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Relatos Ardientes

La infidelidad empezó con un baile en la pista

Hola, amigos. Quiero contaros mi primera y, hasta hoy, única experiencia con la infidelidad. Lo que voy a contar ocurrió hace nueve noches y aún no soy capaz de digerirlo. Tal vez por eso lo cuelgo aquí, para que me ayudéis a entender en qué punto exacto perdí el control de mi propia vida.

***

Con Marina llevamos veintidós años juntos. Yo tengo treinta y ocho; ella, cuarenta y uno. Nuestro hijo cumplió los diecisiete en febrero, así que los viernes podemos salir tranquilos. Lo dejamos con la consola, una pizza congelada y la llave puesta. A las cuatro de la mañana lo encontramos siempre dormido sobre el sofá con todas las luces encendidas.

A Marina le encanta bailar. No es una afición, es algo físico, una necesidad. Mueve las caderas como si la música la habitara desde dentro. Yo, en cambio, soy un desastre rítmico, un peso muerto que ella arrastra por compasión. Después de dos canciones me retiro a la barra y la dejo. Ella se queda. Sola, casi siempre.

Hace cuatro meses, un sábado en un local del centro, un chico de veintipocos se le acercó. Lo vi desde la barra y se me heló la sangre. Empecé a sudar frío y un escalofrío me bajó por la espalda. Me lancé hacia ellos para cortar aquello, pero a dos pasos algo me detuvo. No fue rabia. Fue otra cosa: una excitación que no esperaba y que tampoco supe nombrar. Me quedé quieto, mirando, mientras Marina daba dos vueltas alrededor del chico y se alejaba sin darle más cuerda.

Esa noche no le dije nada. La siguiente vez, tampoco. Pero descubrí que me gustaba quedarme atrás. Descubrí que me gustaba imaginar.

Una madrugada, ya en el coche de vuelta, me atreví.

—Hoy se te acercaron tres.

—Tres no, cinco. Algunos no se enteran a la primera.

—¿Y no te molesta?

—Me molesta cuando son pesados. Cuando agarran. Hoy uno me puso la mano en el culo y se la tuve que retirar dos veces.

—¿Y te gustó?

Soltó una carcajada que casi me ofende.

—¿Cómo me va a gustar? Era un crío de veinte años. Yo no soy ninguna asaltacunas.

—Pero podrías... seguirles un poco más el juego.

Frenó en un semáforo y me miró con la ceja levantada.

—¿Qué me estás pidiendo exactamente?

—No sé. Que dejes que se acerquen. Que bailes con ellos un par de canciones. Sin más.

—Estás enfermo —dijo, riéndose a medias—. Estás enfermo y como sigas por ese camino vas a acabar siendo un salido divorciado.

No insistí. Pero la idea ya se me había metido bajo la piel y empezaba a echar raíces.

***

A partir de aquella conversación, cada viernes repetimos el mismo ritual. Una canción juntos por compromiso, las siguientes ella sola en su trocito de pista. Yo me alejaba lo suficiente para no estorbarla y lo bastante cerca para no perderle el rastro. Y cada noche aparecía alguno: joven, mayor, borracho, sobrio. Marina los aguantaba un par de canciones y los despachaba con una sonrisa firme.

Hasta el viernes pasado.

***

Esa noche la pista estaba imposible. Sonaba reggaeton, calor de viernes de junio, demasiada gente apretada en demasiado poco espacio. Por primera vez ni siquiera intenté la canción de cortesía: le besé la mejilla a Marina, le hice un gesto hacia la barra y me fui directo a pedir un gin-tonic.

Cuando me sirvieron y me giré, no la vi. Su esquina junto a la columna del fondo, esa de siempre, estaba ocupada por una pareja que se comía la boca. Marina no aparecía por ningún lado. Sentí un vuelco. No supe si era miedo o anticipación. Avancé entre la gente con el vaso sudándome en la mano.

Y la vi.

Bailaba con un hombre. No era un chico. Andaría rondando los cincuenta, alto, ancho de espaldas, con la camisa azul abierta dos botones y el pelo gris cortado al uno. Tenía la mandíbula marcada y unos brazos que se notaban incluso bajo la tela. Marina no le tomaba distancia. Marina se reía con la cabeza echada hacia atrás mientras él la conducía por la pista como si llevaran semanas ensayándolo.

