Mientras mi esposa rezaba, yo estaba con la veterinaria
Durante los primeros años, Esteban y Mercedes no podían quitarse las manos de encima. Se habían casado a los veintipocos, en una época en que el deseo les ganaba siempre: por la mañana antes del trabajo, en la cocina contra la mesada, en el sillón con la televisión encendida y el volumen alto para tapar los ruidos. Mercedes tenía una risa fácil y una manera de morderse el labio que él sabía leer al instante.
Todo eso empezó a apagarse el invierno en que ella conoció a la congregación. Una vecina la invitó a una reunión de oración, y Mercedes volvió distinta. Primero fueron los miércoles. Después los domingos enteros. Después llegaron los pastores con sus sonrisas mansas y sus discursos sobre la pureza del cuerpo y la santidad del matrimonio entendido a su manera.
—El placer por el placer es una trampa, Esteban —le dijo una noche, ya con el camisón largo abrochado hasta el cuello—. El cuerpo es un templo.
Un templo cerrado, pensó él. Con cartel de clausurado.
De a poco desaparecieron las caricias. Mercedes rezaba antes de dormir, se daba vuelta y apagaba la luz. Cuando él intentaba acercarse, ella le tomaba la mano con dulzura y la apartaba, como si lo perdonara por algo. «Dios no quiere eso», murmuraba. Esteban se quedaba mirando el techo con la verga dura contra el pantalón del pijama, apretando los dientes, cascándosela en el baño a las tres de la mañana para poder dormir de una vez.
***
Rocío atendía la veterinaria de la otra cuadra. Tenía treinta y tantos, el pelo oscuro siempre recogido con un lápiz que se sacaba a mitad del día, y una forma de mirar de frente que a Esteban lo descolocó la primera vez. La conoció una tarde cualquiera, cuando llevó al perro porque cojeaba de una pata.
Ella se agachó para revisar al animal y el guardapolvo blanco se le tensó sobre la espalda, marcándole el culo redondo y la línea del corpiño. Esteban apartó la vista demasiado tarde. Rocío levantó la cabeza, lo encontró mirándola y no dijo nada; solo sonrió apenas, como quien archiva una información para más adelante.
Después de esa visita, el perro desarrolló una cantidad sospechosa de dolencias. Que la panza, que la oreja, que comía poco. Rocío lo recibía siempre con la misma sonrisa tranquila, y Esteban empezó a notar que ella tampoco tenía apuro en despacharlo.
—Tu perro está perfecto —le dijo una tarde, mientras el local quedaba vacío y la última luz entraba oblicua por la ventana—. Sos vos el que viene con otra cosa.
Esteban abrió la boca para inventar una excusa. No le salió ninguna. Rocío caminó hasta la puerta, pasó el cerrojo y volvió hacia él sin dejar de mirarlo.
—No pasa nada —dijo en voz baja—. A veces uno necesita que alguien se lo diga primero.
Lo besó despacio, como midiéndolo, y cuando él respondió con la urgencia de meses de hambre acumulada, ella sonrió contra su boca. Las manos de Esteban encontraron su cintura, después la curva de la cadera bajo el guardapolvo, y Rocío suspiró un sonido bajo que no tenía nada de actuado. Le buscó la bragueta con la mano abierta y le apretó el bulto por encima de la tela.
—Uy —murmuró, riéndose contra su cuello—. Sí que venís cargado, vos.
***
Lo hicieron ahí mismo, sobre la camilla de acero inoxidable fría contra la piel. Rocío se desabrochó el guardapolvo botón por botón, sin prisa, disfrutando de cómo él la miraba. Debajo tenía un corpiño negro simple y unas bombachas de algodón que a Esteban le parecieron lo más obsceno que había visto en años. Le sacó el corpiño de un tirón torpe y le tomó las tetas con las dos manos, pesadas y tibias, con los pezones ya duros y oscuros que se le pusieron enseguida entre los dedos. Se agachó y le chupó uno mientras le pellizcaba el otro, y Rocío echó la cabeza atrás soltando un gemido ronco.
