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Relatos Ardientes

El extraño en mi terraza y el diario de mi esposa

Esteban Tomás contuvo la respiración mientras leía el primer renglón. Lo releyó dos veces, por si los ojos lo estaban traicionando, y después soltó el aire de golpe. Su mujer no estaba enferma. Solo estaba agotada y, por lo visto, tan rota por dentro como él lo estaba ahora.

«Abril 19 de 2024.

Querido diario:

Volví, sí, ya sé que hacía meses que no te abría. Aproveché que adelanté mi turno de descanso a bordo. Cerré los ojos pero no logré dormir. Llevo horas dándole vueltas a lo que me espera cuando aterricemos, así que mejor te lo cuento por escrito, para no estallar.

Estamos cruzando el Atlántico. Las chicas de la tripulación me miran raro. Pedí relevo en el último vuelo y eso nunca lo había hecho. Lorena ya me preguntó dos veces si estoy embarazada. Le dije que no con una sonrisa, pero no sé si me creyó. Te juro que no, amiguito. Sería el colmo agregarle eso al lío en el que ya estoy metida».

Esteban Tomás cerró los ojos un instante. Lorena. Esa azafata desinhibida que llevaba años trabajando con su mujer, que iba a sus cumpleaños y abrazaba con confianza. Una posible informante, sin saberlo. Apuntó el nombre mentalmente y siguió leyendo.

«He pensado mil veces cómo voy a sentarme frente a Esteban para soltarle todo esto. Apelaré a su buen juicio, ¿no? Eso es. Se lo contaré con calma. Le explicaré las circunstancias, le diré que la culpa es solo mía, que no le fallé porque me faltara algo, sino porque me sobró pasado.

Le contaré que iba caminando por uno de los pasillos del aeropuerto, apurada, buscando al resto de la tripulación. Que entre todos esos rostros desconocidos, uno me llamó la atención sin razón aparente. Que me detuve. Que él también se detuvo. Que el tiempo se replegó como una tela vieja y, de pronto, ya no éramos los dos extraños del aeropuerto, sino los dos chiquillos del barrio que se prometieron lo que después no se cumplió».

Eso, por lo menos, no era mentira. Esteban Tomás lo sabía ahora. El encuentro había sido casual. Carolina no lo había planeado. En eso había sido honesta. En todo lo demás, no.

«Tomamos un café rápido. Breve, ¿oís? Inocente. Lo juro. Nos despedimos con dos besos y el típico intercambio de números. Él me prometió que esta vez sí me iba a buscar. La misma promesa de hace veinte años, la que me partió el corazón cuando éramos casi adolescentes».

«Pero apareciste vos, monito mío, para reacomodarme. Para curarme sin darte cuenta. Así que daba lo mismo si él volvía a fallarme».

Daba lo mismo. Hasta que dejó de dar lo mismo. Esteban Tomás apretó el papel entre los dedos. Las líneas siguientes describían sin pudor cómo, esta vez, había sido ella quien lo buscó. Las fotos en las redes. La esposa de aquel hombre: blanca, ojos verdes, pelo negro corto. Un hijo parecido al padre. Una vida feliz por fuera y, evidentemente, podrida por dentro.

«Chateábamos a escondidas, monito hermoso, siempre detrás tuyo, como él lo hacía con su mujer. Nos vimos varias veces. Cafés en sitios públicos al principio. Almuerzos en restaurantes escondidos después. Aguardientes en bares para solteros. Y para cambiar el sabor de aquel primer café, una noche pedimos chupitos de vodka en Madrid, en febrero, para festejar mi cumpleaños con dos meses de atraso».

«Hijo de puta», pensó Esteban Tomás. Estaba casado. También le estaba mintiendo a su mujer. Apretó la mandíbula y siguió leyendo, porque ya no podía parar.

«Hasta que pasó, Esteban. Brindamos con champaña francesa en una terraza coqueta, con el sol bajando sobre el mar de los siete colores y una banda tocando reggae a lo lejos. En la mesa había restos de un pargo rojo, empanadas de cangrejo y un guiso rundown que él me dio a probar de su tenedor. Después caminamos descalzos sobre la arena. Bebimos ron con Coca-Cola en un bar lejos de la playa. Y esa noche, ya con los pies cansados y el alcohol entonadito, terminamos en la habitación de mi hotel».

