Saltar al contenido
Relatos Ardientes

Lo que vimos por la rendija del cuarto de Aurora

En la preparatoria privada donde Camila y Tomás se conocieron, vendían un fanzine casero el primer viernes de cada mes. Los profesores lo compraban por compromiso, los compañeros por morbo, porque alguno de los cuentos era casi siempre un chisme apenas disfrazado. Como vendedores eran opuestos. Camila hablaba demasiado rápido y a veces decía groserías que la hacían parecer poco confiable. Tomás, en cambio, tenía la voz grave de quien ha hecho teatro, y vestía con camisas que lo hacían parecer ya un universitario.

—Vendes más porque eres guapo —le dijo Camila una tarde, mientras contaban monedas.

Lo dijo con tanta naturalidad que Tomás solo se rió. Llevaban tantos años de amistad que cualquier coqueteo habría sonado a broma. Y, sin embargo, Tomás pensaba que Camila era hermosa. Le admiraba el cuerpo curvo, los lentes pequeños, las blusas negras informales con las que se había aprendido a sentir cómoda después de años de que la llamaran «gordita» en la secundaria. Nunca se lo dijo. La amistad era demasiado buena para arriesgarla.

El grupo se completó sin planearlo. Mariela y Aurora aparecieron en sus equipos de trabajo y, antes de terminar el primer año, ya eran inseparables los cuatro. Mariela era morena, bajita, harta de todo. Decía «pendejo» con cariño y con rabia, y citaba telenovelas con una memoria sorprendente. En una escuela llena de niñas malcriadas, Camila se identificaba con ella, aunque Mariela nunca tuvo demasiado interés ni por las clases ni por el fanzine ni por Camila misma.

Lo que sí le interesó desde el principio fue Tomás. A base de roces, halagos y un beso inexplicable en la mejilla, Mariela se lo ganó antes de la primera primavera. Y desde entonces lo dominó. Le hacía las tareas, le apartaba el lugar en la cafetería, soportaba sus berrinches con una paciencia que Camila no entendía.

—Espero que te recompense bien después de clases —le decía Camila, burlona, ocultando su preocupación.

—Sin comentarios —contestaba Tomás, sonriendo torcido.

Aurora era la cuarta. Había vivido en el extranjero por el trabajo de sus padres y ahora estaba sola con una abuela medio sorda en una casa a las afueras. Era la más rara del grupo. Alta, pálida, con un fleco denso sobre dos ojos rasgados, cambiaba el color del cabello cada dos meses y usaba el uniforme escolar incluso los días en los que no era obligatorio. Debajo de la chamarra escondía una blusa ceñida que, en los pocos días de calor, dejaba notar lo que el uniforme tapaba: un abdomen firme, unos pechos grandes y redondos que parecía empeñada en disimular.

El cuarto de Aurora se convirtió en el centro del grupo. Estaba al fondo de un jardín, tras una cerca, y se entraba por unas escaleras de hierro negras y oxidadas. Tenía baño propio, refrigerador propio, llave propia. Aurora había pedido independencia hacía años y ahora podía vivir prácticamente sin ver a su familia. Los cuatro se tiraban en la alfombra a jugar videojuegos mientras Camila leía borradores del fanzine en voces ridículas.

Por la misma época en que Mariela y Tomás empezaron a besarse en frente de Camila sin ningún pudor, Aurora empezó a salir con Damián, un chico ajeno al grupo. Damián era alto, pálido, de labios rosados y muy peinado, con una gabardina gris que parecía estar siempre planchada. Casi no hablaba con ellos, salvo para preguntar por Aurora: «¿saben dónde está?», «¿saben si está molesta conmigo?». Aurora no necesitaba dominarlo como Mariela a Tomás. Bastaba que estuviera cerca para que Damián se quedara imantado, con una mirada de perro hambriento que a Camila le revolvía algo en el pecho.

Camila se quedó sola dentro del grupo. No le importaba. Tenía planes, ambición, una universidad pública en la mira. Y, además, los hombres le producían desconfianza desde aquella relación con un universitario que la había usado en la secundaria. Lo que le molestaba no era estar soltera, sino que sus amigas la hicieran excitarse cada vez que besaban a sus novios a centímetros de ella.

