Carta desde Barcelona: lo que Sebastián no sabe
Querida Natalia,
¿Cómo estás en Buenos Aires? Imagino que con ese frío del otoño porteño que siempre te daba excusa para no salir de la cama. Aquí en Barcelona también ha refrescado, aunque nada comparable a lo tuyo. La ciudad sigue siendo hermosa y frenética, pero los últimos días la miro con una sensación rara, como si algo le faltara. Ya sé lo que es, claro que lo sé.
Te escribo para contarte lo del domingo con Sebastián. Vas a reír cuando llegues a la parte del regalo, te lo prometo. Y después, cuando termines de reír, vas a entender por qué acabé sentada aquí a las once de la noche escribiéndote en lugar de estar durmiendo.
***
Estaba leyendo en el salón, los pies sobre el sofá y la luz de la tarde entrando por la ventana, cuando Sebastián apareció en el umbral. Tenía las manos detrás de la espalda y esa cara que pone cuando ha hecho algo que espera que le celebre. Lo miré por encima del libro. Tenía los ojos brillantes de esa manera que ya conozco bien después de dos años juntos.
Se acercó despacio y sacó las manos: una caja pequeña, envuelta en papel plateado y atada con un lazo negro.
—Para ti —dijo.
La abrí con calma. Dentro, sobre un fondo de espuma negra, había un vibrador delgado y liso, color plateado. Elegante, en realidad, más de lo que esperaba de él. Me eché a reír. Él sonrió también, aliviado, y se sentó a mi lado en el sofá. Me pasó el brazo por los hombros y empezó a besarme el cuello. Sus labios bajaron hacia mi hombro y en el salón ya no se escuchaba nada salvo el tráfico de abajo.
Cerré el libro.
***
Sebastián tiene las manos grandes y las usa bien, eso hay que reconocérselo. Me desabrochó la camisa botón a botón, sin ningún apuro, y metió los dedos por debajo del sujetador, rodeando mis pechos antes de llegar al pezón. Sentí el calor bajando desde ahí, ese ardor que ya sabes que no tarda nada en encenderse en mí.
Le toqué a través de los pantalones. Estaba duro. Le abrí el cierre, lo saqué y lo sostuve entre los dedos, masturbándolo despacio, bajando y subiendo la piel, apretando un poco en la punta. Él cerró los ojos y apoyó la cabeza en el respaldo del sofá.
Me quité la camisa y el sujetador. Sebastián se inclinó sobre mis pechos, los besó, los mordió apenas. Y fue ahí, Natalia, exactamente en ese momento, cuando pensé en ti.
Pensé en tus pechos, más generosos que los míos, con esa aréola oscura y ancha que la primera vez que la vi me dejó sin palabras. Fue aquella tarde en tu departamento de Palermo, ¿recuerdas? Habías tenido una semana horrible y yo fui a hacerte compañía. Estabas en el sillón en ropa interior, con esa despreocupación tuya que siempre me asombró, y cuando me viste entrar no te cubriste. Solo sonreíste. Yo me senté a tu lado más cerca de lo que tenía planeado y durante un buen rato ninguna de las dos dijo nada.
Fue la primera vez que te toqué de verdad. Un roce en el brazo que duró demasiado. Tu mirada que bajó a mis labios y se quedó ahí, quieta, sin disimulo. Y el resto ya lo sabes tú, porque lo vivimos las dos y lo hemos revivido muchas veces desde entonces.
***
Sebastián seguía encima de mí, sin saber nada de todo eso.
Me pidió que me pusiera boca abajo. Obedecí. Me apoyé en el sofá con los brazos cruzados bajo la cabeza y él empezó a besarme desde la nuca hasta la cintura, centímetro a centímetro, sin saltarse nada. Me dio un par de palmadas suaves en los glúteos, me besó cada uno con calma, y luego separó mis piernas con la rodilla.
Sus dedos encontraron el camino entre mis muslos, que ya estaban húmedos. Los deslizó adentro, apenas, y yo levanté las caderas sin querer. Su lengua siguió después, lenta también, aunque de una manera diferente a la tuya. Tú sabes lamerme despacio, Natalia, con esa exactitud que tienes para todo lo que te importa de verdad. Con Sebastián es más urgente, más directo. Pero esa tarde se tomó su tiempo, y yo lo agradecí más de lo que le dije.
Después movió los dedos más arriba, hacia mi ano. Lo conoce, hemos jugado ahí otras veces. Fue acariciándolo en círculos con el pulgar, sin apurarse. Se inclinó y lo besó. Lo lamió con paciencia.
Yo seguía boca abajo con las piernas abiertas, sintiendo cómo me mojaba entera. Sebastián tomó el vibrador, lo untó con lubricante y empezó a introducirlo despacio, muy despacio. Gemí. No podía evitarlo. Esa presión al entrar, ese momento exacto en que el cuerpo cede, siempre me sacude desde adentro. El vibrador fue hundiéndose poco a poco hasta quedar dentro, encendido en la frecuencia más suave.
