Lo que pasó en la cala mientras ella dormía
Me llamo Diego y mi mujer se llama Mariela. Ahora tenemos cuarenta y tres años. Nos conocimos a los diecinueve, en la facultad, y tuvimos a Lucas cuando ella estaba por cumplir los treinta y uno.
Después del embarazo, Mariela se hundió en una depresión que no terminó nunca de irse del todo. Se sintió fea, gorda, distinta. Ese muro que levantó entre los dos se fue espesando con los años hasta convertirse en otra cosa. Hacía más de dos años que no me dejaba ni rozarla. Si yo insistía mucho, ella, sin mirarme, me terminaba con la mano y se daba la vuelta. Adiós.
Para nuestro decimoquinto aniversario decidí intentar algo distinto. Dejé a Lucas con mi madre y reservé cuatro días en un hotel sobre el mar, en una zona medio escondida que descubrí en una guía de viajes. La llamaban Cala Estrella, en la costa norte, lejos del bullicio de los destinos turísticos. Pensé que sin el chico, sin el departamento, sin la rutina, algo podía pasar.
El viaje en auto fue de los mejores que recuerdo. Mariela se reía de mis bromas viejas, ponía música de cuando éramos novios, me apoyaba la mano en la pierna. Llegamos al hotel con esa sensación rara de que el tiempo nos había devuelto algo. Spa, vista al mar, sábanas blancas, una botella de cava esperándonos en la mesa.
A la noche, en la cama, me acerqué. Le besé el hombro. Le puse la mano en la cintura. Mariela se puso rígida, suspiró y me apartó.
—Diego, no.
—Estamos solos, Mari. Cuatro días sin nadie. ¿No vamos a…?
—Te dije que no. ¿Tan difícil es entenderlo?
Se levantó, separó las camas individuales con un crujido seco contra la madera del piso y se acostó del otro lado. Yo me quedé mirando el techo, escuchando el mar.
Al día siguiente hice como si nada. Desayuno en la terraza, sonrisas, un paseo por el pueblo. A la noche, segundo intento. Misma respuesta. Esta vez incluyó un comentario sobre lo desagradable que se sentía con el cuerpo y cómo yo no entendía nada. Me dormí con bronca.
A la mañana siguiente le propuse ir a una cala más alejada, sin gente, donde ella pudiera estar tranquila sin sentir que la miraban. Aceptó casi a regañadientes. El acceso era un sendero entre rocas que casi me mata: cargué la sombrilla, la heladerita, las toallas y dos botellas de vino blanco mientras ella bajaba con el bolso y las gafas. Cuando llegamos abajo no había nadie. Una franja de arena clara entre dos paredes de piedra, el mar plano, el sol de mediodía.
Respiré. Armé el campamento, le serví una copa. Brindamos. Una botella entera entre los dos en cuarenta minutos. Después la segunda. Mariela se aflojó. Reía, me contaba cosas viejas de cuando salíamos. Le toqué el muslo. Esta vez no me apartó la mano, pero tampoco me devolvió el gesto.
—No empieces, Diego.
—No empiezo nada.
—Sí, ya sé cómo seguís vos.
Y se enderezó, se acomodó el bikini negro que le tapaba más de lo que necesitaba y se acostó boca arriba con el sombrero sobre la cara. Yo me serví otra copa. Tomé en silencio. En algún momento, con el sol pegándome en la nuca y el vino dándome vueltas, cerré los ojos también.
***
No sé cuánto dormí. Me desperté con la boca seca y un peso raro en la cabeza. Abrí un ojo y vi bultos. Tardé unos segundos en enfocar.
Había dos hombres arrodillados junto a Mariela.
Uno tendría unos sesenta, panzón, con el pelo gris pegado al cráneo. Estaba parado al costado de la cabeza de mi mujer con el bañador bajado hasta los tobillos, masturbándose despacio mientras le rozaba los labios con la punta. Cada tanto le apoyaba el glande en la boca, intentando entreabrirla con presión. El otro, más flaco, con barba de tres días, le había corrido la parte de arriba del bikini. Tenía un pecho de Mariela en la boca y la otra mano en su propia entrepierna.
Mariela seguía dormida. La respiración pesada, la boca entreabierta, las piernas todavía cruzadas como las había dejado. El vino la había noqueado.
Lo lógico hubiera sido gritar. Levantarme, gritar, romperles la cara, llamar a la policía. Eso es lo que cualquier marido habría hecho. Yo me incorporé en silencio y los dos viejos pararon en seco.
Nos quedamos los tres mirándonos. Yo respirando fuerte. Ellos esperando el golpe.
Y no sé qué me pasó. Si fue el vino, si fueron los dos años de rechazo acumulados, si fue ver a Mariela así, entregada sin querer, deseada por desconocidos como hacía mucho no la deseaba ni yo. Sentí cómo se me ponía dura debajo del bañador. El gordo lo notó antes que yo.
—Pibe… —empezó, sin animarse a moverse.
Hice un gesto con la cabeza. Sigan.
El flaco no esperó. Volvió a la teta de Mariela y le pasó la lengua por el pezón. Mariela arqueó apenas la espalda en sueños y largó un sonido bajo, gutural, que nunca le había escuchado.
Me senté en la arena a mirar. Mi mujer, la misma que hacía dos años no me dejaba tocarla, gemía dormida con la boca de un extraño sobre el pecho.
