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Relatos Ardientes

La novia de mi mejor amigo me buscó en la madrugada

Son las cinco y treinta y cinco de la madrugada y, como cada día, freno el coche frente a su portal. Las farolas del barrio todavía están encendidas y la calle huele a ese frío seco que solo existe a esa hora. Apago el motor, dejo la calefacción a media potencia y miro hacia arriba, hacia su ventana del segundo. Persianas bajadas. Otra vez.

Cojo el móvil y le mando un mensaje corto: «Despierta, dormilona, que se nos hace tarde otra vez». Tardo dos segundos en arrepentirme del tono cariñoso, pero ya está enviado. Llevo tantos meses haciéndolo que da igual uno más.

Tres minutos después la veo bajar a la carrera. Pelo recogido a medias, la cara todavía blanda de sueño, los ojos pesados. Lleva unas mallas negras que le marcan cada curva de las caderas y una sudadera grande que le cuelga hasta la mitad de los muslos. Está recién levantada, sin maquillaje, y aun así no consigo concentrarme en otra cosa que no sea esa silueta caminando hacia mí, ese culo redondo apretado dentro del elastano.

—Nico, perdóname, te juro que me quedé dormida otra vez —dice abriendo la puerta del copiloto.

—Como cada mañana, Lara. Un día de estos te voy a dejar tirada.

—Mentira. —Sonríe y me da dos besos rápidos, uno en cada mejilla—. Tú no me dejas tirada porque me quieres.

Si tú supieras cómo te quiero, princesa.

Arranco el coche sin contestar y enfilamos la avenida vacía hacia las cocheras. Ella se acomoda en el asiento, se quita las zapatillas y sube los pies al salpicadero como hace siempre. La luz amarilla de las farolas le va pasando por la cara a intervalos, y cada vez que la miro de reojo me cuesta más mantener la vista en la carretera.

Hace casi dos años que la conozco. La trajo Mario un sábado a una cena en mi piso, recién empezaban a salir, ella se reía con todo lo que él decía y a mí me pareció una chica simpática, nada más. Luego entró a trabajar en la empresa, le asignaron mi ruta como acompañante de transporte escolar y, desde entonces, todos los días empiezan iguales: yo aparcando frente a su portal a las cinco y veinte, ella bajando tarde, los dos cruzando media ciudad en un silencio cómodo que cada semana se vuelve un poco menos inocente.

—¿Te traje café? —pregunto sin mirarla.

—¿En serio? Dios, te quiero.

—Vaso azul, abajo, sin azúcar como te gusta.

Lo coge con las dos manos y bebe un sorbo largo. Cierra los ojos. Suspira. Y ese suspiro, tan pequeño, tan estúpido, me hace agarrar el volante con más fuerza de la cuenta y me pone la polla dura contra la costura del vaquero.

Llegamos a las cocheras a las seis menos cuarto. Me bajo a hacer la revisión del bus, ella se queda dentro del coche terminándose el café. Cuando vuelvo ya ha subido a su asiento de siempre, el último de la fila izquierda, donde se tumba durante el trayecto vacío hasta la primera parada. Esta semana, no sé por qué, le ha dado por tumbarse del todo, con la sudadera enrollada bajo la cabeza, las rodillas dobladas y los ojos cerrados. Yo arranco el motor diésel, las puertas se cierran con su pitido habitual y salimos a la nacional.

La primera parada está a treinta y cinco minutos, en mitad del campo, donde la carretera secundaria se abre a un descampado con un cartel azul descolorido. Llegamos siempre con veinte minutos de adelanto, así que paro el bus en el arcén, apago las luces principales y dejo solo las de posición. Es la rutina. Veinte minutos de silencio absoluto, los dos solos en mitad de la nada, antes de que empiece la jornada real.

***

Hoy, sin embargo, el silencio no es silencio.

Llevo dos minutos con el motor apagado cuando lo escucho. Una respiración. Más rápida de lo normal. Entrecortada. Viene de los asientos de atrás. Al principio pienso que se ha quedado dormida y está soñando algo malo, pero entonces oigo un sonido distinto, como un suspiro contenido, y todo el aire del bus se me queda pegado al pecho.