—¿Bien? —preguntó.
—Sí —dije. Era verdad.
***
Pensé en ti otra vez, Natalia.
Pensé en aquella noche en que hicimos exactamente eso las dos. Tú encima de mí, con ese arnés que todavía me hace reír cuando lo recuerdo pero que en el momento no me hacía reír para nada. Yo con la cara hundida en tus sábanas, que olían a tu perfume. Tú entrando en mí despacio, con las manos en mis caderas, controlando el ritmo como siempre haces con todo. Y yo mordiéndome el labio para no despertar a la vecina del piso de abajo.
Esa noche llegamos las dos al mismo tiempo. Tú encima, yo debajo, y el orgasmo de las dos confluyendo en el mismo instante, exacto, perfecto. Nos quedamos después con las piernas entrelazadas, sin hablar, hasta que nos dormimos con la ventana abierta y el ruido de la ciudad entrando desde afuera.
***
Con el vibrador todavía dentro, me di vuelta y le pedí a Sebastián que se recostara boca arriba. Lo miré desde arriba un momento. Le tomé el pene con las dos manos y empecé a masturbarlo en serio: fuerte, con los movimientos cortos y rápidos que sé que le funcionan. Él tenía los ojos cerrados y la boca entreabierta, los puños apretados a los lados del cuerpo.
Se corrió en pocos minutos. El semen le salpicó el vientre y el pecho. Gimió con esa voz grave que le sale cuando ya no puede contenerse. Le acaricié los muslos mientras terminaba, esperando que se tranquilizara.
Después, mientras él descansaba con los ojos cerrados, metí la mano entre mis propias piernas. Me masturbé el clítoris con los dedos, enérgicamente, con el vibrador todavía trabajando adentro. El orgasmo llegó rápido, con toda la intensidad acumulada de la tarde entera. El vibrador se deslizó solo hacia afuera mientras me contraía. Quedé abierta y palpitando, con la respiración entrecortada y los ojos cerrados.
Sebastián me miró desde abajo con una sonrisa satisfecha, esa expresión de quien cree que sabe lo que acaba de pasar. No sabía, claro, que yo había llegado pensando en ti.
***
Eso fue el domingo, Natalia.
Ahora son las once de la noche, él está dormido y yo estoy en la cocina con la laptop y este té que ya se enfrió hace rato, escribiéndote. Pensando en tu boca. En la curva de tu espalda cuando te das vuelta en la cama. En cómo hueles después de ducharte, ese gel de vainilla que siempre usas y que yo reconocería con los ojos cerrados en cualquier rincón del mundo.
Te echo de menos de una manera que no sé muy bien qué hacer con ella. Sebastián es bueno, ya sabes que no me quejo de ese lado. Pero no es lo mismo, y creo que las dos lo sabemos desde hace tiempo. Hay noches en que me siento sola incluso cuando él está aquí, y eso no es culpa suya sino mía, porque lo que necesito no lo tiene él. Contigo hay algo que no cabe en palabras decentes: algo que me ocupa el cuerpo entero cuando te recuerdo.
Me acuerdo de la primera vez que me besaste de verdad, en esa cocina tuya con la ventana abierta al patio. Me acuerdo de tus dedos en mi nuca, de cómo te tomaste el tiempo de mirarme antes, como si quisieras asegurarte de que yo también quería. Llevaba meses esperando ese momento sin saber del todo que lo estaba esperando. Y yo que estaba temblando aunque hacía calor.
Me acuerdo de aquella tarde de lluvia en que nos quedamos en tu cama desde las tres hasta las nueve, sin apuro, sin planes, sin teléfonos. Solo nosotras dos y la lluvia afuera y el mundo sin ninguna prisa. Tu lengua entre mis piernas, lenta y exacta, como solo tú sabes hacerlo. Yo con los dedos en tu pelo, diciéndote cosas que nunca le dije a nadie antes ni se las he dicho a nadie después.
Eso no lo tengo aquí.
***
No sé cuándo vuelves a Barcelona, o si voy yo primero a Buenos Aires. Pero necesito que sea pronto. Necesito tenerte cerca, que te quedes a dormir, que a la mañana siguiente estés ahí y podamos quedarnos en la cama sin ningún lado al que ir y sin ninguna razón para apurarnos.
Necesito que me beses como esa primera vez, con esa calma tuya que siempre me desarmó por completo.
Escríbeme cuando puedas. Cuéntame cómo estás, qué estás leyendo, si ese trabajo que te traía de cabeza se resolvió al final. Cuéntame cualquier cosa. La necesito.
Con todo mi amor, y algo más,
Sofía