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Relatos Ardientes

Volví del viaje y mi novio ya lo sabía todo

La luz del amanecer entraba en la suite por una rendija entre las cortinas, una línea pálida que partía la cama en dos mitades desiguales. Camila despertó con el cuerpo entumecido, dolorida en lugares que jamás imaginó que pudieran doler de esa manera. Cada vez que intentaba apretar los músculos, sentía el vacío entre las nalgas, una dilatación que no terminaba de ceder. Un hilo tibio bajaba despacio por la cara interna del muslo, mezclándose con la humedad reseca de horas antes. Olía a él. A piel ajena, a whisky caro, a una rendición que ya no podía deshacer.

Oyó el sonido de una cremallera y abrió los ojos del todo.

Adrián estaba de pie junto a la cama, vestido con jeans oscuros y una camiseta negra. La chaqueta de cuero le colgaba del antebrazo y el pelo seguía revuelto, aunque ya no por la pasión de la madrugada sino por las pocas horas de sueño. Guardaba el teléfono en el bolsillo trasero del pantalón, el mismo teléfono que la había filmado mientras ella lamía cada gota de semen como si fuera lo único importante en el mundo.

Camila se incorporó despacio y la sábana se le deslizó hasta la cintura. Los pechos pequeños quedaron al aire, las marcas rojas todavía visibles en el cuello, los muslos manchados, el rímel corrido formándole sombras grises bajo los ojos. Se sintió diminuta. Más diminuta que nunca.

—¿Te vas? —preguntó, con la voz ronca y rota.

Adrián se giró y la miró un instante. No había ternura en sus ojos, tampoco posesión. Apenas una indiferencia educada, como quien revisa el menú del desayuno antes de elegir un cruasán.

—Sí. Tengo un vuelo temprano.

Camila sintió un nudo cerrarse en su garganta.

—¿Por qué no me despertaste? Podríamos desayunar, o… no sé, hablar.

Él suspiró como si la pregunta lo cansara antes de responderla.

—No hay nada que hablar, Camila. —Dio un paso, pero no para tocarla, solo para verla mejor—. Lo de anoche fue sexo. Buen sexo. El mejor que tuve en muchos meses, si querés que sea honesto. Pero no es nada más. No te quiero, no te amo, no pienso volver a buscarte. Nunca quise hacerlo.

Las palabras cayeron como piedras heladas sobre la sábana revuelta.

Camila parpadeó, esperando que fuera una broma cruel, que él se riera de repente y dijera «era mentira, quedate conmigo». Pero no.

—Siempre hago lo mismo —siguió él, con la calma con la que se pide un café—. Después de un estreno o de una entrevista me llevo a una mujer a la suite. La cojo como se me antoja, la marco, la rompo, la hago rogar. Y al día siguiente desaparezco. No es nada personal. Sos preciosa, te entregaste como pocas. Pero no sos distinta a las demás. Ninguna lo es.

Camila sintió que el aire se acababa dentro de la habitación. El mundo se derrumbaba en cámara lenta a su alrededor: las sábanas de hilo manchadas, el cuerpo que no terminaba de cerrar, los rastros secos en sus muslos como una burla pegada a la piel. Todo lo que había vivido en la madrugada, la entrega, el incendio, la sensación de pertenecer, se transformaba en ceniza fría.

—¿Y los videos? —susurró, temblando.

Adrián se encogió de hombros.

—Los guardo. Los miro cuando quiera acordarme de una buena noche. No los voy a publicar, no soy de esos. Son para mí.

Se dio vuelta hacia la puerta.

—Esperá… —dijo ella, casi gritando—. ¿Y yo? ¿Qué hago ahora?

Adrián se detuvo con la mano en el pomo, sin girar del todo el cuerpo.

—Volvé con tu novio. Decile que te perdiste entre la gente, que te quedaste sin batería, que alguien te ayudó. O contale la verdad, si lo querés destrozar. Vos decidís. Pero no me busques. No me escribas. No me llames. Esto termina acá.

Abrió la puerta.

—Cuidate, Camila.

Y se fue.

La puerta se cerró con un clic suave que sonó como un disparo dentro de su cabeza. El silencio que vino después fue peor que cualquier portazo.

Camila se quedó mirando esa puerta cerrada durante varios minutos. Después bajó la vista hasta su propio cuerpo. Las piernas todavía abiertas, los rastros pegajosos secándose en la piel. Llevó la mano hacia atrás, palpó el orificio dilatado. Apretó los músculos y solo consiguió un espasmo débil antes de que volviera a abrirse. Un poco más de fluido tibio escapó entonces y manchó la sábana blanca.

Y pensó en Mateo.

En cómo la había buscado entre la multitud del estreno, desesperado. En cómo le había regalado ese viaje solo para verla feliz. En cómo la abrazaba con suavidad, la besaba en la frente cada mañana, le preparaba el café exactamente como a ella le gustaba. En cómo nunca, ni una sola vez, la había hecho llorar de placer o de dolor. En cómo la quería de verdad.

Y ella lo había cambiado todo por una noche con un hombre que mañana no se acordaría ni de su nombre.

