Su novia esgrimista volvió a buscarla esa noche
El hospital tenía ese olor que no se iba con nada. Cloro, café recalentado, antibióticos. Y miedo. Daniela llevaba tres turnos acumulados aunque el viernes no le tocaba. Se ofreció ella sola. Prefería los pitidos de los monitores y los códigos azules al silencio de su departamento.
O, peor, a estar parada otra noche frente al edificio de Valeria, esperando que se asomara por la ventana del cuarto piso y que esta vez sí bajara a abrirle.
Cada paso por el pasillo encerado le pesaba el doble. No comía. Dormía mal. La bata blanca le colgaba en los hombros y los labios se le habían agrietado de tanto morderlos. Lo único que de verdad le dolía, sin embargo, era el silencio de Valeria. No tenía su número. No tenía cómo escribirle. Sólo sabía dónde vivía y a qué café iba con Camila los sábados por la tarde. Hacía un mes que ninguna de las dos aparecía.
—Doctora Vega —la voz del director del hospital la sacó del trance.
El doctor Rivas apareció a su lado con la bata impecable, los mocasines sin una sola marca y esa amabilidad pegajosa que tenía siempre algo más detrás. Era la clase de hombre que decía «querida» y conseguía que sonara a aviso.
—He visto que está cubriendo turnos extras —dijo, caminando despacio para forzarla a acompasarse a él—. ¿Algún apuro económico del que quiera hablarme? Sabe que cuenta con mi apoyo.
Daniela apretó la mandíbula. Por dentro se le caía el mundo, pero no iba a cederle ni un milímetro.
—Todo en orden, doctor. Me gusta estar ocupada.
—Me parece admirable. Y, sinceramente, sorpresivo —bajó la voz un punto—. Usted siempre ha sido tan reservada. A veces tengo la sensación de no conocerla del todo.
Caminaban juntos hacia la sala de descanso. Ella tragó saliva. Conocía el guion. Lo había escuchado en susurros entre compañeras, en las lágrimas contenidas de Mariana, la residente de trauma a la que él había «sugerido» cenar el lunes anterior. Las que decían que no se quedaban sin recomendación.
—Tengo un proyecto nuevo —siguió él—. Una unidad pediátrica privada. Creo que le interesaría. Si está dispuesta a conversar, claro. De forma más personal.
Daniela frenó en seco.
—Gracias, pero estoy bien donde estoy.
Él inclinó la cabeza con una sonrisa que no le tocaba los ojos.
—Entiendo. Aunque una recomendación mía podría llevarla muy lejos. Usted lo sabe.
Ella bajó la mirada. No por miedo. Por rabia contenida. Y porque, debajo de la rabia, había otra cosa: el recuerdo de unas manos que sí sabían cómo tocarle el coño.
***
Tres meses atrás, después del torneo nacional, Valeria la había llevado a su departamento por primera vez. Era esgrimista del equipo nacional y había ganado el oro la noche anterior. Llegaron mareadas de champagne barato y de una conversación que no terminaba. En el ascensor, Valeria le puso la mano en la nuca, despacio, como pidiendo permiso, y se la acercó hasta rozarle la boca sin besarla.
—Si te asustás, me lo decís —le murmuró.
Daniela no se asustó. Le mordió el labio inferior, dejó que se le cayera el bolso y le agarró la mano para bajarla directo entre sus piernas, por encima de la falda. Valeria se rió bajito contra su boca y apretó ahí, con la palma abierta, hasta que Daniela sintió el propio calor filtrándosele por la ropa interior.
Adentro, Valeria le quitó la chaqueta antes de prender la luz. Tenía las manos firmes, callosas de empuñar la espada, y aun así sabían encontrar los lugares blandos. Le abrió la blusa botón por botón mientras la besaba en el cuello, con la calma de alguien que sabe que no tiene apuro. Le pasó los dientes por la clavícula. Le desabrochó el sostén de un tirón y se lo bajó por los brazos.
—Mirame —le pidió cuando le vio las tetas por primera vez—. Quiero que me mires mientras te toco.
