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Relatos Ardientes

Mi vecino me descubrió desnuda en el jardín

Aunque tengo un título universitario, dejé de trabajar hace muchos años. Ahora me dedico a la casa, leo, viajo cuando puedo, salgo a bailar tango con un grupo de amigas, voy al gimnasio tres veces por semana y siempre encuentro un rato para mí misma. Mi marido viaja por trabajo casi todos los meses, y cuando él no está, yo aprovecho para vivir a mi manera.

Lo que más disfruto, lo confieso, es el jardín que tenemos detrás de casa. Es pequeño pero tiene un cuadrado de césped, una hamaca paraguaya colgada entre dos olivos y un seto alto de arizónicas que me separa del chalet de al lado. Allí me escapo en cuanto el sol empieza a calentar de verdad. Me quito el vestido, me deshago del biquini y me tiendo desnuda sobre la lona, con la piel ya brillante de bronceador.

Mientras me masajeo los pechos, el vientre y los muslos, siento que el calor se mete por todos lados. Y a veces, casi sin darme cuenta, la mano sigue bajando hasta la entrepierna y termino dejando que los dedos hagan lo suyo. Me da un morbo enorme correrme así, a plena luz, sabiendo que cualquiera podría mirarme si quisiera.

No es que con mi marido esté insatisfecha. Al contrario. Muchas noches, después de la cena, nos buscamos en el dormitorio o sobre la alfombra del salón, y hacemos el amor durante un buen rato. Cuando ya me he corrido dos o tres veces y tengo el cuerpo flojo, le devuelvo el favor con la boca y dejo que me termine entre los labios. Después duermo como un bebé.

Pero lo de tomar el sol desnuda es otra cosa. Es una rutina íntima, secreta. O al menos lo era hasta esa mañana de finales de junio.

Llevaba tendida unos veinte minutos, con la radio sonando bajito, cuando noté algo. No fue un ruido exacto, sino más bien una sensación, esa que te avisa de que alguien está mirando. Abrí los ojos despacio y giré la cabeza hacia el seto. Entre las hojas de las arizónicas distinguí una silueta. Alguien estaba al otro lado.

Me cubrí con la toalla y me acerqué con curiosidad, no con miedo. Cuando llegué al borde del seto, una mano apareció entre las ramas y luego la cara de un hombre joven, sonriente, con la piel quemada por el sol y unos ojos verdes que me desarmaron en el acto.

—Perdona —dijo enseguida—. No quería molestarte. Estaba podando y de pronto…

—De pronto qué —contesté yo, sin moverme del seto.

—De pronto te vi y me quedé tonto. Lo siento.

Soltó una risa nerviosa y yo, lejos de enfadarme, le acompañé. Me dijo que se llamaba Mateo, que tenía treinta y tres años, que vivía en San José de Costa Rica desde hacía casi una década y que había venido a pasar el verano cuidando la casa de sus padres mientras ellos se iban a un balneario termal en el norte. Su mujer, una chica caribeña con la que llevaba cuatro años casado, se había quedado allí al frente del negocio familiar: una pequeña distribuidora de café gourmet que vendían a hoteles de medio mundo.

—Demasiado calor para ella aquí —me explicó—. Y alguien tiene que firmar los cheques.

Nos quedamos charlando casi una hora, los dos a un lado y a otro del seto, yo envuelta en la toalla y él con una camiseta empapada en sudor. Antes de despedirnos, me dijo lo que yo ya sabía que me iba a decir.

—Si quieres, mañana puedes venir a usar la piscina. Está vacía y da pena. La casa es grande y vas a estar a tus anchas.

Le dije que sí sin pensarlo dos veces.

Esa noche no se lo conté a mi marido. No tenía nada que ocultar todavía, pero supe, desde el momento en que cerré los ojos en la cama, que aquello no iba a quedar en una mañana de piscina entre vecinos.

***

Crucé el seto por una puertecita de madera que separaba las dos parcelas y que llevaba años cerrada con una cadena floja. La quité con cuidado y entré. El jardín de Mateo era el doble del mío, con palmeras enanas, una pérgola de buganvillas y una piscina rectangular de agua tan azul que parecía pintada. Toqué el timbre de la casa, pero nadie contestó.

Me encogí de hombros y, como buena invitada, me apropié del lugar. Dejé el vestido, los zapatos y la toalla sobre una tumbona, me quité el biquini que llevaba puesto solo por costumbre y me metí en el agua. Estaba fresca, perfecta. Nadé un par de largos despacio y luego salí, me tendí boca abajo en una hamaca grande de teca y dejé que el sol me secara.

