Saltar al contenido
Relatos Ardientes

El regalo de Nochebuena que cambió todo entre nosotras

Los últimos meses del semestre habían sido agotadores. Compaginar las clases de la facultad con el trabajo de medio tiempo en la cafetería del centro me dejaba con las energías justas para llegar al departamento y desplomarme en la cama. Aun así, no me quejaba. La rutina me ordenaba la cabeza y me mantenía lejos de pensar en otras cosas que no quería pensar.

En ese caos hice algunas amistades, pero la que más me importaba era la de Camila. Era una chica reservada, de cabello castaño hasta los hombros, gafas de montura fina y la costumbre de vestirse con prendas amplias que parecían querer esconderla. Nos hicimos cercanas casi sin darnos cuenta: estudiábamos juntas, tomábamos café en su sala, hablábamos de los chicos de la facultad y de lo poco que entendíamos del futuro.

Solíamos juntarnos en su departamento porque el mío era un campo de batalla. Hacía un mes me había mudado con dos nuevas compañeras y todavía no encontrábamos el equilibrio. Había cajas sin abrir en el pasillo, platos sucios en la pileta y una de las chicas escuchaba reguetón a las dos de la mañana. Camila, en cambio, vivía sola y tenía todo en su lugar.

A ella le venía bien que la visitara. Era foránea, su familia estaba a más de mil kilómetros y, después de la pandemia, las visitas se habían vuelto cada vez más escasas. La Nochebuena se le venía encima y sería la primera que pasaría lejos de los suyos, así que decidí acompañarla. Nadie debía cenar solo el veinticuatro, y menos ella.

Cociné algo sencillo en su cocina: pasta con una salsa cremosa que me había enseñado mi abuela, pan recién horneado y dos botellas de vino tinto que compré en el supermercado de la esquina. La luz del techo era demasiado dura, así que apagué la lámpara grande y dejé encendidas solo las velas del centro de mesa y la guirnalda del árbol. El ambiente quedó cálido, casi íntimo.

Camila había salido del baño con un vestido largo de algodón, de esos que caen sueltos hasta los tobillos. Yo me había quedado con una camiseta gastada y un short deportivo. No habíamos planeado arreglarnos. Era una cena entre nosotras dos, y ese era justamente el punto.

—¿Cómo va la mudanza? —me preguntó mientras buscaba dos platos hondos en la alacena.

—Un desastre prolijo —contesté—. Ya logré armar la cama, así que algo es algo.

—Te avisaron muy tarde lo de la otra chica.

—Sí. Consiguió novia, se va a vivir con ella en enero y nosotras tres tuvimos que armar todo a las apuradas.

—¿Y Mateo? —dijo, sonriendo de costado—. ¿No le pediste ayuda?

Sentí que las mejillas se me calentaban. Mateo era un compañero de la carrera con el que llevaba semanas intercambiando mensajes a horas que no eran muy decentes. Ella lo sabía. La facultad era chica y los rumores corrían rápido.

—Estamos hablando hace un mes —dije, riendo—. No voy a meterlo en mi casa todavía. Primero quiero entender qué es esto.

—Igual te miraba con cara de cachorro la última vez que vino a buscarte.

—Camila.

—Era un comentario.

Reímos las dos. Trajo la cacerola desde la cocina, la apoyó sobre un mantel doblado para no quemar la mesa y sirvió porciones generosas. Yo me ocupé del vino. Brindamos, chocamos las copas y empezamos a comer.

La cena se estiró durante horas. Hablamos de la facultad, de los profesores que detestábamos, de las películas que nos gustaban y de cosas más viejas: la primera vez que cada una se había ido de la casa de sus padres, los amores adolescentes, las decepciones. Sin darnos cuenta, descorchamos la segunda botella. A la una de la mañana ya teníamos las palabras un poco más lentas, pero ninguna de las dos estaba borracha. Solo lo suficientemente sueltas como para decir lo que de otra manera nos habríamos guardado.

Camila se levantó y caminó hasta el árbol, que era diminuto y estaba apoyado sobre un mueble bajo. Lo había decorado ella misma con luces blancas y unas pocas bolitas rojas.

—Tengo algo para ti —dijo, agachándose.

—¿Me compraste algo? Te dije que no.

—Lo sé. Pero quise hacerlo.

Volvió con una caja pequeña, envuelta en papel dorado. Me la entregó y se quedó parada delante de mí, con las manos cruzadas sobre el vestido. Tiré del moño y abrí el papel con cuidado. Adentro había un collar fino, de plata, con un dije diminuto en forma de corazón.

No supe qué decir. No le tenía nada preparado y la culpa me apretó el pecho.

—Cami, está hermoso, pero yo no…

—Shh. No tenías que traer nada. Es por estos meses. Y por esta noche.