—Consíganse un cuarto —les gruñía, mientras les rociaba gotitas de agua.

Terminaron la prepa. Mariela y Aurora se quedaron en la universidad privada de la misma escuela. Camila y Tomás cumplieron su sueño y entraron a periodismo en una universidad estatal enorme. El grupo, contra todo pronóstico, sobrevivió. Cada jueves seguían yendo al mismo café; cada viernes, al mismo bar. Camila no recordaba haber sido más feliz.

Hasta que un jueves Mariela y Aurora no llegaron al café. El viernes tampoco aparecieron en el bar. No contestaban mensajes. Camila y Tomás los esperaron pidiendo cervezas, hablando con falsa alegría, sintiendo que algo se torcía debajo de la mesa.

—Si el próximo jueves no vienen, voy a casa de Aurora —dijo Camila.

Tomás asintió con una sonrisa apretada. Camila se dio cuenta entonces de que él no tenía la menor idea de lo que pasaba con su novia.

El jueves siguiente fueron juntos. Tomás iba con una camisa y un chaleco, igual que en la prepa. Camila llevaba shorts de mezclilla y una blusa holgada. ¿Seremos los únicos que nos quedamos detenidos en el tiempo?, pensó ella mientras subían las escaleras de hierro.

La cortina del cuarto de Aurora estaba caída, como siempre. Camila ya iba a tocar la puerta cuando los detuvo un sonido mojado y regular. Dos sexos moviéndose. Una respiración entrecortada. Tomás abrió la boca para susurrar algo, pero un grito desde dentro lo congeló.

—¡Sigue, pendejo! —gritó una voz que ninguno de los dos podía confundir.

Se miraron sin respirar. No dijeron nada, no decidieron nada. Sin pensarlo, se acuclillaron y buscaron una rendija entre la cortina y el marco. Apenas distinguieron un contraste de pieles sobre la cama: una más clara, otra más oscura. La oscura era Mariela. Bufaba, jadeaba, soltaba insultos como caricias. Ahora cabalgaba con saltitos pequeños, ahora se restregaba, ahora arqueaba la espalda en curvas mínimas. Era imposible verle la cara al hombre.

Camila estaba mojada. No podía evitarlo. Le excitaban el cuerpo de Mariela que apenas adivinaba, los jadeos, el olor a peligro y, sobre todo, la cercanía de Tomás. Sentía el hombro de él pegado al suyo, su respiración acelerada. Cuando por fin se atrevió a voltearlo a ver, Tomás tenía la cara sin expresión, como si lo hubieran apagado por dentro.

Bajó las escaleras sin hacer ruido. Camila lo siguió. Dos cuadras después lo encontró vomitando contra un muro. Se sintió culpable, sucia por haberlo deseado mientras su amigo se rompía.

—Sabía que estábamos mal —dijo Tomás, mirando al cielo para retener una lágrima—. Sabía que tenía que hablar con ella. No pensé que…

Camila lo abrazó largo. Tomás rompió a llorar por dos segundos, cortó el llanto de un tajo, y caminaron en silencio de vuelta a sus casas.

***

La semana siguiente, Camila ensayó frente al espejo lo que iba a decirle. Que hablara con Mariela. Que él era quien decidía qué iba a pasar. Que tal vez había sido una cosa de una vez. Que tal vez quería seguir con ella, pero que necesitaba confrontarla. Tomás asintió a todo. La abrazó. Le dijo «gracias, Cami, eres una gran amiga».

Camila no podía esperar. Algo en su instinto de futura periodista le decía que faltaba demasiada información. ¿Por qué Mariela cogía en casa de Aurora y no en la suya? ¿Quién era ese hombre? Al espiar por la rendija ella había alcanzado a ver una cara con el cuello contorsionado, medio oculta entre las almohadas. Le pareció que era Damián. Pero eso destruía cualquier lógica. ¿Cómo entraba Damián a casa de Aurora sin que ella estuviera? ¿Cómo se atrevía a engañar a su novia en su propia cama?

El miércoles siguiente, Camila volvió sola. Sin sorprenderse, encontró a Tomás a unas cuadras de la casa.

—¿Qué hace aquí hoy, compañero? —preguntó, fingiendo gracia.

