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Relatos Ardientes

La promesa que mi profesora cumplió en aquel hotel

Cuando terminé la carrera, mi madre insistió en que me presentara a unas oposiciones brutalmente difíciles. Sus argumentos eran los de siempre: estabilidad, futuro, tranquilidad. Lo que no me dijo, aunque yo lo sospechaba, era que el verdadero motivo de la insistencia se llamaba Patricia.

Patricia era su mejor amiga desde hacía décadas y, casualmente, una de las pocas personas que en mi ciudad preparaba a opositores con buen porcentaje de aprobados. Tenía algo más de cuarenta y cinco años, melena cobriza que ella juraba que era teñida pero cuyo origen castaño nadie había visto en años, y un cuerpo que llevaba grabado en mi cabeza desde la adolescencia. Pecho enorme, caderas anchas, ojos azules que parecían de cristal templado y una boca que nunca terminaba de cerrarse del todo cuando escuchaba a alguien hablar.

Las primeras clases fueron en su casa de Valladolid, donde yo vivía entonces. Su marido, Ramón, siempre andaba por allí, igual que uno de sus dos hijos. Era un hombre tranquilo, religioso a su manera, perteneciente a un grupo parroquial bastante cerrado, y celoso de un modo silencioso pero firme. Eso bastaba para mantenerme a raya. No por miedo a él, sino porque tirar la piedra en aquella casa habría sido un desastre garantizado.

Me presenté tres veces. Tres suspensos. A la cuarta, ya viviendo en otra ciudad por motivos de trabajo eventual, le dije a Patricia que tiraba la toalla. Me llamó una mañana, había bajado a Málaga por una formación, y me invitó a comer antes de tomar el AVE de vuelta.

—Mira, Bruno —me dijo en la sobremesa, jugando con la copa de vino—. Sé que estás harto. Pero tú vales, y yo no digo esto por compromiso. Preséntate una vez más. Si apruebas, te debo una cena en el sitio que tú elijas. Y ese día se hará lo que tú quieras. Trato hecho.

Lo que tú quieras. Esa frase se me quedó en la cabeza como un anzuelo.

—Acepto —dije con una sonrisa de chiquillo—. Pero quede claro que pediré lo que me dé la gana.

Ella se rio y me dio un beso en la mejilla. Su perfume me acompañó hasta la noche.

***

Estudié sin matarme, pero con foco. Hice el examen en Madrid en agosto, salí pronto y volví desanimado, convencido de que había vuelto a desperdiciar el viaje. Tres meses después, mientras estaba en la oficina, sonó el móvil. Era Patricia.

—Bruno, prepárate para invitarme a cenar. Has aprobado.

Me costó un par de segundos procesar las palabras. Le pedí que me lo repitiera dos veces. Luego le recordé el pacto.

—Tranquilo —dijo riéndose—, lo prometido es deuda. Dime cuándo y dónde.

Quedamos para un viernes de octubre. Vendría a la costa donde yo vivía, se quedaría el fin de semana en un hotel del paseo marítimo y aprovecharía para darse un baño antes de que apretara el frío. Ramón no podía acompañarla por temas de salud. Mi madre, según ella, no se había enterado de los detalles del viaje.

Reservé en un coreano diminuto del puerto, sabía que le pirraba la cocina asiática y que Ramón nunca la llevaba. Fui a recogerla al hotel un poco antes de la hora. Estaba bajando las escaleras cuando levanté la vista del móvil y la vi.

Iba con un traje de tres piezas azul marino, chaqueta, pantalón y chaleco. El chaleco tenía un escote discreto pero traicionero, porque marcaba el volumen de su pecho de un modo que no admitía duda. Tacones del mismo azul. Pelo recogido en una coleta baja. Cuando se acercó y me dio dos besos, su perfume me cortó la respiración un segundo.

La cena fue larga, divertida, llena de anécdotas de los meses de preparación. En los postres le propuse ir a tomar una copa a un local con música en directo. Lo rechazó con suavidad.

—Estoy reventada, cariño. Mañana, si quieres, paseamos por la playa y comemos por ahí. Esta noche me apetece dormir.

La dejé en la puerta del hotel con dos besos largos y un golpe en el estómago.

***

El sábado por la mañana la vi en la arena. Llevaba un bañador negro, entero, porque, como ella misma me reconoció después, no había bikini que aguantara aquel pecho. Y aun así, fue uno de los espectáculos más obscenos que he presenciado en una playa pública. Las miradas de los hombres a su alrededor la perseguían como moscas.

Comimos en un chiringuito y la convencí, esta vez sí, de salir por la noche. Quedé en pasarme por el hotel a las nueve. Cuando llegué, en lugar de bajar, me llamó al móvil.

—Sube a la habitación. Trescientos cuatro. Ramón está llamando cada poco al fijo y quiero estar tranquila.