—Así —le dijo, agarrándolo del pelo—. Chupámelas fuerte, hace un montón que nadie me toca las tetas así.
Esteban le recorrió el cuello con la boca, bajó por la clavícula, le mordió suave el hombro. Ella enredó los dedos en su pelo y le tiró la cabeza hacia atrás para mirarlo a los ojos.
—Despacio —murmuró—. No tenemos que apurarnos.
Pero él ya estaba de rodillas en el piso de la veterinaria, tironeándole la bombacha para abajo. Cuando le abrió los muslos y le vio el coño, mojado hasta las ingles, brillando bajo la última luz de la ventana, casi se le escapa un gemido a él. Se lo comió sin preámbulo, la lengua ancha subiendo desde la entrada hasta el clítoris, chupándoselo con los labios y volviendo a bajar, metiéndole la lengua adentro, tomándole el gusto salado y espeso que llevaba meses sin probar. Rocío se agarró del borde de la camilla y arqueó la espalda.
—Ay, la puta madre, sí. No pares. No pares, dale.
Él le clavó dos dedos y siguió chupándole el clítoris a un ritmo firme, sintiéndola apretarse alrededor de los dedos, sintiendo cómo le corrían las piernas por los costados de la cabeza. Rocío se vino la primera vez con la boca abierta y sin sonido, temblando entera, las manos apretándole el pelo casi hasta arrancárselo.
Cuando se paró, ella le abrió el pantalón y le sacó la verga de un tirón, dura y ya babeando de la punta. La miró un segundo, se pasó la lengua por los labios, y se la metió entera en la boca. Esteban tuvo que agarrarse de la camilla para no caerse. Rocío se la chupaba con hambre, con los cachetes hundidos, tragándosela hasta la base y sacándosela con un sonido húmedo que resonaba en el local vacío. Le agarró los huevos con una mano, se los masajeó, y volvió a metérsela hasta el fondo hasta que él sintió la garganta apretándole la cabeza.
—Pará, pará —jadeó él—, me vas a hacer acabar así.
Ella la sacó despacio, con un chasquido, y se limpió la saliva del mentón con el dorso de la mano.
—Entonces cogeme —le dijo, subiéndose a la camilla y abriendo las piernas—. Vení. Cogeme fuerte, hace tanto que la tenías guardada.
Esteban se acomodó entre sus muslos, se pasó la punta de la verga por los labios del coño empapado, y cuando por fin se hundió en ella, los dos contuvieron el aliento al mismo tiempo. Ella estaba caliente, apretada, mojadísima, y él tuvo que quedarse quieto un segundo para no venirse ahí mismo. Después empezó a moverse, primero lento, buscando el ritmo, y enseguida a fondo, todo, hasta el hueso, sacándosela casi entera para volver a metérsela de una estocada. La camilla golpeaba la pared con cada envión, un ruido metálico que se mezclaba con los gemidos de ella y con el sonido húmedo de las pieles chocando.
Rocío le clavó las uñas en la espalda, le mordió el cuello para no gritar, y él la cogió más fuerte, agarrándola del culo, levantándole las piernas y poniéndoselas sobre los hombros para entrarle desde otro ángulo. Ella tenía la cara roja, el pelo pegado en la frente, la boca abierta.
—Sí, sí, así, más fuerte, rompeme —jadeaba—, dame con todo, dale, dale, dale.
Cuando se vino de nuevo lo hizo temblando entera, apretándole la verga por dentro con unas contracciones tan fuertes que él sintió que le succionaba todo el aire del cuerpo. Aguantó un poco más, lo justo para verla deshacerse otra vez, y recién entonces se dejó ir, hundiéndose hasta adentro y descargándole todo el semen guardado de meses en oleadas que le sacudieron las piernas. Se quedó tirado sobre ella, con la cara en su cuello, sintiendo cómo la corrida se le escurría entre los cuerpos y le mojaba los muslos a ella.
Quedaron pegados, sudados, riéndose por lo bajo como dos adolescentes que acaban de hacer una travesura enorme.
