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Relatos Ardientes

El amigo que creyó conquistar a mi esposa

El aire del pequeño loft estaba cargado de algo más espeso que el aroma a vino tinto y a las especias de la cena. Carla presidía la mesa con esa seguridad felina que yo conocía de memoria, enfundada en un vestido de seda negra que parecía estudiado para no contener del todo sus curvas. Yo bebía en silencio a su lado, con las manos un poco más temblorosas de lo que habría querido admitir.

Frente a nosotros estaba Rubén. Un viejo amigo de la facultad, alto, ancho de espalda, con esa costumbre de ocupar cualquier habitación apenas entraba en ella. No se andaba con sutilezas. Devoraba a mi mujer con los ojos sin el menor disimulo, ignorando deliberadamente cada norma de cortesía que un invitado debería respetar.

—Está exquisito, Diego —dijo Rubén, dejando la copa sobre la mesa con un golpe seco—. Aunque los tres sabemos que no he venido hasta aquí solo por la cena.

Bajé la cabeza. Sentí cómo un rubor involuntario me trepaba por el cuello, justo como habíamos ensayado. Carla sonrió, una expresión cargada de una crueldad exquisita, y deslizó el pie por debajo de la mesa, no hacia mí, sino hacia la entrepierna de nuestro invitado.

—Diego sabe que me gusta que me celebren —ronroneó ella—. Y sabe perfectamente que él solo no alcanza para contener todo lo que soy.

***

Cuando terminamos de cenar, el cambio fue instantáneo. Carla se puso de pie y, con un gesto breve de la barbilla, me indicó que me arrodillara en el centro de la alfombra. Obedecí sin dudar, asumiendo mi papel de espectador y de sirviente, el papel que tantas noches habíamos repasado en susurros antes de dormir.

Rubén se levantó con una lentitud de depredador. Se acercó a Carla y, frente a mis ojos bien abiertos, la tomó del cabello con brusquedad, obligándola a echar la cabeza hacia atrás. En lugar de quejarse, ella soltó un suspiro hondo, de puro placer.

—¿Te gusta verlo, Diego? —preguntó él, mientras su otra mano descendía por el escote de mi mujer—. Mira cómo se estremece cuando la toco como tú nunca te atreverías.

No respondí. No tenía que hacerlo. Rubén sacó del cinturón una fina fusta de cuero negro y la hizo silbar en el aire. El sonido cruzó el loft como un disparo y me erizó la piel de la nuca.

—La ropa fuera. Los dos —ordenó.

Me desnudé con torpeza calculada, sintiéndome diminuto ante su figura. Carla, en cambio, se despojó de la seda con una elegancia lasciva, hasta quedar solo con los ligueros y los tacones de aguja. Rubén no perdió un segundo. Con un movimiento firme, la hizo apoyarse de bruces sobre la mesa, todavía con los restos de vino y la vajilla de la cena alrededor.

***

El loft se llenó de sonidos crudos. La fusta caía rítmica contra los muslos de Carla y dejaba marcas rosadas que ella lucía como si fueran joyas. Yo gemía a pocos centímetros, obligado a tocarme mientras presenciaba cada golpe sin permiso para apartar la vista.

Rubén se situó tras ella y le sujetó las caderas con una fuerza que dejaría huella. Carla buscó mi mirada, los ojos inyectados de deseo y una chispa inconfundible de superioridad.

—Mírame, Diego —jadeó mientras él la poseía—. Mira cómo me toma un hombre de verdad. Bésale las botas mientras me destroza.

En un estado de trance, me arrastré hasta las botas de Rubén y cumplí la orden, escuchando el eco de sus embestidas contra el cuerpo de mi mujer. La habitación parecía encogerse. El calor era sofocante y el aire sabía a sudor y a una lujuria que ya no distinguía de quién era.