Me debí de dormir un rato, porque cuando abrí los ojos había una toalla nueva al lado, doblada, y dos vasos altos con limonada sobre una mesita. Mateo estaba sentado en la otra hamaca, descalzo, con un bañador minúsculo color hueso que le marcaba todo lo que había debajo.

—Perdóname —dijo, sin disimular que llevaba un rato mirándome—. Una urgencia en el almacén. Estaba al teléfono. No quise despertarte.

—No pasa nada —respondí, y no me cubrí—. Pásame esa limonada, por favor.

Bebimos en silencio. Yo de lado, apoyada sobre un codo, sintiendo cómo sus ojos me recorrían sin pedir permiso. Cuando dejó el vaso sobre la mesa, me miró fijo.

—Me encanta verte así —dijo—. ¿Te incomoda?

—No.

—¿Te incomoda que yo también lo esté?

Negué con la cabeza. Él se incorporó, se quitó el bañador con un gesto rápido y volvió a tumbarse. La tenía a medio camino entre el reposo y la alerta, gruesa, levantada apenas hacia el ombligo. Me humedecí los labios sin pensarlo.

—¿Te apetece un masaje? —preguntó—. Lo hago bien. Te lo prometo.

***

Me puse boca abajo en la hamaca. Mateo desapareció un segundo dentro de casa y volvió con un frasco de aceite que olía a almendra y vainilla. Se sentó a horcajadas sobre mis tobillos, sin tocarme todavía, y empezó por la nuca.

Tenía manos grandes y dedos largos. Empezó despacio, presionando con la base de los pulgares a los lados de la columna, abriendo los músculos del cuello. Bajó por los hombros, se demoró un rato en cada omóplato, descendió por los costados de la espalda hasta la cintura. Cada centímetro me lo trabajó con calma, como si tuviera todo el tiempo del mundo.

Cuando llegó a la zona lumbar cambió el ritmo. Empezó a usar las palmas enteras, deslizándolas en círculos amplios, alternando presión fuerte y caricias casi imperceptibles. Yo cerré los ojos y dejé escapar un suspiro que no pude controlar.

—Eso es buena señal —murmuró.

Siguió bajando. Las nalgas. Ahí ya no había masaje terapéutico que valiera. Me amasó con las dos manos a la vez, separando, abriendo, juntando. Después se inclinó y me besó muy despacio, primero una y después la otra. Cuando menos lo esperaba me dio una palmada seca, una sola, que sonó más fuerte de lo que dolió. Me arqueé sin querer.

—¿Te gusta?

—Sigue.

Repitió la palmada en la otra mejilla, y luego volvió a las caricias largas, ahora bajando por los muslos, por las pantorrillas, hasta los tobillos. Cuando terminó con la planta de mis pies, sentí que se me escapaba el cuerpo entero hacia delante, hacia él, sin yo decidirlo.

—Date la vuelta —me dijo.

Me di la vuelta despacio, mirándole a los ojos. Él volvió a empezar por el cuello, como si fuese un masaje nuevo. Bajó por las clavículas, por los hombros, por los brazos. Cuando llegó a los pechos no fingió que era trabajo. Me los tomó, me los pesó en las manos, me pasó los pulgares por los pezones que ya tenía duros desde hacía rato. Se inclinó y se metió uno en la boca, sin prisa. Luego el otro.

Yo le pasé los dedos por el pelo, todavía mojado. Él subió un instante y me besó en la boca. Después siguió bajando.

Por el vientre, por las caderas, por el interior de los muslos. Me abrió las piernas con la mano abierta, sin violencia, como quien aparta una cortina. Dos dedos, primero uno y enseguida el otro, se hundieron en mí. Yo ya estaba empapada. Se notó en el ruido.

—Llevabas ganas —dijo bajito.

—Hace semanas.

Se arrodilló entre mis piernas, me cogió por las caderas y me deslizó hasta el borde de la hamaca. Pegó la boca al clítoris y empezó con la punta de la lengua, en círculos pequeñísimos, lentos. Después fue ampliando, alternando lengua y labios, presionando con la barbilla. No le hizo falta mucho. Tres o cuatro minutos así y exploté como hacía meses no me pasaba. Me agarré con las dos manos a los bordes de la hamaca para no caerme.

