La psicóloga del campamento me dio su regalo a medianoche
Me mandaron a apagar otro incendio. Un proyecto atrasado, metas sin cumplir y un equipo que se llevaba a las patadas, sobre todo entre las mujeres del área de bienestar. Mi trabajo era reordenar el grupo y devolverlo al carril sin que nadie terminara renunciando. Lo que no entraba en el informe que firmé fue todo lo demás.
Éramos dieciocho profesionales rotando en guardias de quince días dentro de un campamento minero, a cuatro horas de la ciudad por una carretera de tierra. En ese encierro, dos psicólogas marcaban el clima de toda el área: Carla y Lorena. Una casada, la otra divorciada, y entre ellas un rencor viejo que contaminaba cada reunión.
Me acomodaron en la guardia de Carla, la líder del programa conductual. Treinta y siete años, ojos oscuros y rasgados, delgada hasta lo justo, de piernas torneadas y pelo lacio teñido en un rubio degradé que le rozaba los hombros. Vestía siempre impecable, planchada, con poco maquillaje, y cualquier prenda parecía quedarle suelta sobre ese cuerpo discreto. Sabía hacer su trabajo: astuta, sutil, de buen humor.
Lorena era su opuesto exacto. Cuarentona, blanca, de pecho generoso, cintura marcada y un cabello ensortijado que le caía hasta la mitad de la espalda. Hablaba siempre en doble sentido, pregonando un despertar sexual que, según ella, había llegado recién después de su divorcio. Con el tiempo tuve algo con las dos. Pero esta es la historia de Carla.
Las guardias largas obligan a conversar. Carla terminó a mi lado en casi todo: el comedor, la minivan, el patio de fumadores. En confianza me contó lo suyo. El marido la tenía relegada, llevaban meses sin tocarse, y ella lo decía sin dramatismo, como quien describe el clima. Esa frase, dicha así de simple, la puso en mi radar.
Una noche bajé al comedor a llenar mi termo. Al salir al patio a fumar la encontré discutiendo a los gritos por el celular. Mi presencia la hizo cortar de golpe. Una colega había visto a su marido «bien acompañado» y ella acababa de pedirle explicaciones. Le ofrecí un cigarrillo que se fumó en tres aspiradas, con los ojos brillando de rabia.
Cuando hizo el gesto de irse, la tomé de la mano y la atraje hacia mí. No se resistió. Apoyó la cabeza en mi pecho y se quedó ahí, respirando despacio, hasta que la sentí tranquila. Le conté entonces mi propio divorcio, mi relación frustrada con Marisol, y cerramos la conversación con un abrazo largo. Desde ese día, Carla me escribía por WhatsApp cada noche para que bajara a fumar con ella.
Pasaron tres meses de cigarrillos compartidos y nada más. Yo seguía coqueteando con Lorena en paralelo, pero con Carla había algo distinto, una corriente que esperaba el momento. Ese momento llegó con mi cumpleaños.
La asistenta social se encargó de difundir la fecha, y Carla y Lorena organizaron la celebración: torta, dulces y media oficina alrededor. Por suerte estaban las dos guardias. Los chicos me regalaron una colección de figuras de Ozzy Osbourne, un detalle que aún conservo. Fue Carla quien me la entregó, y al hacerlo se inclinó hacia mi oído.
—Después te doy mi regalo —dijo, con una sonrisa demasiado cortés.
Era fin de semana, así que organizaron una cena fuera. Mientras me cambiaba, el gerente del proyecto me llamó: por un paro de comunidades no subiríamos a la mina al día siguiente. Eso lo cambió todo. Ya no era solo una parrilla. Ahora podíamos beber sin culpa.
Después de cenar terminamos en una discoteca. No soy de bailar; bebo para la cabeza, no para los pies. Me mantenía controlado hasta que noté que faltaba Carla. La encontré en la terraza de fumadores, otra vez peleando por teléfono. No intervine. Solo la miré de pies a cabeza y descubrí que, bajo esa ropa entallada que esa noche sí marcaba, se escondía una figura que yo había subestimado durante meses.
Cuando colgó me acerqué y la abracé. Pegó la cabeza a mi pecho como ya era costumbre. La tomé de la mano para darle una vuelta y mirarla bien, le solté un par de piropos y se sonrojó como una chica.
Adentro se pegaba más de lo habitual. Me sacó a bailar y no me negué. Las cervezas iban y venían, brindábamos, y en un momento un colega la invitó a bailar; ella me buscó con la mirada, como pidiendo permiso, y yo asentí. Cuando volvió, pusieron una balada. La tomé de la cintura y la apreté contra mí.
