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Relatos Ardientes

Volví del viaje y mi novio ya lo sabía todo

La luz del amanecer entraba en la suite por una rendija entre las cortinas, una línea pálida que partía la cama en dos mitades desiguales. Camila despertó con el cuerpo entumecido, dolorida en lugares que jamás imaginó que pudieran doler de esa manera. Cada vez que intentaba apretar los músculos, sentía el vacío entre las nalgas, una dilatación que no terminaba de ceder, como si el culo se le hubiera quedado con la forma exacta de la polla que la había abierto durante horas. Un hilo tibio y espeso bajaba despacio por la cara interna del muslo, semen mezclado con lubricante y con su propio flujo, escapando de un coño que también seguía hinchado, con los labios inflamados de tanta chupada, tanto mordisco y tanta embestida. Olía a él. A piel ajena, a whisky caro, a leche seca pegada a los pezones, a una rendición que ya no podía deshacer.

Se pasó la lengua por los labios y todavía sintió el gusto salado en el paladar, ese resto pastoso de la última corrida que él le había vaciado en la boca antes de dormir, obligándola a tragarla entera mientras le apretaba las mejillas para que abriera bien y le mostrara la lengua limpia. Cerró los ojos un segundo y el recuerdo la mareó: la mano de Adrián en la nuca, la polla golpeándole el fondo de la garganta, las arcadas, la saliva chorreándole por el mentón hasta las tetas, y ella pidiendo más con los ojos llenos de lágrimas.

Oyó el sonido de una cremallera y abrió los ojos del todo.

Adrián estaba de pie junto a la cama, vestido con jeans oscuros y una camiseta negra. La chaqueta de cuero le colgaba del antebrazo y el pelo seguía revuelto, aunque ya no por la pasión de la madrugada sino por las pocas horas de sueño. Guardaba el teléfono en el bolsillo trasero del pantalón, el mismo teléfono que la había filmado mientras ella lamía cada gota de semen como si fuera lo único importante en el mundo, con la cara embadurnada y sonriéndole a la cámara como una puta feliz.

Camila se incorporó despacio y la sábana se le deslizó hasta la cintura. Los pechos pequeños quedaron al aire, los pezones todavía morados de tanto mordisco, las marcas rojas todavía visibles en el cuello, los muslos manchados de costras blanquecinas, el rímel corrido formándole sombras grises bajo los ojos. Se sintió diminuta. Más diminuta que nunca.

—¿Te vas? —preguntó, con la voz ronca y rota de haber gritado, de haber suplicado, de haber tenido una polla atragantándole las cuerdas vocales durante media noche.

Adrián se giró y la miró un instante. No había ternura en sus ojos, tampoco posesión. Apenas una indiferencia educada, como quien revisa el menú del desayuno antes de elegir un cruasán.

—Sí. Tengo un vuelo temprano.

Camila sintió un nudo cerrarse en su garganta.

—¿Por qué no me despertaste? Podríamos desayunar, o… no sé, hablar.

Él suspiró como si la pregunta lo cansara antes de responderla.

—No hay nada que hablar, Camila. —Dio un paso, pero no para tocarla, solo para verla mejor—. Lo de anoche fue sexo. Buen sexo. El mejor que tuve en muchos meses, si querés que sea honesto. Cogés como pocas, chupás la verga como si te fuera la vida en eso y aguantás por el culo como una profesional. Pero no es nada más. No te quiero, no te amo, no pienso volver a buscarte. Nunca quise hacerlo.

Las palabras cayeron como piedras heladas sobre la sábana revuelta.

Camila parpadeó, esperando que fuera una broma cruel, que él se riera de repente y dijera «era mentira, quedate conmigo». Pero no.

—Siempre hago lo mismo —siguió él, con la calma con la que se pide un café—. Después de un estreno o de una entrevista me llevo a una mujer a la suite. La cojo como se me antoja, la marco, la rompo, la hago rogar. Le lleno los tres agujeros y al día siguiente desaparezco. No es nada personal. Sos preciosa, te entregaste como pocas, te dejaste hacer cosas que muchas ni se animan a decir en voz alta. Pero no sos distinta a las demás. Ninguna lo es.

Camila sintió que el aire se acababa dentro de la habitación. El mundo se derrumbaba en cámara lenta a su alrededor: las sábanas de hilo manchadas de semen y de saliva, el cuerpo que no terminaba de cerrar, los rastros secos en sus muslos como una burla pegada a la piel, un moretón violáceo con la forma exacta de sus dedos alrededor del cuello. Todo lo que había vivido en la madrugada, la entrega, el incendio, la sensación de pertenecer, se transformaba en ceniza fría.

