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Relatos Ardientes

Lo que mi novia descubrió en casa de su prima

Camila me venía bombardeando a mensajes desde el mediodía. Yo trataba de disimular en el escritorio, contestando con la mano izquierda mientras con la derecha fingía escribir un informe que no avanzaba nunca.

Camila «prima»: ¿A qué hora caés, amor?

Camila «prima»: Tengo unas ganas en otro nivel hoy.

Camila «prima»: ¿Y? ¿Mucha leche para tu primita?

Después llegaron las fotos. Primeros planos donde se veía la lengua paseando por un pezón, otras donde dos dedos se hundían en ella, otras con un dildo asomando entre las nalgas y una tanga corrida hacia un costado. «Primita.» Esa palabra me hacía cortocircuito desde la adolescencia, cuando una prima un par de años mayor me había enseñado todo lo que no se aprendía en la escuela. Camila lo sabía. Lo usaba con la puntería de quien apunta a una herida vieja.

Al mediodía almorcé con Lucía, mi novia. Le dije que esa noche tenía que estudiar para una prueba importante, que el sábado por la mañana rendía y no podía fallar. Ella se iba con sus amigas a un bar nuevo del centro. Nos despedimos en la vereda con un beso corto y una sonrisa que me costó mucho mantener.

Camila «prima»: Ya volví del hospital, te espero.

Camila «prima»: Qué lindo cogerle el novio a mi primita.

Antes de salir tomé un tadalafilo de veinte miligramos. Me lo había recomendado un compañero de trabajo, un veterano de cuarenta y largos que juraba que esa pastilla marcaba la diferencia entre una noche y una maratón. Pensé que iba a necesitarla. No me equivocaba.

A las seis menos cuarto toqué timbre. La puerta se abrió sola.

Adentro estaba todo oscuro. Olía a vainilla y a algo más, algo carnal, indefinible.

—Cerrá los ojos —dijo ella, surgiendo desde un costado.

Me puso un antifaz negro y me condujo hasta el baño. Escuché correr la ducha. Sin verla, sentí cómo me desabotonaba la camisa, cómo me bajaba el pantalón, cómo me quitaba todo con una calma deliberada.

—Dejate hacer —murmuró.

Sus manos enjabonadas me recorrieron el pecho, la espalda, los muslos. Cuando llegaron a la entrepierna, ya estaba duro. No me la masturbaba para que acabara: me la trabajaba con suavidad calculada, como si quisiera dejarme claro quién mandaba esa noche.

—Secate y ponete la bata. Te espero adentro.

Me dio un beso en la comisura, apretó la base con dos dedos y salió. Me sequé, me peiné, me puse la bata blanca que había dejado colgada en el toallero y abrí la puerta del cuarto.

La luz era tenue, de velas. La cama, redonda. Y en el centro, ella. No vestida de cualquier cosa: corsé blanco, medias caladas hasta medio muslo, taco aguja, un velo corto sostenido por una diadema de perlas falsas. Vestida de novia.

Mi verga se levantó tan rápido que sentí un latido en el estómago. Esta está loca, pensé. Y a mí me gustan las locas.

—Hola, amor —dijo con voz de melaza.

—Hola, señorita.

—Acercate. Te voy a poner el anillo de boda.

Tenía en la mano un anillo doble, uno de esos que se ajustan en la base del pene y los testículos. Lo había visto en internet pero nunca me lo había puesto. Me dejé hacer. Me lo encajó con dedos hábiles. La sangre empujó contra el metal, mi verga se puso más cabezona, más gruesa, más oscura.

—Está inspirada esta verga —dijo, arrodillándose—. Me la voy a comer todita.

Pasó la lengua por el tronco sin llegar a la cabeza. Me agarró los testículos, los chupó uno por uno, los soltó haciendo ruido. Cuando ya no aguanté, le agarré la nuca y se la metí entera. Ella aguantó, abrió la garganta, dejó que me la cogiera la boca. Era profesional. No había otra explicación.

La acosté en la cama. Le corrí la tanga, le saqué el plug anal que llevaba encajado desde quién sabe cuándo, y bajé a comerle el clítoris mientras le metía dos dedos. Ella gemía con los talones clavados en el colchón.

—Pará, todavía no —dijo cuando me subí encima.

No paré. Le di tres estocadas profundas. Ella intentó zafarse, mordió, arañó.

—¡Hijo de puta, así, dame duro, garchame!

—¿Quién es tu primito?

