutina cualquiera. Y a mí, sin saber muy bien por qué, esa franqueza me encendió más que la camisola.
Estuvimos hablando hasta que la luz se volvió ese tono naranja que dura cinco minutos antes de morirse del todo. Recogimos las cosas. Me contó que tenía un piso familiar en el pueblo, uno que apenas usaban, salvo para sus escapadas. Yo le dije que ocupaba la habitación 314 del hotel del paseo. Detalles pequeños, intercambiados como quien no quiere comprometerse a nada.
Antes de separarnos, le pregunté si le apetecía tomar algo más tarde. Tal vez cenar. Renata sonrió, sacó el móvil y me dictó su número con una calma que me dejó claro que ya había decidido el resto.
***
De vuelta en la habitación, me tumbé en la cama vestido todavía, con el pelo lleno de sal y la conversación dándome vueltas en la cabeza. Está casada. Dos hijos. Esto no debería estar pasando. Y, sin embargo, lo único que hacía era calcular cuántas horas faltaban para verla y ya se me estaba poniendo dura solo de imaginarme esas tetas fuera del bikini.
Me duché despacio. Me afeité. Me puse una camisa blanca y unos pantalones oscuros, y me miré al espejo más veces de las que admitiría. No quería parecer un chaval ansioso. Tampoco un hombre que llega derrotado de antemano por su propia edad. Quería parecer alguien al que ella eligiera otra vez.
Llegué primero a la cafetería del puerto, pedí un gin tonic y la esperé. Cuando apareció, casi se me cae el vaso. Vestido rojo, escote justo en el límite de lo decente, piernas largas que terminaban en unas sandalias mínimas. Llevaba unas gafas finas que no recordaba haberle visto en la playa y que le daban un aire de profesora que sabe exactamente lo que hace.
—¿Llego tarde? —preguntó.
—Llegas perfecta.
Le besé la mejilla y, esta vez, dejé los labios un instante más de lo necesario. Ella no se apartó.
Pedí una copa de vino para ella y otro gin tonic para mí. Brindamos por el viento de la tarde y por los mecheros que se apagan. La invité a cenar en un restaurante con las mesas en una terraza sobre el agua y velas que el aire se encargaba de apagar antes de los postres. Pedimos pescado y una botella que terminamos demasiado rápido.
Hablamos de su trabajo, del mío, de viajes, de libros, de música. Pero por debajo de cada frase corría otra cosa. Su mano se apoyaba en mi antebrazo un segundo más de lo necesario. Mi rodilla rozaba la suya bajo la mesa. Cada vez que se inclinaba hacia delante, el escote del vestido prometía algo que el restaurante no me iba a dejar comprobar.
—¿Te apetece bailar? —pregunté cuando terminamos.
—Llevo toda la noche esperando que me lo preguntes.
***
El local que encontramos no estaba lleno, pero tampoco vacío. Una mezcla suficiente para perderse. Renata se movía con esa soltura de quien sabe que la miran y le gusta. Yo intentaba seguirle el ritmo y sostenerle la cintura al mismo tiempo. Cada giro la dejaba un poco más cerca de mí. Su mano me recorría la nuca, el hombro, el pecho, y de vez en cuando bajaba por delante hasta rozar mi bragueta, donde ya se me estaba marcando la polla contra el pantalón. Yo le rozaba los costados, le bajaba la palma hasta la cadera, y de vez en cuando, sin disimulo, le apretaba las tetas por encima del vestido. Ella no me detenía. Al contrario, se pegaba más, arqueando la espalda para meterme los pezones duros contra la palma.
Fuimos a la barra a pedir otra copa. Iba delante. La agarré por la cintura para que no la perdiera entre la gente, y ella giró la cabeza buscándome. Nuestras bocas se encontraron a mitad de camino. El primer beso fue suave, casi una pregunta. El segundo ya no preguntaba nada: me metió la lengua hasta el fondo y me mordió el labio inferior al separarse.
Nos fuimos a un sofá apartado, junto a una pared con luz roja. La música tapaba lo justo. Empezamos a besarnos como dos adolescentes que llevan semanas planeándolo. Mis manos volvieron a sus tetas, esta vez bajo el escote, buscando la piel directa, y noté cómo se le erizaba bajo mis dedos. Le pellizqué un pezón entre el índice y el pulgar y ella gimió dentro de mi boca. Su mano se coló entre mis piernas y me apretó la polla por encima del pantalón, midiéndola, calculándola.
—Estás dura —murmuró contra mi oreja—. Muy dura.
—Es tu puta culpa.
Se rio bajito y me apretó otra vez, más fuerte.
Enfrente de nuestro sofá, un grupo de chicos de unos veinte años nos miraba descaradamente. Uno de ellos levantó la voz para asegurarse de que llegaba.
—¡Iros a un hotel, parejita! ¡Que ya estáis mayores para eso!
Risas de fondo. Renata se separó un palmo, me miró y soltó una carcajada limpia.
—Tienen razón —dijo.
—Toda la razón.