—¿Y los videos? —susurró, temblando.

Adrián se encogió de hombros.

—Los guardo. Los miro cuando quiera acordarme de una buena noche, cuando quiera hacerme una paja pensando en cómo me pediste que te reventara el orto. No los voy a publicar, no soy de esos. Son para mí.

Se dio vuelta hacia la puerta.

—Esperá… —dijo ella, casi gritando—. ¿Y yo? ¿Qué hago ahora?

Adrián se detuvo con la mano en el pomo, sin girar del todo el cuerpo.

—Volvé con tu novio. Decile que te perdiste entre la gente, que te quedaste sin batería, que alguien te ayudó. O contale la verdad, si lo querés destrozar. Contale que otro te la metió por el culo y te la hizo pedir a gritos. Vos decidís. Pero no me busques. No me escribas. No me llames. Esto termina acá.

Abrió la puerta.

—Cuidate, Camila.

Y se fue.

La puerta se cerró con un clic suave que sonó como un disparo dentro de su cabeza. El silencio que vino después fue peor que cualquier portazo.

Camila se quedó mirando esa puerta cerrada durante varios minutos. Después bajó la vista hasta su propio cuerpo. Las piernas todavía abiertas, los rastros pegajosos secándose en la piel, el coño hinchado y rojo, los labios internos asomando entre los pliegues como si no supieran cómo volver a cerrarse. Llevó la mano hacia atrás, palpó el orificio dilatado. Metió la punta del dedo sin ninguna resistencia, un dedo entero, dos, y ni siquiera sintió apretón. Apretó los músculos y solo consiguió un espasmo débil antes de que volviera a abrirse. Un poco más de fluido tibio escapó entonces, blanco y viscoso, y manchó la sábana blanca con una gota espesa que se abrió como una flor obscena.

Se llevó los dedos manchados a la nariz sin pensarlo, respiró el olor a él mezclado con ella, y una arcada de asco y de excitación imposible la sacudió al mismo tiempo. Se limpió los dedos en la sábana con rabia.

Y pensó en Mateo.

En cómo la había buscado entre la multitud del estreno, desesperado. En cómo le había regalado ese viaje solo para verla feliz. En cómo la abrazaba con suavidad, la besaba en la frente cada mañana, le preparaba el café exactamente como a ella le gustaba. En cómo nunca, ni una sola vez, la había hecho llorar de placer o de dolor. En cómo la quería de verdad. En cómo la penetraba con cuidado, siempre boca arriba, siempre preguntándole si estaba bien, mientras ella acababa de terminar de vivir una noche en la que un desconocido la había puesto en cuatro y le había vomitado insultos al oído mientras le abría el culo con la polla seca.

Y ella lo había cambiado todo por una noche con un hombre que mañana no se acordaría ni de su nombre.

Las lágrimas volvieron, esta vez auténticas. No las del placer fingido de la madrugada. Esta vez eran de arrepentimiento puro, ese que aplasta el pecho.

¿En quién me convertí?

Se levantó despacio. Las piernas le temblaron como si recién aprendiera a sostenerse. Caminó al baño con las nalgas apretadas y hasta así sintió cómo otra gota tibia le corría muslo abajo. Se miró al espejo. La chica del reflejo era un desastre: el pelo enredado, el maquillaje corrido, las marcas dispersas por el cuello y los hombros, un chupón violeta al costado de una teta, la huella de una mordida en la cadera, los ojos hinchados de una manera que iba a llevarle horas disimular. Se abrió las nalgas frente al espejo casi sin quererlo y se miró el culo enrojecido, todavía entreabierto, con un rastro blanco en la boca del orificio. Cerró los ojos con vergüenza. Intentó limpiarse con una toalla húmeda, pero cada roce le devolvía el recuerdo. El ardor entre las nalgas le hacía apretar los dientes con cada paso, y cuando pasó el paño por el coño hinchado le brotó un gemido corto, involuntario, que la avergonzó todavía más.

Se vistió con el vestido negro de terciopelo, que ahora olía a sexo y a alcohol caro. No se puso ropa interior porque la bombacha había quedado destrozada en algún rincón del cuarto, rota por el mismo tirón brusco con el que él se la había arrancado antes de sentarla sobre su cara. Cada movimiento le recordaba que algo dentro suyo había quedado abierto, que no iba a cerrarse así nomás. El vestido le rozaba los pezones lastimados a cada paso y le mandaba pequeñas descargas que se le mezclaban con la vergüenza.