Subí con el corazón disparado. Me abrió con falda por encima de la rodilla, blusa blanca y un botón más desabrochado de lo que habría llevado en público. Me ofreció una copa de vino del minibar.

—Esto que te voy a contar es entre tú y yo, Bruno. Ramón se ha vuelto un poco insoportable con las llamadas. No es desconfianza, es manía. Pero por las dudas, mejor aquí dentro que en una terraza.

Me senté en una silla pegada a la mesita redonda. Ella tomó la de enfrente, con las piernas cruzadas en un gesto de profesora que conocía bien. La tensión no era mía: era de los dos. Lo noté en cómo bebía, en cómo me miraba un instante de más antes de apartar la vista.

Sonó el móvil. Era Ramón. Patricia descolgó y se llevó el aparato a la oreja.

—Sí, cariño, en la habitación. He cenado en el hotel. No, no estoy con nadie.

Yo estiré el brazo y le acaricié la rodilla por encima de la falda. Sus ojos se abrieron como platos. Me hizo un gesto con la cabeza, brusco, para que parara. No paré. Subí la mano lentamente por la cara interior del muslo. Ella apretó las piernas, pero la blandura de la carne las hacía cerrar mal.

—No, nada, me he asustado con un ruido en el pasillo —le mintió a Ramón con la voz un punto más alta de lo normal.

Mientras hablaba, le desabroché un botón más de la blusa. Sus pezones, perceptibles ya a través del sujetador, se marcaron de golpe. Cogí uno entre dos dedos, por encima de la tela, y lo apreté con suavidad. Patricia dejó escapar el aire por la nariz, despacio, para que su marido no lo notara.

—Pongo el altavoz, que se me cansa el brazo —dijo de pronto. Dejó el móvil sobre la mesa y me clavó la mirada. Era una mirada de rendición.

Con las dos manos libres, deslicé los dedos hasta el borde de su ropa interior. Estaba empapada. Aparté la tela y, con la punta del dedo medio, dibujé un círculo lento sobre el clítoris. Ella se mordió el labio inferior hasta dejárselo blanco.

—Patricia, ¿estás ahí? —preguntó Ramón al otro lado.

—Aquí, aquí, perdona. Es que estoy probándome unas cremas que compré por la mañana y me he distraído.

Introduje un dedo. Su coño me apretó con una fuerza que no me esperaba. Patricia echó la cabeza hacia atrás y, por un segundo, cerró los ojos.

—Cariño, voy a colgar, que me ha entrado dolor de cabeza —dijo con voz temblorosa—. Mañana te llamo yo.

—¿Seguro que estás bien? Te oigo rara.

—Estoy bien, te lo juro. Te quiero.

Colgó. Lanzó el móvil al sofá, se puso de pie y vino directa contra mí. Me besó con una rabia que no parecía propia de la mujer comedida que yo conocía. Era todo lengua, todo dientes, todo años de fantasía contenida.

—Llevo años pensando en esto, Bruno —me dijo cuando se separó para respirar—. Desde que tenías diecisiete. No sabes la cantidad de veces que me he masturbado pensando en ti.

***

La giré contra la mesa y le levanté la falda hasta la cintura. Su culo era grande, redondo, blando en el sitio justo. Le bajé las bragas hasta los tobillos. Ella separó las piernas sin que se lo pidiera.

—Despacio al principio —susurró—, que llevo mucho tiempo sin esto. Ramón apenas me toca.

La penetré desde atrás, despacio. Patricia se aferró al borde de la mesa con las dos manos, los nudillos blancos, mientras yo entraba milímetro a milímetro. Cuando estuve dentro del todo, me quedé quieto un segundo, sintiéndola palpitar a mi alrededor.

—Fóllame —dijo en un susurro ronco que jamás le había escuchado—. Fóllame como nunca te ha follado nadie a tu edad. Y no se te ocurra correrte dentro.

Empecé a moverme. Al principio, despacio. Luego más rápido. Sus pechos, sueltos dentro de la blusa abierta, golpeaban contra el filo de la mesa con cada embestida. La mesa crujía. Patricia mordía la manga de su propia chaqueta para no gritar.

Cuando se corrió, lo hizo con un temblor largo que le bajó desde el cuello hasta las pantorrillas. La sentí cerrarse en torno a mí como un puño.

—Joder —jadeó cuando recuperó el aire—. Joder, joder, joder. No puedo creer que esté haciendo esto.

Me retiré antes de correrme. Ella se dio la vuelta, con la falda todavía arrugada a la cintura, y me miró de arriba abajo.

—¿Y tú? Tú no te has corrido.

—Te he dicho que pediría lo que quisiera —dije, con la respiración entrecortada—. Y todavía no he pedido.

Sonrió de un modo que no le había visto nunca. Era la sonrisa de una mujer que sabe que ya no tiene nada que perder esa noche.

—Dilo.

—Date la vuelta otra vez. Pero esta vez no por delante.