Y la miró. Le miró los ojos oscuros, la boca entreabierta, los hombros marcados por años de entrenamiento. Valeria le pasó la lengua por el pezón izquierdo, lento, se lo dejó adentro de la boca y lo chupó como si fuera una fruta madura, hasta que se le paró duro y rosado. Después le hizo lo mismo con el otro, mordiéndoselo apenas, y se quedó respirándole encima hasta que Daniela se le arqueó.
—No corras —le dijo—. Tenemos toda la noche. Te voy a coger tranquila.
La llevó hasta la cama empujándola con la cadera. Le sacó la falda, las medias, la bombacha, todo, y se tomó su tiempo en mirarla desnuda contra las sábanas blancas, con las piernas todavía cerradas y el pubis oscuro asomándole entre los muslos. Le acarició la cara interna del muslo con los nudillos hasta que Daniela abrió las piernas sin que se lo pidiera, y le vio el coño mojado, brillante, entreabierto de puro deseo.
—Mirá cómo estás —murmuró Valeria—. Si te chorrea.
Le pasó dos dedos por encima, apenas, y Daniela levantó las caderas buscándola. Valeria se los metió en la boca, mirándola a los ojos, y se los chupó despacio.
—Rica —dijo.
Después bajó la boca.
Daniela recordaba el primer roce de la lengua de Valeria como un calambre que le subió desde el clítoris hasta la nuca. La forma en que la sujetó por las caderas para que no se moviera, con las dos manos abiertas contra la pelvis. La forma en que le abrió los labios del coño con los dedos pulgares y le pasó la lengua entera, larga, desde la entrada hasta arriba, una y otra vez, sin apuro. Le chupó el clítoris con los labios, se lo mordió con cuidado, se lo dejó adentro de la boca hasta que Daniela empezó a temblar. Después le metió la lengua bien adentro y la sacudió ahí, y Daniela se agarró de las sábanas y de la cabeza de Valeria a la vez, sin saber ya adónde poner las manos.
—Vení a mi boca —le dijo Valeria contra el coño—. Corréte en mi boca.
Pero cuando ya no podía aguantarlo, Valeria subió y se acomodó encima de ella, piel contra piel, y le metió dos dedos adentro mientras le mordía la oreja y le pedía que se viniera. Le movió los dedos rápido, curvándolos hacia arriba, buscándole el punto que hacía que se le acalambraran los muslos. Le pasó el pulgar por el clítoris. Le entró un tercer dedo cuando el coño ya le pedía más.
—Así —le decía en la oreja—. Así, mi amor, cogéte mis dedos. Movete.
Daniela recordaba haberse venido llorando, con los tres dedos de Valeria clavados adentro y la palma golpeándole el pubis, sin entender por qué lloraba. Recordaba el ruido húmedo, obsceno, del coño empapado alrededor de esa mano. Y la mano libre de Valeria en el pelo después, peinándola como a una niña, mientras la otra seguía adentro, quieta, sintiéndole las contracciones.
—Te conozco desde hace tres horas —le había dicho Valeria, con los labios pegados a su sien y los dedos todavía metidos hasta los nudillos— y ya no quiero dormir con nadie más. Ni cogerme a nadie más.
Eso fue tres meses atrás. Antes del silencio.
***
—Doctora Vega.
La voz de Rivas la trajo de vuelta al pasillo. Estaban frente a su consultorio. Él tenía la mano en el picaporte. La puerta entreabierta.
—¿No quiere pasar? Le sirvo un café. La veo cansada.
—No, doctor —dijo, mirándolo a los ojos por primera vez—. No voy a pasar. Ni hoy ni nunca. Y si vuelve a llamarme «querida» en el pasillo voy a hablar con recursos humanos. ¿Está claro?
La sonrisa se le cayó de la cara. Tardó dos segundos en recomponerla.
—Está usted muy susceptible.
—Estoy muy despierta.
Se dio la vuelta y caminó por el pasillo con las piernas temblándole, pero sin acelerar el paso. Cuando dobló la esquina se metió en el baño de personal, cerró el pestillo y se apoyó contra los azulejos hasta que se le acompasó la respiración. Después se mojó la cara, se ató el pelo otra vez y salió.
