Saltar al contenido
Relatos Ardientes

Mi esposa volvió marcada y me ordenó arrodillarme

Lorena entró al departamento arrastrando los pies, con el pelo revuelto, los labios hinchados y una mancha oscura trepándole por la falda hasta la cadera. La tela rota se le pegaba al muslo, sudada y sucia, marcada por dedos que la habían manoseado sin tregua. Ni siquiera cerró la puerta del todo: la dejó entreabierta, como si invitara al aire del pasillo a entrar con ella.

Damián seguía donde lo había dejado horas antes, parado frente a la ventana, tragando saliva sin atreverse a girarse. La esperaba desde la medianoche. Sabía dónde había estado y con quiénes, porque ella misma le había mandado tres mensajes esa noche para recordárselo.

—¿No vas a preguntar nada, imbécil? —dijo Lorena, despacio, mientras se sacaba los tacones y los dejaba caer al piso de madera.

Cada zapato golpeó con un ruido seco. Damián cerró los ojos un instante.

Ella se sentó en el borde de la mesa del comedor con un cuidado fingido, como si sentarse fuera un castigo. Pero los ojos le brillaban con algo que no era cansancio.

—Me dejaron destrozada —se rió, y se levantó la falda hasta la cintura para que él tuviera que mirar—. ¿Ves esto? Roja, hinchada, abierta. Me usaron como quisieron, sin pedir permiso. Me tiraron del pelo, me mordieron, me escupieron. Y vos acá, esperándome con la lucecita prendida.

Un hilo blanco y espeso le resbalaba lento por la cara interna del muslo. Damián lo vio caer al parquet y no supo dónde meter la mirada.

—Uno me agarró del brazo y le dijo a los otros: «Esta viene mojada, está pidiendo». Me apoyaron contra una pared, me doblaron en dos, me hicieron gritar. Y yo me corrí, Damián. Tres veces. Me pusieron en cuatro y me destrozaron hasta que les rogué que pararan, pero ninguno quería que parara nadie.

Damián seguía mudo. La boca le sabía a metal. Cada palabra de ella era una piedra que le caía encima sin que pudiera apartarla.

—¿Querés saber lo peor? —Lorena se bajó la falda con un gesto teatral y se sacudió el polvo de las rodillas—. Esta tarde, mientras vos te rompías el lomo en la oficina, vino Bruno. Tu amigo Bruno, ese que siempre se queda a tomar la última cuando lo invitás. El que me mira el culo cuando creés que nadie se da cuenta.

Ella se llevó la mano al pecho y se acarició el pezón duro por encima de la camisa manchada.

—Tocó el timbre con una excusa idiota, una caja de vino que vos le habías encargado. Abrí en bata. No dijo ni hola. Me agarró de la cintura, me dio vuelta y me empujó contra la heladera. Me bajó la ropa interior con una sola mano y me la metió ahí, parada, con los platos del desayuno todavía sin lavar.

Damián cerró los ojos un segundo. Cuando los volvió a abrir, ella lo miraba fijo desde la mesa.

—Me susurraba al oído: «¿Esto te lo hace tu marido? ¿Te coge así ese infeliz?». Y yo le decía que no, que vos no, que nunca. Le decía que más fuerte, que no parara. Acabó adentro mío, me apretó las caderas hasta dejarme moretones y se fue sin saludar. Como si yo fuera basura. Una basura que él podía usar y devolver a su dueño.

Se chupó la punta del dedo, despacio, mirándolo a los ojos.

—Después salí a caminar. Pasó un auto, un tipo bajó la ventanilla y me dijo «subí». Ni siquiera le pregunté el nombre. Subí. Me bajó la ropa interior en el asiento, me abrió las piernas y me cogió ahí mismo, en una calle vacía, con los vidrios empañados y el cinturón clavándome la espalda. Acabó adentro y después me abrió con los dedos y me chupó hasta dejarme limpia. Me dijo «rica», me dijo «puta», me dijo que volviera cuando quisiera.

Está mintiendo, pensó Damián. Tiene que estar mintiendo. Pero algo en el modo en que se le quebraba la voz al final de cada frase le decía que no.

