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Relatos Ardientes

Acompañé a mi mujer a la entrevista y la perdí ahí

Camila era demasiada mujer para mí. Esa era la única certeza que me quedaba después de diez años de casados. Sentir que un mortal cualquiera había terminado conviviendo con una diosa, y que en cualquier momento iban a venir a despertarme del sueño con un sacudón. Esa idea me acompañaba todos los días, como una sombra que no se iba ni con luz de mediodía.

Camila era de esas mujeres que paran el tránsito cuando caminan. Un metro setenta y cinco, melena platinada y lacia atada en una colita impecable, ojos claros enormes que desarmaban con una sola mirada. Tenía un cuerpo atlético y tonificado, conseguido a base de horas de entrenamiento y una disciplina que daba miedo. Las curvas, las caderas, la cintura dibujada con tiralíneas: una genética privilegiada que ella sabía administrar como una experta.

Y después estaba el resto: arquitecta de élite, mente afilada para la gestión de obra, una chispa para conversar con cualquiera, esa simpatía natural que te ganaba en treinta segundos. Yo, en cambio, era un tipo con la cabeza rapada, los brazos llenos de tatuajes y anteojos de marco grueso. Cada vez que la miraba seguía sin entender cómo había terminado conmigo.

Esa noche me había soltado el verso de siempre. Que se iba a juntar con Vero y Sofi para acompañar a Lucía, que estaba bajón por una historia mal terminada. Yo escuchaba y sentía un nudo en el estómago. Sabía que mentía. Llevaba meses juntando pistas: papelitos en los bolsillos, mensajes con el chat abierto a destiempo, perfumes que no eran los suyos. Decidí que esa noche se terminaba la función. Me ajusté la campera para tapar los brazos, me acomodé los anteojos y me fui atrás.

***

Lorenzo Bartoli. El italiano. Y, muy probablemente, el peor hijo de puta que crucé en mi vida. Un tipo con contactos en todos lados, desde la noche más turbia hasta negocios que no se podían nombrar en voz alta. De cara afuera, un empresario serio, con camisas de marca y barba candado siempre prolija. Por dentro, un depredador que veía a las mujeres como piezas de ajedrez.

La constructora que tenía a su nombre era la fachada de todo el quilombo. Oficinas en un piso altísimo sobre la Avenida Mitre y obras desperdigadas por todo el corredor norte. Cuando a mi mujer le llegó la propuesta sin que ella hubiera mandado un solo currículum, nos pareció raro a los dos. Pero Camila le miró los números a la constructora y se le encendió la cabeza: la empresa venía a la deriva y ella sentía que tenía con qué enderezarla. Aceptó sin pensarlo dos veces.

La entrevista cayó esa misma semana. En el despacho de Bartoli, frente a los bosques del parque, sobre una calle de pinos altos y cemento pulido. Yo fui con ella. No me lo perdía por nada del mundo. Conocía a los tipos como Lorenzo y no pensaba dejarla sola en esa fosa.

Llegamos a un piso de mármol y cuero, con techos altos y vista a la ciudad. Camila iba impecable: falda negra ajustada hasta las rodillas, camisa blanca abotonada hasta arriba, chaqueta torera negra que le cerraba la silueta como un guante. La combinación perfecta entre arquitecta de élite y esa sensualidad natural que no podía o no quería tapar.

Bartoli abrió la puerta con una sonrisa que no le llegaba a los ojos. Cuando me vio entrar atrás de ella, le cambió la cara por una décima de segundo. No supo disimular el fastidio. Se acercó a mi mujer, le rodeó la cintura con esas manazas y le plantó dos besos largos, mientras le clavaba una mirada turbia, completamente sucia. Después le corrió la silla con un caballerosismo berreta para que se sentara. A mí, ni me saludó. Era un fantasma en mi propia historia.

Camila empezó a desplegar planos, números, análisis de costos. Hablaba con la pasión de quien sabe de lo que habla. Yo la miraba maravillado, otra vez. Bartoli, en cambio, estaba en otra. Abría el teléfono, escribía en el chat, contestaba mensajes con la pantalla volcada hacia él. A los cuatro minutos tecleó algo más largo, dejó el celular boca abajo sobre la mesa y a los dos minutos justos se abrió la puerta del despacho.

Entraron dos tipos con traje oscuro. Caras de pocos amigos, con esa pinta de europeos del este o del sur que olfateás a peligro desde lejos. Vestidos de punta en blanco, pero con la mirada vacía. Bartoli levantó la vista, se acomodó la barba con un gesto lento y soltó:

—Disculpá mi falta de cortesía. Estas reuniones son tediosas y tu marido se aburre. Me tomé la libertad de pedirles a un par de empleados que lo lleven a recorrer las oficinas, las obras, la maquinaria.