El móvil le vibró en el bolsillo. Lo sacó esperando otro turno, otra llamada del hospital. Era un número desconocido.
—¿Hola? —contestó.
Hubo un silencio largo al otro lado. Después una voz que ella conocía mejor que la suya propia.
—Soy yo.
Daniela cerró los ojos.
—¿Dónde estás?
—Abajo del hospital. Camila me dio tu turno. ¿Podés salir un momento?
No contestó. Colgó. Se sacó la bata, la tiró sobre una silla y bajó las escaleras de servicio de a tres escalones. Cuando salió por la puerta lateral, la lluvia caía en agujas finas y Valeria estaba parada del otro lado de la calle, con una campera negra y el pelo mojado pegado a la frente.
No se movió ninguna de las dos durante un instante. Después Daniela cruzó la calle sin mirar y se le paró a treinta centímetros, hecha una furia.
—Un mes —le dijo—. Un mes sin una palabra. ¿Sabés lo que es eso?
—Sí.
—No. No tenés idea.
Valeria le pasó la mano por la mejilla. Daniela se la apartó.
—Subamos —dijo Valeria—. Hablamos arriba.
—¿A tu departamento?
—Al tuyo. Si me dejás.
Daniela apretó los dientes. Asintió.
***
El ascensor del edificio de Daniela olía a humedad. Subieron en silencio, mirándose por el reflejo del espejo. Valeria estaba más flaca. Tenía un moretón amarillo en el pómulo, sin terminar de irse.
Adentro del departamento, Daniela cerró la puerta y se quedó contra ella, sin invitarla a sentarse.
—Hablá.
—Me ofrecieron una beca en Italia. Tres años. Para entrenar con el equipo olímpico.
—¿Y?
—Y la rechacé hace dos semanas. Por eso desaparecí. Porque me estaba volviendo loca decidiendo y no quería arrastrarte conmigo. La fiscal era mi abogada, ayudándome a romper el contrato.
Daniela la miró. Tardó en entender. Cuando entendió, se le aflojó algo en el pecho que llevaba treinta días apretado.
—¿Y por qué no me llamaste?
—Porque sabía que si te llamaba, iba a aceptar lo que me dijeras vos. Y necesitaba decidirlo sola. Necesitaba elegirte sin que vos me eligieras a mí primero.
Daniela se mordió el labio.
Sos una tarada. Lo pensó antes de decirlo.
—Sos una tarada.
—Sí.
—Una tarada hermosa.
Valeria sonrió por primera vez en un mes. Dio un paso. Daniela no se movió de la puerta, pero levantó la cara.
—Tocame —le dijo—. Pero esta vez no te vayas.
Valeria le puso las dos manos en la cara y la besó. No fue un beso suave. Fue un beso de mes acumulado, con los dientes chocando y la respiración cortada. Daniela le agarró la campera mojada y la tiró al piso. Le metió las manos por debajo de la remera y le clavó las uñas en la espalda hasta que Valeria gimió contra su boca. Le agarró una teta por encima del corpiño y se la apretó fuerte, con rabia, y Valeria la mordió en el labio hasta hacerle sangre chiquita.
La empujó contra la pared del pasillo. Le besó el cuello, la clavícula, el hueco donde le latía la vena. Le mordió el lóbulo de la oreja igual que ella le había mordido la primera vez, y Valeria se rió bajito, ronca. Le desabrochó el jean de Valeria ahí mismo, contra la pared, y le metió la mano adentro, por encima de la bombacha, y la encontró empapada.
—Aprendiste —murmuró Valeria contra su boca, moviéndole las caderas contra la mano.
—Tuve tiempo. Pensé mucho en cómo iba a cogerte cuando volvieras.
—¿Y qué pensaste?
—Ahora vas a ver.
La llevó al dormitorio empujándola igual que ella tres meses atrás. Le sacó la remera por la cabeza, le desabrochó el corpiño, la dejó en bombacha frente a la cama. Le mordió los pezones, uno y otro, hasta que se le pusieron duros y oscuros. Valeria tenía las tetas chicas y firmes, de deportista, y Daniela hacía un mes que se dormía pensando en volver a chupárselas.