—Y al final estuvo Sebastián. Ese grandote del gimnasio que te pone nervioso cuando lo cruzás en el ascensor. Tenías razón en ponerte nervioso. Me llevó a una pieza atrás del bar, me tiró sobre una mesa pegajosa y me la metió en el culo sin avisar. Me quemaba, me ardía, y los otros se reían: «Aguantala, mamita, aguantala». Y yo aguanté. Aguanté todo.

Lorena volvió a abrir las piernas, despacio, dejando que cayera otra gota blanca sobre el piso.

—Estoy rota, Damián. Camino torcida. Y vos acá, mirando, sin saber qué decir.

Se acercó hasta él y le rozó la barbilla con dos dedos firmes. Olía a perfume rancio, a alcohol, a otros cuerpos.

—Sos mi marido. Eso no te da derecho a nada. Ni a preguntar, ni a opinar, ni a llorar. Sos el que espera. El que limpia. El cornudo.

Damián bajó la cabeza. No la miraba. Hacía meses que no la miraba.

***

Ella se bajó de la mesa sin apuro y se paró frente a él, descalza, con la falda manchada y el rímel corrido. Abrió las piernas con descaro y dejó a la vista todo lo que había traído a casa.

—¿Qué mirás? —le escupió—. ¿Querés probar lo que me dejaron los machos de verdad? ¿O vas a quedarte clavado ahí como un mueble?

Damián no contestó. Lorena le agarró la cabeza con una mano firme y lo empujó hacia abajo. No fue un empujón violento; fue suficiente.

—Arrodillate. Al piso. Como el perro que sos.

Él se dejó caer. Las rodillas le crujieron contra el parquet. Lorena subió a la mesa otra vez, se acomodó con las piernas bien abiertas y le apuntó con la cadera.

—Limpiame. Sacame con la lengua todo lo que me dejaron adentro. No quiero que quede ni una gota. Ni una.

Damián hundió la cara sin pensar. La lengua empezó a recorrerla con una urgencia que él mismo no se reconocía. La sentía caliente, hinchada, llena de un sabor ajeno que le ardía en la boca. Bajó hasta el ano, sucio y abierto, y lamió también ahí, con los ojos cerrados, sin pensar en nada más que en obedecer.

—Así me gusta —ronroneó ella, acariciándose los pechos por encima de la camisa rota—. Comete toda la leche ajena. Mirá cómo te chorrea por la barbilla. ¿Te gusta el sabor de los otros, amor? ¿Te gusta que te humille así?

Le hundió la cabeza más fuerte contra el sexo.

—No te frenes. Bruno me dejó lleno por atrás y todavía gotea. Limpialo todo. Más fuerte. Más adentro.

Damián gimió contra su carne. Hacía mucho que no la sentía tan cerca, y le daba vergüenza que esa cercanía solo fuera posible así, con la boca llena del semen de otros. Pero no paró. La lengua se le movía sola, pegajosa, rápida, derrotada.

—Sos un trapo de piso —dijo ella, casi cariñosa—. Mirá lo que sos. Tragando leche de otros, chupándome lo que me dejaron. Y te encanta. Mirá cómo se te marca abajo.

Lorena se arqueó, jadeó. Una ola la recorrió de la nuca al sacro.

—Me hacés acabar, hijo de puta. Con la lengua sucia, como un esclavo. Y me hacés acabar igual.

Con un movimiento brusco le apretó la cabeza contra el sexo y se vino sobre su cara. Le restregó la humedad por la nariz, por los labios, por la frente. Damián tragó sin pensar.

—Tomá. Tragate la mezcla. Lo mío y lo de ellos. Así te gusta, ¿no? Decime que sí.

Él asintió con la cara hundida entre sus muslos. No tenía voz.

Lorena lo empujó con el pie. No con violencia: con desprecio.

—Listo. Volvé a tu rincón, perro. Ya me serviste.

Damián se arrastró hasta apoyar la espalda contra la pared. La cara le brillaba. La respiración entrecortada. El pecho le subía y bajaba con un ritmo que no controlaba.

Lorena se acomodó la falda, encendió un cigarrillo y lo miró de costado, con la sonrisa torcida de alguien que ganó hace rato.

—Buen cornudo. Así te quiero.

***

El humo del cigarrillo subía despacio hasta el techo. Damián seguía en el piso, contra la pared. Lorena lo miraba con un asco que parecía cuidado, ensayado durante semanas frente al espejo del baño.

