Fui por un masaje y terminé siéndole infiel a mi marido
Las últimas semanas en la oficina me habían dejado la espalda hecha un nudo. Ni los estiramientos ni el poco gimnasio que hacía me aliviaban. Necesitaba un fisioterapeuta con urgencia, así que cuando mi amiga Carla me recomendó a una chica de confianza que trabajaba en una clínica cerca de mi trabajo, no lo dudé.
—Hola, tenía cita con Nadia —dije al entrar.
—Soy yo. ¿Eres Marina? Perfecto, pasa. En seguida estoy contigo. Métete en la cabina y desnúdate del todo. Ponte la bata y ve al despacho número dos.
—¿No me dejo la ropa interior? —pregunté, algo cohibida.
—No, nada. Te relajarás mucho más.
Pues a cumplir órdenes. Muy guapa la chica, la verdad. En pocos minutos estaba en el despacho, y ella entró con una sonrisa tranquila.
—Quítate la bata y túmbate boca abajo.
Curioso. Completamente desnuda sobre la camilla, con una desconocida detrás de mí. En fin, ella era la profesional.
El masaje fue extraordinariamente suave. Empezó acariciando toda mi espalda de una forma que se me erizaba el vello. Ejercía una presión ligera sobre los músculos, soltando lumbares y dorsales poco a poco. Cuando ya tenía toda la espalda relajada, bajó a las piernas: desde los tobillos, subiendo por las pantorrillas, hasta terminar en los glúteos.
Y ahí terminó mi relajación. Conforme amasaba mis nalgas con esos dedos firmes y lentos, empecé a excitarme de una manera increíble. Llevaba semanas sin sexo y aquel roce suave por todo el culo me estaba poniendo muy caliente. Cuando me mandó levantarme, estaba húmeda, y lo que más vergüenza me daba era que mis pezones se habían endurecido a más no poder. Creo que se dio cuenta, pero no dijo nada. Solo una leve sonrisa.
Volví a la cabina a vestirme, pensando en llegar a casa por la tarde y desquitarme con mi marido. Era curioso: nunca había tenido la menor experiencia con otra mujer, y sin embargo las caricias de Nadia me habían puesto a mil.
—Bueno, Nadia, me voy. Te llamo para otra sesión.
—Sí, cuando quieras. Te hace falta alguna más, tienes mucha tensión física y mental acumulada.
De repente bajó la voz.
—Mira, no lo comentes por aquí, que soy empleada. Pero soy socia con otros compañeros de un centro de masajes donde ofrecemos fisioterapia y tratamientos de todo tipo, más libres, buscando el bienestar físico y mental en absoluta libertad. Solo atendemos a clientes escogidos y discretos. Creo que te ayudaría a soltar tensión. Si quieres te paso la dirección.
—Sí, claro. ¿Tú estarás allí?
—Sí, con otros compañeros. Si te pasas a partir de las cinco, nos vemos.
Salí a la calle confundida. No sabía exactamente qué me había ofrecido. No tenía claro si, al salir del trabajo, irme a follar con mi marido o dejar que Nadia me tocara otra vez. Estaba hecha un lío.
***
Al final salí de la oficina y fui hacia la dirección que me había dado. No sabía muy bien a qué iba. Tenía la sensación rara de estar a punto de ser infiel a mi pareja, y encima con una mujer; ambas cosas por primera vez. Pero nadie me había dado motivos claros para pensar así; ella no había mostrado un interés sexual evidente. En cualquier caso, estaba absolutamente dispuesta a montármelo con ella. Todo algo confuso, pero excitante.
Llamé a la puerta. Me abrió con una bata mucho más corta que la del consultorio, prácticamente una camisa larga.
—Adelante. ¿Qué tal?
—Bien, dispuesta a continuar la terapia. Aunque, en realidad, no sé si la idea que tengo coincide con la realidad.
—¿Qué idea tienes?
—Que esto es algo parecido a una cita entre tú y yo. Me da pudor reconocerlo, pero esta mañana me excité con tu masaje y quiero más.