Tomás solo sonrió.

Cruzaron el jardín y subieron las escaleras herrumbradas. Las cortinas color crema cubrían casi por completo las ventanas. Ninguno de los dos se sorprendió al escuchar otra vez los jadeos de Mariela. Se acuclillaron de nuevo.

Una rendija lateral, esta vez, dejaba ver mucho más. Mariela estaba sentada en cuclillas, completamente desnuda, sobre el cuerpo de un hombre. Su cabello negro liso le caía sobre la cara. Se mordía el labio mientras se restregaba, penetrada, balanceándose suave hacia adelante y hacia atrás. Los pezones, pequeños y oscuros, vibraban contraídos por el frío del cuarto. El hombre, en efecto Damián, le había puesto las yemas sobre las nalgas, con un cuidado casi devoto, como si no quisiera imponerle ningún ritmo. De pronto, su mano subía dibujando el costado, hasta abarcarle un pecho con una suavidad que no era de amante furtivo, sino de alguien que conocía cada centímetro.

Camila iba a voltear hacia Tomás cuando lo notó. Damián movía los labios. Hablaba. Pero Mariela no le respondía a él. Miraba a otro punto del cuarto, sonriendo con una mezcla de provocación y vergüenza.

Entonces Aurora se levantó de una silla pegada a la pared, a centímetros de la rendija, donde no había sido visible hasta entonces. Caminó hasta la cama con los pechos a la vista, la blusa ceñida arremangada hasta el cuello. Le quitó a Mariela el cabello de la cara con una caricia lenta. Le dibujó dos círculos sobre el hombro con las yemas. Se inclinó para besar a Damián en los labios. Luego volvió a su silla, se sentó y se metió la mano dentro del pantalón.

Camila se quedó sin aire. Tomás, a su lado, parecía haber dejado de respirar también.

***

—Ya no me va a contestar, ¿verdad? —dijo Tomás camino a casa.

—No. Mejor así.

—Mejor así.

Camila quiso decirle todo lo que llevaba dentro. Que si esto fuera un video porno le diría «ahora te toca a ti, ¿no te has preguntado nunca cómo me veo desnuda?». Que llevaba toda la semana imaginándolo. Que estaba dispuesta a perder la amistad si él aceptaba. No lo dijo. Tomás estaba demasiado herido y ella demasiado cobarde.

El jueves siguiente, Mariela y Aurora aparecieron en el café como si nada. Mariela corrió a abrazar a Tomás y le estampó un beso largo, sin explicaciones. Aurora se puso a contar historias de su infancia en el extranjero, en un tono extrañamente cercano. Mariela tenía la mano apoyada en la rodilla de Tomás. Camila la miraba apretando los dientes.

—¿Por qué nos cuentas todo esto ahora, Au? —preguntó al fin.

—Porque casi no hemos estado los cuatro en mi casa este último año —contestó Aurora, sosteniéndole la mirada—. Vengan el viernes. Hasta les cocino.

El viernes, Aurora la llamó por teléfono cuando ya iba camino al metro. Aurora nunca llamaba.

—¿Puedes sacarme un libro de la biblioteca de tu universidad? Necesito uno urgente.

Camila accedió. Le escribió a Tomás «adelántate, voy por algo para Aurora». Veinte minutos buscando un libro que parecía esconderse entre los estantes. Cuando por fin lo encontró, Aurora la llamó otra vez.

—Mis padres llegaron de sorpresa. Cancelo lo de hoy. ¿Puedes el martes?

—Sí.

—Va. Lo siento, Camila. Gracias por el libro. Ya le avisé a Tomás. Ten linda tarde.

Algo en la voz de Aurora sonaba demasiado suave. Y «ya le avisé a Tomás» no encajaba con el resto de la conversación.

***

El lunes encontró a Tomás solo en una banca de la universidad, mirando un punto fijo.

—No fuiste —dijo él cuando Camila se le acercó.

Camila se sentó sin hablar. Cerró los ojos.

—Cuéntame —pidió.

