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Relatos Ardientes

El punto ciego que ella había estudiado en la oficina

Han pasado casi cuatro meses desde aquella tarde en el hotel con Damaris, y mi vida en la empresa volvió a su ritmo anodino: planillas, reuniones de los lunes, el café que sabe a cartón quemado y la sensación constante de cargar un secreto que pesa más que cualquier proyecto sobre mi escritorio.

Cada vez que la veo, tres filas más allá del mío, siento una corriente fría que me sube por la nuca. Damaris actúa como si nada hubiera ocurrido. Su perfil sigue siendo el mismo: gélido, profesional, con esa boca apretada que solo se permite curvarse cuando habla con los gerentes. Pero de tanto en tanto, cuando levanta la vista de la pantalla, me lanza una mirada que dura justo el tiempo necesario para recordarme quién maneja realmente este juego.

Esa mañana se acercó a mi puesto con el semblante de siempre. Llevaba el blazer gris perla que le marcaba la cintura y una libreta apretada contra el pecho. Me dejó tres carpetas sobre el escritorio con la naturalidad de un trámite cualquiera.

—Esto va al área legal —dijo, sin más—. Antes de las diez, por favor.

Asentí sin levantar la cabeza. Sentí su pausa, esa pausa suya que ya conocía. Cuando por fin alcé la mirada, la encontré observándome con una intensidad que duró menos de un segundo, pero suficiente para que el aire se me hiciera espeso, denso, casi imposible de tragar.

Damaris se retiró con su andar de siempre, ese sonido sordo de los tacones contra la moqueta. Entonces lo vi: en la esquina superior de la primera carpeta, sujetado por un clip plateado, había un post-it amarillo. Lo despegué con disimulo. En el reverso, escrito con tinta negra y una caligrafía pequeña y firme, decía:

«Bloque G, segundo nivel, 19:45. Junto a la columna que no tiene número».

Lo guardé en el bolsillo del pantalón con la respiración contenida. Durante el resto del día no fui capaz de concentrarme. Releía correos sin entenderlos, asentía a comentarios que no había escuchado, derramé café sobre un informe y tuve que imprimirlo de nuevo. En mi cabeza no había sino imágenes posibles: ella esperándome, ella riéndose de mí, ella sin aparecer y yo quedándome sola, como una estúpida, apoyada contra una columna del subsuelo.

A las seis y media, cuando la oficina empezaba a vaciarse, me encerré en el baño y me lavé la cara. El espejo me devolvió la imagen de alguien que ya había decidido bajar al estacionamiento aunque su parte racional siguiera pensando que era una idea horrible.

***

Bajé al segundo subsuelo a las siete y media en punto. El bloque G era el más lejano, el que casi nadie usaba: los empleados preferían el A y el B porque quedaban cerca de los ascensores principales. Yo siempre estacionaba en el C, así que tuve que caminar más de la cuenta entre filas de autos vacíos.

El zumbido de los fluorescentes era el único sonido. Algunas lámparas parpadeaban con esa lentitud agonizante de cuando están por fundirse. Encontré la columna sin número justo al lado de un Renault gris cubierto de polvo. Me apoyé contra el concreto y miré el reloj: diecisiete minutos para la hora marcada. Es decir, había llegado pronto y ahora tenía que esperar mirando mi propia respiración salir y entrar.

Con cada minuto, mi pulso se aceleraba. Repasaba mentalmente todas las maneras en que aquello podía salir mal: una cámara que yo no hubiera visto, un guardia haciendo ronda, un compañero que se hubiera olvidado algo en su oficina. Y sin embargo, no me iba. Algo dentro de mí, una mezcla de adrenalina y la memoria de su boca, me clavaba contra ese concreto.

A las siete y cuarenta y cinco escuché los tacones.

Venían desde el extremo opuesto, ese clac-clac inconfundible que ya tenía grabado. El sonido se aproximaba lento, deliberado, como si ella supiera que cada segundo de demora me apretaba un poco más por dentro. Cuando finalmente apareció en mi línea de visión, pasó por delante de mí sin detenerse. Vestía la misma ropa del día, pero se había soltado el pelo. Llevaba la pañoleta de seda atada al cuello, esa pañoleta granate con motivos pequeños que tantas veces le había visto.

Dejó tras de sí una estela de su perfume, intenso, con un fondo ahumado. Y siguió caminando.

Por un instante creí que me había confundido de columna, que me había equivocado de plan, que aquello no iba a ocurrir. Me separé del concreto.

—Damaris —dije, lo más bajo que pude.

Ella se volvió. Su silueta se recortaba contra la luz amarillenta de las lámparas. Caminó hacia mí, sin prisa, midiendo cada paso.

—Pensé que no vendrías y que era una broma… —murmuré.

