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Relatos Ardientes

Fui por mis libros y me la encontré a ella

Era sábado por la tarde cuando recordé que todavía tenía una caja con cosas mías en el departamento de Andrés. Libros viejos, novelas marcadas, dos cuadernos de la facultad y un par de fotos que ya no quería que vieran sus ojos. Llevaba meses postergando ese trámite. La idea de cruzarme con él me daba pereza, no rabia. Lo nuestro había terminado hacía rato y ya no había nada que rescatar, salvo la caja.

Le escribí al chat con la naturalidad de quien pide una hora al dentista: «Hola, ¿estás en casa? Necesito pasar a buscar la caja de los libros».

Andrés contestó casi enseguida. «No estoy, pero te dejo la llave en la maceta de la entrada. Carolina salió a hacer mandados, así que el departamento está vacío. Tomate tu tiempo».

Con esa respuesta me sobró. Me arreglé sin pensar mucho. Un top tubo color crema que se me pegaba al cuerpo y no necesitaba corpiño, un short de jean azul que apenas me cubría las nalgas y unas sandalias doradas de taco mediano que me estilizaban las piernas. Me até el pelo en una cola alta, me puse brillo en los labios y salí.

Manejé hasta el barrio, estacioné a media cuadra y caminé despacio. La maceta estaba donde me había dicho, y debajo de ella la llave plateada que tantas veces había usado yo misma. Abrí la puerta esperando un departamento vacío. Lo que encontré fue otra cosa.

Carolina estaba parada en el medio del living, descalza, con un suéter holgado y una taza de café en la mano. Levantó la vista, me vio entrar con la llave colgando del dedo y el café se le quedó suspendido en el aire.

—¿Y vos qué carajo hacés acá? —me soltó, dejando la taza de un golpe sobre la mesa.

—Tranquila —contesté, intentando que la voz no me temblara—. Le escribí a Andrés y me dijo que podía entrar. Vine por una caja con cosas mías, nada más.

—Mentira —escupió, plantándose a un metro de mí—. Sos una atrevida. Por algo te dejó, ¿no? Mirate cómo venís vestida. ¿Pensás que no me doy cuenta de que viniste a buscarlo a él?

Solté una risa corta, más de incredulidad que de gracia.

—No seas ridícula, Carolina. Ya sabía que él no estaba. Me lo dijo por chat hace cinco minutos. Vine por mis libros y me voy.

Pasé a su lado sin esperar respuesta y entré al cuarto de servicio donde, según recordaba, Andrés había metido mis cosas. Carolina me siguió, pegada como una sombra, y empezó a tirarme palabras a la espalda mientras yo revolvía cajas.

—Atorranta… cualquiera… mosquita muerta. Se te nota en la cara lo fácil que sos.

Apreté la mandíbula. Una parte de mí quería ignorarla. La otra, la que llevaba meses tragando esa misma escena en mi cabeza, le quería contestar. Encontré la caja, la levanté, me di vuelta y la miré a los ojos.

—Puede ser. Pero conmigo no se quejaba. Es más, le encantaba.

Fue como tirar un fósforo encendido sobre nafta. Carolina dio un paso al frente, los ojos chispeando.

—Eso era antes. Ahora está conmigo, y por algo será.

—Mirá —le contesté, dejando la caja en el piso—. Yo no vine a pelearme por ningún hombre. No me interesa Andrés. Pero tampoco te voy a aguantar el sermón barato.

Me empujó con las dos manos. Más por sorpresa que por fuerza, retrocedí un paso. Cuando me recompuse, la empujé yo. Quedamos frente a frente, respirando fuerte, los pechos casi tocándose, las narices a un palmo. El aire del cuarto se había vuelto pesado.

—Sos una zorra —me dijo, en voz baja, casi al oído.

—Y vos sos una insegura —le contesté igual—. Si confiaras en él no estarías así de histérica.

Forcejeamos. No fue una pelea como en las películas. Fue un agarre torpe, manos en los hombros, manos en los brazos, las uñas apenas marcando la piel. En uno de esos tirones, su dedo se enganchó del borde de mi top y el elástico cedió con un ruido seco. La tela bajó de golpe y uno de mis pechos quedó al aire, el pezón duro por el roce o por el frío, no sabría decir.

Carolina se quedó quieta. La rabia se le congeló en la cara y los ojos le bajaron una fracción de segundo a mi pecho. Lo suficiente para que yo lo notara.

—¿Qué pasa? —le dije, con una sonrisa torcida—. ¿Te perdiste?

No me contestó. Se lanzó.

Pensé que me iba a pegar. Hizo otra cosa. Me agarró del cuello con una mano, me empujó contra la pared y bajó la cabeza hasta cerrar la boca alrededor de mi pezón. No lo besó. Lo mordió. Me mordió y después me chupó con una furia que no parecía deseo todavía, parecía venganza.

—Mirate —jadeé, agarrándola del pelo y apretándole la cabeza contra mí—. Tan correctita, tan novia ideal, y acá estás chupándome a mí.

—Callate, puta —murmuró entre lametones.

—Y vos seguí.

Le tiré del pelo y la obligué a pasar al otro pecho. Lo lamió igual, con la misma rabia, dejándome la piel mojada y enrojecida. Sentía las gotas de su saliva caerme por el vientre. Sentía también el calor entre las piernas, ese latido sordo que reconozco antes que cualquier palabra. Estaba mojada y todavía no me había tocado.

Le agarré la cara con las dos manos y la levanté. Nos miramos un segundo, las dos respirando con la boca abierta. Y después la besé.