Me levanto del asiento del conductor. Las luces de posición tiñen el pasillo de un naranja muy débil. Camino despacio, sin hacer ruido, agarrándome de los respaldos. A medida que avanzo el sonido se vuelve más claro. Es ella. Y no está soñando.

—¿Lara? —pregunto en voz baja cuando llego a su altura—. ¿Estás bien?

No me contesta de inmediato. Está tumbada de lado, de cara a la ventanilla, con la sudadera todavía bajo la cabeza. La mano derecha le ha desaparecido por dentro de las mallas. Veo el movimiento lento bajo la tela, dos dedos moviéndose en círculos sobre su coño, apretando y soltando. Veo su otra mano agarrada al respaldo del asiento de delante, los nudillos blancos. Y veo, sobre todo, cómo gira la cabeza muy despacio hasta cruzar la mirada conmigo.

—Nico —susurra, sin parar.

No sé qué decir. Llevo dos años imaginando este momento de mil formas distintas, y en ninguna de mis fantasías yo me quedaba mudo en el pasillo de mi propio bus.

—Perdona —digo, y es lo más estúpido que podría haber dicho.

—No te vayas.

Eso me clava al suelo. Me agarro al respaldo del asiento opuesto y la miro. Ella no aparta los ojos de los míos. La mano sigue donde estaba, moviéndose más despacio ahora, casi con calma, como si la presencia de un testigo hiciera todo más fácil en lugar de más difícil.

—Lara, ¿qué haces?

—Me estoy tocando el coño pensando en ti, Nico. Lo que llevo queriendo hacer hace meses delante de ti. —Su voz suena ronca, distinta a la voz de las mañanas—. Me he despertado empapada. Otra vez.

—Eres la novia de Mario.

—Soy una mujer caliente atrapada en un bus con el único hombre con el que querría follar. —Hace una pausa, traga, sigue—. Anoche Mario me metió la polla cinco minutos, se corrió dentro de mí y se durmió antes de que yo pudiera pedirle nada. Cinco minutos, Nico. Sin chuparme una teta, sin bajar a comerme el coño, sin nada. Llevo así un año.

No tendría que estar escuchando esto. No tendría que estar mirando cómo se le marca el bulto de los dedos bajo las mallas, cómo la tela se le ha ido oscureciendo por la humedad en el punto exacto donde se los está metiendo. No tendría que sentir la sangre bajando entera hacia la polla de un solo golpe. Pero estoy. Y la miro. Y la sigo mirando.

—Necesito un hombre, Nico —dice, y se incorpora un poco hasta quedar medio sentada—. No un niño que se corre en tres embestidas y se queda dormido. Te miro todas las mañanas y me pregunto cómo la tendrás. Cómo me la meterías. Cómo me agarrarías del pelo mientras te la mamo.

—Lara, esto…

—Ven aquí.

No me lo dice como una orden. Me lo dice como una súplica. Y eso es peor, porque las órdenes se pueden desobedecer y las súplicas no.

Doy un paso. Luego otro. Me siento en el borde del asiento de enfrente, con las rodillas casi tocando las suyas. Ella se incorpora del todo, se quita la sudadera por la cabeza con un movimiento limpio y se queda en una camiseta blanca de tirantes finos. Debajo no lleva sujetador. Las tetas se le marcan enteras contra el algodón, los pezones erguidos, marrones y grandes, tirando de la tela hacia adelante. Lo veo enseguida. Lo ve ella conmigo viéndolo. Y no se cubre. Al revés: arquea un poco la espalda para que las vea mejor.

—Tócame —dice.

—No deberíamos.

—Ya lo sé. Tócame igual.

Le pongo la mano en el muslo, encima de la tela. Lo noto caliente, mucho más caliente que el resto del bus. Subo despacio, milímetro a milímetro, observando cómo se le va abriendo la boca, cómo se le entrecorta el aire en la garganta. Cuando llego a la cinturilla de las mallas paro. La miro. Le doy la última oportunidad de echarse atrás.

Ella me coge la muñeca y se la mete dentro.

***

Está empapada. No empapada como en los relatos baratos, sino empapada de verdad, chorreando, con el vello púbico corto pegado a la piel y los labios del coño hinchados y resbaladizos bajo mis dedos. Cuando le paso el pulgar por el clítoris todo su cuerpo da un pequeño tirón hacia atrás y luego se relaja, y entonces empieza a moverse contra mi mano sola, restregándose, buscándome.

