Lo que Carolina me ofreció a cambio de mi silencio
Conozco a Esteban y a Carolina desde la adolescencia. Fui yo quien los presentó una tarde de febrero, fui padrino de su boda y, durante casi quince años, pasamos juntos cumpleaños, vacaciones y madrugadas de cervezas sin un solo conflicto. Una amistad limpia, de esas que uno cree que van a durar para siempre.
Por eso todavía me incomoda contar lo que sigue. Me incomoda y, a la vez, lo recuerdo con un nivel de detalle que me delata.
Fue un jueves a media tarde. Necesitaba entregarle a Esteban una invitación para un evento de la cooperativa y, como su casa me quedaba de paso, me desvié sin avisar. La puerta del jardín estaba abierta, como casi siempre. Crucé el sendero de baldosas, llegué al porche y golpeé los nudillos contra la madera.
Una vez. Dos. Tres.
Adentro se escuchaba música, pero nadie respondía. Pensé que se habrían olvidado el equipo encendido y habrían salido a hacer un mandado. Al cuarto golpe me apoyé sin querer sobre el picaporte, y la puerta cedió.
Tuve un segundo para escuchar una voz de mujer pronunciando un nombre que no era el de mi amigo. Otro segundo para arrepentirme de haber empujado. Y un tercero para quedarme paralizado en el umbral, viendo a Carolina cruzar el pasillo completamente desnuda, con un tipo igual de desnudo abrazándola desde atrás, las manos en los pechos y la pelvis pegada a sus nalgas.
Nos miramos los tres al mismo tiempo. Nadie dijo nada. Yo levanté las palmas como pidiendo disculpas por algo que no era mío, balbuceé algo incomprensible y salí caminando hacia atrás. Cerré la puerta con la mano temblando y volví al auto sin acordarme de la invitación que llevaba en el bolsillo.
Esa misma noche Esteban me llamó para invitarme a cenar.
—Vení, traje vino del viaje —dijo, con la voz de siempre—. Carolina hizo pollo al horno.
Acepté porque negarme habría sido más raro. Me bañé, me cambié y, a las nueve, estaba sentado en la mesa de mis amigos intentando no mirar a Carolina más de lo justo.
Esteban contó su viaje. Pedidos cerrados, comisiones gordas, el plan de pasar las vacaciones en el sur. Carolina sonreía en los momentos correctos, pero le temblaba apenas el labio cuando me llenaba la copa. Cada vez que se inclinaba sobre la mesa, sentía cómo me espiaba de reojo, midiendo si yo iba a abrir la boca.
No la abrí.
A la hora del café me pidió que la ayudara a traer las tazas. En la cocina, lejos de Esteban, apoyó las dos manos en la mesada y bajó la cabeza.
—Mateo, no sé cómo agradecerte.
—No tenés que agradecer nada —le dije—. No vi nada. No pasó nada.
—Pero lo viste.
—No tengo memoria.
Levantó la cabeza y me miró de un modo distinto. No fue alivio, no fue exactamente gratitud. Fue otra cosa. Como si recién en ese instante decidiera de qué tamaño iba a ser su deuda conmigo.
El beso de despedida tampoco fue como siempre. Duró medio segundo más, la mano que me sostenía la nuca apretó apenas, y cuando llegué a mi casa todavía tenía su perfume metido en la camisa. Me dije que era mi cabeza. Que después de lo que había visto, cualquier gesto suyo me iba a parecer cargado.
***
Dos días después tocó el timbre de mi departamento.
Era media mañana. Traía una bandeja con un pastel de manzana tapado con papel de aluminio y un impermeable beige que le llegaba a las rodillas. Sonrió, entró sin esperar invitación y dejó la bandeja en la mesa del living.
—Este pastel lo hice con estas manos —dijo, levantando las palmas como prueba—. Para mi amigo, el que sabe callar.
—No hacía falta, Carolina.
—El pastel no es el pago. El pastel es la excusa.
Tiró del lazo del impermeable y dejó que se abriera. Debajo no llevaba nada. Tetas firmes, pezones oscuros, el pubis recortado con prolijidad y una línea fina de vello bajando hasta separarse. Me quedé en silencio el tiempo suficiente como para que ella supiera que no iba a moverme primero.
No supe qué decir.
—Sé que te gusto —siguió, sin moverse—. Te he visto mirarme las piernas y el escote desde hace años. Yo no me equivoco con esas miradas. Y sé también que con Esteban hace meses que no hay nada. Por eso el otro día estaba con otro tipo. Por eso vine.
—Carolina…
—No te estoy pidiendo nada que te complique. Te lo estoy ofreciendo. Si querés, lo tomás. Si no, me voy y nadie habla del tema nunca más.
Lo que vino después no lo decidí yo. Lo decidió el silencio. Di un paso, le abrí del todo el impermeable y se lo dejé colgando de los hombros. Le pasé el dedo por el costado del cuello, bajé hasta el medio del pecho, le rodeé un pezón con el pulgar y vi cómo se le erizaba la piel del antebrazo.
Me llevó al dormitorio de la mano, caminando delante de mí sobre unos tacos negros que no me había dado tiempo de mirar antes. La cintura se le movía con un ritmo que era casi una respuesta, un sí adelantado.