Fue un beso desesperado, con dientes, con saliva, con los labios hinchados de tanto morder. Las dos teníamos hambre de algo y ese algo no era cariño. Era ganar. Era demostrarle a la otra quién mandaba en ese cuerpo, en ese momento, en ese departamento que las dos habíamos pisado distinto. Nuestras manos no se quedaron quietas: las suyas me apretaban las nalgas a través del jean, las mías le subían el suéter buscando piel.

La empujé hasta hacerla retroceder al borde de la cama del cuarto principal. La cama de él, también la de ella ahora. Le bajé el suéter de un tirón y debajo solo tenía una bombacha rosa pegada al cuerpo. Se la arranqué con las uñas. Ella se dejó hacer, mirándome con una mezcla de odio y entrega que me prendió fuego.

—Arrodillate —le ordené.

—No me das órdenes.

—Arrodillate o me voy y le cuento a Andrés todo, paso por paso.

Se mordió el labio. Se arrodilló.

Le abrí el short con torpeza, sin sacármelo del todo, y le hundí la cara entre mis piernas. Carolina entendió rápido. Su lengua salió a buscarme con una urgencia que no esperaba. Recorrió todo, sin pudor, del clítoris hasta más atrás, dibujando círculos lentos y después rápidos, alternando. Me agarré del marco de la puerta para no caerme. Los gemidos me salían roncos, contra mi voluntad.

—Así, perrita… seguí así.

Cuando sentí que se me aflojaban las piernas la frené. No le iba a dar el gusto de hacerme acabar parada, sometida contra una pared. La empujé al piso y me subí encima de ella. Me senté sobre su cara con las rodillas a los costados de su cabeza y le apoyé el sexo en la boca abierta.

—Ahora sí —le dije, mirándola desde arriba—. Ahora me chupás como Dios manda.

Ella lo hizo. Me lamió mientras yo me inclinaba hacia adelante y le abría las piernas. La descubrí brillante, hinchada, lista. Bajé la cabeza y le devolví la misma intensidad. La chupé sin tregua, alternando lametones largos con succiones en el clítoris, mientras le metía un dedo, después dos, después tres. Carolina gritaba contra mi sexo y cada grito me llegaba como una vibración eléctrica.

Rodamos en el piso y quedamos de costado, en un sesenta y nueve perfecto. Mi cabeza entre sus muslos, la suya entre los míos. El sonido de la habitación era obsceno: chasquidos, saliva, gemidos ahogados. Mis dedos no paraban de entrar y salir de ella y los suyos me agarraban las nalgas con fuerza, dejándome marcas que iba a ver al día siguiente en el espejo.

La hice levantarse antes de que se viniera. La subí a la cama. Yo me senté frente a ella, abrí las piernas, ella abrió las suyas, y junté nuestros sexos hasta que el contacto nos arrancó un quejido a las dos al mismo tiempo. Empezamos a movernos despacio, midiéndonos, después con ritmo, después sin ritmo, solo buscando el ángulo justo en el que los clítoris se rozaban.

Era un cuadro absurdo. Dos mujeres desnudas sobre una cama que era de ella, agarradas de las rodillas de la otra, mirándose con los ojos vidriosos, los pechos rebotando con cada empujón. Un espejo de pared nos devolvía la imagen y yo no podía dejar de mirarnos.

—Mirate —le susurré—. Mirate cómo estás conmigo.

Carolina ya no contestaba. Solo gemía. Se le había caído la máscara de la novia perfecta y debajo había una mujer perdida en su propio deseo. Acabamos casi juntas, con dos segundos de diferencia. Yo primero, ella enseguida, las dos arqueando la espalda, las dos dejando un grito largo que rebotó contra las paredes del cuarto. Sentí mi humedad mezclarse con la suya sobre la sábana.

Nos quedamos quietas unos segundos, respirando agitadas, los cuerpos brillantes de sudor y saliva. Carolina fue la primera en moverse. Se sentó al borde de la cama, se tapó las tetas con los brazos como si recién ahora se diera cuenta de que estaba desnuda, y agarró el suéter del piso.

Yo me bajé despacio. Recogí el top roto, los shorts, las sandalias. Me vestí sin apuro, dejándole ver el cuerpo todavía marcado por su boca. Caminé hasta el cuarto de servicio, levanté la caja de libros y volví al living.

Carolina estaba parada en el pasillo, el suéter mal puesto, los ojos rojos. Me miró sin decir nada. Yo me detuve un segundo en la puerta.

—Decile a Andrés que te cuide bien —le solté, ajustándome la cola alta—. Porque si no, vuelvo y te la robo a vos también.

Cerré la puerta detrás de mí. La llave la dejé donde estaba, en la maceta. Bajé las escaleras con la caja apretada contra el pecho y el corazón todavía golpeándome fuerte. Cuando llegué al auto, me senté un segundo al volante, miré mi cara en el espejo retrovisor y sonreí.

No había ido a buscar nada más que mis libros. Salía con eso, con la caja en el asiento del acompañante, y con algo más que no me iba a llevar el ex en la próxima discusión.

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Comentarios (5)

LorenaBaires

Que hermoso relato!! me encantó cada detalle, muy bien narrado

Silvia_84

Esa tension del comienzo se siente real. Muy buen arranque, espero que haya mas

Karen931

excelente!!!

Clau_lectora

Por favor una segunda parte!! quede con ganas de saber como termina todo esto

SusanaMDP

Me recordó una situacion parecida que viví hace años, se me vino todo en la cabeza. Muy buen relato

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