Se quedó callada. Tardó un par de segundos en entender. Cuando lo entendió, negó con la cabeza.

—No, Bruno, eso no. Eso nunca. Ramón siempre dice que es una guarrada y yo… yo nunca lo he hecho.

—Justo por eso —le susurré al oído mientras volvía a colocarme detrás de ella—. Justo por eso.

Caminó hasta el neceser y volvió con un tubo de crema hidratante. Era lo único que tenía. Me lo tendió sin mirarme.

—Si me haces daño, paramos.

—Si me dices que pare, paro.

La preparé despacio, con paciencia, primero con un dedo, luego con dos. Ella respiraba largo, cada vez más rendida, con la frente apoyada en el cristal frío de la ventana. La habitación daba al paseo y a la playa, pero las cortinas finas no impedían que las luces del exterior se filtraran y la dibujaran en sombras chinescas.

Cuando empujé la primera vez, Patricia gimió con una mezcla de dolor y sorpresa que me hizo detenerme en seco.

—Sigue —dijo apretando los dientes—. Despacio, pero sigue.

Entré poco a poco. Centímetro a centímetro. Ella jadeaba, soltaba palabras sueltas, me pedía que esperara y que continuara casi en la misma frase. Cuando estuve dentro del todo, las dos manos pegadas a su cintura, me quedé quieto.

—No puedo creer que esté haciendo esto —repitió, esta vez riéndose entre lágrimas—. A mi edad. Con el hijo de mi mejor amiga. En un hotel.

En ese momento, sonó el móvil de la cama. Otra vez Ramón.

—Cógelo —le susurré sin moverme.

—Estás loco.

—Cógelo o paro.

Estiró el brazo, atrapó el aparato y descolgó. Le puso el altavoz por inercia.

—Dime, cariño.

—¿Sigues mala?

—Estoy mejor, gracias. Estoy… estoy haciendo unos ejercicios que me recomendaron para la espalda.

Empujé despacio. Salí. Volví a entrar. Patricia tenía los ojos cerrados y la boca abierta en una mueca que era todo menos espalda.

—Te oigo agitada.

—Es por el esfuerzo, Ramón —respondió con un hilo de voz—. Es como si me estuvieran… estirando.

Aceleré. Patricia se mordió el dorso de la mano libre. La que sostenía el móvil empezó a temblar.

—Voy a colgar, cariño, que me canso. Mañana hablamos.

—Te quiero.

—Y yo. Mucho.

Colgó. Tiró el móvil al suelo y se incorporó apoyándose en mí. Giró la cabeza para mirarme por encima del hombro. Tenía los ojos llorosos y la sonrisa más perversa que le había visto en la vida.

—Termina, Bruno. Termina dentro. Aquí no hay riesgo, y quiero notarlo.

No me lo tuve que repetir dos veces. Empujé con todo lo que me quedaba, agarrándome a sus caderas, sintiendo cómo el placer me subía por la espalda como una corriente. Cuando me corrí, lo hice apretándola contra la ventana, con la cara pegada al cristal y el reflejo de los dos repetido en la luna.

***

Después nos derrumbamos en la cama. Ella se quedó boca arriba, abierta de piernas, con la blusa todavía a medio abrochar y el rímel corrido. Yo le acariciaba el pecho con la palma plana.

—¿Y ahora? —pregunté en voz baja.

—Ahora nada. Ahora callamos los dos.

Se rio sin ganas, se giró hacia mí y me besó largo, despacio, sin urgencia.

—Sabes que esto no puede volver a pasar.

—Ya.

—Y sabes que va a volver a pasar.

—Ya.

Se quedó callada un rato, mirando el techo.

—Tu madre me mataría.

—Mi madre tiene su vida. Más de la que tú crees.

Giró la cabeza despacio. Las cejas levantadas. La curiosidad de pronto le había devuelto el color a las mejillas.

—¿Qué quieres decir con eso?

—Otro día, Patricia. Otro día.

Se quedó pensándolo un momento. Luego sonrió de medio lado, como quien acaba de descubrir que la vida es mucho más larga de lo que pensaba, y volvió a acomodarse contra mi hombro.

Cuando salí de la habitación, ya de madrugada, el pasillo del hotel olía a ambientador barato. En el ascensor, evité mirarme en el espejo. No por vergüenza, sino porque sabía que ya no iba a poder volver atrás. La promesa de aquella tarde de Málaga, hecha mitad en broma mitad en serio, se había cumplido al milímetro. Y yo había aprendido algo que no estaba en ningún temario: que las deudas más serias se cobran siempre en habitaciones de hotel, con el móvil del marido sonando al otro lado de la cama.

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Comentarios (2)

RamiroK

Excelente!!! de los mejores de esta categoria, sin dudas

Valentina_M

Me quede con ganas de saber como siguio todo despues. Por favor una segunda parte!!

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