Mi mujer invitó a un desconocido y me puso de rodillas
Si alguien me preguntara, jamás sabría explicar cómo terminamos en ese punto. Y eso que fui yo quien empujó para llegar hasta ahí. La idea fue mía, las palabras fueron mías, y aun así, cuando llegó el momento, me temblaban las manos como si me hubieran arrastrado a la fuerza.
Supongo que pasó lo de siempre. Llegó la costumbre. Llegó el aburrimiento. Y eso fue un golpe duro, porque al principio Lorena y yo no parábamos. Nos buscábamos en la cocina, en el coche, a media tarde con la tele encendida y sin mirarla. Su sangre caribeña me volvía loco, esa forma suya de moverse como si el mundo entero fuera una pista de baile reservada para ella.
No recuerdo la conversación exacta. Solo recuerdo que estábamos en el sofá una noche cualquiera, y la miré. Me quedé embobado con sus pechos, con la curva de su cuello, y pensé en todo lo que habíamos sido. Pensé también en cuánto tiempo hacía que ese fuego se había apagado sin que ninguno de los dos hiciera nada por reavivarlo. Creo que los dos llegamos a la misma conclusión esa noche.
Había algo más, algo que tardé años en admitir en voz alta. A ella le encantaba mandar. Y a mí me gustaba sentirme pequeño frente a su carácter. No nos íbamos a engañar a esas alturas.
Por eso, cuando llegó el día, los dos estábamos nerviosos. Ya vestidos, esperando al invitado: un desconocido al que habíamos encontrado por internet después de semanas de mensajes y de cambiar de opinión cuatro veces.
—Amor —dijo ella, acariciándome la cara con el dorso de los dedos—, va a salir todo bien.
—Lo sé, cariño —contesté, intentando que no se me notara el nudo en la garganta.
Se acercó y me besó despacio, apretándome contra ella, dejándome sentir todo su cuerpo. Me excité al instante, y por un segundo nos miramos con un deseo que no recordaba desde hacía mucho.
—¿Tú quieres verme disfrutar? —preguntó en voz baja.
Entonces notó mi erección contra su muslo y sonrió de medio lado.
—Claro que sí…
Con la rodilla empezó a frotarme por encima del pantalón. Me miró con los ojos entornados y me bajó la cremallera sin prisa, disfrutando de mi impaciencia. Se arrodilló y empezó a chupármela despacio, primero solo la punta, con la lengua plana y los ojos clavados en los míos. Le sujeté el pelo y eché la cabeza atrás. Sentí cómo me tomaba los testículos en la mano y los masajeaba mientras me llevaba hasta el fondo de su garganta. Solté un gemido, y al bajar la vista la encontré mirándome con la boca llena, sin intención de parar.
No sé si quería que me corriera antes de que empezara la fiesta, pero lo habría hecho de no ser por el timbre, que sonó de golpe en el salón y nos sacó a los dos del trance.
Se levantó y me dio un beso largo, profundo, de los que ya no me daba. Todavía sabía a mí.
—Pórtate bien —susurró.
Me acarició la mejilla una última vez y fue corriendo a abrir la puerta.
***
El tipo se presentó como Adrián. Tenía la seguridad tranquila de alguien que ya había hecho esto antes. Fue cortés todo el rato, me estrechó la mano y me preguntó por la casa, pero había algo en su manera de mirar, una chispa burlona que iba directa a Lorena cada vez que cruzaban los ojos.
Esa noche cociné yo, como buen cornudo que estaba a punto de convertirme en uno. Había preparado pasta y una botella de vino que serví sin que nadie me lo pidiera. La cena iba por la mitad cuando ellos ya empezaron a saltarse los platos para ir directos al postre.
—Tú sí que tienes que estar rica —dijo él, mirándole el escote sin disimular.
Yo los observaba con el tenedor a medio camino, la carne enganchada y olvidada. Lorena le devolvió el cumplido mordiéndose el labio, ignorándome por completo, como si yo fuera una silla más.
Adrián apartó su asiento un poco, alargó la mano y le bajó el tirante del vestido hasta dejarle un pecho al aire. Empezó a acariciárselo, le pellizcó el pezón, y vi cómo ella cerraba los ojos y respiraba hondo. Yo me puse cachondo de verlos, aunque por debajo había también una punzada de algo parecido a los celos que no terminaba de entender.
Le plantó un beso de improviso mientras con la otra mano se metía entre sus muslos, por encima de la ropa. Lorena se estremeció y empezó a moverse contra esos dedos.
Me quedé mirando cómo mi mujer se encendía, y por primera vez en mucho tiempo no era por mí.
—El cornudo se puede ir tocando, si quiere —dijo Adrián sin mirarme.
