La vecina del cuarto que podría ser mi madre
Llevaba meses fantaseando con Amparo y ni ella lo sabía. Era la vecina del cuarto, una mujer de carnes generosas y sonrisa fácil que me sacaba más de veinte años. Cada vez que coincidíamos en el portal me saludaba con esa amabilidad de barrio que tienen las señoras de Zaragoza, y yo me quedaba mirándole el contoneo hasta que se cerraba el ascensor. Aquella tarde la vi entrar con su marido y los seguí sin que ninguno de los dos se diera cuenta.
Ramón entró primero, moreno y curtido, con esa cara de mala leche permanente que arrastraba a todas partes. Olía a tabaco y a vino de la sobremesa, gruñó un «hola» seco y se pegó al fondo del ascensor con el móvil en una mano y una lata de cerveza en la otra. A esas alturas del día ya iba medio borracho, como casi siempre. Amparo quedó en medio, de espaldas a mí. Yo, justo detrás.
El ascensor era viejo y estrecho, con ese olor a metal y a humedad de los edificios de antes. Ella pulsó el cuarto, yo el séptimo. Las puertas se cerraron despacio y se hizo el silencio.
No lo pensé dos veces. Deslicé la mano derecha por detrás y rocé el borde de su falda. Subí muy despacio por el muslo, cálido y firme bajo la tela. Amparo se tensó como un resorte: dio un saltito, la bolsa se le movió en el brazo y giró un cuarto la cabeza hacia mí con los ojos enormes.
—¿Qué…? —susurró apenas, la voz ahogada por la incredulidad.
Intentó dar un paso lateral para apartarse, pero el ascensor era tan pequeño que solo consiguió pegarse más a mí. Su cuerpo rozó el mío. Yo seguí subiendo, metí la mano bajo la falda por el interior del muslo y llegué a la ropa interior, ya tibia y húmeda. Aparté la tela a un lado con dos dedos.
Amparo soltó un jadeo corto que disfrazó de tos. Apretó los muslos, pero yo metí la rodilla entre sus piernas para mantener el sitio. Con la otra mano se agarró al pasamanos como si fuera a caerse. Miró de reojo a su marido —absorto en el móvil, dando sorbos a la cerveza, ajeno a todo— y luego a mí, con una mezcla de pánico y algo más oscuro.
—No… Iván… por favor… —murmuró bajísimo.
No dijo «para». No dijo «no». Solo «por favor», como rogándole al deseo que no la traicionara.
Metí un dedo despacio y la sentí empapada por dentro a pesar de todo. Se contrajo alrededor, caliente. Ella apretó los labios hasta dejarlos blancos, respiró fuerte por la nariz, intentó girar el cuerpo para escapar y solo consiguió que el dedo entrara más hondo. Con el pulgar le rocé el punto justo, en círculos lentos.
—Joder… no deberíamos… —dijo entre dientes.
Pero la cadera se le movió un milímetro hacia atrás, empujando contra mi mano. Trató de apartarme la muñeca con la mano libre, un agarre flojo, casi simbólico, que terminó soltándose para taparse la boca y ahogar un gemido.
El ascensor pasó el segundo, el tercero, lento y eterno. Ramón tosió, cambió de canción en el móvil sin levantar la vista. Amparo temblaba entera: las piernas flojas, la cara encendida, los ojos vidriosos. Sentí cómo se cerraba con fuerza alrededor de mi dedo y un calor repentino me mojó la mano. Se corrió en silencio absoluto, mordiéndose el dorso de la otra mano, un escalofrío recorriéndole la espalda.
Justo cuando llegamos al cuarto y las puertas se abrieron, saqué la mano despacio. Ella se tambaleó al salir, ajustándose la falda con dedos temblorosos. Ramón salió primero murmurando algo. Amparo se quedó un segundo en el umbral y me miró por encima del hombro: vergüenza, confusión, culpa y un brillo de deseo que no supo esconder. No dijo nada. Tragó saliva, se mordió el labio y salió detrás de él.
Yo me quedé dentro, con los dedos oliendo a ella y la entrepierna dura como una piedra.
***
Salí al rellano un instante después, intentando disimular. Al pasar a su lado en el pasillo estrecho, Amparo —con esa sonrisa de siempre, ahora con un filo de travesura culpable— estiró la mano y me dio un toque rápido y firme por encima de la cremallera. Un apretón juguetón, casi un «gracias por lo de antes», pero con tanta fuerza que me hizo trastabillar hacia atrás. Soltó una risita ronca, de mujer que llevaba años sin reírse así, y se giró hacia su puerta como si nada.
