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Relatos Ardientes

Mi mujer me contó lo que pasó con Nora en el gimnasio

Aquel sábado por la tarde, la casa estaba en silencio. Los chicos en casa de mi madre, las persianas a media altura, una luz dorada de finales de mayo entrando por la ventana del dormitorio. Habíamos comido tarde y mal, y después nos habíamos metido en la cama sin ninguna intención concreta más que descansar. Pero ya se sabe cómo terminan esas siestas cuando uno lleva quince años durmiendo con la misma piel y sigue queriéndola y sigue queriendo follársela.

Mariana estaba bocarriba, en bragas, con una de mis camisetas viejas medio levantada. Se le marcaban los pezones a través del algodón fino, dos puntos duros que llevaba media hora tratando yo de no mirar. Trazaba con los dedos la línea que iba desde su ombligo hasta el elástico, despacio, sin prisa por llegar a ningún sitio. Ella sonreía con los ojos cerrados y las piernas ligeramente abiertas.

—Cuéntamelo otra vez —le dije.

—¿El qué? —contestó, aunque sabía perfectamente el qué.

—Lo del vestuario. Lo de Nora.

Abrió un ojo y me miró con esa mezcla de pereza y picardía que se le pone cuando sabe que tiene poder sobre mí. Me había contado la historia una sola vez, dos semanas atrás, en voz baja y a oscuras, como si todavía le diera vergüenza. Desde entonces yo no había vuelto a tocarla sin acordarme, y no había vuelto a follármela sin imaginarme a la otra chupándole las tetas mientras yo la penetraba.

—Pesado —murmuró—. Que ya te lo conté.

—Cuéntamelo otra vez —insistí, y le pasé la palma de la mano por el muslo, abriéndoselo apenas un dedo. La braga ya se le marcaba húmeda por el centro.

Suspiró. Se giró despacio, se acomodó contra mi pecho y empezó.

***

—Era jueves —dijo, casi en mi cuello—. Salí del trabajo reventada, con esa rabia que se me pone cuando el día ha sido una mierda. No quería volver a casa así. Me cambié en el coche y me fui directa al gimnasio.

Recordé que ese día había vuelto tardísimo. Yo ya estaba dormido cuando llegó.

—Entrené más de la cuenta —siguió—. Una hora de bici y luego pesas hasta que las piernas no podían más. Sudaba como si me hubieran echado un cubo de agua por encima. Solo pensaba en meterme bajo la ducha y dejar de existir un rato.

Le acaricié la cintura. Ella tomó aire.

—El vestuario estaba casi vacío. Era tarde, más de las diez. Había una chica recogiendo sus cosas en la otra fila, y la puerta de una de las duchas estaba cerrada, oyendo el ruido del agua. Empecé a desnudarme con la cabeza ya en otro sitio, doblando la camiseta sin mirar, los pantalones, todo. Cuando me quedé en ropa interior, la puerta de la ducha se abrió.

—Y salió ella.

—Salió Nora —corrigió—. Aunque al principio no la reconocí. La había visto antes en las clases, pero siempre con la coleta apretada y la cara roja del esfuerzo. Así, recién duchada, era otra mujer. Llevaba la melena suelta, oscura, mojada, pegada a la espalda. Y una toalla pequeña, blanca, atada por debajo del pecho. Pequeña de verdad. Le cubría justo lo justo. Se le veían las tetas casi enteras por arriba, redondas, apretadas contra la toalla, y por abajo se le adivinaba el culo cada vez que daba un paso.

—¿Cómo te miró?

—No me miró al principio. Estaba secándose el pelo con otra toalla, con la cabeza ladeada. Las gotas le caían por los hombros, por la clavícula, se le metían entre los pechos por encima de la toalla. Yo me quedé quieta, en sujetador y braga, con la mochila todavía en el banco. La miraba sin poder evitarlo. Se me puso la boca seca de mirarla, en serio, como si nunca hubiera visto a otra mujer desnuda en un vestuario.

Hice un ruido pequeño con la garganta. Ella se rió bajo, sin abrir los ojos.

—Cuando me vio fue raro —siguió—. Levantó la cabeza, se apartó el pelo de la cara y me sonrió como si nos conociéramos de toda la vida. «Hola, qué tarde tan rara, ¿no?», dijo. Y yo, en lugar de contestar como una persona normal, le dije: «Te ha sentado bien la ducha». Te juro que no sé de dónde me salió.

—¿Y ella?