Las lágrimas volvieron, esta vez auténticas. No las del placer fingido de la madrugada. Esta vez eran de arrepentimiento puro, ese que aplasta el pecho.

¿En quién me convertí?

Se levantó despacio. Las piernas le temblaron como si recién aprendiera a sostenerse. Caminó al baño y se miró al espejo. La chica del reflejo era un desastre: el pelo enredado, el maquillaje corrido, las marcas dispersas por el cuello y los hombros, los ojos hinchados de una manera que iba a llevarle horas disimular. Intentó limpiarse con una toalla húmeda, pero cada roce le devolvía el recuerdo. El ardor entre las nalgas le hacía apretar los dientes con cada paso.

Se vistió con el vestido negro de terciopelo, que ahora olía a sexo y a alcohol caro. No se puso ropa interior porque la bombacha había quedado destrozada en algún rincón del cuarto. Cada movimiento le recordaba que algo dentro suyo había quedado abierto, que no iba a cerrarse así nomás.

Bajó en el ascensor sola. El lobby estaba casi vacío a esa hora y nadie le dedicó una segunda mirada; en hoteles así seguramente veían cosas peores cada noche. Salió a la calle. El sol de Miami ya golpeaba el asfalto. Pidió un coche por la aplicación, con el dedo temblándole sobre la pantalla, y se sentó en el asiento de atrás juntando las piernas con todas sus fuerzas para no manchar el tapizado.

Durante el trayecto al aeropuerto pensó en todo. En cómo iba a aterrizar en Buenos Aires. En cómo iba a mirar a Mateo a los ojos. En si le diría la verdad o repetiría hasta el cansancio la mentira que ya empezaba a ensayar. En si alguna vez volvería a ser la Camila tímida que solo fantaseaba con ese actor desde la seguridad de su cama.

Cuando llegó al aeropuerto y se sentó en una silla incómoda a esperar el embarque, con el ardor todavía presente y los restos secándose pegados a la piel, entendió algo con una claridad que la asustó: había cruzado una línea que ya no se podía borrar. Y aunque le doliera como el infierno, una parte muy oscura de ella, la misma que la había hecho rogar más durante la noche, no quería volver atrás.

Pero ahora tenía que enfrentar lo que quedaba en casa.

***

El vuelo de regreso fue un infierno silencioso. Camila pasó las nueve horas con las piernas muy juntas, sintiendo cada turbulencia como una puñalada baja. Se había improvisado una compresa con papel higiénico en el baño del avión, pero la vergüenza le quemaba más que el ardor físico. Cada vez que apretaba los músculos para retener algo, el cuerpo le respondía con un espasmo débil y la traicionaba.

Aterrizó en Ezeiza pasadas las diez de la noche. Tomó un taxi directo al departamento de Belgrano. Cuando abrió la puerta, Mateo estaba ahí, hundido en el sillón con el televisor encendido en mudo. Tenía ojeras profundas, el pelo revuelto, el celular en la mano como si lo hubiera revisado cada cinco minutos durante todos esos días. Al verla se levantó de un salto.

—Camila… gracias a dios.

La abrazó fuerte, sin hacer preguntas al principio. Solo la apretó contra el pecho como si temiera que volviera a desvanecerse. Olía a café frío y a ansiedad acumulada.

—Estaba muerto de preocupación. Llamé a la policía, a los hoteles, a todos los números que se me ocurrieron. Nadie sabía nada de vos.

Camila se dejó abrazar, pero el cuerpo se le quedó rígido. Sintió un hilo tibio bajarle por el muslo interno y se tensó todavía más.

—Perdoname… me perdí entre la gente. Era un caos. Me empujaron y terminé del otro lado del cerco. Después conocí a una chica argentina que también estaba sola y me invitó a su casa porque el celular se me había quedado sin batería y no sabía qué hacer. No pude llamarte. Perdón.

Las palabras salieron automáticas, ensayadas durante el vuelo entero. Mentiras suaves, creíbles. Mateo la miró a los ojos buscando una grieta, una sola, en esa fachada. Pero lo único que encontró fue a la Camila de siempre: pequeña, asustada, con los ojos grandes y culpables. Estaba más aliviado que enojado. La abrazó de nuevo.

—No importa. Estás acá. Es lo único que me importa. Vení, sentate. Te preparo algo.

Camila negó con la cabeza.

—Solo quiero bañarme. Estoy sucia del viaje.

Mateo asintió y le besó la frente.

—Dale. Yo te caliento algo mientras tanto.

Ella entró al baño y cerró la puerta con llave por puro instinto. Se quitó el vestido negro, que ahora olía a sexo rancio y al perfume de otro hombre, y lo dejó caer al piso. Se miró al espejo: las marcas todavía visibles en el cuello, los moretones leves en las caderas donde Adrián la había sujetado, el cuerpo entero contándole a quien quisiera leerlo una historia que ella no podía borrar. Abrió la ducha y dejó que el agua caliente cayera sobre los hombros. Se lavó despacio, intentando arrastrar todo: el olor, el tacto, los recuerdos. Pero cada vez que se pasaba la mano hacia atrás encontraba ese hueco que ya no respondía como antes.