Él no mostró piedad. Aumentó el ritmo, alternando palabras humillantes hacia mí con caricias violentas hacia ella. Carla, entregada por completo, gritaba su nombre e ignoraba mi existencia salvo para usarme como el pedestal de su propio placer. Cuando el clímax llegó, fue una explosión de violencia sensorial, y yo colapsé sobre la alfombra, exhausto, fingiendo a la perfección estar mentalmente quebrado por lo que acababa de facilitar.

***

Después del último estremecimiento, el silencio se volvió denso, roto apenas por la respiración pesada de Rubén y por los sollozos entrecortados de Carla, todavía doblada sobre la mesa. Él clavó en mí una mirada gélida mientras yo seguía de rodillas, con el rostro húmedo y la vista perdida en un punto del suelo.

—Acércate —ordenó, con una voz que no admitía réplica.

Me arrastré hasta quedar a sus pies. Rubén tomó a Carla por la nuca y la obligó a mirarme desde esa posición de absoluta derrota.

—Díselo —le exigió, apretando los dedos en su pelo—. Dile a este despojo qué se siente cuando te posee alguien que no pide permiso.

—Él es el dueño de esta casa ahora, Diego —susurró ella, con los ojos brillantes de una excitación cruel—. Tú solo eres el que mira. El que limpia. El que agradece que lo dejemos respirar en la misma habitación.

Rubén la soltó y se dejó caer en la silla principal, la que yo solía ocupar en nuestras cenas tranquilas. Abrió las piernas con arrogancia y señaló el suelo entre ellas.

—Pídele permiso para dormir en el piso —ordenó Carla, levantándome la barbilla con la punta del tacón—. Pídele permiso para seguir siendo nuestro juguete mañana.

Lo hice. Articulé cada palabra de sumisión con la voz rota, mientras por dentro me devoraba un deseo que ninguno de los dos hombres de esa escena —ni el que dominaba ni el que se humillaba— alcanzaba a explicar del todo.

***

El sol entró con timidez por los ventanales a la mañana siguiente, proyectando sombras largas sobre los cuerpos enredados de Carla y Rubén en la cama. Yo desperté en el suelo, a los pies del lecho, con el eco de la fusta todavía ardiendo en la espalda y el olor a sexo invadiendo cada rincón del loft.

Rubén se estiró perezosamente. Cuando sus ojos se encontraron con los míos, una sonrisa de depredador le cruzó la cara.

—Levántate —ordenó—. Es hora de que cumplas con tus deberes matutinos.

Me incorporé con dificultad, sintiendo cada músculo dolorido. Él se sentó en el borde de la cama, su cuerpo robusto recortado contra la luz. Carla pasó una mano por el muslo de Rubén y me sonrió con una dulzura envenenada.

—Nuestro amigo necesita un buen desayuno, y tú eres el encargado de servirlo —dijo—. Pero antes creo que tiene otra cosa en mente para ti.

Rubén se puso de pie y se acercó. Me tomó del cabello y me obligó a levantar la vista.

—De rodillas —dijo, con la voz ronca—. Y esta vez, no para mirar. Quiero que me demuestres cuánto valoras el placer que le di a tu mujer.

Obedecí. Sentí un nudo en el estómago, esa mezcla de repulsión y excitación perversa que ya no sabía controlar. Cerré los ojos un instante y luego cumplí, con la lengua temblorosa, mientras él gemía complacido y guiaba mis movimientos con una brutalidad calculada. Desde la cama, Carla observaba la escena con una fascinación fría, acariciándose, riéndose por lo bajo de la humillación absoluta de su marido.

—Más lento —gruñó Rubén—. Saboréalo. Hoy te toca aprender tu lugar con la boca, no con los ojos.

En ese momento yo ya no era un marido. Era una extensión de su placer, un instrumento. O al menos eso era lo que él necesitaba creer.

***

Cuando terminó, me ordenó vestirme y servir el desayuno. Preparé el café con las manos temblando, y cada vez que pasaba cerca de la mesa Rubén me ponía la zancadilla con el pie o me rozaba la piel marcada solo por el gusto de recordarme su poder. Carla, sentada sobre sus muslos, no perdía oportunidad de hundirme un poco más.