El gordo volvió a intentar metérsela en la boca. La cabeza de Mariela colgaba un poco hacia atrás y no había ángulo. Me arrastré, le pasé una mano por debajo de la nuca y le acomodé la cabeza sobre mi muslo.
—Despacio —le dije al gordo—. Está muy tomada. No la ahogues.
Me hizo caso. Le entreabrió los labios con dos dedos y se la fue metiendo de a poco. Mariela aceptó casi sin resistencia, como una boca que sabe lo que tiene que hacer aunque la dueña esté en otro lado. El gordo cerró los ojos. Yo le acaricié el pelo a mi mujer mientras otro hombre se la cogía en la boca con cuidado.
***
El flaco se cansó del pecho. Bajó la mano por el vientre de Mariela, le corrió la parte de abajo del bikini y la dejó al aire. Yo no había visto a mi mujer desnuda en pleno día desde hacía años. La piel todavía dorada del primer día, la cicatriz pálida de la cesárea, el vello recortado en un triángulo perfecto. Me dio un golpe de calor en el pecho.
Él la abrió con dos dedos y le pasó la lengua. Mariela gimió otra vez, más fuerte. No se despertó.
—Está hecha un río, pibe —dijo el flaco sin levantar la cabeza—. ¿Te das cuenta?
Me daba cuenta. Mi mujer, que me decía que no quería, que le daba asco, que estaba cansada, mojaba con la lengua de un desconocido entre las piernas. Lo entendí en ese momento con una claridad que me dolió. No era el sexo lo que rechazaba. Era a mí.
El gordo terminó con un quejido ronco. Se sacó la pija de la boca de Mariela en el último segundo y descargó sobre los labios, sobre el mentón, sobre los pechos. Se quedó así, jadeando, mirándome.
—Tu turno, marido.
***
Me arrodillé entre las piernas de mi mujer. El flaco se corrió a un costado y me dejó lugar. La toqué primero con la mano, despacio, como pidiendo permiso a una desconocida. Estaba caliente y resbaladiza. Le metí dos dedos y los moví hasta que arqueó la espalda otra vez.
No quería entrarla por adelante. Hacía años que esa puerta estaba cerrada para mí. Quería tomar algo que ella nunca me había dado.
La di vuelta con cuidado. La acomodé boca abajo sobre la toalla, con la cara apoyada de costado y la cadera levantada. Le abrí los glúteos con las manos. Ahí estaba, intacto, prohibido durante toda nuestra vida juntos. Le pasé la boca primero. Después saliva. Después dos dedos. La fui abriendo de a poco mientras el flaco se masturbaba mirando y el gordo, ya recuperado, le acomodaba otra vez la cabeza para volver a usarle la boca.
Cuando se la metí, Mariela gimió en sueños, un quejido largo que terminó en un suspiro. Entré con calma, milímetro a milímetro, mirándole la cara para asegurarme de que no se despertaba. El alcohol la sostenía en ese limbo de placer y ausencia.
Me cogí a mi mujer por primera vez en dos años, por un lugar al que nunca me había dejado entrar, mientras un desconocido le cogía la boca y el otro nos filmaba con su teléfono.
Duré poco. Cuando terminé, el flaco me reemplazó sin decir una palabra. La empujó con más ritmo. Yo me corrí a un lado y me quedé sentado, mirando, con la pija todavía dura en la mano y un nudo en la garganta que no entendía.
***
A las seis de la tarde Mariela abrió los ojos. La habíamos limpiado entre los tres, le habíamos puesto el bikini de nuevo, habíamos tirado las toallas manchadas al fondo de la heladerita. Los hombres se habían ido hacía una hora, con mi teléfono guardado en su agenda «por si algún día queríamos volver».
—Diego, me duele todo —dijo, con la voz pastosa—. ¿Qué pasó?
—Te emborrachaste, amor. Quisiste ir a las rocas a hacer pis y te caíste sentada. Te dije que no tomaras tanto.
Se tocó la cadera con un gesto incómodo. Frunció el ceño. Por un instante pensé que iba a recordar algo, que iba a leerme la cara, que se iba a dar cuenta. Pero solo sacudió la cabeza, se masajeó las sienes y aceptó la versión.
—Nunca más vino al sol.
—Nunca más —le dije.
Subimos el sendero despacio. Yo cargué todo, otra vez. Esa noche, en la habitación, le di una pastilla para el dolor y la metí en la cama. Se durmió enseguida, abrazada a la almohada.
Me quedé sentado al borde de la cama de al lado, mirándola, con el teléfono en la mano. Los dos hombres ya me habían mandado el video por mensaje. Lo miré entero, una vez, sin sonido. Mi mujer respiraba al lado, ajena, igual a sí misma. La misma cara, el mismo cuerpo, la misma persona. Y a la vez no.
Pasamos tres días más en la cala. Bajábamos solos, sin vino. Los hombres aparecieron una mañana, lejos, y me hicieron un gesto desde las rocas. Negué con la cabeza y se fueron. Mariela ni los vio.
Cuando volvimos a casa, algo había cambiado en mí. La miraba distinto. Ella seguía igual, distante como siempre. Yo guardaba el video en una carpeta cerrada con clave y dos números nuevos bajo nombres falsos en la agenda. Por las dudas.
Ya les contaré qué pasó la próxima vez.