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Relatos Ardientes

Su marido me la ofreció y ella terminó pidiendo más

Tengo cuarenta y dos años, sigo soltero y, sinceramente, así me va bien. Quedo por aplicaciones, salgo por bares, y de vez en cuando me dejo caer por algún local de intercambio cuando el cuerpo me lo pide. Cuido el físico, conservo casi todo el pelo y no me han faltado historias para escribir un libro. No busco pareja: busco horas concretas con personas concretas, y prefiero no repetir. Si la chica está casada, allá ella; sus cuentas son suyas.

Aquella semana estaba en Valencia por trabajo. Soy comercial técnico, y había cerrado los temas pendientes el jueves al mediodía. Tenía la noche libre y, al día siguiente, siete horas de carretera de vuelta. Cené en el hotel sin demasiadas ganas y, en lugar de meterme en la cama temprano como había planeado, busqué en el móvil un local que un compañero me había recomendado meses atrás. Estaba a quince minutos en taxi del centro.

Entré sobre las once. El sitio tenía la decoración previsible: luces rojas, sofás bajos, una barra al fondo y, en el ala derecha, la zona oscura. Pedí una cerveza, me apoyé en una columna y empecé a mirar. Había algunas parejas habituales que reconocí enseguida por la soltura con la que se movían entre las mesas. Y, en una esquina, una pareja que no encajaba en ese cuadro.

Ella tendría treinta y muchos. Pelo corto, ojos claros, una falda que llegaba justo a media pierna y una blusa blanca abierta hasta el segundo botón. No llevaba sujetador: se le marcaban los pezones cada vez que respiraba hondo. No era espectacular en el sentido de cartel publicitario. Era de esas mujeres que pasan inadvertidas en un metro y te dejan pensando dos paradas más tarde. Su marido, en cambio, parecía un hombre cualquiera, mirando a todos lados con la sonrisa nerviosa de quien no sabe muy bien por qué se ha metido en ese sitio.

Los seguí con la vista. Hablaron mucho rato en su esquina antes de levantarse y dirigirse hacia la zona oscura. Cuando los vi cruzar el pasillo, dejé la cerveza a la mitad y entré por la puerta paralela, la que da al lado de los hombres.

La sala estaba dividida por una hilera de barras a la altura de la cintura. Detrás, los hombres, pegados a la pared. Delante, el espacio para las parejas o las mujeres. Quien quiere ser tocada, se acerca. Quien no, se queda en el centro. La regla no se discute.

Desde mi lado vi cómo ellos dudaban en el umbral. La poca luz de la puerta los recortaba como una silueta. Él la cogía por la cintura y le susurraba algo al oído. Ella negaba con la cabeza, después asentía, después se reía bajito. Al final dieron tres pasos al frente y empezaron a besarse en mitad de la sala. Él la fue empujando, sin prisa pero con un objetivo claro, hacia las barras.

Se detuvieron a unos veinte centímetros. Una mano anónima se lanzó bajo su falda; ella se apartó al instante. Volvieron al centro. La besó. La acarició. Volvió a empujarla hacia adelante. Esta vez se acercaron a mi lado. Yo esperé. Cuando estuvieron a un palmo, apoyé apenas la mano abierta sobre su cintura, sin agarrar, sin colar dedos. Solo el peso.

Ella se sobresaltó. Después se quedó quieta. Yo no me moví. Empecé a deslizar la mano muy despacio por el costado, por encima de la blusa, hasta el abdomen. Tras un par de minutos, dio un paso atrás y apoyó la espalda en la barra. Eso lo dijo todo.

Le acaricié el vientre con la palma extendida. La tela era fina y notaba el calor de la piel. En un momento, mi mano se cruzó con la de su marido, que había llegado por el otro lado. Me detuve, esperando alguna reacción. Él me desabrochó un botón de la blusa de ella para que pudiera meter la mano debajo. Eso era una invitación.

Apoyé los dedos en la piel desnuda, debajo del ombligo. Ella respiró hondo y echó la cabeza atrás. La cosa va en serio, pensé. No tenía intención de precipitarme. Sabía que cualquier movimiento brusco lo rompía todo.