No me dejó terminar. Antes de que pronunciara la última sílaba, sus manos ya estaban en mi cara y su boca contra la mía. Me empujó contra la columna con un movimiento limpio, calculado. Mi espalda chocó contra el concreto frío. Sus dedos se enredaron en mi cabello, desordenándolo. Después bajaron a mis caderas, a mi culo, donde se cerraron con firmeza y me presionaron contra ella.

Me tomó las muñecas con una sola mano y las llevó por encima de mi cabeza, contra la columna. Con la otra, sin dejar de besarme, se abrió paso entre mis muslos. Su palma se apoyó sobre la tela del pantalón, justo en el centro, y empujó hacia arriba con la firmeza exacta para que se me escapara un sonido por la nariz.

—¿Me extrañaste? —susurró en mi oído.

Asentí. No pude hacer otra cosa. Su respiración agitada contra mi cuello bastaba para hacerme olvidar cualquier respuesta articulada.

Soltó mis muñecas. Mis brazos cayeron a los lados como si fueran de otra persona. Sus dedos bajaron al dobladillo de mi blusa. No la desabrochó: tiró hacia arriba, dejando el brasier a la vista. Bajó la copa de un lado, lo justo para descubrir uno de mis pechos, y se inclinó.

Su boca caliente contra una piel que estaba fría por el ambiente del estacionamiento me arrancó un quejido que traté de ahogar mordiéndome el labio. No funcionó. Otro escapó. Y otro más.

Con una de mis manos llegué hasta su cadera y deslicé la palma hacia su culo. Lo apreté con fuerza, casi con rabia. Quería marcarla, quería que sintiera mis dedos. Subí su falda lentamente, dejando libre la línea del muslo, los bordes del encaje de sus panties. Intenté apartarlos.

Pero esa no era la dinámica.

Damaris atrapó mi mano al vuelo, la levantó otra vez por encima de mi cabeza y me dirigió esa mirada que ya conocía: una mirada que no admitía discusión, que me devolvía sin esfuerzo al lugar exacto donde ella quería tenerme. Yo no decidía nada. Como en el hotel, como en aquella primera vez. Y eso me hervía la sangre en dos direcciones opuestas al mismo tiempo: me indignaba y me encendía.

Soltó mi mano sólo para llevar la suya al botón de mi pantalón. Lo desabrochó con la familiaridad de quien ya ha desabrochado ese pantalón antes. Bajó el cierre. Sus dedos se deslizaron por debajo del elástico de la ropa interior sin pedir permiso, como si estuvieran haciendo algo ya acordado entre nosotras.

Contuve el aliento cuando rozaron la cara interna de mi muslo, subiendo con una lentitud que parecía estudiada. Cuando su palma cubrió por completo el calor de mi entrepierna por encima de la última tela que me quedaba, supo de inmediato lo mojada que estaba. La sentí sonreír contra mi cuello.

Dos dedos presionaron el clítoris a través del algodón. Un movimiento circular, lento, deliberado. Tuve que apoyar más peso contra la columna para no perder el equilibrio. Mis rodillas tenían vida propia.

Esos mismos dedos apartaron la tela. Encontraron la piel directa. Un gemido se me escapó sin filtro, sin aviso, y ella lo atrapó tapándome la boca con la mano libre. Su mano olía a perfume y a papel, a esa mezcla de oficina y de cuerpo. Sus otros dedos se deslizaron dentro de mí sin esfuerzo. Estaba tan mojada que no hubo resistencia.

Entonces se detuvo.

Apartó la mano de mi boca. La llevó a su propio cuello. Con un solo gesto deshizo el nudo de la pañoleta de seda. La hizo un pequeño rollo y me la acercó a los labios.

—Abre —ordenó.

Abrí. Sentí la seda fresca contra la lengua, el regusto de su perfume impregnado en la tela. Damaris ajustó la mordaza improvisada, no demasiado, lo justo para silenciarme, y me miró un instante, comprobando su obra. Y entonces continuó.

***

Sus dedos volvieron a entrar en mí, ahora con más control, curvándose en el punto exacto donde sabía que me dejaba a su merced. Su pulgar dibujaba círculos lentos sobre el clítoris. La pañoleta tragaba la mayoría de mis sonidos, pero algunos seguían escapándose, sordos, como un animal pequeño quejándose contra la tela.

Yo me aferraba a sus hombros. Las uñas se me clavaban en la lana del blazer. Me daba igual romperle algo. Me daba igual que se diera cuenta de cuánto me costaba mantenerme de pie.

De pronto retiró los dedos. Sentí el vacío de inmediato. Y antes de que pudiera lamentarlo, Damaris se arrodilló frente a mí. Sus rodillas tocaron el suelo del estacionamiento sin contemplaciones, sin importarle el polvo ni las medias. Tomó los bordes de mi pantalón y de la ropa interior y los bajó juntos hasta la mitad de los muslos.

Levantó la vista. A pesar de la luz amarillenta, sus ojos brillaban con un grado de oscuridad que no le había visto antes. Bajó la cara despacio, casi con respeto, y rozó mi piel con los labios. Apenas un primer contacto. Una promesa.