La sentó en el borde de la cama y se le arrodilló entre las piernas. Le desabrochó el jean despacio, mirándola, esperando a que asintiera. Valeria asintió con los ojos brillándole.
—No corras —le dijo Daniela, devolviéndole la frase—. Tenemos toda la noche. Te voy a comer el coño hasta que me pidas por favor.
Le bajó el jean y la bombacha de un solo tirón. Valeria quedó desnuda, abierta de piernas en el borde de la cama, con el coño rasurado, hinchado, brillándole la mojadura entre los pliegues. Daniela se tomó unos segundos para mirarla. Después le besó por dentro de las rodillas, por dentro de los muslos, mordiéndola apenas para que la piel se le erizara, subiendo despacio para hacerla desear. Cuando llegó al pliegue le pasó la lengua entera, lenta, desde la entrada hasta el clítoris, y Valeria dejó caer la cabeza hacia atrás contra el colchón y soltó un gemido largo.
—Puta madre —dijo—. Cómo te extrañé la boca.
Daniela le abrió los labios del coño con los pulgares, como Valeria le había hecho a ella, y se le prendió al clítoris. Se lo chupó. Se lo lamió en círculos, despacio primero, más rápido después, hasta que las piernas de Valeria empezaron a temblar. Le metió la lengua bien adentro, saboreándola, y la sacudió ahí. Después le clavó dos dedos y siguió chupándole el clítoris con la boca al mismo tiempo, moviendo los dedos hacia arriba, buscándole el punto.
La sostuvo por las caderas igual que aquella primera noche, pero ahora era ella quien sabía cómo aguantar y cómo soltar. La hizo gemir dos veces. La hizo decir su nombre. La hizo agarrarse del cabezal de la cama con las dos manos y arquear la espalda contra las sábanas. Cuando Valeria estaba a punto, Daniela paró de chuparla, sacó los dedos, y se los pasó por los labios como si se probara un lápiz labial.
—No —jadeó Valeria—. No me hagas eso. Seguí.
—Pedime.
—Por favor.
—Otra vez.
—Por favor, Dani, hacéme venir, te lo pido.
Daniela sonrió y subió. Se acomodó encima, piel contra piel, y le metió tres dedos adentro de un envión, hasta el fondo. Valeria pegó un grito ahogado que le clavó en el hombro. Empezó a bombeárselos, rápido, fuerte, con el pulgar contra el clítoris, mientras la besaba en la boca para tomarle los gemidos.
—Mirame —le pidió, igual que Valeria le había pedido a ella—. Quiero que me mires mientras te venís. Mirame a los ojos mientras te corrés en mi mano.
Valeria la miró. Tenía las pupilas dilatadas y la boca entreabierta y le corrían dos lágrimas sin llorar. Se vino contra su mano mordiéndole el hombro para no gritar, con las caderas subiendo a buscarle los dedos, con el coño apretándoselos adentro en oleadas. Daniela sintió la mojadura escurriéndole por la muñeca. Le siguió moviendo los dedos despacio mientras Valeria bajaba, sacándole el último temblor. Después se los sacó y Valeria le agarró la mano y se la llevó a la boca, y le chupó los dedos, uno por uno, mirándola.
—Ahora te toca a vos —dijo, con los dedos de Daniela todavía en la boca.
Pero antes se quedó quieta, respirando contra su cuello, hasta que Daniela se dio cuenta de que estaba llorando otra vez.
—Eh —le dijo, peinándola con los dedos—. Eh.
—Pensé que no ibas a abrirme la puerta.
—Yo también pensé que vos no me la abrirías más.
Valeria la dio vuelta despacio, sin separarse. La acostó boca arriba y le arrancó la ropa que le quedaba, la camisa del hospital, el pantalón, la bombacha, todo tirado al piso. La besó en el esternón, en el ombligo, en la cadera, mordiéndole apenas la piel, marcándosela. Le abrió las piernas con las dos manos y se acomodó entre ellas.
—Ahora vos —murmuró—. Ahora te voy a coger yo a vos.