Camila me clavó una mirada de extrañeza. Algo no le cerraba. A mí tampoco. Sentí un frío en la nuca que conocía bien. Pero los dos gorilas ya se me habían parado uno a cada lado, con una cortesía que más bien era una orden, y me invitaron a levantarme. No me quedó otra. Si armaba quilombo ahí, terminaba peor. Salí del despacho dejando a mi mujer a solas con el italiano.

***

Después supe lo que pasó. Lo armé pedazo a pedazo entre lo que ella me dejó intuir, lo que sus amigas chusmearon en silencio, lo que el espejo del baño me devolvió cuando llegamos a casa y me miré la cara de imbécil.

Apenas se cerró la puerta del despacho, Lorenzo dejó caer la careta. Camila lo notó en el cambio de postura, en cómo se sentó en el borde del escritorio en lugar de volver a su sillón. Le sostuvo la mirada un segundo y supo que la entrevista no iba a ser por planos.

—Sos muy linda para estar perdiendo el tiempo con un pibe como ese —le dijo él, sin rodeos.

Cualquier otra se habría parado y se habría ido. Ella no. Algo en esa brutalidad la prendió fuego. Hacía meses que se acostaba conmigo por costumbre y por ternura, pero no por hambre. El hambre se le había mudado a otro barrio hacía rato.

Lorenzo se le acercó dos pasos y le pasó el dorso de la mano por la mejilla. Ella no se movió. Después le bajó la mano por el cuello, por la solapa de la chaqueta torera, y le rozó el escote con la punta de los dedos. Camila cerró los ojos un segundo, apenas lo necesario para que él entendiera que tenía vía libre.

—Sacate todo eso —ordenó él, en voz baja.

La chaqueta cayó primero. Después la camisa, abierta botón por botón con una calma estudiada. La falda fue lo último: se la bajó ella misma, parada delante del escritorio, con la mirada clavada en la suya. Quedó en tanga, mostrando ese cuerpo atlético y tonificado que era una obra de arte. Lorenzo la miró de arriba abajo, sin tocarla, dejando que el silencio hiciera el trabajo.

—De rodillas.

Camila bajó al piso sin que se lo repitiera. Sobre la alfombra importada, frente a ese hombre con el que minutos antes hablaba de hormigón y presupuestos, le bajó el pantalón hasta los tobillos. Lo que se le apareció enfrente la hizo abrir los ojos. Una verga gruesa, larga, recorrida por venas que latían con cada respiración. Mucho más grande que la mía. Mucho más todo.

Se la metió en la boca despacio, midiéndola, calculando hasta dónde podía llegar. Lorenzo le pasó las manazas por la melena platinada y empezó a marcarle el ritmo él mismo, sin pedir permiso. Empujaba la cadera con una autoridad que no admitía discusión, obligándola a abrir la garganta. Ella se entregó, mirándolo desde abajo con los ojos vidriosos, mientras los sonidos húmedos llenaban un despacho que segundos antes era un templo del trabajo serio.

—Así, mi amor… seguí, que es toda tuya.

Le pegó un chirlo seco en la cola. El sonido retumbó en las paredes acústicas. Camila no se achicó. Redobló la apuesta, usando las dos manos en la base mientras pasaba la lengua por el borde del glande con una técnica que yo nunca le había visto en diez años. Lorenzo se reía bajito, con esa suficiencia del que ya cobró el trofeo.

—Las casadas son las mejores —murmuró, echando la cabeza para atrás—. Las que vienen con anillo y todo.

***

Mientras tanto, yo estaba dos pisos abajo, en la cafetería de la planta baja, escuchando a uno de los matones explicarme las ventajas operativas de una mezcladora industrial de quinta generación. El otro me llenaba el vaso de whisky cada vez que se vaciaba, con una sonrisa que pretendía ser amable. Ya iba por el segundo. Eran las cinco de la tarde de un miércoles.

Pasaron veinte minutos, después treinta. Le pregunté al tipo más grande cuánto faltaba. Me dijo que estuviera tranquilo, que en una reunión seria los números llevan su tiempo. Sonreí como un nene y miré el reloj. Algo en la nuca me seguía gritando que me parara, que pateara la puerta del ascensor y subiera.

Pero no me paré.

Tomé otro sorbo y le contesté con un chiste pelotudo sobre los precios del cemento. Esa fue mi vergüenza más grande de aquel día: la de haberlo intuido todo y haberme quedado sentado.

***

Arriba, Lorenzo había decidido cambiar de ángulo. La sacó de la boca con un gesto brusco y la levantó del brazo. Camila apenas se tenía en pie.

—Contra el escritorio.