—Métemelos —pide—. Dos. Por favor.

Le meto el índice y el corazón hasta el fondo de golpe y ella se muerde el labio para no gritar. El coño la aprieta enseguida, caliente y viscoso, y cuando empiezo a sacarlos y a metérselos siento cómo se le abre por dentro con cada embestida. La acaricio como llevo dos años queriendo acariciarla. Curvo los dedos hacia arriba, buscándole ese punto rugoso que sé que tienen todas por dentro, y cuando lo encuentro ella pega un respingo y me clava las uñas en el antebrazo.

—Ahí, ahí, no pares —jadea—. Joder, Nico, así.

Le bajo las mallas de un tirón hasta las rodillas. No lleva bragas. Se ha bajado descalza al coche, sin ropa interior, con el coño ya empapado desde su cama. Lo veo entero por primera vez: rosa, brillante, abierto, con mis dedos entrando y saliendo y un hilo de humedad bajándole por el interior del muslo. Se me nubla la vista un segundo.

—Bésame —susurra.

Me inclino sobre ella y la beso. No es un beso tímido. Es un beso de los que se llevan acumulando demasiado tiempo, con dientes y con prisa y con lengua, un beso que sabe a café y a sueño y a culpa, y a otra cosa que prefiero no nombrar. Ella me agarra la nuca con la mano libre y me aprieta contra su boca como si tuviera miedo de que me arrepintiera. Con la otra mano me busca la polla por encima del pantalón, la agarra a través de la tela y aprieta.

—Joder, cómo la tienes —murmura contra mi boca—. Sácatela. Sácatela ya.

Su mano izquierda baja por mi pecho, por mi estómago, llega a la hebilla del cinturón. La oigo desabrocharla. Oigo el zumbido de la cremallera. Y de pronto su mano está dentro de mi calzoncillo, sacándome la polla al aire frío del bus, agarrándomela por la base con los dedos calientes, y soy yo el que se queda sin aire.

—Joder, Lara.

—Calla y déjame verla.

Baja la mirada. Se la queda mirando un segundo largo, mordiéndose el labio, y luego escupe en la palma y empieza a masturbarme despacio, subiendo y bajando, apretando bajo el glande cada vez que llega arriba. Es la imagen más obscena y más bonita que he visto nunca: ella tumbada en el asiento trasero de mi bus, despeinada, con la camiseta subida hasta las axilas, las tetas al aire subiendo y bajando con la respiración, los pezones duros como piedras, las mallas enrolladas en los tobillos, una mano en mi polla y la mía dentro de su coño, todo eso bajo la luz naranja de las luces de posición y el silencio de un campo todavía dormido.

—Quiero chupártela —dice de repente, incorporándose—. Llevo un año pensando en tenerla en la boca.

Se resbala del asiento hasta el suelo del pasillo, se pone de rodillas entre mis piernas y me empuja hacia atrás contra el respaldo. No me pregunta. No me avisa. Se agacha y se la mete en la boca hasta el fondo, hasta que noto el glande golpeándole el paladar y luego la garganta, y ahí se queda un segundo antes de sacarla despacio, tragando saliva, mirándome desde abajo con los ojos húmedos.

—Hostia —consigo decir.

Ella sonríe con la polla apoyada en la mejilla y vuelve a metérsela. Ahora la chupa entera, con ritmo, agarrándomela por la base y usando la lengua sobre el frenillo cada vez que sube. Me la saca de la boca con un chasquido, escupe encima, la vuelve a agarrar y empieza a hacerme una paja con la mano llena de saliva mientras me chupa los huevos. Los tiene en la boca uno a uno, tirando suavemente hacia abajo, y yo tengo que agarrarme con las dos manos al respaldo de al lado para no correrme de golpe.

—Mario nunca te la ha chupado así, ¿verdad? —le pregunto con la voz rota.

—Mario no me la deja chupar. Dice que es guarro. —Vuelve a metérsela hasta el fondo, la aguanta ahí ahogándose un segundo, la saca con hilos de baba colgando entre la lengua y el glande—. Yo quiero que me trates como una guarra, Nico. Por favor.