Esteban tardó unos minutos en recuperar la respiración. Le pasó el pulgar por la mejilla, le apartó un mechón pegado a la frente, y se sorprendió de las ganas que tenía de quedarse. No era solo el cuerpo lo que le había faltado todos esos meses; era esto, el después, el peso tibio de alguien que no se daba vuelta para apagar la luz.
—Volvé cuando quieras —le dijo Rocío, abrochándose el guardapolvo sobre la piel todavía húmeda—. Pero dejá al perro en casa, pobre.
***
Se volvieron amantes con la naturalidad de quien encuentra por fin la pieza que faltaba. Dos, tres veces por semana. En el consultorio después de hora, en el departamento de ella los domingos en que Mercedes pasaba el día entero en sus reuniones, en el auto estacionado en algún descampado a las afueras, con los vidrios empañados y ella cabalgándolo en el asiento del acompañante con la pollera arremangada hasta la cintura.
Esteban descubrió que con Rocío podía hablar. Que no todo era el sexo, aunque el sexo fuera el motor. Ella le contaba de sus animales, de su exmarido que la había dejado por aburrimiento, de las ganas que tenía de irse a vivir cerca del mar algún día. Él la escuchaba y se sentía, por primera vez en mucho tiempo, mirado de verdad.
El sexo con ella tampoco se parecía a nada de lo que recordaba. Rocío no tenía vergüenza ni apuro: pedía lo que quería con todas las letras, se reía cuando algo salía torpe, lo guiaba con la mano cuando él dudaba. «Metémela más adentro», «mordeme acá», «bajá con la boca», «acabame en la cara»: nada le costaba decirlo, y a él esa franqueza le prendía fuego lo que le quedaba de pudor.
Una noche en el departamento lo hizo sentarse en el borde de la cama y se acomodó sobre él de frente, empalándose despacio sobre la verga hasta tenerla toda dentro, y ahí se quedó quieta un segundo, con los ojos cerrados, disfrutando. Después empezó a moverse marcando ella el ritmo, subiendo y bajando, girando las caderas, mordiéndole el labio inferior cada vez que estaba por terminar. Esteban le agarraba las tetas, se las lamía, le chupaba los pezones mientras ella gemía cada vez más fuerte cabalgándolo. Cuando la sintió apretarse, la agarró del culo con las dos manos y empezó a envestirla desde abajo, entrando y saliendo a un ritmo brutal, y Rocío se vino agarrada de sus hombros gritando sin ningún cuidado por los vecinos.
—Todavía no acabes —le pidió cuando recuperó el aire, y se bajó de él para ponerse en cuatro sobre la cama, ofreciéndole el culo levantado.
Esteban se arrodilló detrás y se la metió de un empujón que la hizo aullar. La cogió agarrándola del pelo, tironeándole la cabeza para atrás, dándole nalgadas que le dejaron la mano marcada en el cachete. Rocío empujaba el culo hacia atrás para recibirlo, con la cara hundida en la almohada, pidiendo más. Cuando él sintió que no aguantaba más, ella se dio vuelta rápido, se arrodilló frente a él y abrió la boca. Esteban se cascó los últimos golpes con la mano y le descargó todo el semen sobre la lengua y el mentón, viéndola cerrar los ojos y tragar lo que le entró en la boca sin dejar de sonreírle. Aprendió a leer su cuerpo como antes leía el de Mercedes, y descubrió que prestar atención era, en sí mismo, una forma de placer.
Una tarde la llevó a su propia casa, una transgresión que lo excitó más de lo que quería admitir. La acostó en la cama matrimonial, sobre las sábanas que olían al perfume de Mercedes, y le susurró al oído mientras le besaba la espalda.
—No debería estar haciendo esto acá.
—Por eso te gusta tanto —respondió ella, arqueándose contra él y levantando el culo para pegárselo contra la verga dura.
La desnudó despacio ahí mismo, sobre la colcha de su mujer, y le pasó la lengua por toda la espalda, por la línea de la columna, por la raya del culo, deteniéndose a lamerle el orto y siguiendo hasta el coño ya empapado. Rocío se agarró de la cabecera y empujó la cadera hacia atrás, pidiéndole más lengua. Él le comió el culo largo rato, con la nariz metida entre las nalgas, la lengua entrando y saliendo, hasta que ella temblaba y le rogaba que se la metiera de una vez.
