El repartidor de flores se quedó más de la cuenta
Lorena tenía cuarenta y cinco años y llevaba veintiuno casada con un hombre que había dejado de mirarla mucho antes de dejar de tocarla. El aniversario caía esa misma semana y Andrés ni siquiera lo había nombrado en el desayuno. Ella sí lo recordaba. Lo recordaba en el cuerpo, en esa parte de ella que seguía encendida aunque nadie se molestara ya en buscarla.
Los años no la habían apagado, la habían vuelto más densa. Tenía los pechos grandes y naturales, la cintura todavía marcada sobre unas caderas que se movían solas, y un trasero redondo que llenaba cualquier vestido y obligaba a girar la cabeza por la calle. Esa tarde, harta de esperar un gesto que no llegaría, encargó flores por internet. Se las mandaría ella misma, para fingir un rato que alguien la celebraba.
El timbre sonó a las siete, con el sol todavía alto y el aire pesado de julio. Lorena se había puesto un vestido corto de algodón blanco, fino, sin nada debajo. El calor lo justifica todo, se dijo, aunque sabía que se mentía. Abrió la puerta y se olvidó del aniversario, del marido y de las flores.
El repartidor era apenas un crío. Veintiún años como mucho, alto, de piel morena que brillaba de sudor bajo el uniforme ajustado. Tenía los hombros anchos, la cintura estrecha, los brazos marcados de cargar cajas todo el día, y una sonrisa tímida que no pegaba nada con ese cuerpo. El ramo de rosas rojas parecía pequeño entre sus manos.
—Buenas tardes, señora. Entrega para Lorena Vargas —dijo con un acento colombiano suave, arrastrando las palabras, la voz educada y un poco nerviosa.
Ella lo recorrió de arriba abajo sin disimular, y sintió un tirón inmediato entre las piernas.
—Qué repartidor más guapo me han mandado hoy. Pasa, anda, no te quedes ahí cargado con eso.
El chico miró hacia la calle, dudando, como si esperara que alguien lo viera.
—No sé… estoy en horario. Solo tengo que entregar y que me firme.
—Llámame Lorena. Y entra un momento, que te doy la propina y un vaso de agua fría. Estás empapado, pobre. No muerdo… salvo que me lo pidas.
Tragó saliva. Los ojos se le fueron un segundo al escote y volvieron al suelo, las mejillas oscuras encendidas. Entró despacio, cerró la puerta y se quedó de pie en el salón, apretando la correa de la mochila como si fuera lo único firme en la habitación.
Lorena firmó el albarán, dejó el ramo en la mesa y fue a la cocina. Volvió con dos vasos altos de agua con hielo y limón, se sentó muy cerca de él en el sofá y cruzó las piernas de manera que el vestido subiera y dejara ver el muslo. El chico se sentó en el filo, rígido, las rodillas juntas, la vista clavada en el vaso.
—¿Cómo te llamas? —preguntó ella.
—Joel.
—¿Tienes novia, Joel?
—Sí. Ocho meses —respondió en voz baja, sin levantar la cara.
Lorena sonrió despacio. Le puso la mano en la rodilla y empezó a subir por el muslo.
—Qué suerte tiene ella. Pero dime una cosa… ¿te besa así tu novia?
Se inclinó y le besó el cuello, oliendo la sal de su piel después de todo el día en la moto. Joel se tensó entero, un jadeo corto se le escapó de la garganta y echó el cuerpo hacia atrás.
—Lorena… no… tengo novia, no puedo.
—¿No puedes? ¿O no quieres? —susurró ella contra su piel, y volvió a besarlo, más lento.
El chico cerró los ojos, respirando rápido, con los puños apretados sobre los muslos.
—No está bien… mi novia…
Ella le abrió el primer botón de la camisa y le acarició el pecho moreno y firme.
—¿Y esto? ¿Tu novia te deja que te abran la camisa así, sin decir nada?
Joel negó con la cabeza, pero no la apartó. La respiración se le aceleró, el pecho subía y bajaba.
—No… ella es más tímida.
Lorena siguió bajando, botón a botón, hasta el cinturón.