Esperé. Estaba seguro de que en cualquier momento se apartaría, como hacía siempre, pero los segundos pasaron y no se apartó. Al contrario. La música subió de tempo y los cuerpos se acercaron hasta soldarse. Él metió una pierna entre las suyas. Le apoyó la mano izquierda en el riñón y la fue bajando hasta plantarla, sin disimulo, sobre la curva del culo. Marina cerró los ojos.

Se me disparó la polla dentro del vaquero. No podía dejar de mirarlos. Me acerqué un par de pasos, lo justo para ver mejor sin que ella me localizara.

Aquello ya no era un baile. Era un anticipo de otra cosa. Él le subía la mano derecha por el costado hasta rozarle un pecho. Le bajaba la izquierda por la cara interior del muslo. Marina tenía las mejillas encendidas. Notaba el bulto de aquel tío frotándose contra su cadera y no hacía nada por evitarlo. Cuatro canciones. Cinco. Perdí la cuenta.

Cuando terminó la última, él la abrazó con fuerza y la besó en la boca. Marina intentó zafarse medio segundo —fue un gesto reflejo, instintivo— y enseguida se rindió. Le devolvió el beso enredando la lengua con la suya. Él aprovechó para agarrarla del culo y levantarla un par de centímetros del suelo.

Después se separaron, jadeantes, y caminaron hacia la zona de los reservados, donde los sofás bajos y la luz tenue invitan a otra clase de conversación. Al pasar por mi lado, Marina me localizó. Sus ojos me buscaron entre la penumbra con una pregunta clarísima: ¿sigo o paro? Bajé la cabeza una vez. Solo una. Ella asintió y siguió caminando detrás de él.

***

No podía entrar a los reservados sin invitación. Me quedé en el umbral, viéndolos sentarse en uno de los sofás del fondo. Él la sentó a horcajadas sobre sus piernas. La falda se le subió a Marina hasta la cintura. Desde donde yo estaba apenas se distinguían las siluetas, pero los movimientos eran inequívocos: ella se inclinaba sobre él, lo besaba, le acariciaba el cuello. Él tenía las dos manos metidas debajo de la tela.

Estaba tan absorto que no me di cuenta de que un vigilante se había puesto detrás de mí hasta que me apoyó la mano en el hombro.

—¿Le entretiene el espectáculo?

Casi me trago la lengua.

—Yo... es mi mujer.

El tipo me miró de arriba abajo, sin sorpresa, con la paciencia profesional de quien ha visto de todo en doce años de turno de madrugada.

—¿Y va a montar una escena?

—No, no. Solo quiero mirar.

—¿Un mirón? ¿Un marido mirón?

Encogí los hombros sin saber qué responder. Él suspiró, se acercó al sofá, le dijo algo a Marina al oído. Ella asintió sin mirarme. El vigilante volvió.

—Pase. Pero quieto en aquella esquina y nada de números raros.

Me senté donde me indicó, en un sofá vacío a unos cinco metros. Desde allí los veía mejor. La música era más suave en esa zona, así que podía oír. Y oí.

Oí los besos húmedos. Oí los jadeos contenidos de Marina cuando él le mordía el lóbulo de la oreja. Oí el roce de la tela cuando él movió la cadera hacia arriba y ella dejó escapar un «mmm» largo que conocía demasiado bien. Era el ruido que hacía cuando algo le gustaba mucho.

No podía verle las manos. La penumbra y el respaldo del sofá me lo impedían. Pero el ritmo con el que ella movía la cadera contra su regazo no admitía dudas. Si aquel hombre no llevara pantalones, pensé, se la estaría follando ahí mismo delante de todos.

Aguanté quince minutos. Quince minutos eternos. Finalmente Marina se levantó, se bajó la falda con un gesto rápido, se acomodó el pelo y me hizo una seña con la barbilla hacia la salida. Él se quedó en el sofá, sonriendo, sin levantarse.