Bajó en el ascensor sola. El lobby estaba casi vacío a esa hora y nadie le dedicó una segunda mirada; en hoteles así seguramente veían cosas peores cada noche. Salió a la calle. El sol de Miami ya golpeaba el asfalto. Pidió un coche por la aplicación, con el dedo temblándole sobre la pantalla, y se sentó en el asiento de atrás juntando las piernas con todas sus fuerzas para no manchar el tapizado.

Durante el trayecto al aeropuerto pensó en todo. En cómo iba a aterrizar en Buenos Aires. En cómo iba a mirar a Mateo a los ojos. En si le diría la verdad o repetiría hasta el cansancio la mentira que ya empezaba a ensayar. En si alguna vez volvería a ser la Camila tímida que solo fantaseaba con ese actor desde la seguridad de su cama.

Cuando llegó al aeropuerto y se sentó en una silla incómoda a esperar el embarque, con el ardor todavía presente y los restos secándose pegados a la piel, entendió algo con una claridad que la asustó: había cruzado una línea que ya no se podía borrar. Y aunque le doliera como el infierno, una parte muy oscura de ella, la misma que la había hecho rogar más durante la noche, la misma que había gemido «más fuerte, rompeme», no quería volver atrás.

Pero ahora tenía que enfrentar lo que quedaba en casa.

***

El vuelo de regreso fue un infierno silencioso. Camila pasó las nueve horas con las piernas muy juntas, sintiendo cada turbulencia como una puñalada baja. Se había improvisado una compresa con papel higiénico en el baño del avión, y al bajarse la bombacha prestada de una azafata compasiva había visto la mancha densa y blanquecina en el fondo, un rastro que seguía saliendo de ella horas después. La vergüenza le quemaba más que el ardor físico. Cada vez que apretaba los músculos para retener algo, el cuerpo le respondía con un espasmo débil y la traicionaba, y otro hilo tibio le manchaba la tela.

Aterrizó en Ezeiza pasadas las diez de la noche. Tomó un taxi directo al departamento de Belgrano. Cuando abrió la puerta, Mateo estaba ahí, hundido en el sillón con el televisor encendido en mudo. Tenía ojeras profundas, el pelo revuelto, el celular en la mano como si lo hubiera revisado cada cinco minutos durante todos esos días. Al verla se levantó de un salto.

—Camila… gracias a dios.

La abrazó fuerte, sin hacer preguntas al principio. Solo la apretó contra el pecho como si temiera que volviera a desvanecerse. Olía a café frío y a ansiedad acumulada.

—Estaba muerto de preocupación. Llamé a la policía, a los hoteles, a todos los números que se me ocurrieron. Nadie sabía nada de vos.

Camila se dejó abrazar, pero el cuerpo se le quedó rígido. Sintió un hilo tibio bajarle por el muslo interno y se tensó todavía más, rezando para que no le calara la tela del vestido y quedara una mancha visible.

—Perdoname… me perdí entre la gente. Era un caos. Me empujaron y terminé del otro lado del cerco. Después conocí a una chica argentina que también estaba sola y me invitó a su casa porque el celular se me había quedado sin batería y no sabía qué hacer. No pude llamarte. Perdón.

Las palabras salieron automáticas, ensayadas durante el vuelo entero. Mentiras suaves, creíbles. Mateo la miró a los ojos buscando una grieta, una sola, en esa fachada. Pero lo único que encontró fue a la Camila de siempre: pequeña, asustada, con los ojos grandes y culpables. Estaba más aliviado que enojado. La abrazó de nuevo.

—No importa. Estás acá. Es lo único que me importa. Vení, sentate. Te preparo algo.

Camila negó con la cabeza.

—Solo quiero bañarme. Estoy sucia del viaje.

Mateo asintió y le besó la frente.

—Dale. Yo te caliento algo mientras tanto.