—¿Y esto te lo permite? ¿Que te baje el pantalón sin preguntar?
Le bajó el pantalón y la ropa interior de un tirón suave. La polla saltó libre, gruesa y larga, la piel oscura y el glande brillante. Joel gimió al sentir el aire fresco, las caderas se le adelantaron solas, pero enseguida intentó taparse con las manos.
—Lorena, por favor… tengo novia… esto no…
Ella le apartó las manos con suavidad pero sin permitir réplica, le envolvió la polla y empezó a moverla despacio.
—¿Tu novia te la chupa así, mirándote a los ojos?
Se arrodilló entre sus piernas. La lengua plana recorrió toda la longitud, los labios cerrándose sobre el glande con círculos húmedos, la boca bajando hasta el fondo y volviendo a subir con un ritmo constante. Joel echó la cabeza hacia atrás contra el sofá y dejó salir un gemido largo, agarrando el cuero con los nudillos blancos. Aún intentaba resistirse, murmurando entre dientes.
—No… no debo… mi novia… joder…
Pero el cuerpo lo traicionaba: las caderas empujaban hacia su boca y la polla latía más dura con cada succión.
Lorena bajó a las bolas, llenas y pesadas, y las chupó una a una con sorbos ruidosos. El chico temblaba entero, las piernas abriéndose por instinto, un «ay, Dios» escapándosele aunque siguiera repitiendo que parara, que no podía hacerle eso a ella.
Entonces le levantó las piernas y se las apoyó en los hombros, dejándolo expuesto del todo.
—¿Tu novia te ha comido el culo alguna vez?
—No… nunca… dice que es sucio. Por favor, Lorena… —la voz le temblaba, pero los ojos no se apartaban, llenos de deseo y de culpa a partes iguales.
—Pues yo sí. ¿Quieres saber cómo se siente?
No contestó, pero tampoco cerró las piernas. Lorena besó alrededor, la lengua plana recorriendo la piel sensible, y Joel jadeó fuerte, el cuerpo sacudiéndose como si le hubiera pasado una corriente. Después presionó la punta contra la entrada y lamió en círculos lentos, empapándolo de saliva. El chico soltó un gemido hondo, las caderas se le levantaron solas, la boca entreabierta en un «joder… no… sí…» que ya no distinguía una cosa de la otra.
Metió la lengua poco a poco, entrando y saliendo, mientras una mano le movía la polla con golpes largos y firmes y la otra le masajeaba las bolas. Joel temblaba sin parar, gimiendo de corrido.
—¿Te hace esto tu novia? ¿Te mete la lengua dentro mientras te la masturba?
—No… nunca… por favor, no pares —suplicó al fin, la voz rota, las caderas empujando hacia su boca, toda la resistencia hecha pedazos.
Lorena alargó aquello varios minutos, disfrutando cada reacción: cómo el «no» se volvía «sí», cómo empujaba más fuerte, cómo la polla le latía sin que nadie la tocara. Solo cuando lo vio al borde se detuvo, lo miró con los ojos encendidos y le habló muy cerca de la boca.
—Vamos a la habitación. Quiero ver si tú también sabes hacer estas cosas.
***
Lo llevó de la mano al dormitorio principal. Cama grande, sábanas blancas, la luz de la tarde colándose entre las cortinas y, en la mesilla, una foto de Andrés sonriendo en algún viaje que ella ya ni recordaba. Se quitó el vestido de un solo movimiento y quedó desnuda delante del chico: los pechos balanceándose libres, los pezones oscuros y duros, el sexo depilado y húmedo, el trasero redondo pidiendo guerra.
Se tumbó al revés sobre él, el sexo sobre su boca, la cara de Joel justo bajo sus nalgas.
—¿Tu novia te deja lamerla así? Pruébame.
El chico empezó tímido, la lengua entrando y saliendo, explorando los pliegues, chupando el clítoris con más confianza a medida que ella gemía sobre su polla. Cada lametón le arrancaba a Lorena un sonido más hondo, y las manos de él, en sus muslos, temblaban de pura excitación.
Ella se inclinó más y le abrió las nalgas con las manos.