La agarro del pelo, se lo enrollo en el puño y le empujo la cabeza hacia abajo sobre mi polla. Ella gime con la boca llena y se deja hacer. La follo por la boca despacio primero, luego más rápido, notando cómo la garganta se le abre y se le cierra alrededor del glande, cómo la saliva le va cayendo por la barbilla hasta las tetas desnudas. Cada vez que sale a coger aire tiene los ojos más rojos y la boca más abierta, y me mira como si le estuviera dando exactamente lo que necesitaba desde hacía meses.

—Levántate —le digo—. Súbete encima.

Se sube al asiento. Se termina de sacar las mallas de una pierna, se pone a horcajadas sobre mí, se agarra la polla con la mano y la coloca contra la entrada del coño. No hace falta más. Baja de golpe, hasta abajo, y los dos gemimos a la vez cuando la nota entera dentro. Está tan mojada que ha entrado sin resistencia, y está tan estrecha que la siento apretándome cada centímetro.

—Dios, qué llena me tienes —jadea contra mi cuello—. Me llegas a un sitio donde no me había llegado nadie.

Empieza a moverse encima. Sube y baja despacio al principio, con las manos apoyadas en mis hombros, las tetas rebotándome delante de la cara. Yo le agarro una y le meto el pezón en la boca, se lo chupo, se lo muerdo suave, y ella pega un gemido más agudo y acelera el ritmo. Ahora se folla mi polla en serio, cabalgándome, dejándose caer con todo el peso, y cada embestida hace un ruido húmedo que retumba en el bus vacío.

—Más fuerte —le pido, agarrándola de las caderas—. Fóllame más fuerte, joder.

Le clavo los dedos en el culo y la ayudo a subir y bajar. Ella echa la cabeza hacia atrás, se agarra los pechos con las manos, se retuerce los pezones ella misma mientras me monta. Cuando abre los ojos y me mira los tiene vidriosos, desenfocados, la boca abierta soltando aire caliente sobre mi cara.

—Ponme a cuatro patas —dice de repente—. Quiero que me la metas por detrás. Quiero verte follándome en el reflejo de la ventanilla.

La levanto en peso, la giro y la apoyo con las manos contra el respaldo del asiento de delante. Le separo las piernas de una patada suave, le agarro las caderas y se la meto de golpe hasta el fondo. Ella grita esta vez, sin controlarse, y el grito rebota contra las ventanillas del bus.

La empiezo a follar por detrás con todas las ganas de dos años acumuladas. La embisto con fuerza, chocándole contra el culo con cada golpe, y el sonido de nuestros cuerpos golpeándose llena el bus entero. Ella se agarra al respaldo con las dos manos, arquea la espalda para ofrecerme más, y cada vez que la envisto se le escapa un jadeo distinto.

—Así, así, así, no pares —repite—. Rómpeme, Nico, rómpeme el coño de una vez.

Le doy una palmada en el culo, no muy fuerte, solo para probar. Ella pega un respingo y aprieta el coño alrededor de mi polla en respuesta. Se la doy otra vez, más fuerte. Y otra. La nalga se le pone roja y el coño se le contrae con cada azote, apretándome tanto que casi me corro ahí mismo.

—Me encanta —jadea—. Me encanta que me pegues, joder.

Me inclino sobre ella sin dejar de embestir, le aparto el pelo del cuello y se lo muerdo. Le meto la mano por delante y le busco el clítoris con dos dedos, se lo froto en círculos al mismo ritmo que le follo por detrás. Ella empieza a temblar entera. La conozco lo suficiente ya —lo he aprendido en diez minutos— para saber que cuando aprieta los labios y deja de respirar es porque está a punto.

—Voy a correrme —avisa, y la voz le sale ahogada—. Nico, voy a correrme, no pares, por favor no pares.

Cuando llega, lo hace apretando el coño alrededor de mi polla en espasmos tan fuertes que casi me expulsa. Se muerde el antebrazo para no gritar y aun así el gemido le sale por la garganta, largo, ronco, un sonido que no había oído nunca. Le siento cada contracción por dentro. Cada una me empuja un poco más al borde.

La saco cuando siento que ya no aguanto. La giro, la empujo contra el asiento y ella entiende sola: se resbala al suelo otra vez, se pone de rodillas, abre la boca y me mira desde abajo con la lengua fuera.