—¿Ya estás más relajada? —le pregunté.
—No quiero hablar de eso.
—Por cierto, todavía no me diste mi regalo.
—Mmm, es verdad.
—No te olvidaste.
—Claro que no. Viene con un lazo rojo.
Deslicé las manos por sus caderas. Carla me sostenía la mirada como si los demás hubieran desaparecido. Terminó la canción y volvimos al grupo, pero antes entrelazó sus dedos con los míos, se puso de pie y me dijo que ya volvía.
Lorena se acercó a charlar, después otros colegas. Carla regresó y se sentó a mi lado. Al rato me hizo una seña, la miré, y vi un pequeño lazo rojo colgando de su blusa. Entendí al instante. Clavó los ojos en mí, sin necesidad de palabras.
Lorena, que no se perdía nada, me hizo revisar el celular. Tenía dos mensajes suyos.
—Aprovechen que están todos bailando y váyanse.
—No seas tonto, Carla se te acaba de regalar.
Tomé a Carla de la mano y la llevé hacia la barra. Compré un par de cervezas, brindamos, y me pidió salir a tomar aire. En la terraza la apoyé contra la pared, le acaricié la cara y acerqué mis labios a los suyos. Cerró los ojos y me los ofreció. Fue un beso suave que enseguida se volvió otra cosa.
Los besos subieron de intensidad. Cruzó los brazos por mi cuello y pegó el cuerpo al mío como si quisiera fundirse. Entró gente y nos detuvimos. Salimos rápido del local, caminamos unos metros y volvimos a besarnos, esta vez con las manos bajándole por la espalda hasta detenerse en sus nalgas.
—¿Compramos algo para tomar? —propuse.
—Sí, y de paso vemos dónde dormir.
—¿Dormir? ¿En serio pensás dormir?
—Un hotel, para poder darte mi regalo.
—Estás en el quinto piso y ahora no hay nadie. Vamos a tu habitación.
—Tenés razón. Nos arriesgamos.
Pasamos por una licorería, compré cerveza, gaseosa y algo para picar, tomamos un taxi y volvimos al hospedaje.
***
Metí las bebidas en el frigobar mientras ella entraba al baño. Me senté en el sofá. Salió con la blusa desabotonada, el cinturón abierto y el pantalón a medio caer. Antes de sentarse se quitó los zapatos. La tomé de la cintura y la senté sobre mis piernas, con nuestras caras casi pegadas. Le acaricié el rostro y cerró los ojos. No hizo falta decir nada: nuestras lenguas se buscaron de inmediato.
Se montó a horcajadas sobre mí y me sacó la camisa. Yo hice lo mismo con su blusa, dejando a la vista un sostén negro que escondía un pecho mediano, perfecto a mi gusto. Solté el broche y lo liberé. El pezón era pequeño y oscuro. No lo dudé: me lancé sobre uno para succionarlo despacio. Carla se acercó más, dejándome claro que le gustaba, y me quedé un buen rato ahí, mordiendo, lamiendo, hasta tenerlos duros y erizados.
Mis manos no dejaban de amasarle el pecho. Sus ojos rasgados tenían un brillo distinto. Se puso de pie para dejar caer el pantalón y yo hice lo propio. Por suerte tenía los preservativos a mano. Volvió a sentarse sobre mí, una de sus manos se metió bajo mi ropa interior y empezó a acariciarme con suavidad. Le mostré el preservativo antes de que avanzara más.
Ella misma rompió el envoltorio y lo colocó. Se llevó dos dedos a la boca, los humedeció, los bajó entre sus piernas y se acomodó sobre mí para hundirse sola, despacio.
—Mmm, esto me hacía falta —murmuró—. Me hacía mucha falta.
Sentí cómo el calor de su interior me cubría por completo. Empezó con un movimiento lento de caderas. Le acomodé las piernas para que encajáramos mejor, y una vez lograda la postura se soltó, ganando ritmo y soltura.
—Necesitaba esto —repetía.
—¿Así te gusta?
—Sí, mucho.
La posición me dejaba sus pechos a la altura de la boca, y los aproveché mientras mis manos le marcaban el ritmo desde las caderas y, de paso, le amasaban las nalgas. Un par de palmadas oportunas despertaron algo en ella. Carla se levantó de golpe, giró y se sentó de espaldas a mí, buscándome con la mano para clavarse otra vez. Soltó un gemido largo y empezó a moverse a su antojo.