—¿Y esto? ¿Te deja metérsela en el culo con la lengua?
Joel obedeció: besos tímidos primero, luego la lengua recorriendo el contorno. Lorena empujó hacia atrás, gimiendo.
—Más fuerte. Métela dentro… sí, así. ¿Tu novia te deja hacer esto?
El chico se entregó del todo. La lengua entraba y salía con ritmo y los dedos buscaban el punto exacto dentro de ella. Lorena se corrió fuerte, el cuerpo entero sacudiéndose, gritando un nombre que no era el de su marido mientras los pechos le bailaban contra el vientre de él.
Sin dejarlo respirar, se giró, lo miró con la cara todavía brillante y le preguntó:
—¿Tu novia te deja follarle el culo?
—No… nunca me ha dejado ni intentarlo —admitió él, la voz ronca, los ojos vidriosos.
—Pues yo sí. Quiero que me lo hagas. Despacio al principio, y luego como te dé la gana.
Sacó el lubricante de la mesilla y lo repartió bien, en ella y en la polla larga y gruesa del chico. Se puso a cuatro patas, el trasero en alto, las nalgas abiertas con las manos, mirando de frente la foto de Andrés.
—Ven. Entra despacio. Quiero sentir cada centímetro.
Joel se colocó detrás, el glande presionando la entrada. Lorena respiró hondo y empujó hacia atrás. La cabeza entró con un pequeño pop, caliente y apretado. El chico jadeó ante la estrechez, los ojos cerrados con fuerza.
—Más. Métela toda, poco a poco —ordenó ella, empujando.
Centímetro a centímetro, hasta el fondo. Joel se quedó quieto un instante, respirando agitado, sintiendo cómo lo apretaba como un guante caliente. Luego empezó a moverse, lento y profundo, con embestidas largas que la hacían gemir sin control.
—¿Tu novia te deja follarla así? ¿Profundo y despacio?
—No… nunca —jadeó él, las caderas cada vez más seguras.
—Pues yo sí. Ahora más rápido… agárrame de las caderas… fóllame fuerte, Joel.
El chico obedeció, embistiendo con fuerza creciente, las manos clavadas en sus caderas, el sudor cayéndole del pecho a la espalda de ella. Cambiaron de postura varias veces para que aquello no terminara. Lorena lo cabalgó controlando ella la profundidad, rebotando con los pechos sueltos y las manos apoyadas en el torso del chico. Después de lado, él abrazándola por detrás, una mano entre sus piernas mientras la penetraba hondo y constante. Y otra vez a cuatro patas, las palmadas en las nalgas resonando en la habitación.
Duró mucho más de lo que cualquiera de los dos esperaba: gemidos llenando la casa, los cuerpos chocando húmedos, el aire cargado de sudor y deseo. Lorena se deshizo varias veces, contrayéndose alrededor de él, gritando aquel nombre prestado una y otra vez.
—Córrete dentro, Joel. Lléname mientras pienso en mi marido.
El chico no aguantó más. Empujó hondo unas cuantas veces, gruñó grave y se vació dentro de ella en chorros calientes, el cuerpo temblando entero, hasta que el semen empezó a desbordar y resbalar por sus muslos.
Se derrumbaron sobre la cama, sin aire, los cuerpos pegados de sudor. Lorena sentía aquel calor dentro y una sensación deliciosamente prohibida que hacía siglos que nadie le daba.
Se giró, lo besó despacio en los labios y le acarició la mejilla todavía agitada.
—Tu novia no sabe lo que se pierde, niño.
Joel se vistió en silencio, recogió la mochila y volvió a ser, de pronto, el chico tímido del timbre. En la puerta se detuvo un segundo, como si quisiera decir algo y no encontrara las palabras. Lorena le metió la propina en el bolsillo de la camisa, le dio un último beso en la comisura y lo dejó marchar.
Cerró, apoyó la espalda en la madera y miró el ramo de rosas todavía intacto sobre la mesa. Por primera vez en años, no se sentía olvidada. Se sentía celebrada. Y, sobre todo, se sentía muy lejos de estar acabada.