—Se rió. Se acercó al banco a coger su crema y, al pasar, la toalla se le movió un poco. No se le cayó, pero se le movió. Por dentro del muslo se le veía la marca que le había dejado el elástico de la braga. Tenía la piel muy clara. Casi de leche. Y entre las piernas se le adivinaba el coño depilado, un triángulo limpio que asomaba y desaparecía según cómo se moviera la toalla.

Le pasé los dedos por la cadera. Mariana tembló sin darse cuenta.

—Se sentó a mi lado en el banco —dijo—. A medio metro, no más. Empezó a echarse crema en las piernas, despacio, como si yo no estuviera. Se abría los muslos para llegar hasta arriba, y desde donde yo estaba se le veía todo. Yo seguía sin terminar de desnudarme. Me había quedado bloqueada con el sujetador puesto, fingiendo buscar algo en la mochila, y la braga se me estaba mojando de una forma que me daba vergüenza. Entonces me dijo: «Oye, ¿me echas crema en la espalda? Es que llego mal». Y me tendió el bote sin mirarme.

—Y se lo cogiste.

—Se lo cogí. Me senté detrás de ella, con la rodilla casi tocando su cadera, y bajé un poco la toalla. Solo lo suficiente. Le eché crema en la mano y empecé por los hombros. Tenía la piel templada de la ducha, y la crema se calentaba al tocarla. Olía a coco, y ese olor se me metió en la cabeza y todavía no me ha salido.

—¿Hablabais?

—Poco. Tonterías. Que si la clase del miércoles, que si el chico de recepción. Yo le respondía con la cabeza más que con la voz. Le subía las manos por la columna, las bajaba hasta los riñones, las volvía a subir. Cada vez que llegaba a los hombros se le erizaba la piel. Los pezones se le pusieron duros, se le marcaban a los lados de la toalla, dos puntas rosadas que subían y bajaban con la respiración. Y entonces me dijo, sin girarse: «Qué manos tienes. Tu marido es un tipo con suerte». Lo dijo en bajo, como si fuera un secreto.

Tragué saliva.

—¿Y tú qué?

—Yo no contesté nada. Le seguí extendiendo crema. Se la pasé también por los costados, por debajo de las axilas. Cuando le rocé el lado del pecho, no se apartó. No se apartó nada. Le pasé el pulgar como sin querer justo por el borde del pezón, y ella soltó un suspiro cortito que le salió de la garganta sin permiso. Se quedó muy quieta, respirando un poco más fuerte. Y entonces giró la cabeza apenas, lo justo para mirarme por encima del hombro, y me dijo: «¿Te da apuro?». Y yo le dije que no.

—¿Y te daba?

—Me daba muchas cosas. Apuro no era ninguna. Estaba empapada, cariño. Empapada. Podía olerme a mí misma.

Solté una risa que no quise soltar, y se me puso la polla dura de golpe contra su cadera. Ella la notó y sonrió sin decir nada. Siguió, ya sin abrir los ojos.

—Se giró del todo. Quedamos sentadas frente a frente en el banco, las dos en ropa interior, ella con la toalla suelta sobre el regazo. Me cogió el bote de la crema de la mano y me dijo: «Ahora yo a ti». Yo no había decidido nada. Le dejé hacer.

—Cuéntame eso despacio.

—Me desabrochó el sujetador. No me lo quitó. Solo soltó el cierre, así, con dos dedos, y dejó que las tirantes me cayeran por los hombros. Se me quedaron las tetas medio sueltas debajo de la copa, con los pezones asomando por los bordes. Después echó crema y me la fue pasando por la espalda, despacio, igual que yo a ella. Pero ella sabía dónde apretar. Cada vez que llegaba a los riñones me apretaba con los pulgares, y yo me iba inclinando hacia delante sin querer. La toalla se le había caído del todo. La veía con el rabillo del ojo, sin atreverme a girar la cabeza. Tenía las tetas de silicona pero preciosas, altas, con los pezones muy pequeños y muy oscuros, y entre las piernas ese coño desnudo que le había visto antes.

—¿Y entonces?

—Me pasó las manos por delante. Por encima de los hombros, hacia los pechos. Por encima, no por debajo. Pero ya sin crema. Y se acercó a mi oído y me dijo: «Tienes unos pechos preciosos. Naturales. Yo me operé hace tres años y todavía me da rabia haberlo hecho». Yo no contesté. Le cogí la mano y se la dejé donde estaba. Ella entendió y me metió los dedos por debajo de la copa. Me cogió las tetas de verdad, las dos, y me apretó los pezones entre el pulgar y el índice como si supiera exactamente cómo me gusta que me los aprieten a mí. Se me escapó un gemido. Un gemido de puta, cariño, no un suspiro. Un gemido de los tuyos.