—Vos, vos, vos —repetía—. Y vos vas a ser mío toda la noche.

Me clavó los dientes en el hombro. Aflojé el ritmo un segundo y eso le bastó para girarme y quedar arriba. Empezó despacio, contrayendo los músculos, presionándome la verga con una destreza que me hubiera hecho acabar de no ser por el anillo. Saltaba sobre mí, los pechos rebotando, el velo corrido sobre un ojo.

—Ahora es mía —murmuraba—. Esta pija es mía.

Sin avisar, se la cambió de agujero. Se ensartó en el culo de un solo envión.

—Ay, sí, así, lleno de pija.

La giré, le subí las piernas hasta los hombros, le martillé el culo sin descanso. Estaba en un estado de euforia que no había sentido nunca. El tadalafilo, el anillo, la situación, todo confluía en una excitación imposible de bajar. Ella encadenó dos orgasmos seguidos, gritando, mordiéndose la mano para no aullar más fuerte.

Cayó desplomada, jadeando, con el velo torcido.

Y en ese instante explotó la puerta del cuarto.

***

—¡Hijos de puta! ¡Los dos! ¡Hijos de puta!

Era Lucía. Detrás venían dos de sus amigas, una con el pelo lleno de rizos y otra más rellena, las dos con los ojos saltándoseles de las órbitas. Habían forzado la cerradura.

—¿Te gustó el vivo, primita? —dijo Camila desde la cama, sin moverse, casi sonriendo.

—¿El qué? —pregunté yo, todavía con la verga al aire y el anillo cortándome la circulación.

—El vivo —repitió Camila, señalando con el mentón hacia el escritorio.

Sobre una pila de libros había un teléfono apoyado contra una pared, con la cámara apuntando hacia la cama y un círculo rojo titilante. Hija de puta. Había estado transmitiendo todo en directo.

—Vos —Lucía vino hacia mí con la mano levantada—, vos, hijo de puta, con la puta de mi prima.

Le atajé la muñeca antes de que me cruzara la cara. Sentí el aliento: alcohol y algo más dulce, marihuana barata.

—¿De qué me venís a hablar vos a mí? —le dije, sin soltarla—. ¿De qué? ¿Después de la fiesta de cumpleaños de tu hermana, cuando me ofreciste de regalo? ¿Después de la cena con tu vieja y tu hermana, las tres encima de mí? ¿Después de que tu padre se sentó al borde de la cama y vos le bajaste el cierre delante mío? ¿Y me venís a hacer un escándalo porque me garché a tu prima?

Lucía abrió la boca. La cerró.

—A tu prima —continué, bajando la voz— me la garché meses antes de conocerte a vos. Y hace un mes me enfiesté con ella y con tu madre al mismo tiempo. Así que bajá la mano, sentate, y decidí: o te sumás o te vas. Y ustedes dos —giré hacia las amigas, que miraban como si estuvieran en otra realidad—, lo mismo. Acá se coge o se van.

La de los rizos hizo un ademán hacia la puerta. La rellena la agarró del brazo.

—No nos podemos ir —murmuró.

Camila se levantó, abrió un cajón y desplegó sobre la cama lencería, plugs, arneses, un par de látigos. Era un kit completo.

—A ver, chicas, ¿qué les pinta? —dijo, y le tiró un arnés a la de los rizos.

Lucía todavía me miraba con rabia. Yo la atraje del brazo, le agarré la nuca, le bajé la cabeza hacia mi verga.

—Mirá cómo la tengo, amor. Mirala. ¿La vas a dejar para tu prima?

Empezó a chupar a regañadientes, llorosa, pero chupando. Camila se puso detrás de ella, le bajó la falda y empezó a lamerle el culo despacio, dejando caer saliva, susurrándole cosas que yo no escuchaba.

—Tu primita te va a enseñar todo lo que tu novio no te enseñó —decía Camila—. Tranquila, primita, dejate.

La de los rizos ya tenía el arnés puesto y estaba penetrando a la rellena, que mordía la almohada. El cuarto olía a sudor, a aceite, a perfume mezclado con algo agrio. La cámara seguía titilando en rojo. Dejé de pensar en quién la estaba mirando. Daba lo mismo.

—Vení —le dije a la rellena, tirándole del brazo—. Quiero ver cómo se te abre.

Se puso en cuatro a mi lado. Tenía una concha cerrada, durísima, casi virgen comparada con la de Camila. Me eché aceite en la verga y se la mandé hasta el fondo. Ella gritó.