Ella entró al baño y cerró la puerta con llave por puro instinto. Se quitó el vestido negro, que ahora olía a sexo rancio y al perfume de otro hombre, y lo dejó caer al piso. Se miró al espejo: las marcas todavía visibles en el cuello, los moretones leves en las caderas donde Adrián la había sujetado a cuatro patas, los pezones oscurecidos por los mordiscos, la piel del pubis irritada por la barba ajena que le había estado horas raspando entre las piernas, el cuerpo entero contándole a quien quisiera leerlo una historia que ella no podía borrar. Se abrió las nalgas frente al espejo y comprobó, con un escalofrío, que el culo seguía sin cerrarse del todo, y que un hilo blanquecino asomaba todavía cuando apretaba. Abrió la ducha y dejó que el agua caliente cayera sobre los hombros. Se lavó despacio, intentando arrastrar todo: el olor, el tacto, los recuerdos. Se enjabonó el coño con las dos manos, se metió los dedos hasta el fondo tratando de sacarse cada rastro, y ahí, sin quererlo, sintió cómo su propio cuerpo la traicionaba y le mandaba una punzada de placer que la hizo morderse el labio. Cada vez que se pasaba la mano hacia atrás encontraba ese hueco que ya no respondía como antes.

No oyó la puerta abrirse. Mateo entró sin hacer ruido, preocupado porque tardaba demasiado y no respondía cuando la había llamado por encima del ruido del agua. La cortina era translúcida. La vio de espaldas: el cuerpo delgado bajo el chorro, las manos apoyadas en los azulejos, la cabeza baja en una postura que él no le conocía, las piernas apenas abiertas, una mano perdida entre las nalgas. Y entonces lo notó.

El cuerpo de Camila no se cerraba como antes. Cuando ella se movió para enjuagarse, algo entre las nalgas se contrajo apenas y volvió a abrirse, como si la piel ya no recordara su forma original. Mateo vio, con toda claridad, el reguero blanco que le bajó por la cara interna del muslo y desapareció con el agua. Sintió que el corazón le golpeaba contra las costillas con tanta fuerza que pensó que se iba a desmayar. Dio un paso atrás sin hacer ruido. Bajó la mirada al vestido tirado en el piso, se acercó instintivamente y olió el rastro lejano de una colonia masculina que no era suya, y algo más adentro de la tela, algo agrio, inconfundible, que le heló la sangre. Las náuseas le llegaron a la garganta.

Sin pensarlo demasiado, tomó el teléfono que Camila había dejado sobre el lavabo. La pantalla se desbloqueó con la huella, la misma huella que él conocía desde el primer mes de noviazgo. Abrió la galería. No había nada nuevo a primera vista. Pero en la carpeta de descargas encontró varios archivos que ella no había abierto todavía, enviados desde un número desconocido la madrugada anterior.

Los reprodujo uno por uno. Vio el cuerpo de Camila en posturas que jamás había visto en su propia cama. La vio en cuatro patas sobre una alfombra oscura, con la cara aplastada contra el suelo y el culo levantado, mientras una mano ajena le pegaba una nalgada tras otra y la piel se le enrojecía a la vista. La vio con la boca abierta y la lengua afuera, recibiendo un chorro grueso de semen en la cara mientras sonreía a cámara con los ojos entrecerrados. La vio sentada arriba de él, moviendo las caderas frenéticas, con las tetas rebotándole y una mano apretándole el cuello. La vio con la polla de otro hombre metida hasta la mitad en la garganta, las lágrimas cayendo por las mejillas, y aun así avanzando ella sola para hundírsela más adentro. La oyó pronunciar el nombre de otro hombre con una desesperación que él nunca le había arrancado. La oyó decir «cogeme, rompeme, soy tu puta», con una voz que era la de ella y no era. La oyó decir cosas crueles sobre él, sobre su propia relación, sobre lo poco que él la satisfacía. «Mateo nunca me la mete así», la escuchó gemir. «Mateo no sabe cogerme, contigo por fin siento algo». La vio abrirse las nalgas con las propias manos y suplicarle al otro que le metiera la polla por el culo, sin condón, hasta el fondo. La vio recibirla con un grito ronco, morderse el brazo para no gritar más, y después empezar a mover el culo hacia atrás pidiendo más. La vio llorar de un placer que nunca le había pertenecido, y también quedarse quieta al final, con la cara desencajada, dejando que él le vaciara adentro todo lo que tenía mientras le susurraba al oído lo puta que era.

Vio cada segundo. Cada gemido. Cada palabra. Cada lágrima derramada por otro. Cada gota de semen que el otro le había dejado en la cara, en las tetas, en la lengua, en el coño y en el culo.