Ramón salió el último, tambaleándose con la cerveza. Me miró con los ojos turbios y dijo con voz pastosa:
—Hasta luego, chaval.
Dio dos pasos torpes, se paró en seco y se dio la vuelta señalándome con el dedo, como si acabara de recordar algo importante.
—Tú no eras el electricista, ¿verdad?
Con la cabeza todavía en otra parte, contesté tranquilo:
—Sí, sí que lo soy.
A Ramón se le iluminó la cara, o lo que fuera que hacía aquella cara de mala leche cuando se animaba.
—Mira, Amparo, ¡nos puede arreglar los enchufes el chaval! Que el del salón parpadea y el de la cocina salta cada dos por tres.
Amparo se quedó petrificada en la puerta, la llave en la mano y la cara de pronto pálida. Balbuceó:
—No, no, Ramón… no molestes al chico, que estará ocupado…
Olí la oportunidad y entré al trapo sin dudar.
—Será un placer. Si los tenéis a mano, os los dejo listos ahora mismo. No es nada.
Ella tragó saliva, intentando ganar tiempo.
—Es que… no tengo dinero en casa…
—Somos vecinos, mujer. Con una cerveza me vale.
—Tampoco… tampoco quedan cervezas…
Ramón soltó una carcajada ronca y dio un trago largo.
—Pues no podemos quedarnos sin cerveza, coño. Bajo al chino, a ver si está abierto.
Se dio la vuelta sin esperar respuesta y bajó las escaleras arrastrando los pies, murmurando contra el ascensor lento. El eco de sus pasos se perdió hacia abajo.
***
Amparo se quedó plantada, la puerta entreabierta, mirándome con puro pánico. Respiraba rápido, el pecho subiendo y bajando bajo la blusa. Sabía perfectamente lo que iba a pasar si me dejaba entrar.
—Iván… no entres… por favor… que si vuelve y nos pilla… —susurró.
Pero no cerró la puerta. No me dijo que me fuera. Se quedó ahí, bloqueando la entrada a medias, las piernas temblando ligeramente, un mechón rizado pegado a la frente por el sudor nervioso. Me miró fijo, mordiéndose el labio, y le vi las pupilas dilatarse: terror y hambre a partes iguales.
Di un paso adelante y le hablé bajito, pegado al oído.
—Solo voy a mirar los enchufes, Amparo… pero, si quieres, también puedo mirar eso que te tiene temblando desde el ascensor.
Cerró los ojos un segundo, soltó el aire despacio y se apartó, dejando la puerta abierta del todo. Entró primero, contoneándose sin querer, o queriendo, y murmuró con la voz ronca:
—Solo… solo los enchufes… y te vas antes de que vuelva…
Los dos sabíamos que era mentira. El pasillo olía a comida recalentada y a su perfume, y el salón estaba a oscuras salvo por la luz tenue de la calle.
Le quité las llaves de la mano con suavidad pero firme. Soltó un «¡eh!» bajito, sorprendida, sin oponer resistencia real. Cerré la puerta de un empujón seco; el clic del pestillo resonó como un disparo. Giré la llave dos vueltas por dentro.
Amparo se dio media vuelta e intentó pasar hacia la cocina, como si huir pudiera evitar lo inevitable.
—Iván… déjame… que Ramón vuelve enseguida…
La alcancé en dos zancadas y la abracé por la cintura desde atrás, junto al sofá viejo de terciopelo del salón. Pataleó un poco, entre risitas nerviosas, pero no gritó de verdad: no quería despertar al vecindario. La giré con facilidad —alta pero blanda, sin fuerza en la pelea— y la senté en el borde del sofá mientras me arrodillaba delante.
—¡Estás loco! —exclamó entre jadeos.
Le subí la falda hasta los muslos. La ropa interior, todavía húmeda del ascensor, le marcaba el calor. Bajé despacio, arrastrándola por las piernas gruesas hasta dejarla enredada en las rodillas. Le separé los muslos con las manos y la sentí abrirse, brillante de humedad fresca. Olía a mujer madura y excitada, a deseo prohibido.
Amparo dejó de forcejear. Se quedó quieta un segundo, respirando fuerte.
—No sigas… que si vuelve nos mata… pero… joder… —susurró, y no terminó la frase.
Empezó a mover la cadera apenas, un vaivén sutil, pidiendo más sin admitirlo. Metí dos dedos despacio y la noté contraerse al instante, caliente y resbaladiza.
—Dios… no… sí… —gimió, ahogando la voz contra el cojín.
El reloj de pared marcaba las nueve menos cuarto. Ramón podía volver en cualquier momento. El riesgo latía igual que mi pulso.