—Córrete en mi cara —pide—. Toda. Encima. Donde tú quieras.

Me la agarro y me hago las últimas pajas con la mano que todavía le huele a coño. Ella tiene una teta en cada mano, apretándoselas, ofreciéndomelas, la boca abierta a dos dedos de mi glande. Cuando me corro es largo. Es ruidoso. Es todo lo que llevo dos años aguantándome. El primer chorro le cae en la lengua, el segundo en los labios y la barbilla, el tercero le baja por el cuello hasta el escote y termina cayéndole entre las tetas. Ella no cierra los ojos ni la boca. Se lo traga entero, se pasa la lengua por los labios y sonríe.

Cuando termino me derrumbo contra el respaldo del asiento de enfrente. Ella se queda tumbada, con los ojos cerrados, una sonrisa pequeña en la boca y el pecho subiendo y bajando muy despacio, todavía con mi semen bajándole por la piel. Fuera todavía es de noche. Quedan doce minutos para la primera parada.

***

—Quiero más —dice, sin abrir los ojos—. No solo hoy.

—Lara…

—Cada día. Aquí. A esta hora. Antes de la ruta. Quiero que me folles cada mañana antes de trabajar, Nico. Quiero llegar a las paradas con tu corrida todavía dentro.

Saco un paquete de pañuelos de la guantera de servicio y se los paso sin decir nada. Ella se limpia el vientre, el pecho, la barbilla, se recoge lo que se le ha escurrido al escote con el dedo y se lo lleva a la boca sin dejar de mirarme. Se sube las mallas, se baja la camiseta, se vuelve a recoger el pelo. Sus movimientos son los de alguien que acaba de tomar una decisión sin pedirle permiso a nadie.

—Tengo que hablar contigo —digo, todavía con la respiración entrecortada.

—No ahora. Ahora estás cansado y vas a decir tonterías. —Me mira con una calma que me deja desarmado—. Hablamos esta tarde. Mientras tanto, no le digas nada a Mario.

—No iba a decírselo.

—Bien. Yo tampoco.

Me levanto, me abrocho el cinturón, vuelvo a la cabina. Enciendo las luces principales. El motor diésel vuelve a tronar bajo nuestros pies. Por el retrovisor interior la veo terminar de vestirse, recoger la sudadera, sentarse en el asiento del medio como una acompañante cualquiera a punto de empezar su jornada. Todavía le brilla la barbilla.

Cuando llegamos a la primera parada y suben los primeros tres niños con sus mochilas demasiado grandes, ella los saluda por su nombre con la misma voz dulce de siempre, les revisa el cinturón, les pregunta por los deberes. Yo agarro el volante y miro hacia adelante, hacia la carretera que ya conozco de memoria, intentando no pensar en lo que acabo de hacerle a la vida de mi mejor amigo, en la marca húmeda que noto todavía en la bragueta, en la mujer que acaba de comerse mi semen en el asiento de atrás y ahora sonríe a unos niños dormidos como si nada.

Esa tarde, cuando termine la jornada y la deje en su portal, sé que voy a aceptar todo lo que me pida. Lo sé desde el primer beso. Probablemente lo sabía desde antes.

Mañana, a las cinco y veinte, volveré a aparcar frente a su casa. Y ella volverá a bajar tarde. Y los dos sabremos exactamente por qué.

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Comentarios(9)

FedericoGZ

Tremendo. La tension antes de que pase algo es lo que mas me gusta de este tipo de relatos.

Nachi_BA

Por favor seguí con esto!! quede con ganas de mas jaja

LucianoMkt

Excelente!!! me encanto desde el principio.

SusanaMdq

me recordo a una situacion que vivi hace tiempo... uno sacrifica tanto por no armar lio. Muy bien contado

Morbologo

El principio ya te atrapa y no te suelta. muy bueno!!

RosaEscobar

Que situacion mas complicada. Se siente todo muy real, muy bien escrito.

Nomar

increible, ojalá siga pronto

CuentoFan_28

Hay algo en como describis esa tension que te mete dentro de la historia sin querer. Esperando la segunda parte!

AndresT_92

jajaja me mato la parte de la madrugada, uno ya lo ve venir y aun asi te sorprende. Saludos!

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