Después dejó de ser respetuoso.

Su lengua recorrió toda la longitud, de abajo hacia arriba, plana, firme. Cuando llegó al clítoris se concentró ahí, alternando lametones largos con succiones cortas que me hacían arquear la espalda contra la columna sin que pudiera evitarlo. Sus manos subieron por la cara interna de mis muslos y los pulgares separaron mis labios con esa autoridad muda que tenía siempre. Quería tener todo a la vista. Quería tener todo a su disposición.

Solté un grito ahogado cuando su lengua se hundió dentro de mí. Su nariz rozaba el clítoris con cada movimiento. Mis piernas temblaban tanto que tuve la sensación absurda de llevar puestos patines en vez de zapatos: cada milímetro que me movía amenazaba con derrumbarme.

Damaris lo notó. Aceleró. Succionó con más fuerza. Sus dedos volvieron al ataque, esta vez acompañando el ritmo de su boca. Yo no podía pensar. Sin darme cuenta llevé las manos a su pelo y la presioné contra mí, en un gesto que tenía más de súplica que de orden. Quería un poco de control, aunque sólo fuera la ilusión de uno.

A ella pareció gustarle. Comenzó a comerme con esa furia particular suya, esa furia que no había terminado de descargar desde el día que la enfrenté en la oficina, la primera vez. Mis quejidos se volvían más sonoros. Jadeaba intentando avisarle, pero Damaris no se detenía. Al contrario, curvó otra vez los dedos y succionó con una precisión casi quirúrgica.

El orgasmo me atravesó como una descarga seca. Mordí la mordaza con todas mis fuerzas. Sentí en la lengua el regusto del perfume y de la seda mojada. Aun así, un grito ronco se me escapó por la garganta, un sonido que me pareció enorme en el silencio del estacionamiento, un sonido que rebotó contra las columnas y volvió a mí amplificado.

Las rodillas me cedieron un segundo. Damaris me sostuvo por las caderas, manteniéndome contra la columna, lamiendo despacio, recogiendo cada espasmo, prolongando el temblor hasta que dejé de ser una persona y me convertí en una serie de pequeñas convulsiones sin nombre.

Cuando por fin se apartó, la luz amarillenta le iluminaba la cara y vi sus labios brillantes. Se incorporó con calma, sin la menor prisa, como si el mundo tuviera todo el tiempo del mundo para esperarla. Se limpió la comisura con el pulgar. Se acomodó la falda. Se pasó los dedos por el pelo. En cosa de segundos volvía a ser la Damaris del cuarto piso, la que pedía informes a las diez.

Me ayudó a vestirme. Cuidadosamente, casi con ternura, como si ya no quedara rastro de la mujer que un minuto antes me había sujetado las muñecas contra el concreto. Me quitó la pañoleta de la boca, la dobló con dos movimientos y la guardó en el bolsillo interno del blazer. Después se inclinó y me dio un beso breve, casi cortés, en la comisura de los labios. Pude probar mi propio sabor mezclado con el suyo.

—Nos vemos mañana a primera hora —dijo.

Y se fue.

***

Me quedé apoyada contra la columna durante un tiempo que no supe medir. El corazón me golpeaba en el cuello, las piernas seguían temblándome, y un pánico tardío empezó a subirme por la espalda: ¿alguien nos habría escuchado? ¿alguien nos habría visto?

Cuando por fin me decidí a caminar hacia la salida, me convertí en una paranoica. Iba contando las cámaras del techo, una a una. Las contaba y trataba de imaginar el ángulo que cubrían. Una sobre el ascensor. Otra en la rampa. Otra en la entrada del bloque H. Ninguna, ninguna apuntaba a la columna sin número del bloque G.

Entonces lo entendí.

Damaris había estudiado el lugar antes. Había caminado por ese estacionamiento, había levantado la vista, había contado los ángulos, había encontrado el único punto ciego del segundo subsuelo y lo había guardado como quien guarda una llave. Lo había hecho para mí. O peor: lo había hecho para usar con quien quisiera. Conmigo y, casi seguro, con alguien más de los pisos de arriba.

Caí en la cuenta de la clase de mujer que era: meticulosa, fría en los detalles, salvaje en el resto. Una mujer que dejaba notas con corazoncitos en post-its amarillos y, al mismo tiempo, mapeaba cámaras de seguridad como un técnico.

Salí del edificio con el cuello del abrigo levantado y dos sensaciones tirándome en direcciones opuestas: la angustia de saber que estaba metida en algo que no controlaba, y la atracción de saber, también, que esto no había terminado. Damaris no se había despedido. Damaris me había tomado como una de sus piezas, una fuente más de placer, y esa idea, que debería haberme indignado, me hacía caminar más rápido hacia el auto con un calor nuevo entre las piernas.

A pesar de todo, me iba contenta. Y eso, quizá, era lo que más me asustaba.

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