Cuando el último video terminó, dejó el teléfono sobre el lavabo. La pantalla quedó encendida en una imagen congelada que él iba a recordar para siempre: la boca de Camila abierta, la lengua sacada como una comulgante, y un hilo espeso y blanco cayéndole desde la punta de la nariz hasta el mentón.

No dijo nada. No gritó. No rompió el espejo. Solo salió del baño en silencio, agarró su campera y las llaves del departamento, y cerró la puerta de calle con un cuidado casi tierno, como si todavía quisiera evitar despertarla.

Camila salió de la ducha diez minutos después, envuelta en una toalla. Vio el celular encendido sobre el lavabo. Vio el video pausado en la pantalla. Vio su propia cara: perdida, obsesionada, humillada y eufórica al mismo tiempo, con la boca abierta y el semen ajeno resbalándole por la piel.

Entendió todo en un solo segundo.

Se dejó caer al piso de azulejos fríos y la toalla resbaló hasta los tobillos. Se abrazó las rodillas con los brazos cruzados, el agua todavía goteándole del pelo, el coño y el culo todavía irritados apretándose contra sus propios talones. Las lágrimas llegaron sin aviso, sollozos hondos que le sacudieron el cuerpo entero.

Mateo se había ido.

Adrián la había usado y la había olvidado antes de cruzar el lobby del hotel.

Y ella se había entregado por completo, con los tres agujeros, con la voz, con las palabras más traidoras que jamás había dicho, a un hombre que jamás iba a quererla.

Se quedó así, sola en el baño, llorando hasta quedarse sin lágrimas. El agua de la ducha seguía cayendo sobre la cerámica vacía. El reflejo en el espejo le devolvía a una mujer que ya no era la que se había ido de viaje hacía cinco días.

No va a volver.

Esa idea se le clavó adentro como un anzuelo que ya no se podía sacar. Mateo no iba a perdonarle eso. No después de los videos. No después de oírla decir lo que había dicho sobre él, de verla abrirse el culo para otro, de escucharla suplicar por una polla que no era la suya. Y aunque volviera por las cosas, aunque le mandara un mensaje pidiendo explicaciones, ya nada iba a ser igual.

Se quedó largo rato ahí tirada, con la piel todavía húmeda y el corazón abierto como una herida que no terminaba de cerrar. Pensó en escribirle. Pensó en buscarlo en lo de la madre. Pensó en arrodillarse en la puerta a esperar que volviera. Y en el fondo, debajo de todo el arrepentimiento, una voz mucho más oscura le murmuraba que esa noche con Adrián había valido la pena, que jamás había sentido algo parecido en toda su vida, que ninguna corrida de Mateo iba a llenarla como la habían llenado a ella esa madrugada, que una parte de ella nunca iba a poder olvidar lo que había sido perderse así, abierta de piernas y de culo, gritando el nombre equivocado.

Esa voz era la que más miedo le daba.

Porque significaba que, aunque Mateo volviera mañana arrastrándose por el pasillo, aunque ella jurara mil veces que se había equivocado, en lo más hondo de su cuerpo seguiría latiendo el recuerdo de esa madrugada en Miami como un eco imposible de apagar. Que cada vez que su novio la tocara con esa ternura de siempre, ella iba a cerrar los ojos y a imaginarse otras manos abriéndole las nalgas, otra polla forzándole el fondo, otra voz llamándola puta al oído mientras se corría adentro.

Apoyó la frente contra la rodilla y se quedó así mucho tiempo, escuchando el agua caer y el silencio del departamento vacío. Sin querer, una de sus manos bajó despacio hasta el coño hinchado, y los dedos se le quedaron ahí, quietos, sintiendo el latido, reconociendo su propia derrota.

Afuera, la ciudad seguía. Adentro, ella ya no.

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Comentarios(8)

Caro_Impulso

Dios mío, terminé de leer esto y me quedé mirando la pared. Que forma de escribir.

SolEdP

buenísimo!!!!

MarinaLT

Por favor una segunda parte, necesito saber como termina todo esto

ConfesionaL

Hay algo en cómo está narrado que se siente totalmente real. Felicitaciones

Martina_rio

Increible. Me lo lei de un tiron sin parar

CarlosMdz

Me recordo a algo parecido que le paso a una amiga hace años... demasiado real esto

NocheDeLetras_CO

La tension que generas desde el principio es impresionante. Ya te sigo

Terri_24

jaja la imagen del espejo al principio lo dice todo, ahí ya sabés que no hay vuelta atrás

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