—Joder, Mariana.

—Espera.

Se incorporó un poco, apoyada en mi pecho, y me miró por fin. Tenía los ojos brillantes y la mandíbula tensa, como cuando se acuerda de algo que la avergüenza pero también le gusta. Le aparté un mechón de la frente. Le metí la mano por debajo de la camiseta y le pellizqué un pezón como me acababa de contar. Se le cortó la respiración.

—Sigue —le dije.

—Se sentó a horcajadas en el banco —dijo—. Yo en un extremo, ella en el otro, las rodillas casi tocándose. Me bajó las copas del sujetador, sin quitármelo, solo las copas. Se me quedaron las tetas sueltas por encima, con los pezones como piedras. Y se quedó así, mirándome, como si esperara permiso. Le dije: «No vamos a hacer nada». Y ella me dijo: «No vamos a hacer nada». Y se inclinó.

—Te besó.

—No exactamente. Acercó la cara a la mía, despacio, y se quedó a un dedo. Yo notaba su respiración. Olía a pasta de dientes. Cerré los ojos. Y entonces sentí su boca, pero no en la boca. En el cuello. Justo aquí —y se llevó la mano al hueco de la clavícula—. Me besó muy despacio, con la lengua apenas afuera, subiendo hasta la oreja. Me mordió el lóbulo. Me metió la punta de la lengua dentro. Y yo solo pensaba: «Si entra alguien ahora, se acaba mi matrimonio».

—Pero no entró nadie.

—No entró nadie. La chica de la otra fila se había ido sin que nos diéramos cuenta. Se oía la lluvia fuera, contra los ventanales. Y nada más.

Hizo una pausa. Yo le acariciaba la nuca, despacio, intentando no romperle el ritmo, aunque la tenía tan dura que me hacía daño contra la costura del pantalón.

—Me bajó el sujetador del todo —siguió—. Y se agachó. Me chupó los pezones, primero uno, luego el otro. Sin prisa. Como si tuviera todo el tiempo del mundo. Me los lamió despacio, en círculos, y después me los cogió con los dientes muy suavecito y tiró un poco, lo justo para que se me escapara otro gemido. Me chupaba la teta entera y luego se separaba con un ruido húmedo y me soplaba encima del pezón mojado para verme temblar. Yo le metí la mano en el pelo mojado. Estaba frío. Se la apreté contra la teta y ella se rió con la boca llena. Me bajó por el estómago, me besó por encima del ombligo. Cuando llegó al elástico de la braga, levantó la cabeza y me miró. Tenía los labios brillantes y una mancha de mi sudor en la barbilla. Enganchó el elástico con los dientes y tiró un poco hacia abajo. Y yo le dije, en bajo: «Para. Si seguimos, no voy a poder».

—Y paró.

—Paró. Se incorporó, se sentó otra vez derecha en el banco, recogió la toalla y se la puso encima del regazo, como si fuera lo más normal del mundo. Tenía las mejillas rojas y un brillo en el labio. Yo estaba temblando. No de miedo. De todo. Tenía la braga tan mojada que se me pegaba al coño. Me estaba corriendo casi sin que me tocara, cariño. Casi.

—¿Hablasteis después?

—Me dijo: «Tranquila. Lo sé. Yo también estoy casada». Lo dijo sonriendo, sin reproche. Y luego: «Pero por si algún día se te quita la tontería, te invito a un café». Me dio su número, lo escribió con el dedo en el espejo empañado, y se fue a vestirse al otro lado del vestuario. Yo me metí en la ducha. Estuve veinte minutos debajo del agua fría sin pensar en nada. Y después me metí la mano entre las piernas y me corrí de pie contra los azulejos, mordiéndome el puño para no gritar. Con su nombre en la cabeza.

—¿Te apuntaste el número?

Abrió los ojos. Me miró directa.

—Me lo aprendí de memoria antes de que se borrara.

***

Nos quedamos callados un momento. Le pasé la mano por debajo de la camiseta. Estaba caliente, y el corazón le iba más deprisa de lo que admitía. Le di un beso en la sien.

—¿Y ahora? —pregunté.

—¿Ahora qué?

—¿La has llamado?

Se quedó pensando. Tardó en contestar.

—Todavía no.

—«Todavía» es una palabra muy larga.

Se rió. Se giró encima de mí, se sentó a horcajadas como me había descrito a Nora un minuto antes, y me cogió las manos. Se las puso en los pechos por encima de la camiseta. Notó la polla dura debajo de ella y apretó el coño encima, moviendo la cadera despacio.

—¿Te molestaría si la llamo? —dijo.