La tomé de la cintura, siguiendo su ritmo. La vista de su espalda y sus nalgas pequeñas y redondas me empujó a azotarlas una y otra vez, dejándole la marca de mis dedos mientras ella gemía. Después echó el cuerpo hacia atrás y trató de poner las piernas sobre las mías. Entendí lo que quería y la ayudé.
—Que no se salga —pidió.
—Tranquila.
Acomodada así, empezó a subir y bajar. A veces se salía y volvía a acomodarse, impaciente. El espejo del frente nos devolvía una parte del reflejo, y eso lo hacía mejor. Unas embestidas más y la sentí temblar: alcanzó el primer orgasmo de la noche, sacudiéndose entera, con la respiración rota. Dejó caer el cuerpo sobre el mío, sudada, y giró la cabeza buscando mi boca.
—Qué rico —susurró—. Dejame descansar un poco.
No le di mucho tiempo. La cargué y la recosté sobre el sofá, con las piernas abiertas. Me hundí entre ellas, besándole los muslos primero, demorándome a propósito antes de llegar adonde ella ya me esperaba. Sus negativas iniciales duraron poco: enseguida tenía las manos en mi pelo y las piernas levantadas, pidiendo más.
—Seguí —jadeaba—. No pares.
Encontré el punto exacto y me quedé ahí, paciente, alternando la lengua y los labios mientras ella se deshacía debajo de mí. Sus caderas se movían solas. Cuando la sentí al borde, me tiró del pelo y me atrajo hacia su cara. Me besó, buscó mi miembro con la mano y lo guió hasta la entrada. Un empujón leve y entré entero.
—Mmm, necesitaba esto.
Mientras la penetraba volví a sus pechos. Cruzó las piernas sobre las mías y acompasamos el movimiento, suave primero, más fuerte después. Estaba tan lubricada que apenas había fricción entre nosotros. Me apoyé en los brazos para mirarla bien, bajando solo a besarla. Después le subí los pies hasta mi pecho y, en esa postura cerrada, me costó contenerme. Sentí la corriente bajándome por la espalda y se lo dije.
Carla reaccionó rápido. Me hizo tumbar de espaldas, retiró el preservativo y bajó con la boca. No era experta, pero el momento lo era todo. Después se incorporó y se sentó sobre mí, con las manos apoyadas en mi pecho, moviendo las caderas y apretando por dentro. No paró. Yo solo atinaba a amasarle los pechos.
—Movete —me reclamó—. No te quedes quieto.
—Así, está bien.
Sus caderas se sacudían cada vez más rápido. Sentí la descarga subiendo, y casi al mismo tiempo ella volvió a temblar, clavándome los dedos en el pecho, exigiéndome más con la voz quebrada. No la decepcioné: levanté la pelvis hasta que un nuevo gemido largo me avisó que había llegado otra vez. Recién entonces se dejó caer sobre mí, vencida.
Nos quedamos un rato así. Después me sugirió que nos diéramos una ducha. Bajo el agua exploré cada centímetro de ella, y ella me devolvió el favor con la boca. Salimos del baño, le di una palmada en las nalgas y corrió a la cama, tirándose boca abajo. Me acomodé entre sus piernas y la penetré de nuevo, esta vez de espaldas, azotándola en cada embestida. El espejo del frente nos reflejaba directos ahora, y ver su gesto en cada golpe me llevó al límite.
Probamos todo lo que se nos ocurrió. De costado, con una pierna arriba y después la otra, hasta que ella misma me pidió volver a la postura que más le gustaba. En el camino tanteé territorio nuevo y comprobé, sin que pusiera ninguna objeción, que no era la primera vez que se aventuraba por ahí. Terminó montándome en una cabalgata larga y estrepitosa, decidida a apurar mi llegada, hasta que me vacié dentro de ella y la sentí desplomarse sobre mi pecho, sin aire, buscándome la boca una vez más.
Nos dormimos abrazados. Desperté cerca del mediodía con su mano ya buscándome de nuevo, dispuesta a un último regalo antes de volver al campamento como si nada hubiera pasado.
Esa fue la primera de muchas. Lo que empezó como un cigarrillo compartido en un patio de fumadores se convirtió en un romance de temporada que disfruté hasta el final del proyecto. Pero todo lo que vino después, y lo que pasó cuando Lorena se enteró, esa ya es otra historia.