—¡Ja, ja, ja! No vas mal encaminada. Este centro mezcla la fisioterapia, con profesionales, y el sexo, también con profesionales. Es en parte una tapadera y en parte un complemento a lo que mucha gente necesita hoy en día: liberar tensión. Muchos tienen en casa una pareja con la que podrían soltarla, y están más preocupados por otras cosas que por aprovechar esa situación.
—O sea, que esto es como un club de alterne.
—Si quieres llamarlo así. Solo que te aviso: yo no atiendo a chicas. Solo a hombres.
—Vaya. Me había hecho ilusión tener mi primera experiencia con una mujer.
—Pasa mucho. En el otro trabajo, cuando veo a una posible clienta, le hago un masaje intencionadamente erótico. En tu caso vi unos pezones que podían cortar el cristal y me quedé con ganas de tocarte la entrepierna. Seguro que estabas mojada.
—No. ¡Chorreando! —confesé, y me ardió la cara.
—No sabes las erecciones que he visto en los hombres. Ellos lo tienen más difícil para disimular, je, je.
—¡Qué fuerte! ¿Y qué me ofreces?
—Aquí tenemos soluciones para todo. Tengo compañeros para atender a chicas. He pensado en Adrián para ti. Un tipo de poco más de treinta, fibrado, muy bien dotado y con un culo espectacular. Son doscientos euros el servicio completo, y tenemos bonos de cinco por ochocientos. Sin límite de tiempo: cuando estés agotada, tú dirás de parar.
—Esto es una locura. Yo nunca había pensado en pagar por sexo. No me hace falta.
—No pagas por sexo, sino por una experiencia extraordinaria. Pagas por un hombre espectacular que va a follarte de todas las formas que imagines. Va a darte más placer del que hayas tenido nunca.
Estaba alucinando. El simple hecho de pensar en la situación me ponía a mil. Primera vez infiel y pagando. Yo, que toda mi vida había entrado a una discoteca y elegido a quién me llevaba a casa. La idea me emocionaba de un modo que no esperaba.
—Bueno. ¿Podría ver al chico?
—Sí, claro. Está en la sala de al lado. Vamos, puedes desnudarlo, tocarle todo lo que quieras y, si te gusta, adelante.
***
Entramos y allí estaba. Un tío espectacular, en pantalón corto y camiseta, tal y como lo había descrito. Alto, musculoso pero sin pasarse, perfectamente afeitado y con una sonrisa muy atractiva.
—Hola, soy Adrián.
Se quitó la camiseta y la dejó sobre un sofá que había junto a una camilla y a un sillón tántrico, de esos con forma de ese que sirven para todo tipo de posturas. Nadia se marchó discretamente.
Se acercó a mí y empecé a recorrerle los abdominales, los pectorales, los hombros. ¡Vaya cuerpo! Todo duro y firme. Sin mediar palabra se bajó el calzoncillo y me puso su miembro en la mano.
—¿Te parece bien la mercancía?
No pude ni articular palabra. El corazón se me salía por la boca.
Empecé a disfrutar de aquel cuerpo joven. Le recorrí el pecho con la lengua mientras con la mano repasaba el resto, comprobando que su torso era puro músculo. Un miembro bien grande que poco a poco se iba enderezando.
Comenzó a besarme, a inundarme la boca con una lengua húmeda y carnosa, mientras mis manos repasaban su anatomía. Ese torso, ese culo prieto. De vez en cuando le acariciaba la polla o le sopesaba los testículos, y él, con algún gemido, seguía comiéndome la boca.
Iba a quitarme la ropa y me detuvo.
—Ese es mi trabajo.
Empezó a desnudarme muy despacio, llenándome el cuerpo de besos y caricias. En seguida estaba en ropa interior. Me hizo recostarme en el sillón tántrico. Se sujetó el miembro con la mano y me rozó los pezones con él mientras me besaba y me soltaba el sujetador.
Mi excitación era brutal. Hacía mucho que no estaba con un hombre tan espectacular, tan diestro con la boca y las manos; de lo que tenía entre las piernas ni hablamos.