Y entonces, otro tipo se acercó por mi izquierda y le metió la mano directa bajo la falda. Ella se separó de un salto, le dijo algo al marido y salieron por la puerta opuesta.

Me giré hacia el intruso.

—La próxima vez espera a que te llamen —le dije en voz baja, sin agresividad—. Hay normas.

No me contestó. Le sostuve la mirada un par de segundos y volví a mi sitio.

***

Esperé un cuarto de hora. Estaba convencido de que no volvían. Cuando ya pensaba en pedir otra cerveza y mover el foco a otra parte del local, vi entrar por la puerta a la mujer. Sola. Sin el marido.

Caminó por el centro de la sala con un poco más de seguridad que la primera vez. Se acercó a la barra y fue rozando con la mano abierta las manos que asomaban por encima de la madera. Cuando llegó a la mía, me agarró los dedos y los apretó contra su vientre, como diciéndome que continuara desde donde lo habíamos dejado.

El botón seguía suelto. Le metí la mano por debajo de la blusa y dejé los dedos sobre su ombligo. Ella levantó los brazos y se agarró a la barra por encima de la cabeza, dejando el cuerpo expuesto, como una bailarina en una jaula. Me incliné por encima de la barra y le hablé al oído.

—Sabía que volverías. Te estaba esperando.

No respondió, pero sonrió. Le fui desabrochando los botones de la blusa uno a uno con la mano derecha mientras con la izquierda me presionaba el bulto del pantalón, que ya empujaba la tela. Cuando llegué al último botón, le abrí la blusa y le dejé los pechos al aire. Pequeños, firmes, con los pezones duros. Le pasé el pulgar por encima y noté el escalofrío.

Empezó a mover el culo contra mi pelvis, a través de la barra. Sentía el ritmo, lento al principio, cada vez más insistente. Le agarré los pechos con las dos manos. Después bajé la derecha por la cadera, le subí la falda unos centímetros y le acaricié el muslo desde la rodilla hasta el borde del tanga. Abrió las piernas. Sin gestos teatrales, sin gemidos preparados. Simplemente las abrió.

Por el rabillo del ojo vi una sombra en la puerta. Su marido había vuelto y se había quedado a un metro, observando. No hizo ningún gesto. Yo seguí.

Le aparté el tanga y deslicé dos dedos sobre el sexo empapado. Ella soltó la mano izquierda de la barra y me buscó el pantalón. Me desabrochó el botón con torpeza y me bajó la cremallera. No llevaba ropa interior. Mi polla salió en su mano, dura, y ella la apretó suave, midiéndola, antes de empezar a moverla con un ritmo perezoso.

Le subí la falda hasta la cintura. Le agarré ambos lados del tanga y los aparté hacia la cadera. Me apoyé contra ella, le presioné la entrada con la punta. La intención era clara. Iba a follármela contra la barra, delante de su marido, sin condón.

Justo cuando empujé, ella se giró, me miró con los ojos muy abiertos y dijo, casi sin voz:

—A una habitación. Vamos.

Y se fue hacia la puerta.

***

Me subí los pantalones a tirones y la seguí. Pasé por detrás de su marido sin mirarlo. No quería darle tiempo a pensar, ni a arrepentirse, ni a frenar nada. La alcancé en el pasillo, le agarré del brazo y la conduje hacia las habitaciones del fondo. La tercera estaba libre. Entramos y cerré la puerta con pestillo.

Ella se sentó al borde de la cama. Yo me acerqué. Sin decir nada, me desabrochó el pantalón otra vez y me lo bajó hasta media pierna. Se metió la polla en la boca de golpe, hasta donde le entró, y me agarró las caderas con las dos manos para marcarme el ritmo ella.

No era la mamada nerviosa de quien lo hace para complacer. Era la mamada de quien lleva semanas pensándolo. Le quité la blusa, que aún colgaba por los hombros, y me la fui sacando de la boca solo para acabar de desnudarme. Cuando volví, ella se había tumbado de lado en la cama, con la cabeza apoyada en mi vientre. Me la chupó así, con calma, mientras me acariciaba los testículos con la otra mano.