No oyó la puerta abrirse. Mateo entró sin hacer ruido, preocupado porque tardaba demasiado y no respondía cuando la había llamado por encima del ruido del agua. La cortina era translúcida. La vio de espaldas: el cuerpo delgado bajo el chorro, las manos apoyadas en los azulejos, la cabeza baja en una postura que él no le conocía. Y entonces lo notó.

El cuerpo de Camila no se cerraba como antes. Cuando ella se movió para enjuagarse, algo entre las nalgas se contrajo apenas y volvió a abrirse, como si la piel ya no recordara su forma original. Mateo sintió que el corazón le golpeaba contra las costillas con tanta fuerza que pensó que se iba a desmayar. Dio un paso atrás sin hacer ruido. Bajó la mirada al vestido tirado en el piso, se acercó instintivamente y olió el rastro lejano de una colonia masculina que no era suya. Las náuseas le llegaron a la garganta.

Sin pensarlo demasiado, tomó el teléfono que Camila había dejado sobre el lavabo. La pantalla se desbloqueó con la huella, la misma huella que él conocía desde el primer mes de noviazgo. Abrió la galería. No había nada nuevo a primera vista. Pero en la carpeta de descargas encontró varios archivos que ella no había abierto todavía, enviados desde un número desconocido la madrugada anterior.

Los reprodujo uno por uno. Vio el cuerpo de Camila en posturas que jamás había visto en su propia cama. La oyó pronunciar el nombre de otro hombre con una desesperación que él nunca le había arrancado. La oyó decir cosas crueles sobre él, sobre su propia relación, sobre lo poco que él la satisfacía. La vio rogar por más. La vio llorar de un placer que nunca le había pertenecido.

Vio cada segundo. Cada gemido. Cada palabra. Cada lágrima derramada por otro.

Cuando el último video terminó, dejó el teléfono sobre el lavabo. La pantalla quedó encendida en una imagen congelada que él iba a recordar para siempre.

No dijo nada. No gritó. No rompió el espejo. Solo salió del baño en silencio, agarró su campera y las llaves del departamento, y cerró la puerta de calle con un cuidado casi tierno, como si todavía quisiera evitar despertarla.

Camila salió de la ducha diez minutos después, envuelta en una toalla. Vio el celular encendido sobre el lavabo. Vio el video pausado en la pantalla. Vio su propia cara: perdida, obsesionada, humillada y eufórica al mismo tiempo.

Entendió todo en un solo segundo.

Se dejó caer al piso de azulejos fríos y la toalla resbaló hasta los tobillos. Se abrazó las rodillas con los brazos cruzados, el agua todavía goteándole del pelo. Las lágrimas llegaron sin aviso, sollozos hondos que le sacudieron el cuerpo entero.

Mateo se había ido.

Adrián la había usado y la había olvidado antes de cruzar el lobby del hotel.

Y ella se había entregado por completo a un hombre que jamás iba a quererla.

Se quedó así, sola en el baño, llorando hasta quedarse sin lágrimas. El agua de la ducha seguía cayendo sobre la cerámica vacía. El reflejo en el espejo le devolvía a una mujer que ya no era la que se había ido de viaje hacía cinco días.

No va a volver.

Esa idea se le clavó adentro como un anzuelo que ya no se podía sacar. Mateo no iba a perdonarle eso. No después de los videos. No después de oírla decir lo que había dicho sobre él. Y aunque volviera por las cosas, aunque le mandara un mensaje pidiendo explicaciones, ya nada iba a ser igual.

Se quedó largo rato ahí tirada, con la piel todavía húmeda y el corazón abierto como una herida que no terminaba de cerrar. Pensó en escribirle. Pensó en buscarlo en lo de la madre. Pensó en arrodillarse en la puerta a esperar que volviera. Y en el fondo, debajo de todo el arrepentimiento, una voz mucho más oscura le murmuraba que esa noche con Adrián había valido la pena, que jamás había sentido algo parecido en toda su vida, que una parte de ella nunca iba a poder olvidar lo que había sido perderse así.

Esa voz era la que más miedo le daba.

Porque significaba que, aunque Mateo volviera mañana arrastrándose por el pasillo, aunque ella jurara mil veces que se había equivocado, en lo más hondo de su cuerpo seguiría latiendo el recuerdo de esa madrugada en Miami como un eco imposible de apagar.

Apoyó la frente contra la rodilla y se quedó así mucho tiempo, escuchando el agua caer y el silencio del departamento vacío.

Afuera, la ciudad seguía. Adentro, ella ya no.

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Comentarios (5)

Caro_Impulso

Dios mío, terminé de leer esto y me quedé mirando la pared. Que forma de escribir.

SolEdP

buenísimo!!!!

MarinaLT

Por favor una segunda parte, necesito saber como termina todo esto

ConfesionaL

Hay algo en cómo está narrado que se siente totalmente real. Felicitaciones

Martina_rio

Increible. Me lo lei de un tiron sin parar

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