Fui a llevarme la mano al pantalón, casi por reflejo, cuando Lorena habló sin abrir apenas los ojos.
—No. Todavía no te toques, amor. Solo mira —ordenó.
Y yo, como un idiota, obedecí.
—Quítame los zapatos —dijo después.
Me dejé caer al suelo. Desde ahí vi cómo la mano de él desaparecía bajo el vestido. Le quité un zapato, luego el otro. Fui a levantarme, pero ella me sostuvo la cabeza con suavidad y me mantuvo abajo. Entonces entendí lo que buscaba: humillarme. Y entendí, con una mezcla de vergüenza y excitación, que era exactamente lo que yo le había pedido sin atreverme a decirlo con esas palabras.
Tenía sus pies frente a mí, y empecé a besárselos. Escuché un gemido tímido sobre mi cabeza. No sabía si mirar hacia arriba, si ella quería que la viera o que me quedara en mi sitio. Levanté los ojos de reojo y la vi retorcerse en la silla, cachonda como hacía años que no la veía.
De pronto reconocí un ruido. Era el mismo sonido que ella había hecho conmigo antes de que él llegara. Lo conocía bien. Le estaba comiendo la polla a Adrián mientras yo seguía debajo de la mesa, besándole los pies, mientras los dos seguramente se reían de mí por lo bajo. Y aquello, por raro que suene, me ponía a mil. Me sentía como un perro a sus pies, y me gustaba.
***
Siguió así un rato más, hasta que con una mano me tiró del pelo y me hizo subir. Adrián se estaba abrochando otra vez el pantalón y volvía a su sitio como si nada. Ella se relamió los labios igual que una dama después de un buen plato.
Me miró con una sonrisa burlona y me acercó a su boca. Me besó, metiéndome la lengua hasta el fondo. Otra vez ese sabor extraño, ajeno. Cuando se separó miré a Adrián, que me sostuvo la mirada entre risas, y los dos sabíamos perfectamente por qué.
Hicimos como si no pasara nada, pero todos sabíamos hacia dónde iba la noche.
—¿Pasamos al postre de verdad? —dijo Lorena, mirándolo a él.
Se levantaron los dos, y yo detrás, como un perro que sigue a su dueña. Llegamos a la habitación y entonces vino lo difícil: el silencio incómodo del «¿y ahora qué?».
Se quedaron de pie junto a la cama y empezaron a besarse otra vez. Entre beso y beso, Lorena consiguió darme una orden.
—Quítame el vestido…
Obedecí. Cuando terminé, ella se detuvo un instante y me miró a los ojos.
—¿Estás bien? —preguntó, y por un segundo volvió a ser solo mi mujer.
Asentí con la cabeza. Era lo que habíamos acordado, y estaba funcionando: me moría por arrancarla de ahí y follármela yo mismo. Pero esa noche yo no estaba para eso, y los dos lo sabíamos.
Ella le bajó el pantalón a Adrián y se arrodilló frente a él. Me agarró del brazo y tiró para que me arrodillara a su lado.
Había que reconocerlo: la tenía mucho más grande que yo. Lorena la observó un momento, casi con admiración, y empezó a lamerla despacio sin dejar de mirarme, como si buscara mi aprobación. Una punzada me cruzó el pecho. Dolía. Y, sin embargo, me excitaba como nada lo había hecho en años.
Él la agarró del pelo y la obligó a tragarla entera, sin contemplaciones. Ella siguió mirándome de reojo, y al ver que yo no protestaba, tiró otra vez de mí. Me dejó a centímetros de la escena, oliendo y viendo cómo esa polla entraba y salía de su boca. Tras unas cuantas embestidas, paró y me acercó a su cara.
—¿Me amas, mi amor? —preguntó con los labios húmedos a un palmo de los míos.
—Claro que sí, cielo…
Me dio un beso hondo que al principio quise rechazar, por orgullo más que por otra cosa. Ella me sujetó la nuca y me obligó a seguir.
—Quieres lo mejor para mí, ¿verdad? —murmuró.
No sabía si me estaba poniendo a prueba, si quería recordarme por qué hacíamos todo aquello, o si solo disfrutaba de tenerme así, rendido. Pero fuera cual fuera el motivo, mi respuesta salió sola.
—Sí, cariño. Lo que tú quieras.
Volvió a besarme y, justo después, se apartó y me escupió en la cara con una sonrisa cruel y luminosa al mismo tiempo. Luego giró la cabeza y volvió a metérsela en la boca a Adrián, dejándome otra vez en primera fila, viendo lo puta que podía llegar a ser mi mujer. Y yo, de rodillas, descubrí que nunca la había deseado tanto como en ese instante en que ya no era del todo mía.