—Mira qué patético se ve —comentó ella, dando un sorbo al café que yo acababa de servir con la cabeza gacha—. Ni siquiera es capaz de mirarte a la cara.

Rubén soltó una carcajada, me agarró del cuello de la camisa y me obligó a inclinarme junto a ella.

—Grábatelo bien —dijo.

Y se masturbó frente a mí, sin pudor, exigiéndome que ahuecara las manos debajo para no desperdiciar «ni una sola gota de lo que tu esposa se ganó». Cuando terminó, con un gruñido gutural, tuve que llevar mis manos a la boca de Carla. Ella consumió el rastro de su victoria directamente de mis dedos, mirándome con un desprecio que parecía infinito.

—Puedes retirarte a la esquina, Diego —susurró, limpiándose los labios—. El loft se nos queda pequeño con tres. Tú ya sobras.

Rubén se vistió poco después. El portazo con que salió retumbó en las paredes y dejó tras de sí un silencio cargado de sudor y de sumisión. Durante unos segundos no me moví del suelo, con las manos todavía manchadas y las marcas ardiéndome en la espalda.

***

Entonces todo cambió.

La tensión cruel que emanaba de Carla se evaporó de golpe. Sus hombros se relajaron, la máscara de desprecio se deshizo en una sonrisa de complicidad y, en lugar de una patada, me tendió la mano para ayudarme a levantar.

—Ha sido perfecto —murmuró, con una ternura genuina que no había asomado en toda la noche.

Me puse de pie, y mis ojos ya no eran los de un hombre destrozado, sino los de alguien profundamente satisfecho. Nos fundimos en un abrazo largo, rompiendo de un solo gesto la jerarquía que habíamos fingido con tanta precisión.

—Rubén no tiene ni idea, ¿verdad? —pregunté, mientras ella empezaba a limpiarme las marcas de la cara con un paño húmedo—. Se cree el dueño de la situación. El macho que nos conquistó a los dos.

—Es el actor perfecto para nuestro teatro —respondió Carla, besando con devoción una de las líneas rojas de mi hombro—. Cree que me posee, pero solo es la herramienta con la que nos encendemos. Verlo creerse superior mientras tú y yo compartimos este secreto… esa es la verdadera perversión.

Asentí, sintiendo cómo el deseo por mi esposa se renovaba intacto tras el juego. Cada azote, cada orden, cada humillación habían sido acordados entre nosotros semanas atrás, en la intimidad de la cama. La supuesta infidelidad no era una traición: era el escenario que habíamos construido para recordarnos, una y otra vez, que nada podía romper lo que teníamos.

—¿Te dolió mucho? —preguntó ella, recorriendo las marcas con la yema de los dedos.

—Lo necesario para saber que eres mía —contesté, tomándola por la cintura y atrayéndola hacia mí con una fuerza que Rubén jamás sospecharía—. Me encanta que me hagas verte con otros. Me encanta que usemos a un amigo como excusa para volver a elegirnos.

Carla se rió, una risa limpia y victoriosa. El loft había dejado de ser el escenario de una tragedia de humillación para convertirse en el santuario de un pacto privado y oscuro. Nos metimos juntos en la ducha para borrar el rastro de Rubén de nuestra piel, preparándonos para el verdadero clímax de la mañana: el que íbamos a vivir los dos solos, celebrando, una vez más, el éxito de nuestra representación más perversa.

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Comentarios (5)

CarlosN_88

increible!!! uno de los mejores de infidelidad que lei en mucho tiempo, se me fue volando

MartinSF

Por favor que haya una segunda parte. La vuelta de tuerca del final me dejo con demasiadas preguntas jaja

NocheLectora22

Me gusto mucho el planteo, tiene una tension que se sostiene hasta el final sin perder el hilo. Muy bien escrito

pablito_99

jajaja el amigo no tenia ni idea de nada, tremendo

FernandoRba

Me recordo a una historia que me conto un amigo hace años. Nunca se sabe del todo lo que pasa puertas adentro

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