***
De pronto el móvil de Amparo vibró y sonó fuerte en el bolsillo de la falda, hecha un nudo en su cintura. Uno de esos tonos estridentes que retumban en el salón en silencio. Nos quedamos los dos congelados: pensamos lo mismo, que era él, abajo, en la puerta.
Ella se tensó entera e intentó incorporarse, pero la mantuve firme con una mano en la espalda baja.
—Suéltame… ¡es Ramón! —susurró histérica.
No la solté. Con la otra mano seguí entrando y saliendo despacio, sintiéndola contraerse de puro nerviosismo y excitación a la vez. Estiró el brazo hacia atrás, sacó el móvil con dedos temblorosos y miró la pantalla: sí, era él.
—¿Sí…? —contestó, intentando sonar normal y fallando.
Yo no paré. Mantenía el ritmo constante, el chapoteo suave pero audible en el silencio. Ella apretó los muslos para cerrar las piernas y no pudo, se mordió el labio con los ojos cerrados.
Al otro lado, Ramón sonaba pastoso, con ruido de calle de fondo.
—Oye, el chino está cerrado ya. Voy al súper, que tienen oferta hasta las diez y media. Tardaré una hora o así. No me esperes despierta si te entra sueño.
Tenía el volumen altísimo y se oía cada palabra desde donde yo estaba. Amparo respondía a monosílabos, la voz temblorosa, cada «sí» saliendo con un suspiro al final que cualquier hombre sobrio habría reconocido al instante. Aceleré un poco, curvando los dedos, y se le escapó un «sssí…» más largo que disfrazó de tos.
—¿Estás bien? Suenas rara —dijo él, medio borracho, sin sospechar nada.
—Nada… un resfriado… vale… hasta luego…
Colgó de golpe, tiró el móvil al sofá y enterró la cara en el cojín para ahogar un gemido.
—Joder, Iván… me vas a matar… —jadeó, pero no dejó de empujar la cadera contra mi mano.
Le hablé al oído, pegado a la nuca, sin dejar de moverme.
—Una hora entera, Amparo. Nadie nos va a interrumpir. Dime que pare… o dime que siga.
Levantó la cabeza del cojín, la cara roja, el pelo rizado pegado a la frente, los ojos vidriosos de puro vicio culpable. No dijo «para». La voz le salió ronca, entrecortada.
—Iván… por favor… si podría ser tu madre… mi hijo jugaba contigo cuando erais pequeños… no me hagas esto… es una locura…
Las palabras le salieron como un último intento de cordura, pero el cuerpo la traicionó: la cadera se movió hacia atrás, buscando más, y un nuevo calor le resbaló por el interior del muslo.
No le respondí con palabras. Me incorporé despacio, la ayudé a sentarse en el borde del sofá —se dejó, con las piernas flojas como gelatina— y me quedé de pie delante de ella, a la altura de sus ojos. Me bajé el pantalón de un tirón.
Amparo abrió mucho los ojos y se quedó mirando fija, la boca entreabierta. Tragó saliva. La mano le subió como queriendo taparse la boca y se quedó a medio camino, temblando en el aire. No apartó la vista. Respiraba rápido, los pezones marcándose duros bajo la blusa fina.
La miré a los ojos, la voz baja pero firme, sin tocarla aún.
—No haré nada que no me pidas. Dime que pare y me subo el pantalón y me voy. Pero si quieres… solo tienes que decirlo. O tocarlo. Tú mandas.
Silencio pesado en el salón. Solo su respiración agitada y el tictac del reloj. Ramón estaba a una hora de distancia, como mínimo. Ella me miró otra vez, luego al pasillo, como si esperara verlo aparecer de golpe.
Se mordió el labio con fuerza. Una lágrima —de vergüenza o de deseo acumulado— le resbaló por la mejilla, y no se la limpió. Muy despacio, levantó la mano derecha y la acercó. Los dedos rozaron primero con un toque tímido, sintiendo el calor. Luego cerró la mano y dio un apretón suave, casi reverente.
—Joder, Iván… —susurró, la voz quebrada pero con un filo nuevo de deseo crudo—. No sé si voy a poder parar.
No dijo «para». No dijo «no». Y, con la mano temblorosa de quien lleva décadas esperando, empezó a acariciarme despacio, sin apartar los ojos, mientras la otra mano bajaba a su propio cuerpo. Afuera, en algún punto entre el chino cerrado y el súper, su marido buscaba cervezas. Nos quedaba una hora, y ninguno de los dos pensaba desperdiciarla.