La abracé fuerte. Olía a perfume cítrico y a algo más cálido que no supe identificar. Cuando me separé, ella tenía las mejillas encendidas y los ojos brillantes.

—Además —agregó, sentándose en el sofá—, yo también me compré un regalo.

—¿Sí? —Me senté frente a ella—. ¿Qué te compraste?

Sacó de detrás de un cojín una caja rectangular, más grande que la mía, de un negro mate. La apoyó sobre la mesa baja, entre las dos, y la abrió. Tardé dos segundos en entender lo que estaba viendo.

Era un vibrador. Pequeño, del tamaño de la palma de su mano, con un diseño elegante y discreto. Levanté la mirada buscando una explicación, pero su expresión no era de vergüenza. Era de orgullo, casi.

—Estaba en oferta —dijo, encogiéndose de hombros—. Nunca tuve uno. Pensé que ya era hora.

—Camila, ¿en serio me lo estás mostrando ahora?

—¿Te incomoda?

—No es eso. Es que… —Me reí, nerviosa—. No esperaba esto.

—Tú me cuentas tus cosas. Te cuento las mías.

Tenía razón. Le había contado más de la cuenta sobre mis citas, sobre Mateo, sobre el chico con el que había estado en agosto y al que prefería no recordar. Ella, en cambio, casi nunca hablaba de sí misma en ese terreno. Por eso me sorprendía tanto verla así, expuesta.

—¿Y? —pregunté—. ¿Lo probaste ya?

—No.

—¿No?

—Tenía miedo de no saber usarlo —dijo, y se le escapó una sonrisa avergonzada—. Pensé que tal vez tú podrías… explicarme.

Me quedé en silencio. La habitación estaba más callada de lo que debía. Afuera, alguien tiraba un petardo lejano. La luz del árbol parpadeaba contra el techo.

—¿Quieres que te enseñe a usarlo? —pregunté, sin estar segura de haber escuchado bien.

Asintió. Apenas. Pero asintió.

***

Algo se me movió por dentro, una mezcla de sorpresa y de curiosidad que no había sentido nunca con una mujer. Camila me miraba desde el sofá con una decisión que contradecía toda su timidez. Tenía las mejillas encendidas; podía echarle la culpa al vino, pero los ojos los tenía claros.

—Acércate —dije.

Levantó la caja de la mesa y se sentó al lado mío. Sacó el aparato y leímos juntas la hoja de instrucciones, una tarjeta plegada en tres con ilustraciones simples. Tres niveles de intensidad. Un solo botón. Recargable por cable USB. Casi un electrodoméstico.

Lo encendí en el nivel más bajo para que sintiera la vibración en la palma. Camila apoyó la mano sobre la mía, dudó, y después dejó que sus dedos se cerraran alrededor del mango junto a los míos. La vibración era suave, casi un susurro contra la piel.

—¿Ves? No muerde —dije.

—No me río.

—Lo sé.

Apagué el aparato y lo dejé sobre el sofá. Camila se había acercado más sin que yo me diera cuenta, o tal vez me di cuenta y no quise frenarla. Apoyó la espalda contra mi pecho, como si necesitara esconderse de algo. Su cabello me rozó el cuello. Olía a champú de almendras.

Le pasé una mano por el pelo, tan despacio como pude. Le acaricié el costado del cuello con la yema de los dedos. Ella giró la cabeza, buscándome, y yo me incliné. El beso fue corto al principio, una pregunta más que una respuesta. Pero ella la respondió enseguida.

Yo nunca había besado a una mujer. Y, sin embargo, no era extraño. Era distinto. Su boca era más suave que cualquier otra boca que recordara, y sus manos, cuando se posaron en mi cintura, no tenían la urgencia masculina a la que estaba acostumbrada. Tenían paciencia.

Esto no estaba en los planes, pensé. Y al mismo tiempo, sí.

Bajé la mano por su vientre, por encima del vestido. La tela era fina, tan fina que sentí el calor de su piel debajo. Llegué al borde del dobladillo, lo enrosqué entre los dedos y tiré despacio hacia arriba, dejando expuesta primero la curva de los muslos, después la ropa interior blanca, simple, ya humedecida en el centro.

Camila contuvo el aire. No dijo nada. Solo abrió un poco más las piernas.

Tomé el vibrador con una mano y, con la otra, le acaricié por encima de la tela. La yema de los dedos bastó para arrancarle un suspiro que parecía haber estado guardando hacía meses. Encendí el aparato en el nivel más bajo y lo deslicé despacio sobre la ropa interior, sin presión, dejando que la vibración hiciera el resto.

—Tienes que relajarte —le dije al oído, y le besé el cuello.

—Estoy relajada.