Salimos a la calle con esa euforia tonta que da el alcohol mezclado con el deseo. Nos paramos en una esquina oscura para besarnos otra vez. Le subí la mano por la cara interna del muslo y comprobé lo que ya sospechaba: un tanga mínimo, casi una idea de tanga, y la tela empapada. Deslicé el dedo bajo el elástico y le rocé el coño depilado, resbaladizo, y ella dio un pequeño salto contra mi mano.
—¿A tu casa o a la mía? —dije, sabiendo la respuesta.
—Yo no tengo casa esta noche. Y como no me folles ya, me corro contra tu mano en plena calle.
—Entonces ya está.
***
El conserje del hotel apenas levantó la vista cuando le pedí la llave. Renata se apoyó contra mí en el ascensor y aproveché el trayecto para deslizar otra vez la mano bajo su vestido. Esta vez no me detuve en la tela. Aparté el tanga con dos dedos y le hundí uno entero dentro del coño, luego otro, sintiendo cómo se cerraba alrededor, caliente y mojada. Ella se mordió el labio y me miró sin parpadear mientras movía la cadera contra mis dedos.
—Si vas a seguir tocándome así, no llego al pasillo.
—Llegas.
Apenas. Me costó meter la tarjeta en la cerradura, en parte por las copas, en parte porque su mano se había instalado sobre mi bragueta, me había bajado la cremallera y me la tenía agarrada por encima del calzoncillo, apretándomela con un ritmo lento que casi me hace correrme allí mismo. Cuando por fin abrí, casi caímos los dos hacia dentro.
Cerré la puerta de espaldas mientras la besaba. La tarjeta cayó al suelo. Su lengua me buscaba con una urgencia que no me molesté en frenar. Las manos hicieron el resto. Mi camisa cayó sobre una silla, su vestido rojo se quedó arrugado a los pies de la cama. Caímos sobre el colchón con la risa todavía atravesada en la boca.
Me puse encima y le abrí el sujetador con torpeza. Sus tetas eran tan grandes como había imaginado en la playa, tan llenas y pesadas que mis manos no terminaban de abarcarlas. Los pezones, oscuros y anchos, se levantaban firmes, casi hinchados. Me agaché para llevármelos a la boca, primero uno, luego el otro, chupándolos enteros, alternando la lengua y los dientes, mordiéndoselos con cuidado y luego más fuerte, midiendo su reacción. Renata arqueaba la espalda y soltaba el aire en cortos golpes, y con una mano me guiaba la cabeza para que no dejara de mamársela.
—Así… fuerte… muérdelos —jadeó—. Me encanta que me los muerdas.
Sobre la mesilla había un bote de crema corporal que me había dado el hotel. Lo abrí, vertí un chorro entre sus tetas y la oí soltar un suspiro de sorpresa por el frío. Después, mis manos resbalaron por su piel, apretándoselas, juntándoselas, deslizando los pezones entre mis dedos con una facilidad que la hizo gemir bajo, una sola vez, casi un aviso. Me bajé los pantalones del todo y me acomodé sobre su pecho a horcajadas. Le junté las tetas alrededor de mi polla y empecé a follármelas despacio, mientras ella bajaba la cabeza para chupar la punta cada vez que asomaba entre sus pezones. La imagen —esa boca abierta, la lengua saliendo a recibirme, las mejillas coloradas— casi me hace acabar demasiado pronto.
—Para —le dije, apartándome—. Para o esto se acaba ya.
Ella se rio, se limpió con el dorso de la mano y me tiró contra el colchón. Me agarró la polla con una mano, midiendo el peso, la escupió una vez de arriba abajo para dejarla brillante, y al segundo siguiente me la tenía dentro de la boca hasta el fondo. Era buena. Era muy buena. La sentí golpearle contra la garganta, arcadas breves que no la detenían. Con la otra mano me acariciaba los cojones, tirando de ellos con suavidad, chupándomela con la cabeza subiendo y bajando en un ritmo que parecía ensayado. Cada vez que pensaba que iba a aflojar, apretaba más los labios, giraba la lengua alrededor del glande, me miraba desde abajo con esos ojos que sabían perfectamente lo que estaban haciendo.
—Joder, Renata —jadeé—. Joder, así no…
Tuve que apartarle la cabeza con las dos manos cuando noté que el control empezaba a írseme.
—Espera. Espera.
—¿Tan rápido? —dijo, levantando una ceja y limpiándose el hilo de saliva con el pulgar.
—No quiero que termine tan rápido. Quiero comerte primero.
Le bajé el tanga y se lo retiré por las piernas sin prisa. Estaba completamente depilada, los labios menores pequeños y rosados, todo brillando ya contra la luz de la lámpara de la mesilla. Le abrí las piernas del todo, apoyándoselas sobre mis hombros, y me quedé un segundo mirándola así, abierta, mojada, esperando. Ella se removió impaciente.
—No me mires. Cómemelo.
Bajé por su cuello, por el esternón, por el vientre, dejando un camino de besos que ella reseguía clavándome las uñas en los hombros. Cuando llegué entre sus piernas y le pasé la lengua por primera vez, plana y lenta desde el coño hasta el clítoris, su cuerpo entero se sacudió como si hubiera tocado algo eléctrico.