—Depende.

—¿De qué?

—De si me dejas mirar.

Se le escapó una sonrisa que yo no le había visto nunca. Se inclinó, me besó muy despacio en la boca, con la lengua justa, y me susurró contra los labios:

—Eso ya lo veremos.

Y me mordió el labio de abajo y tiró de él como había hecho Nora con su pezón, según me acababa de contar. Le arranqué la camiseta por la cabeza de un tirón. Las tetas le cayeron pesadas sobre mi cara y yo me metí un pezón en la boca y se lo chupé como llevaba media hora imaginando que se lo había chupado la otra. Ella jadeó. Se agarró a mi pelo. Me lo restregó contra la lengua, cambiándome de un pecho al otro, con la cadera moviéndose encima de mi polla en círculos cada vez más apretados.

—Fóllame pensando en ella —me dijo al oído—. Fóllame como si me estuviera mirando desde ahí.

La tumbé de espaldas. Le arranqué la braga, que ya no servía para nada de lo empapada que estaba, y le abrí las piernas con las rodillas. Le pasé dos dedos por el coño, de abajo arriba, y los tenía brillantes hasta los nudillos.

—Mírate cómo estás —le dije.

—Cállate y métemela.

Bajé la cara. Le lamí el coño entero, de un extremo al otro, y me detuve en el clítoris. Se lo chupé como a ella le gusta, en círculos lentos, y le metí dos dedos dentro al mismo tiempo. Estaba tan mojada que los dedos entraron hasta el fondo del primer empujón. Se arqueó y me apretó la cabeza contra el coño con las dos manos.

—Así, así, no pares —jadeaba—. Ella también me lo habría hecho así, joder, seguro que sí, con esa boca…

La escuchaba hablar de la otra mientras yo le comía el coño y se me ponía todavía más dura. Le metí un tercer dedo, se lo estiré despacio, y le seguí chupando el clítoris hasta que las piernas le empezaron a temblar contra mis orejas. Se corrió así, en mi boca, apretándome los muslos contra las mejillas y diciendo el nombre de Nora entre dientes sin darse cuenta.

Subí por encima de ella todavía con su sabor en los labios. Le metí la polla de una vez, hasta el fondo, y ella soltó un grito ronco que se le atragantó en la garganta. La empecé a follar despacio, muy hondo, mirándola a los ojos.

—Llámala mañana —le dije contra la boca.

—¿Sí?

—Llámala. Y quedas con ella. Y yo os miro.

Me clavó las uñas en la espalda. Le levanté una pierna, me la puse sobre el hombro, y empecé a metérsela más fuerte, más rápido, con esa cadencia seca de golpe contra golpe que hace que la cama chirríe. Le agarré una teta con la mano libre y se la apreté como me acababa de contar que se la había apretado la otra, pellizcándole el pezón hasta que gimió.

—Imagínatela debajo tuyo —le dije—. Con su lengua en tu coño mientras yo te la meto por detrás.

—Cállate, cállate…

—Imagínatela.

Se corrió otra vez, apretándome la polla por dentro con esos espasmos que ella tiene y que yo me conozco desde hace quince años. Me la sacó ella misma con la mano, me empujó hacia arriba, y se la metió en la boca sin decir nada. Me la chupó entera, hasta la raíz, mirándome desde abajo con los ojos brillantes de saliva. Me tragó la corrida entera, sin apartarse, sin soltar una gota. Cuando terminó, se limpió con el dorso del dedo, se lo metió en la boca y me sonrió.

—Así también se la voy a chupar a ella —dijo.

Después no hablamos más durante un buen rato. Pero esa noche, mientras ella dormía bocabajo a mi lado con la camiseta enrollada en la cintura y el culo desnudo brillándole al reflejo de la persiana, cogí su móvil de la mesilla y miré la agenda. Había un contacto nuevo. Una sola letra: N.

Y yo, en lugar de borrarlo, sonreí en la oscuridad.

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Comentarios(6)

Romi_89

Por favor faz uma segunda parte, fiquei com vontade de mais depois desse final

FabiCuriosa

Essa parte do sussurro no pescoço... arrepiou demais. Muito bem escrito, parabéns

Abel

incrivel. um dos melhores que li aqui em muito tempo

Marcos_99

Me lembrou de uma situação parecida que vivi. Essa tensão toda é real demais, continua!!

nocturna_BA

Vai ter continuação? fico curiosa pra saber o que rolou entre eles depois disso tudo

LeitorNocturno

Adoro quando é contado pelo ponto de vista do marido, dá uma perspectiva totalmente diferente. muito bom

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