Daniela cerró los ojos. La sintió bajar hacia los pechos, morderle apenas el pezón derecho, chupárselo entero adentro de la boca hasta que se le puso duro y sensible, recorrerle el vientre con la boca abierta. Cuando Valeria llegó entre sus piernas, Daniela apretó la sábana con los dedos. Hacía un mes que no la tocaba nadie. Hacía un mes que ni ella misma se atrevía a tocarse pensando en otra cosa que no fuera el silencio, y ahora el coño le latía tan fuerte que le dolía.
—Mirá cómo estás —dijo Valeria desde abajo, pasándole un dedo por los labios del coño—. Toda para mí.
—Toda para vos.
—Mirame vos también.
Daniela bajó la mirada y se encontró con los ojos oscuros mirándola por encima del pubis. Esa imagen la rompió. Valeria pasó la lengua, lenta, plana, desde la entrada del coño hasta el clítoris, y Daniela soltó un gemido que llevaba treinta días guardado. Volvió a pasar la lengua. Y otra. Le chupó el clítoris con los labios, se lo dejó adentro de la boca, se lo movió con la punta de la lengua hasta que Daniela empezó a temblar.
Después le metió la lengua bien adentro, cogiéndola con la boca, y le clavó un dedo al mismo tiempo. Después dos. Después tres, curvándolos hacia arriba, buscándole el punto exacto que le hacía perder la cabeza. Daniela sintió el ruido húmedo de los dedos entrando y saliendo del coño, obsceno, fuerte, y no le importó nada. La boca de Valeria seguía prendida al clítoris, chupando, lamiendo, sin dejarla respirar.
—No corras —le devolvió Valeria contra el coño, con una sonrisa que se le notaba en la voz—. Aguantá un poco más.
—No puedo.
—Sí podés.
Pero corrió. El cuerpo de Daniela empezó a temblar de a tramos, de a oleadas chiquitas que se le subían por las piernas, y después de una grande que la partió por la mitad. Se vino con la cabeza echada hacia atrás y las dos manos enredadas en el pelo de Valeria, apretándoselo contra el coño, sin importarle que las paredes del departamento fueran tan finas que la vecina iba a enterarse. Gritó. Gritó fuerte, el nombre de Valeria, y sintió el propio flujo escurriéndole entre las nalgas hasta la sábana. Y cuando se vino, lloró ella también, sin querer, con el orgasmo todavía sacudiéndola.
Valeria no paró. Le siguió lamiendo despacio, más suave, tomándole cada temblor de bajada, chupándole el clítoris con los labios apenas cerrados hasta hacerla venir una segunda vez, casi sin transición, más chica pero más larga, que la dejó llorando de verdad, tapándose la cara con el brazo.
—Basta —jadeó—. Basta, no puedo más.
—Una más.
—No.
—Una más y paro.
Le metió dos dedos otra vez y le movió el clítoris con el pulgar, en círculos, mirándole la cara. Daniela se vino la tercera vez casi sin ruido, con el cuerpo ya rendido, y se quedó ahí, temblando, con las piernas abiertas y los dedos de Valeria todavía adentro, sintiéndose los latidos del propio coño alrededor de esa mano.
Valeria subió despacio, sacándole los dedos con cuidado. Le besó las lágrimas una por una, la boca, el mentón, y se acostó a su lado. La acomodó contra su pecho, sudada, todavía respirando fuerte. Le pasó el brazo por la cintura y la mano libre entre las piernas, apoyada ahí, sin moverla, tapándole el coño como si lo protegiera.
—No me voy a ir —le dijo en la oreja—. ¿Me escuchás? No me voy a ir más. De acá no me saca nadie.
Daniela asintió contra su clavícula. Respiró el olor a lluvia de su piel, mezclado con el de sexo, con el de ella misma en la boca de Valeria.
—Mañana voy a renunciar al hospital —murmuró.
—Mañana hablamos de mañana. Ahora dormí. Y en un rato te la vuelvo a chupar.
Daniela se rió bajito, cansada, y le mordió apenas la clavícula. Afuera seguía cayendo agua sobre los techos de chapa. Adentro, por primera vez en un mes, Daniela cerró los ojos sin miedo de despertarse sola.