—No es cierto.

Soltó una risa nerviosa, breve, y cerró los ojos. Sus piernas se tensaron y se aflojaron, como si no supieran qué quería el cuerpo. Le tomé la mano libre y la llevé sobre la mía, alrededor del vibrador. Quería que aprendiera. Quería que entendiera lo que se estaba haciendo a sí misma.

—Así —le dije—. Sin apurar.

Movimos la mano juntas, en círculos chicos. Camila empezó a respirar con la boca abierta, los labios entreabiertos como si fuera a hablar y se olvidara cada vez. Sus pezones se marcaban a través del vestido. La piel del escote se le había encendido.

Subí la intensidad un nivel. Ella se sacó la ropa interior sola, con un movimiento torpe, y la tiró al piso sin mirar. Abrió las piernas un poco más, y yo deslicé el aparato directamente contra ella, contra la piel desnuda, mientras le besaba el cuello y le subía la otra mano por debajo del vestido hasta cubrirle un pecho.

Sus quejidos se transformaron en gemidos cortos, ahogados. Trataba de no hacer ruido, como si todavía hubiera alguien en la otra habitación a quien pudiera molestar. Le besé la oreja y le dije que no había nadie, que podía hacer todo el ruido que quisiera.

—Sofía —dijo, y fue la primera vez en toda la noche que me llamó por mi nombre con esa voz.

—Aquí estoy.

Subí al último nivel. La vibración se volvió más intensa, más profunda, y Camila lo sintió en todo el cuerpo. Sus caderas empezaron a moverse solas, buscando, encontrando. Me sacó el aparato de las manos sin pedir permiso. Lo agarró ella, con torpeza al principio, después con seguridad. Lo deslizó hacia adentro despacio, sacándolo y volviéndolo a meter, mirándome de reojo como si quisiera asegurarse de que estaba haciendo lo correcto.

Estaba haciendo exactamente lo correcto.

Le pasé las dos manos por debajo del vestido y le acaricié un pecho con una, mientras con la otra le sostenía la cintura. Sus piernas temblaban contra las mías. Apoyó la frente en mi hombro y me clavó las uñas en el antebrazo, no como un gesto de dolor sino de anclaje, como si estuviera a punto de soltarse y necesitara aferrarse a algo.

—No pares —dijo, y no estaba hablando del vibrador.

No paré.

Su respiración se cortó por un instante, se cortó de verdad, y después volvió en una exhalación larga y temblorosa. Todo su cuerpo se sacudió contra el mío, dos veces, tres. La sentí soltar el aparato; lo escuché caer sobre el sofá entre las dos.

Se quedó quieta. Yo también. Le acaricié el pelo y le besé la frente, esa frente que todavía estaba caliente y un poco transpirada.

—Gracias —susurró, todavía contra mi hombro.

—No tienes que dar las gracias por esto.

—Sí tengo.

Levantó la cara y me besó otra vez, esta vez más despacio. Sin urgencia. Como si el resto de la noche fuera nuestra y no hubiera apuro.

Apagué el aparato y lo dejé sobre la mesita. Camila se acomodó contra mí, las piernas dobladas hacia un lado, la cabeza en mi pecho. Le tapé los hombros con una manta que había en el respaldo del sofá. Afuera seguían tirando petardos lejanos. El árbol parpadeaba contra el techo en intervalos lentos.

Pensé en Mateo, en los mensajes que me había mandado esa misma tarde y que todavía no había contestado. Pensé en la mañana siguiente, en cómo nos íbamos a mirar a los ojos cuando saliera el sol. No supe qué iba a pasar después. No me importó demasiado.

—Feliz Navidad, Cami —dije.

—Feliz Navidad, Sofía.

Se quedó dormida primero. Yo la miré un rato más, escuchando su respiración, y entendí que esa noche no me alcanzaba con devolverle el collar. Le debía algo más grande, y todavía no sabía qué era.

Ver todos los relatos de Lésbicos

Valora este relato

Comentarios (7)

Nati_pba

Hermosisimo!! me quede sin palabras de verdad

SombrasLectora

La tension que fuiste construyendo al principio es de otro nivel, te tiene pegada hasta el final. Seguí así!!

Clau_mendoza

increible, pocas veces un relato me engancha tanto desde las primeras lineas

Aldana_7

Me recordo a unas navidades bastante especiales que tuve jaja. Muy buen relato, muy bien narrado

BeatrizVR

Que historia tan bien contada! El contexto navideno le da un toque muy original a todo el relato. Espero la continuacion con ansias, por favor subí la segunda parte!!

Mili_BA

Me encanto, subi mas pronto :)

ValeriaRio

Buenisimo!! se me paso rapidisimo leyendolo. Quiero mas!!

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.