Cartagena. El viaje de septiembre. Carolina había llegado a casa con la piel quemada por el sol y una sonrisa que Esteban Tomás había leído como felicidad por estar de vuelta. Qué imbécil había sido.

***

El sonido de unas zapatillas arrastrándose sobre la cerámica de la cocina lo sacó del trance. Esteban Tomás dobló las hojas a toda prisa y las guardó en el bolsillo trasero del pantalón. Cuando levantó la cabeza, ya tenía la cara compuesta.

—Hombre, llegué a pensar que se había ido a dormir y me había dejado plantado. ¿Dónde se metió? —Sebastián apareció en la puerta del patio, vaso en mano y una sonrisa cómoda en los labios.

—Estaba revisando que la puerta del patio estuviera cerrada. Si se me escapa Cleopatra, mañana tengo otro problema encima del que ya tengo —contestó con sequedad. Después, casi por inercia, agregó—: ¿Esa llamada significa que damos la conversación por terminada?

—Para nada, hombre. Solo estaban preocupados porque seguía por aquí. —Sebastián se devolvió a su silla en la terraza, sin notar el cambio de tono.

Justo cuando Esteban Tomás se sentaba, le sonó el celular. El nombre en la pantalla lo hizo levantarse de nuevo.

—Disculpe —le dijo al invitado, y se alejó hacia la chimenea.

—Hola, Nati —respondió bajando la voz.

—Cuñis. ¿Estás bien? Sofía me dijo que tenías una visita inesperada. Amigo de Caro, supuestamente.

—Acá lo tengo, sí. Es un colega de ella. Sebastián. Sebastián… algo. Con esta cabeza no le retuve el apellido. ¿Te suena el nombre?

—No, para nada. ¿Piloto?

—Piloto privado. Petroleros rusos, dice. Nada que ver con la aerolínea.

—Mmm. Eso es raro, Esteban. Caro nunca me lo mencionó. Pero ojo: Sofía me dijo que ese tipo le venía a entregar un encargo de Felipe. Quizás se conocieron cuando Felipe estuvo en Buenos Aires. Pregúntale.

—Sí, es raro. Por eso estoy hablando con él. Cuídate, y por favor échale un ojo a Sofía. Que no se pase de tragos. Te quiero.

—Yo más. Chau, cuñis.

***

Cuando Esteban Tomás volvió a la terraza, Sebastián ya tenía un cigarrillo entre los dedos, sin encender, esperándolo. La mirada azul del anfitrión lo recorrió de arriba abajo, escrutándolo en silencio, y el invitado se sintió incómodo. Sospechó que en aquella llamada algo se le había gestado en la cabeza al hombre. Respiró hondo e intentó encauzar la noche hacia la conversación pendiente.

—¿Todo bien? ¿Continuamos?

—Mi cuñada reportándose. Mi hija ya va para la casa. ¿Va a fumar?

—Aprovecho ahora, sí. Más tarde no creo que me dejen. —Sebastián encendió el Pall Mall y la llama del mechero le iluminó el rostro un instante—. Su mujer tiene un carácter fuerte. Decidida, racional. ¿Carolina siempre fue así?

—En carácter, sí. En lo demás, ahora la desconozco.

—¿En lo demás?

—Embustera. Manipuladora. Traidora. Infiel. ¿Se me quedará algo entre el tintero?

Sebastián sostuvo el vaso a la altura del pecho. No esperaba que el otro fuera tan directo. Tardó dos segundos en responder.

—Entiendo, hombre. Es lógico que ahora la vea así. Pero antes, antes de todo esto, ¿cómo era con usted?

—Carolina siempre le metió pasión a todo lo que hizo. Su trabajo la absorbe. Disfruta de las cosas chiquitas. Es segura de sí misma, ama lo simple. Es lectora, le encanta el mango biche con sal, escucha salsa hasta cuando no la oye nadie. Y cuando ama, lo hace sin estridencias. Caricias lentas. Palabras medidas. Más emoción que promesa.

—Mmm. Curioso, lo de las caricias lentas.

Esteban Tomás levantó una ceja. Sebastián, sin perderlo de vista, dio una pitada larga y siguió, como si la frase no hubiese caído entre los dos como una piedra al fondo de un pozo.