De repente se detuvo, me quitó las braguitas y me puso boca abajo. Empezó a pasarme un cepillo de cerdas muy finas, como una brocha de afeitar, arriba y abajo por todo el cuerpo. Me abrió las piernas con suavidad y deslizó la mano cerca de mi sexo, con muchísimo cuidado de no rozarlo. Me iba a morir. Intenté darme la vuelta, pero me lo impidió sujetándome con esos brazos fuertes.
Me mantuvo boca abajo y entonces sí: rozó mi vulva por todo el exterior, arrancándome un gemido enorme. Por fin llegó al clítoris, y un grito de placer se me escapó… pero se detuvo demasiado pronto.
Empezó a acariciarme el sexo con una mano mientras con la otra me acariciaba el culo y me deslizaba el dedo índice por el ano. Aquello me puso a morir. Siguió un rato y luego empezó a jugar con la lengua en el mismo sitio. Dios mío, pensé, esto es el famoso beso negro del que tanto había oído hablar. Me encantó.
Siguió hasta que, de pronto, me dio la vuelta, subió hasta mi cara y se me quedó mirando con esa sonrisa maravillosa. Me incorporé y le comí la boca, aunque enseguida me empujó, otra vez recostada, y se puso de pie a mi lado con la polla junto a mis labios.
Me lancé a comérsela como pocas veces en mi vida. ¡Qué dura! ¡Qué hermosura! Jugaba con mi lengua y él me miraba sonriendo, entornando los ojos, gimiendo.
—Como sigas así, voy a ser yo quien te pague —dijo entre jadeos.
Me encantaba. Cada vez que mi lengua recorría su miembro, la humedad entre mis piernas crecía. Empecé a rogarle que me follara, que no podía más.
—No tenemos prisa.
Se fue al otro lado, me separó las piernas y hundió la cara entera en mi sexo empapado, mientras con cada mano me apretaba los pechos. Parecía que quisiera arrancarme los pezones, pero el dolor se mezclaba con el placer que subía desde mi entrepierna. Sentía el orgasmo cerca, mi cuerpo empezaba a temblar.
Entonces se detuvo en seco y se puso un condón. La tregua me hizo recuperarme un poco. Estaba con los ojos cerrados, la respiración entrecortada, cuando lo noté subirse sobre mí. Los abrí y lo vi sonreír.
—Te voy a follar como nadie lo ha hecho.
De un solo empujón se hundió entero, sin encontrar la menor resistencia porque yo estaba completamente abierta y mojada. Empezó a moverse de forma frenética. Mientras me embestía, yo le agarraba el culo, le tocaba los testículos, le clavaba las uñas en los hombros.
—Grita si quieres, no hay vecinos.
Y grité como una posesa. Las embestidas me estaban volviendo loca. Estuvimos así un buen rato hasta que llegó mi orgasmo. Mi cuerpo se estremecía, temblaba, gritaba… y él seguía empujando.
—Dios, para un poco. Ya me he corrido.
—Aunque pagues tú y mandes tú, en eso no te voy a hacer caso. No hay tregua, y me lo vas a agradecer.
Hirió un poco mi orgullo, así que fui yo quien lo tumbó a él y me puse a cabalgarlo como una loca. Me volví a excitar enseguida. El chaval iba subiendo de tono; me había cogido los dos pechos a la vez mientras nos movíamos sin control. Le bajé una mano a los testículos y se los acaricié con suavidad. Aquello lo puso frenético: me mordisqueaba los pezones, me apretaba las tetas, me clavaba el culo contra él. Intensifiqué el masaje y empezó a correrse. Al verlo, yo también me dejé ir.
Caí abatida sobre el sofá, junto a la camilla, sin una gota de fuerza.
—Descansa si quieres, que yo tardo poco en recuperarme. En unos minutos estaré encantado de continuar.
No dije nada. Estaba exhausta, la verdad, pero me lo estaba pasando demasiado bien. No sé si percibió mi duda.
—Haremos lo que tú quieras. Pero, ya que pagas por mí, deberías exprimirme hasta que no me quede una sola gota dentro.
Y, mientras recuperaba el aliento mirando aquel cuerpo perfecto, supe que aquella tarde no iba a ser la última vez que volvería a llamar a esa puerta.