La tomó desde atrás, lento, hundiéndose hasta el fondo y saliendo casi por completo, jugando con su impaciencia hasta que ella le suplicó que dejara de torturarla. Le recorrió la columna con la lengua, le mordió la nuca, le susurró cosas que jamás se habría animado a decir en voz alta.
—Sentí cómo te la meto en la cama de mi mujer, puta. Mirá dónde te tengo. Toda para mí, ¿no?
—Toda tuya —jadeaba ella—, cogeme acá, en su cama, más fuerte, dale, hacele saber que estuve.
Rocío se vino dos veces antes de que él terminara, mordiendo la almohada de Mercedes, apretando la verga por dentro con espasmos largos. La segunda vez él ya no aguantó y se descargó adentro, dejándole todo el semen ahí, sabiendo que después iba a chorrearle por los muslos sobre las sábanas limpias. Se quedaron abrazados en la cama prohibida, ella con la cara hundida en su pecho, hasta que el reloj los obligó a separarse.
***
Mientras tanto, Mercedes empezó a sospechar. Encontró un cabello largo y oscuro en el cuello de una camisa. Olió un perfume que no era el suyo. Pero en lugar de enfrentarlo, rezaba más fuerte, como si la fe pudiera tapar el agujero que se abría en su casa. Esteban mentía sin esfuerzo —«fue en el trabajo», «me crucé con una clienta»— y ella prefería creerle, porque la alternativa era un mundo que su congregación no le había enseñado a manejar.
El día que Rocío lo llamó con la voz quebrada, Esteban supo antes de que ella lo dijera.
—Estoy embarazada —murmuró—. Es tuyo. No hubo nadie más.
Él se quedó mudo unos segundos, con el teléfono apretado contra la oreja. Después sintió algo raro en el pecho, una mezcla de pánico y de un orgullo absurdo que no esperaba.
—Voy para allá —dijo.
***
No la dejó sola. A su manera torcida, Esteban se hizo cargo: le pasaba plata para el consultorio, le compraba lo que hiciera falta, la acompañaba a los controles inventando viajes de trabajo. Y seguían viéndose, claro. El embarazo, lejos de frenarlo, lo encendía de un modo que ni él entendía. El cuerpo de Rocío cambiando mes a mes, las curvas nuevas, las tetas hinchadas con los pezones más oscuros y sensibles, la piel más caliente al tacto, el coño más mojado que nunca.
—Cuidado —le advertía ella entre risas, cuando él la acostaba de costado y le besaba el vientre redondo—. No somos de goma.
—Te tengo —respondía él, y la trataba como si fuera de cristal, lo cual a ella la enloquecía todavía más.
Cogían de cuchara, él detrás, entrando despacio, con una mano rodeándole la panza y la otra jugándole con el clítoris mientras le besaba la nuca. Rocío se venía largo y bajito, apretándole la verga con contracciones lentas, mientras él le susurraba en el oído lo hermosa que estaba, lo caliente que lo tenía verla así. Otras veces ella lo hacía acostarse boca arriba y se le subía encima con la panza enorme, cabalgándolo con cuidado, guiándole las manos hasta las tetas pesadas para que se las estrujara mientras se movía. Le encantaba verlo debajo, mirándola con la boca entreabierta, y cuando él acababa adentro ella se dejaba caer despacio sobre su pecho y se quedaba ahí, riéndose bajo, sintiéndose la verga latir por dentro.
El problema seguía siendo Mercedes. Las llegadas tarde, la plata que faltaba en la cuenta, el olor ajeno. Una noche, harto de los rezos y del camisón abrochado hasta el cuello, Esteban decidió contarle la verdad. O algo parecido a la verdad, hecho a la medida de lo que ella era capaz de creer.
***
Entró al dormitorio donde Mercedes leía la Biblia bajo la lámpara, se sentó en el borde de la cama y compuso la cara más solemne que pudo.