Ella se inclinó sobre la madera lustrada, apoyando las palmas entre los planos que ya no le importaban a nadie. Lorenzo se posicionó detrás. Le enganchó la tanga por los costados y se la bajó de un tirón. Le abrió los glúteos con las dos manos y se agachó a chuparla con una voracidad salvaje. Camila soltó un gemido agudo que se ahogó contra los techos altos del despacho. Era la primera vez en su vida que un hombre la comía con esa hambre. Yo nunca lo había hecho así. Yo le hacía el amor.

Le hundió un dedo en el culo sin previo aviso, mientras seguía con la lengua en la concha. El contraste la arqueó como si la hubieran electrocutado. Le encajó un chirlo sonoro en la nalga, marcándole la mano roja sobre la piel clara. Otro chirlo. Y otro. Camila clavaba las uñas en la madera, desparramando los presupuestos por el suelo, totalmente entregada a un placer que no se parecía a nada que hubiera conocido.

Lorenzo se incorporó. Se llenó la verga de saliva, le agarró las caderas con las manazas de hierro y se la enterró hasta el fondo de un solo envión. Camila pegó un grito que se ahogó contra el escritorio. Empezó a darle con un ritmo salvaje, un vaivén que hacía crujir la madera, mientras le decía al oído lo que ella necesitaba escuchar y nunca se había animado a pedir.

—A las putas como vos hay que atenderlas bien, nena. Hay que darles lo que se merecen.

—Sí —contestó ella, con la voz quebrada—. Soy tu puta. Dame más.

—Y el pelotudo de tu marido afuera, tomándose un whisky… —se rio él, sin sacarla del ritmo—. Un cornudo de manual.

Camila no respondió con palabras. Movió la cola hacia atrás, buscándolo más profundo, confesando con el cuerpo lo que la boca no se animaba a decir.

La giró sobre el escritorio y la tiró boca arriba, sobre los planos que ya no tenían valor. Le levantó las piernas en V, le agarró los tobillos para abrirla más y volvió a entrar. La bombeó con una furia animal mientras le apretaba el cuello con la mano libre, lo justo para asustarla, lo justo para encenderla. Camila gemía con una intensidad que iba creciendo, descontrolada, sin poder taparse la boca aunque hubiera querido.

—Mirá cómo te tengo, arquitecta —le gruñía él—. Mirá cómo te abro toda.

Le dio tres estocadas finales, cortas y violentas, y se acabó adentro con un rugido ronco. Camila sintió el calor llenándola entera mientras su propio orgasmo la sacudía como un terremoto, dejándola con las piernas en alto y sin fuerzas para bajarlas.

—Eso es una atención personalizada, nena —le soltó él, mientras se acomodaba la ropa con la calma de quien acaba de firmar un contrato.

***

Cuando me llamaron para volver al despacho, Camila ya estaba vestida. La chaqueta torera prolija, la falda en su lugar, los labios ligeramente más rosados de lo normal. Sólo una cosa cantaba: el escritorio estaba completamente vacío. El teléfono, la lámpara, las carpetas con los planos: todo había sido reubicado contra la pared.

Bartoli se acercó con esa sonrisa de ganador y le apoyó la manaza en el hombro a mi mujer.

—Tremenda presentación me hizo, pibe. No me quedó otra que contratarla. Si quiere, ya es nuestra nueva arquitecta.

Camila hizo un movimiento seco de hombro y se sacó esa mano de encima al toque. Lo vi. Lo entendí. Vi la aversión, vi también la culpa, vi el cansancio de quien acaba de cruzar una línea y sabe que del otro lado ya no se vuelve. Me sostuvo la mirada dos segundos. Yo le sonreí como un boludo.

—Felicitaciones, amor —le dije.

Bajamos en silencio. En el ascensor le pregunté si quería ir a comer algo. Me dijo que prefería ir directo a casa, que estaba cansada. La llevé en silencio. Pensé en frenar a mitad de camino y pedirle que me contara, que me dijera la verdad, que cortáramos eso ahí mismo. Pero no frené. No le pedí nada. Manejé despacio, atento a los semáforos, mirándola de reojo en cada parada.

Llegamos a casa y se metió a bañar. Estuvo cuarenta minutos abajo del agua. Cuando salió, se acostó a dormir sin cenar. Yo me quedé sentado en la cocina, con una cerveza en la mano, sabiendo que al día siguiente iba a aceptar el trabajo y que esa entrevista iba a ser la primera de muchas. Sabiendo, sobre todo, que ya no era yo el que la hacía gritar.

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Comentarios (4)

TatoSur88

Tremendo relato, me dejo sin palabras. Segui subiendo!

Rodrigo_noche

Quede con ganas de saber que paso despues... hay segunda parte?

ManuelBaires

Me recorde de una situacion parecida que me toco vivir, no exactamente igual, pero esa sensacion de estar afuera sin entender nada es muy real. Muy bien narrado.

pablomdq33

El final me mato jajaja, no me lo esperaba para nada

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