—¿Sabés qué, amor? —dijo, dándole una pitada larga—. Mientras vos te partías el lomo en esa oficina mediocre, yo me cogía a otro en esta misma cama. Acá. En la cama donde vos te me trepás con esa cosa triste que tenés entre las piernas. Un macho. Uno de verdad. Me rompió toda. Me acabó adentro tantas veces que estuve el día entero goteando.

Damián tenía los ojos clavados en el parquet. Cada palabra le caía encima como una piedra.

—Y sí. Me dejó embarazada, cornudo —escupió—. Llevo tres meses adentro con el hijo de otro. Y vos acá, chupando lo que sobra.

Se subió a él de golpe. Lo montó en el piso con bronca, como si lo castigara con el cuerpo. Se movía rápido, dura, riéndose con los dientes apretados, mezcla de placer y rabia.

—¿Querés saber cómo fue?

Y Damián lo vio. Sin querer, lo vio. La imaginó desnuda sobre las sábanas de los dos, cabalgando a un tipo sin cara, gimiendo con la boca abierta, con las manos del otro clavadas en sus nalgas. La vio acabar y volver a empezar. Vio la cama de ellos sacudirse con la violencia de un cuerpo ajeno. Una cama de dos, manchada por tres.

—Y no fue solo él, ¿eh?

Damián levantó la mirada apenas. Ella se inclinó y le escupió la mejilla.

—En el baño de un boliche, el sábado pasado. Cuando vos pensabas que yo estaba con mi prima. Ni me acuerdo del nombre del tipo. Me vio entrar con ese short corto que vos me regalaste para mi cumpleaños y me siguió sin decir nada. Me agarró del pelo, me empujó contra el lavabo y me la clavó sin pedir permiso.

Lo miró con burla, con un goce sucio en la voz.

—Ni me bajó la ropa. Me corrió el short hacia un costado y me la metió así, sin protección, sin preguntar nada. Me cogió rápido, sucio, duro, como si yo fuera una cosa que se podía dejar en el lavabo cuando terminara. Y acabó adentro. Hasta la última gota.

Se inclinó hasta tener la boca pegada a la oreja de él.

—Y yo me corrí igual. Sin culpa. Empapada. Salí del baño con la ropa interior chorreando leche ajena y me senté en la mesa de afuera con vos. Vos me pediste otra cerveza y me dijiste que estaba más linda que nunca. Qué imbécil.

Damián cerró los ojos.

—Salí caminando del boliche con el ojo del culo transpirado y el short todo metido en el medio. Pasé al lado tuyo en la barra y me reí. Vos me devolviste la sonrisa. Esa sonrisa de buen marido que me hace querer escupirte cada vez que la veo.

Lorena se bajó de él, se limpió la mano en la remera y caminó hasta la ventana. Tecleó algo en el celular sin apuro, como si tuviera todo el tiempo del mundo.

—Ah, cierto —dijo sin levantar la vista de la pantalla—. Mañana tenemos turno con el obstetra a las diez. Vas a venir conmigo. Vas a escuchar el corazón del hijo que no es tuyo. Y vas a sonreír como un papá ejemplar. Como el buen cornudo que sos.

Damián no contestó. No tenía con qué.

Ella se metió al baño caminando desnuda, con la espalda recta, las marcas todavía rojas en la cintura y en los muslos, el cigarrillo encendido entre los dedos. La puerta se cerró sin violencia, como si nada importara ya.

Damián quedó en el piso, contra la pared, con la cara húmeda y el sabor de otros tres hombres en la boca. Mañana iba a sonreír en el consultorio. Iba a apretar la mano de Lorena cuando sonara el latido. Iba a sonreír porque ya no sabía hacer otra cosa, y porque en algún rincón sucio de él mismo, había empezado a entender que tampoco quería aprender.

Ver todos los relatos de Infieles

Valora este relato

Comentarios (5)

PasajeroX55

tremendo!! me dejo con ganas de saber que paso despues

Romantico_77

Impresionante como capturaste ese momento, se siente totalmente real. Espero que haya continuacion pronto.

Carlox_89

me recordo a algo que vivi hace unos años... esa tension es inexplicable. Muy bien contado, de verdad

BrunoLector

jaja no lo pude soltar hasta el final. Que final!! Genial

ManuelQ_BA

Buenisimo relato. La tension desde el primer parrafo te atrapa y ya no podes parar de leer

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.