—Mercedes, tengo que contarte algo. Tuve una revelación.
Ella levantó la vista, alerta.
—Anoche, mientras dormía, se me apareció una luz. No sé cómo explicarlo. Una presencia. Y me habló —Esteban bajó la voz, como quien comparte un secreto sagrado—. Me dijo que hay una criatura en camino, en el vientre de una mujer del barrio. Que esa criatura es especial, elegida. Y que vos y yo tenemos la misión de criarla como propia.
Mercedes dejó caer la Biblia sobre la colcha. Se llevó las dos manos a la boca.
—¿Una… revelación? —susurró, con los ojos llenos de lágrimas—. ¿A vos?
—A mí —asintió él, conteniendo a duras penas la cara—. Sé que parece imposible. Yo tampoco lo creía.
Mercedes se deslizó de la cama y cayó de rodillas sobre la alfombra, juntando las manos. Se lo tragó entero, pensó Esteban. Los pastores la habían dejado tan lista para los milagros que un milagro a domicilio le pareció lo más natural del mundo.
—¡Es una señal! —lloraba ella—. ¡Después de tanto rezar! Claro que la vamos a criar. Será nuestro hijo, el hijo que Dios nos manda. Por eso me preparó la iglesia, ¿no lo ves? Por eso.
***
Desde entonces, Mercedes se volcó al proyecto con una devoción que asustaba un poco. Visitaba a Rocío, le llevaba libros y comida, le acariciaba la panza hablándole a «la criatura elegida». Rocío, que tenía un sentido del humor demoledor, le seguía la corriente con cara de santa.
—Sí, hermana —decía—. Es un milagro. Lo siento patear y pienso en lo bendecidos que somos todos.
Y apenas Mercedes cruzaba la puerta, Rocío se daba vuelta hacia Esteban con una ceja levantada.
—Tu mujer es un caso —le decía, tirándolo del brazo hacia el cuarto del fondo—. Vení, que tenemos como una hora antes de que vuelva con más libros.
La encerraba contra la pared del pasillo, le subía el vestido premamá hasta la cintura y le arrancaba la bombacha con dos dedos. Rocío ya estaba mojada de solo pensarlo, con el coño hinchado y caliente entre los muslos. Él le levantaba una pierna, se la enganchaba en la cadera, y se la metía de un solo empujón ahí parado, sosteniéndole el peso contra la pared, cogiéndola con cuidado por la panza pero con toda la fuerza que ella le pedía con la boca en su oído. Rocío le mordía el hombro para no hacer ruido y le arañaba la espalda por debajo de la camisa, gimiendo bajito, jadeando en su cuello «más, dale, más, así, cogeme, hacele los cuernos a la beata mientras te chupa la verga tu embarazada, dale».
Esteban se venía rápido con esa boca sucia en la oreja, descargándole adentro con la frente pegada a la pared, y los dos se venían ahogando las carcajadas y los gemidos en la misma maniobra. Después Rocío se agachaba con la panza y todo, le limpiaba con la lengua lo que quedaba en la punta de la verga, y le acomodaba el pantalón con una palmadita antes de que sonara el timbre otra vez.
***
Nacieron mellizos, para sorpresa de todos: dos varones sanos con la nariz inconfundible de Esteban. Mercedes los recibió como una bendición doble y les puso nombres bíblicos que él ni se molestó en discutir. Los crió con una ternura fanática, rezándoles encima de la cuna, convencida de que tenía a dos elegidos durmiendo en su casa.
Esteban pagaba todo, mantenía las dos vidas en equilibrio y se preguntaba a veces, en las pocas noches en que el insomnio lo dejaba pensar, hasta cuándo podía durar una cuerda floja como esa. Pero después amanecía, Mercedes le planchaba la camisa cantando himnos, Rocío le mandaba un mensaje desde la otra cuadra, y él decidía que ya se ocuparía mañana.
—El Señor provee —decía Mercedes con una sonrisa serena, mientras le servía el café.
—Sí —respondía Esteban, mirando por la ventana hacia la veterinaria de enfrente—. Eso parece.