***

En el coche me bajé el cinturón antes de arrancar. Le pedí, casi le supliqué, que me la chupara. Estaba a punto de reventar. Marina me miró con una calma extraña, me agarró la polla con la mano y, en lugar de inclinarse, dijo:

—Antes tengo que contarte una cosa.

Apreté las llaves contra el muslo.

—¿Te ha gustado verme bailar pegada a Andrés?

—¿Así se llama? —fue lo único que pude articular—. Sí. Mira cómo estoy.

—Andrés no era ningún niñato torpe. Bailaba bien. Me llevaba. Me dirigía. Era distinto.

Su mano subía y bajaba por la polla, lentísima, sin dejar que me corriera. Cada palabra acompañada de una caricia milimétrica.

—Cuando se pegó a mí, pude notársela durísima. Y cuando me bajó la mano por debajo de la falda se dio cuenta enseguida de que hoy no llevaba bragas. No me mires así. Las que tenía limpias estaban en la lavadora, salí con prisa y no le di importancia.

Se me secó la boca de golpe. Había bailado sin bragas con un desconocido encima.

—Me agarró el culo y se pegó tanto que noté la polla a través del pantalón. Si no fuera por la ropa, me la habría metido allí mismo. Yo tampoco aguantaba. Le pedí ir a los sofás.

—Cuando me senté encima, al principio solo me besaba el cuello. Pero yo estaba sentada justo sobre su bragueta. Y se la bajó. Se la sacó.

Casi me da un infarto.

—Era enorme. Más grande que la tuya. Bastante más.

Me midió la longitud con la mano abierta y luego la separó otros diez centímetros en el aire.

—No iba a dejarla entrar. Te lo juro. La tenía sujeta con la mano para que se quedara fuera. Y entonces apareció el vigilante a preguntarme por ti.

Tragué saliva.

—Andrés lo oyó. Dijo: «que pase y mire». Y cuando vi que asentías, ya no pude más. La tenía caliente, dura, ahí mismo, contra el coño empapado. Me la metí yo. Despacio, para que nadie se diera cuenta.

—Marina...

—Apenas nos movíamos. Lo justo. Pero la sentía toda dentro. Nunca había tenido una así. Nunca.

Paró de masturbarme. Me apretó la base de la polla con dos dedos para que no me corriera todavía. Se subió la falda y me enseñó el muslo brillante. Estaba empapada, y no solo de ella.

—¿Me dejarás repetir? Voy caliente como una perra.

Me corrí sin que me tocara. Solo con esa frase. Un chorro me alcanzó el techo del coche y manchó la tapicería. Marina se rió, me agarró otra vez la polla y la apretó hasta sacar el último resto. Después bajó la cabeza y la lamió hasta dejarla limpia.

—Mmm —jadeó con la boca llena.

***

Así que, queridos amigos, esa es la situación. Hace una semana de aquello y Marina me ha preguntado dos veces más por Andrés. Lo conoce. Tiene su número. Solo espera mi luz verde.

Sé perfectamente lo que va a pasar si digo que sí. Se lo va a follar sin condiciones. Probablemente en mi cama. Tal vez me dejen mirar, tal vez no. Le va a comer la polla, le va a dejar correrse donde él quiera. Es posible que la sodomice por primera vez, porque eso conmigo nunca quiso intentarlo.

Pero si digo que no, ¿seguirá siendo fiel? ¿O empezará a verlo a mis espaldas, en horarios de oficina, con el móvil en silencio? Lo de la pista lo encajé. Lo del sofá lo encajé. Lo del coche lo encajé. Pero no sé si estoy preparado para un amante en mi propia cama. Y tampoco sé si tengo otra opción.

Decidme algo.

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Comentarios (5)

cordobes_lector

Excelente relato!! de los mejores que lei en esta categoria

FelipeGBA

La tension del principio esta muy bien lograda. Quede queriendo saber como sigue

Nico_BA99

buenisimo!!!

Nena_curiosa

Me encanto, se siente muy real. Hay segunda parte?

SrMaduro

Muy bien narrado, se nota que hay talento ahi. El momento en la pista esta descrito de manera que uno lo imagina perfectamente.

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