—Chupas como pocas —le dije.

Levantó la mirada y me la metió hasta el fondo. Le di un par de segundos y la aparté con suavidad.

—Para. Quiero verte la cara.

Se incorporó, sacó un preservativo del bolsillo de la falda que aún tenía puesta, lo abrió con los dientes y me lo colocó sin decir palabra. Después se quitó la falda, se subió encima de mí y se sentó de golpe, hasta el fondo. Soltó un gemido largo, ronco, que no esperaba de una mujer que veinte minutos antes me había costado mirar a los ojos.

Cabalgó rápido. Demasiado rápido para mí, pero no quise frenarla. Se vino en menos de dos minutos, mordiéndose el labio para no gritar. Se desplomó sobre mi pecho, agitada.

—No puedo más —jadeó—. Si quieres, sigue tú.

Se puso a cuatro patas a mi lado. Tenía la espalda llena de pecas que no había visto bajo la luz roja de la sala. Me coloqué detrás, le agarré las caderas y se la metí de un golpe. Volvió a entrar fácil. Empecé a bombear sin prisa, mirando cómo se le movía el culo. Le pasé el pulgar por encima del clítoris y la sentí estremecerse otra vez.

Había otro agujero, más pequeño, que llevaba todo el rato pidiéndome atención. Le ensalivé el dedo y le acaricié la entrada. Ella no se movió. Insistí, sin dejar de embestirla, y noté que abría un poco más las piernas.

—¿Por ahí? —pregunté.

—Por ahí, despacio.

Le saqué la polla, me coloqué en la otra entrada y empujé con suavidad. Apretó los dientes, pero no se apartó. Cuando entré del todo, esperé unos segundos. Después empecé a moverme. Suave al principio. Más fuerte cuando ella misma empezó a echar el culo contra mí.

—¿Más?

—Más.

Le agarré el pelo a la altura de la nuca, no para tirar, para sujetar. Le di una palmada en una nalga, después en la otra. Dejaron marca al instante. Ella gemía, pero ya no era el gemido controlado de la sala. Era otro registro. Estábamos los dos cerca.

Se corrió antes que yo, con un grito que se le ahogó en la almohada. Salí, me quité el condón y me corrí encima. El primer chorro le cayó en el cuello y en parte del pelo, porque giró la cara en ese momento. El segundo le bajó por la espalda. Las últimas gotas, en las nalgas enrojecidas.

Se quedó tumbada, boca abajo, sin moverse. Yo me tumbé a su lado, recuperando la respiración.

—Gracias —le dije—. De los mejores que recuerdo.

—El mío también —contestó, con los ojos cerrados—. De los mejores.

Me vestí en silencio. Ella seguía igual, desnuda, con la piel marcada y el cuerpo cubierto de mi semen. La luz del techo era amarilla y le dibujaba sombras en el costado. Era una imagen que no se me iba a borrar fácil.

—¿Te quedas? —pregunté—. Yo me tengo que ir. Mañana madrugo.

—Sí. ¿Sabes cuál es mi marido?

—Creo que sí.

—Al salir, dile que estoy aquí. Que venga.

Salí dejándole la puerta entornada. Crucé el pasillo y volví a la sala principal. El marido estaba sentado solo en una mesa redonda, con una copa entre las manos que parecía no haber tocado. Levantó la mirada cuando me vio aparecer. Me acerqué lo justo y le hablé bajo.

—Tu mujer te espera en la tercera habitación. Gracias por compartirla.

No me contestó. Me marché sin mirar atrás.

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Comentarios (5)

LectorAnonimo

Excelente relato!! de los mejores que lei en mucho tiempo.

felipemdz22

Ese giro donde el marido lo propone y al final es ella la que pide mas... genial. Muy bien narrado, se nota que saben escribir.

TomyCba

jaja tremenda situacion, no lo podia creer mientras leia

Alicia_G

Quede con ganas de saber que paso despues. Hay segunda parte? Por favor que si!!!

Sebas_lector

Me recordo a una situacion medio parecida que vivi, aunque no tan intensa jeje. Igual es un relato que se disfruta de principio a fin, muy recomendable.

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