—Llegué y Aurora me abrió la puerta —empezó Tomás, mirándose las manos—. Se había recogido el fleco con dos pasadores. Sin la chamarra de la prepa se ve distinta, Cami. Llevaba un chaleco café y una blusa blanca. Me dijo que tú y Mariela aún no habían llegado. Nos sentamos en su cama a jugar un videojuego cualquiera. Yo solo quería preguntarle por Mariela. Debí haberme visto muy mal, porque me pidió que le contara qué me pasaba. Empecé a balbucear el nombre de Mariela, y ella me dijo «no seas tonto, Tomás, ella solo necesita su espacio, llevan mucho juntos».

—¿Y entonces?

—Me abrazó. Fue raro. Sentí uno de sus pechos contra mi brazo. Cuando nos separamos, ella tomó mi mano entre las suyas. Me dijo que tengo una linda sonrisa. Yo le dije lo mismo. Estábamos tan cerca como tú y yo estamos ahora.

Camila tragó saliva.

—Me besó. O yo la besé, no sé. Fue lento. Pensé que iba a llorar y, sin darme cuenta, ya tenía la mano en su cadera. Me preguntó si me gustaba su blusa. Le dije que sí. Se quitó el chaleco. «¿Con o sin chaleco?». «Sin», le dije. Se levantó la blusa hasta los omóplatos. No tenía brasier. «¿Con o sin blusa?».

Camila se levantó, dio un par de vueltas mirando al piso, se sentó otra vez.

—¿La tocaste?

—Sí.

—¿Y ella?

—Me abrió el pantalón. Pero apenas me tocó. Fue como si solo quisiera ver cómo estaba.

—¿Cómo que cómo estabas?

—Camila, por favor.

—¿La tenías?

Tomás hundió la cara en las manos. Cuando volvió a hablar, su voz era distinta.

—Cuando intenté desabotonarle el pantalón, se puso seria. Me preguntó desde cuándo la espiaba.

—¿Lo sabe?

—Lo sabe todo. Me preguntó si podía perdonar a Mariela. Le dije que en ese momento podía perdonar lo que fuera. Se acomodó la blusa y fue al baño. Desde adentro la oí decir «te dije». Me sentí humillado, pero no me moví. Cuando salió traía dos condones en la mano.

—¿Cogieron?

—No con ella. Aurora me besó otra vez y me preguntó si ya no estaba animado. Le dije que yo quería a Mariela. «Los condones no son para mí», me dijo. Y Mariela salió del baño completamente desnuda. Yo nunca la había visto así. Las dos veces que estuvimos juntos antes me había pedido la oscuridad completa.

—Tomás…

—Se colgó de mi cuello y empezó a besarme. Después se puso a mi espalda y comenzó a masturbarme desde atrás. Lo hacía fantástico, Cami. Tensaba la mano al subir, abría y cerraba los dedos al llegar al glande. Yo no entendía por qué estaba detrás hasta que me di cuenta de que era para que Aurora me viera. Aurora se acercó. Pensé que iba a besarme, pero no. Se detuvo cuando la rocé y se quedó ahí, sintiendo cómo Mariela me trabajaba. Pasó por sobre mi hombro y besó a Mariela en los labios. Luego se sentó en la silla pegada a la pared, se sacó otra vez los pechos de la blusa y empezó a masturbarse mirándonos.

Camila no podía respirar. Estaba mareada de rabia y de un calor que no quería reconocer.

—Aurora nos dijo que podíamos empezar cuando quisiéramos —terminó Tomás, sin verla—. Pero que yo tenía que estar arriba, y mirarla a ella todo el tiempo.

Camila apoyó la cabeza contra el respaldo de la banca. Recordó la rendija. Recordó el cuello contorsionado de Damián entre las almohadas. Aurora había estado allí también la primera vez. Aurora siempre había estado allí. Y ahora entendía que la había mandado a la biblioteca para quedarse con su parte del plan.

Lo que no se atrevía a confesarse era lo otro. Que mientras escuchaba a Tomás contarlo, ella se había imaginado entrando por la puerta del cuarto, encontrándolos así, y sentándose en la silla pegada a la pared. Que llevaba años deseando, en silencio, ser ella la que mirara desde la pared.

Valora este relato

Comentarios (1)

Javi_nocturno

Que bueno esto! me enganche desde el primer parrafo. Mas por favor

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.