Antes de que se me pasara el temblor, ya me estaba penetrando. Lo hizo despacio, como si comprobara que cabía, y luego se quedó quieto un instante dentro de mí, mirándome. Tenía el pecho brillante y los ojos achicados por el sol.

—Si te pido algo, ¿me lo das? —dijo.

—Lo que quieras.

—Quiero acabar dentro.

—Acaba donde quieras.

Empezó a moverse. Al principio lento, profundo, marcando cada embestida. Después subió el ritmo. La hamaca de teca crujía y yo crujía con ella. Le rodeé la cintura con las piernas y le clavé los talones en la espalda baja. Le sentí endurecerse todavía más, retener el aliento y al fin soltarse en una embestida larga que terminó con un gemido áspero contra mi cuello.

Nos quedamos así un rato, él encima, yo abrazándole, los dos respirando como dos animales después de una carrera. Cuando se separó y se tumbó a mi lado, me pasó un brazo por debajo de la nuca.

—Mañana, a la misma hora —dijo.

—Mañana, a la misma hora —repetí.

***

Lo que vino después fue un verano entero comprimido en dos meses. Cada mañana, después de despedir a mi marido en la puerta —él se iba a la oficina temprano, ajeno a todo—, cogía la toalla, cruzaba el seto, abría la puertecita de madera y entraba en otra vida. Mateo me esperaba con limonada o con café, dependiendo del humor, y a veces sin nada, directamente desnudo en la cama, dispuesto a no perder ni un minuto.

Probamos cosas que yo no había probado nunca. Lo hicimos en la piscina, agarrados al bordillo, con el agua llegándome al cuello y él detrás. Lo hicimos en la cocina, yo sentada en la encimera de mármol, con los talones golpeándole los riñones. Lo hicimos en el sofá del salón mientras llovía un sábado, con todas las ventanas abiertas, sin importarnos quién pudiera oírnos. Una tarde me ató las muñecas con una corbata vieja de su padre y me dejó así un rato largo, riéndose, antes de soltarme.

Hablamos también. Mucho. Me contó cómo había llegado a Costa Rica, los primeros años duros, cómo conoció a su mujer en un mercado del puerto, cómo levantaron el negocio. Yo le conté cosas que no había contado nunca, ni a mi marido. Pequeñas frustraciones, deseos antiguos, ganas que llevaba años aplazando. Él escuchaba con la cabeza apoyada en mi vientre, como si cada palabra le importara.

Nunca hablamos de futuro. No hizo falta.

A finales de agosto, sus padres volvieron del balneario. Yo lo supe el día anterior, porque Mateo me lo dijo en voz baja mientras me besaba la nuca. Pasamos esa última tarde despacio, sin prisa, deteniéndonos en cada gesto como si fuera el primero. Cuando me despedí en la puerta del jardín, me besó largo, sin tocar ninguna otra parte de mi cuerpo. Solo la boca.

—No me digas adiós —le pedí.

—Hasta julio que viene —dijo él.

Crucé el seto, cerré la puertecita, volví a poner la cadena floja en su sitio y entré en mi casa como si no hubiera pasado nada.

***

Han pasado ya unos meses. Mi marido y yo seguimos haciendo el amor algunas noches y todo va bien, mejor que antes incluso, porque yo llego a la cama más relajada, más segura, más viva. Él lo nota y se alegra sin preguntar. A veces, cuando estoy sola, salgo al jardín, me tiendo en la hamaca y miro hacia el seto de arizónicas pensando en los próximos meses de junio. Cierro los ojos, me unto despacio la crema solar por todo el cuerpo y dejo que la mano siga el camino que ella sola conoce.

Faltan diez meses. Pero llegarán. Y cuando lleguen, Mateo estará otra vez al otro lado del seto, esperándome con dos vasos de limonada y todo lo demás.

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Comentarios (5)

CarlaRdl

tremendo!!! me lo lei de un tiron, no pude parar

Pedrito_ok

Esperando la continuacion, no puede terminarse ahi!! muy bueno

MarcelBaires

Muy bien escrito, te atrapa desde el principio. Me gusto como fuiste construyendo la tension antes de llegar al momento clave. Sigue subiendo relatos.

LauraVeron

jaja me recordo a algo parecido que me paso en casa de una amiga, aunque no tan picante! buenisimo relato

NocheSinFin88

Y el vecino que dijo despues?? dejaste en suspenso la parte mas interesante jaja, queremos saber

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