—Nunca me habían metido una de carne —jadeó.

—Imaginate que es una amiga con arnés —le murmuró Camila al oído, mientras le pellizcaba los pezones desde atrás—. Tranquila, te va a gustar.

Después le hice el culo. La de los rizos tenía razón: dilataba como nada. Volví a la concha. Mientras tanto, Lucía estaba debajo, comiéndole el culo a la rellena, y Camila comiéndole la concha a Lucía. Era un tren con cuatro vagones, todos moviéndonos al mismo ritmo, sin que nadie quisiera bajarse.

Cambiamos de posición tantas veces que perdí la cuenta. Doble penetración a Lucía con la de los rizos. Doble a Camila con la rellena por debajo. Lucía y Camila en sesenta y nueve, besándose por primera vez, mordiéndose, clavándose las uñas en las nalgas. Mi novia, la misma que tres horas antes me había deseado suerte en una prueba inventada, ahora le chupaba la concha a su prima como si llevara años haciéndolo.

—¡Por qué no me invitaste a jugar antes! —gritó Lucía en un momento.

—Porque vos de chica nunca me prestabas los juguetes —contestó Camila, riéndose—. Pero eso se terminó, primita. Ahora todo.

La de los rizos y la rellena pidieron irse al otro cuarto con un par de juguetes. Quedamos los tres. Camila se acostó boca arriba, Lucía se acomodó encima en sesenta y nueve, y yo me ubiqué detrás. Iba del culo de una al de la otra, de la concha de una a la concha de la otra, sin lógica, sin descanso. La verga me empezó a doler. Cuando bajé la vista, la vi morada, hinchada, asustadora.

—Sacámelo —le dije a Camila, jadeando.

Me sacó el anillo de un tirón. La sangre volvió a circular y sentí una corriente eléctrica desde la pelvis hasta la nuca. Las dos bajaron a mamar al mismo tiempo, una de cada lado, las dos primitas. No pasaron treinta segundos cuando avisé.

—Aprontate, primita —dijo Camila—. Va a salir mucha leche.

—Compartido —contestó Lucía.

Acabé como no había acabado en mi vida. Cerré los ojos, sentí cada chorro como una pequeña liberación, una descarga que me dejó sordo unos segundos. Cuando los abrí, las dos tenían la cara cubierta y se besaban entre ellas, paseando mi semen de una boca a la otra. Camila siguió un rato más lamiéndome el frenillo, alargando lo último que quedaba de placer.

***

Fueron a ducharse juntas. Volvieron envueltas en toallas, se acostaron una de cada lado, apoyaron las cabezas en mi pecho. Por un momento me pareció una postal extraña, casi familiar.

—Tenemos algo que decirte —murmuró Lucía.

—¿Sí?

—Ahora somos las dos tus novias.

—Y queremos que nos preñes a las dos —agregó Camila—. Que los hijos sean primitos y hermanitos a la vez.

—Queremos compartirlo todo —remató Lucía.

Las miré. Las dos sonreían como si me estuvieran ofreciendo un postre y no una sentencia.

Están las dos absolutamente locas, pensé.

—Ustedes están mal de la cabeza —dije en voz alta.

Se rieron y se acomodaron mejor, convencidas de que ya estaba dicho. Esperé a que las dos respiraran hondo, a que se durmieran, a que el cuarto se quedara en silencio. Entonces me levanté con cuidado, busqué la ropa por el piso, me vestí en el pasillo y bajé la escalera sin encender la luz.

En la vereda, a las cinco de la mañana, prendí un cigarrillo que me había guardado para emergencias. Pensé en la suegra, que ya no podía tener hijos. Pensé en la cuñada chica, la menor de las tres, que andaba en sus diecinueve y miraba con curiosidad cada vez que íbamos a comer. Cualquiera de las dos sonaba más razonable que pasar el resto de mi vida funcionando como padrillo de dos primas en celo permanente.

Apagué el cigarrillo contra el cordón. Caminé hasta la esquina. El teléfono me vibró en el bolsillo. Sonreí sin ganas. No miré quién era.

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Comentarios (3)

MarcosBA99

Tremendo final, no me lo esperaba para nada!!! Muy bueno.

SilvanaCba

Segunda parte ya!!! me quede con mil preguntas, como reacciono ella despues?

Gustavo_LT

jajaja el detalle del celular transmitiendo me mato, nadie aprende

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