—Y la ropa. ¿Cambió mucho su forma de vestir? Yo casi siempre la veo en uniforme.

—Más sofisticada ahora. Colores profundos, telas suaves. Nunca compra por impulso.

—Detalles, Esteban. Detalles pequeños que dicen mucho. Cuando uno se da cuenta, claro.

El silencio se quedó colgado un momento entre los dos. El acetato había terminado de girar adentro. Sebastián se levantó, sirvió de nuevo aguardiente en la copa del anfitrión y se fue hasta el equipo de sonido a cambiar el casete. Esteban Tomás aprovechó la espalda del invitado para sacar otra hoja del bolsillo. Las manos le temblaban un poco.

«Diciembre 4 de 2022.

Hola, brujito. Volví a abrirte para contarte lo que me pasó hace unos días. Estaba a punto de echarme una siesta después de almorzar con la nena, cuando me llegó un mensaje y se me espantó el sueño.

Sí, ya sabés. Era de él. De Ese Ese. Y me puse nerviosa como una adolescente. Una vieja de treinta y ocho años, a punto de cumplir uno más, y temblando como una pendeja al leer cada palabra. No sé qué se me está despertando, brujito. Es un… un miedo sabroso. Todo rico.

¿Y Esteban? Sí, ya sé, ya sé. Pero no hice nada malo. Le respondí el saludo, como amigos. ¿Es traición eso? Quizás un poquito. Por eso, cuando leí su propuesta de festejarme el cumpleaños en Madrid o en Lisboa, me dio un escalofrío y cerré la pantalla. No debí decirle que pronto viajaba a Europa».

El sonido de unos aplausos lo sacó de la página.

—¡No puede ser, hombre, qué reliquias tiene usted en esta casa! ¡Casetes! Tiempos sin tocar uno. —Sebastián volvió a la terraza con la copa llena y la sonrisa amplia.

Esteban Tomás guardó las hojas con disimulo y le devolvió una mueca a medias. En la cabeza, sin embargo, tenía dos letras dando vueltas como mosca contra el vidrio: Ese, Ese. Las iniciales del amante de su mujer. Las iniciales del hombre que tenía sentado enfrente.

Por un segundo, dejó que la idea se acomodara. Sebastián Sosa. Sebastián Soto. Sebastián Salinas. Cualquiera de los apellidos posibles encajaba demasiado bien en el casillero vacío.

Pensó en preguntárselo directo, sin rodeos. «¿Cómo se apellida usted, Sebastián?». Pero después de leer lo que había leído, no quería darle al otro el tiempo de armar una mentira. Mejor seguir tirándole de la lengua, dejándolo cómodo, dejándolo creer que él no sabía nada.

—Esteban… ¿Esteban?

—¿Qué? Disculpe. Estaba en otra parte.

—Le preguntaba por los casetes. Pero no es importante. Mejor seguimos. ¿Por dónde íbamos?

—Me estaba contando que usted no me había traído la limonada.

—Eso. Exactamente eso. Y en cambio, ella misma bajó con dos vasos de plástico, llenos de jugo de borojó al clima. Se plantó frente a mí, esperando que diera el primer sorbo. Yo lo revisé con repelús, hasta que con esa voz de mando casi militar que ya conocíamos, me retó.

Sebastián se rió. Esteban Tomás no. Le siguió la cuerda con una sonrisa media, mientras por dentro, debajo de la mesa, su mano apretaba contra el muslo el manojo de papeles doblados.

El nombre. Faltaba el nombre. Y aquel hombre que bebía vodka en su terraza, sonriendo como si nada, iba a dárselo. Aunque no quisiera.

Continuará…

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Comentarios (5)

ManuelTC

tremendo relato!! me enganchó desde el primer párrafo y no pude parar

Paula_Rdz

Por favor necesito la continuación, me dejó con el corazon en la mano

lector_nocturno

Esa tensión entre lo que uno sabe y lo que preferiría no saber... muy bien lograda. Seguí así.

Leandro_Mdq

Se nota que hay emocion real detras de cada palabra. Muy bien escrito, felicitaciones

EloísaK

Me recordó a algo parecido que viví, esa sensación de descubrir algo que te cambia todo de golpe sin poder decir nada. Muy real el relato.

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