Se sentó en la cama, me desabrochó el pantalón y bajó la mirada. Me la tomó con las dos manos. La masajeó despacio, con la concentración de quien estudia algo nuevo, y se la metió en la boca con una calma que me obligó a contener el aire.
No era apurada. Era exacta. Subía, bajaba, soltaba el aire por la nariz, volvía a empezar. Cuando me sintió a punto de terminar, paró en seco, apretó la base con dos dedos y me empujó hacia atrás.
—Acá no —murmuró—. Te quiero adentro.
Se acostó de espaldas, abrió las piernas con la naturalidad de quien lleva días pensando en esa escena y se separó los labios con los dedos. La vi tan rosada, tan mojada, tan dispuesta, que perdí cualquier resto de duda.
Entré despacio, hasta el fondo, y me quedé inmóvil. Carolina cerró los ojos y soltó el aire por la boca.
—Así —susurró—. Quedate así un segundo.
Le hice caso. La sentía latir alrededor de mí, ajustarse, soltar, ajustarse otra vez. Empezó ella el movimiento, levantando las caderas, y yo la acompañé. Las piernas se le enredaron en mi cintura, los talones me apretaron la espalda baja y el ritmo se nos fue desordenando solo. Olvidé que era la mujer de mi mejor amigo. Olvidé el living, el pastel, el timbre. No quedaba más que su olor y el ruido sordo de los dos cuerpos.
—No pares —dijo, con los dientes apretados—. Acabá adentro.
Lo hice. Sin pensar, sin recato, sin frenarme. Sentí que se me iba la sangre del cuerpo entero y me caí encima de ella, mojado, sin aire. Carolina me retuvo con las piernas, sin dejar que saliera, prolongando lo que quedaba del temblor.
—Acabé con vos —dijo después—. Cuando me sentí llenar, acabé.
Nos quedamos en silencio un rato largo, ella debajo, yo cubriéndola. No hubo culpa. Todavía no.
***
Vino casi todos los días de esa semana. A veces de mañana, antes del trabajo. A veces a la hora de la siesta. Una vez a las once de la noche, con la excusa de devolverme un libro que nunca le había prestado. Probamos cosas que, según ella, con Esteban no había probado nunca. Una de esas tardes terminó pidiéndome que la diera vuelta y que entrara por atrás. Le dolió al principio. Después dejó de dolerle.
En cada encuentro había algo distinto. No era solo descarga. Era una especie de invento entre los dos, una manera de averiguar hasta dónde se podía estirar el favor original. Yo no me preguntaba si estaba bien. Sabía que no, y aun así no tenía el cuerpo en contra.
A veces hablábamos un poco antes de empezar. Ella me contaba cosas de Esteban que yo no quería saber, detalles domésticos que me incomodaban más que los gemidos. A veces no decíamos nada. Llegaba, se desvestía en el pasillo y se metía en la cama sin esperar.
La última vez que la vi antes del viaje, Carolina llegó con los ojos brillantes. Cerró la puerta con la espalda, dejó las llaves en la mesa y vino caminando hacia mí.
—Hoy es el momento de mi regalo —dijo—. Tengo dos. Uno es decirte que soy muy feliz. El otro te lo doy ahora.
Se arrodilló entre mis piernas, me bajó el pantalón y me tomó con las dos manos. Empezó a chuparme con una intensidad nueva, distinta. Como si estuviera despidiéndose de algo sin decírmelo.
Apretaba la base cada vez que me sentía cerca, me dejaba bajar, volvía a subir. Lo hizo tres veces. A la cuarta supo que no podía más. Levantó los ojos, asintió apenas, y siguió chupando hasta que terminé en su boca. Tragó sin separarse, hasta el último latido, y solo entonces se limpió la comisura con el dorso de la mano.
—Buen viaje —me dijo.
***
Estuve afuera poco más de un mes. Capacitaciones, reuniones, hoteles iguales en ciudades distintas. Volví un viernes y, esa misma noche, cenamos los tres como siempre.
Esteban abrió una de las botellas que yo había traído. Carolina estaba sentada enfrente, con el pelo recogido y un brillo en la cara que no le conocía. Entre ellos había algo nuevo, una complicidad tranquila que no estaba la última vez que los vi juntos.
Esteban levantó la copa.
—Mateo, brindá con nosotros. Vas a ser tío.
Tardé en entender.
—¿Cómo?
—Embaracé a Carolina.
—¡Por fin la embocaste! —dijo ella, y los dos se rieron.
Sonreí. Levanté la copa. Brindé. Carolina se acercó a darme un abrazo y, mientras me besaba la mejilla, me apretó apenas la nuca, igual que aquella primera noche en la cocina.
—Gracias —me dijo al oído—. Vamos a ser padres.
Esteban no escuchó. Esteban no escucha nunca lo que no quiere escuchar.
Yo terminé mi copa, felicité a mi amigo, ayudé a levantar la mesa y me fui a casa caminando despacio, contando las cuadras. Pensé en preguntarle a Carolina, alguna vez, si estaba segura. Después pensé que prefería no saberlo. Después dejé de pensar.
A buen entendedor, pocas palabras.