—Joder —murmuró.
Volví a hacerlo, más lento. Le separé los labios con dos dedos y le chupé el clítoris directo, girando la lengua alrededor, succionándolo con suavidad y luego más fuerte. Ella empezó a mover la cadera contra mi boca, buscando más presión. Le metí dos dedos y los curvé hacia arriba, encontrando ese punto que la hizo gritar y agarrar la sábana con las dos manos. Alterné: lengua en el clítoris, dedos dentro, lengua otra vez, dedos moviéndose más rápido. Cuando su mano se aferró a mi pelo y empezó a guiarme sin decir una palabra, supe que ya no tardaba nada.
—No pares, no pares, no pares…
No paré. La sentí tensarse entera, apretar los muslos contra mis orejas, contener el aire dos segundos eternos y soltarlo después con un gemido largo, sin pudor, sin acordarse de las paredes finas del hotel. El coño se le cerró en espasmos alrededor de mis dedos, y noté cómo un chorro tibio me empapaba la barbilla.
—Perdona —jadeó, riéndose sin aire—. Perdona, joder…
—No pidas perdón. Vuelve a hacerlo.
Yo todavía estaba entero, con la polla dolorida de tanto aguantar. Subí por su cuerpo, le separé las piernas con la rodilla y apoyé la punta contra su coño abierto. Ella bajó la mano, me agarró y se guio ella misma, restregándose el glande por el clítoris antes de dejarme entrar. Empujé despacio, dejándola sentir cada centímetro. Estaba tan mojada que no encontró ni una gota de resistencia, pero apretaba por dentro como si no me quisiera dejar salir.
—Qué gorda la tienes —jadeó contra mi oído—. Qué gorda, joder…
Quería darle tiempo a recuperar el aire antes de subir el ritmo. Cuando empecé a moverme, ella enredó las piernas detrás de mi espalda y empujó contra mí, clavándome los talones en el culo para que entrara hasta el fondo en cada embestida.
—Más fuerte —pidió—. Más fuerte, fóllame más fuerte.
Obedecí. La cama empezó a quejarse contra la pared. Le mordí el cuello, la clavícula, las tetas, chupándole los pezones mientras la penetraba a un ritmo que empezaba a hacer sonar el colchón. Ella me arañaba la espalda, gritaba bajo, mordiéndose el dorso de la mano para no despertar al pasillo entero. La levanté de las caderas y la puse a cuatro patas, y me quedé un segundo mirándole el culo redondo antes de volver a hundírsela de un empujón. Desde ese ángulo entraba distinto, más profundo, y ella lo notó porque soltó un gemido más ronco.
—Así, así, así… no pares…
La agarré del pelo, no fuerte, lo justo para tirar de él hacia atrás y hacer que arqueara la espalda. Con la otra mano le di una palmada en el culo, una sola, y la nalga le vibró un segundo. Ella se rio jadeando y empujó hacia atrás, encajándose ella misma en cada embestida, follándome ella a mí más que yo a ella. Le pasé el pulgar por el ojete y presioné suave, y la sentí temblar entera.
—Ahí no… —jadeó—. Ahí no, todavía no… otro día…
Volví a las caderas, agarrándola con las dos manos, y aceleré. Cuando noté que la cosa ya no daba para mucho más, paré, todavía dentro, respirando hondo.
—Quiero que termines en mi boca —dijo, girando la cabeza por encima del hombro con esa sonrisa—. Quiero tragármelo todo.
Me dejé caer de espaldas contra la cama. Renata se giró, se sentó a horcajadas sobre mis muslos, se inclinó y me llevó otra vez a su boca con la misma seguridad de antes. Se la sacaba brillante y volvía a metérsela entera, cerrando los labios apretados contra la base, con una mano en los cojones y la otra masturbándome el tramo que no le cabía. No tardé. Lo que llevaba media noche conteniendo se soltó en cuestión de segundos, en tres, cuatro chorros gruesos que le llenaron la boca. Ella no se apartó ni un milímetro. Los tragó todos, sin dejar de mirarme, y cuando terminó me limpió la punta con la lengua, despacio, hasta la última gota.
—Buen chico —murmuró, subiendo por mi cuerpo para besarme en la boca, y me pasó el sabor de mi propia corrida en la lengua.
***
Después nos quedamos los dos boca arriba, mirando el ventilador del techo, sin decirnos nada durante un buen rato. La oía respirar todavía agitada al lado. Le pasé el brazo bajo la nuca y ella se acomodó contra mi hombro como si lleváramos años haciéndolo, con una teta aplastada contra mi costado y una pierna cruzada sobre las mías.
—Debería irme —dijo al cabo de un rato.
—¿Ahora?
—No. —Sonrió contra mi cuello, y bajó la mano por mi vientre hasta agarrármela otra vez, blanda todavía pero despertando bajo sus dedos—. Por la mañana.
Dormimos a ratos, despertándonos para volver a buscarnos. Lo que pasó al amanecer, antes de que ella se vistiera, recogiera sus cosas y se fuera sin dejar nota, ya es otra historia que algún día también contaré.